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Cantinflas humilló a Pedro Infante frente a todos… lo que pasó después nadie lo esperaba

 

El salón permanecía en silencio, un silencio tan espeso que podía escucharse el hielo derritiéndose en los vasos de whisky. Las risas habían muerto hacía exactamente 8 segundos. Los meseros se habían detenido con las charolas suspendidas en el aire. Incluso la orquesta, que llevaba tres horas tocando sin interrupción, había dejado de sonar. Nadie se movía.

Todos contemplaban la misma escena. Pedro Infante, el ídolo de México, el hombre más querido del país, estaba de pie junto a la barra del patio de los cómicos. Su rostro, normalmente sonriente mostraba algo que nadie había presenciado antes, dolor. A 3 m de distancia, Cantinflas lo observaba fijamente, no con ira, no con burla, sino con algo mucho peor, con decepción.

Lo que Cantinflas había pronunciado 10 segundos antes todavía resonaba en el ambiente en los oídos de las 200 personas más importantes del cine mexicano presentes esa noche. Actores, directores, productores, todos habían escuchado la frase y esa frase se convertiría en uno de los grandes enigmas del cine de oro.

 Se repetiría en voz baja durante décadas, se debatiría en documentales, se analizaría en libros, pero nadie comprendería realmente lo que significaba hasta 37 años después, cuando Cantinflas, en su lecho de muerte finalmente reveló la verdad. Esta es esa historia. Ciudad de México, abril de 1956, el patio de los cómicos.

 Era el lugar, no un sitio cualquiera, era el santuario, el templo, el punto de encuentro de todos los que eran alguien en el mundo del espectáculo mexicano. Ubicado en el corazón de la Ciudad de México, ese lugar había visto nacer amistades, negocios, romances, traiciones. Entre sus paredes se decidían las películas que se filmarían, los contratos que se firmarían, las carreras que despegarían o se hundirían.

Esa noche de abril el lugar estaba más concurrido que nunca. Se celebraba algo grande. Pedro Infante acababa de concluir el rodaje de su película número 60. 60 películas. A sus 39 años, Pedro Infante era más que una estrella. Era un fenómeno, un Dios viviente. Las mujeres lo adoraban. Los hombres querían ser él.

Los niños crecían soñando con tener su voz, su sonrisa, su carisma. Cuando Pedro caminaba por la calle, la ciudad entera se paralizaba. cantaba, actuaba, piloteaba aviones, era meccánico, carpintero, era el hombre completo, el ideal mexicano. Y esa noche todos estaban ahí para festejarlo, todos menos uno.

 Cantinflas había llegado tarde, eso ya era inusual. Mario Moreno, Cantinflas. El otro gran ídolo de México nunca llegaba tarde. Era un hombre de precisión. de control, de disciplina. Pero esa noche entró al patio de los cómicos a las 11 de la noche, cuando la fiesta ya llevaba 3 horas. Entró solo, sin sonrisa. La gente lo saludó.

 Él respondió con cortesía, pero algo en su rostro estaba apagado. Caminó directamente hacia la barra, pidió un whisky y ahí, desde la barra se quedó observando, mirando a Pedro Infante. Pedro estaba en el centro del salón, rodeado de personas. Reía esa risa que conocía todo México. Contaba historias, bromeaba, abrazaba a la gente.

 Tenía una copa en la mano y otra y otra. Cantinflas contó. En dos horas Pedro había consumido siete whiskys. Nadie más lo advertía. Todos estaban demasiado ocupados riéndose, demasiado ocupados disfrutando la presencia del ídolo. Pero Cantinflas lo percibía todo. Veía como la sonrisa de Pedro duraba un segundo menos cada vez.

 Veía como sus ojos se perdían cuando creía que nadie lo miraba. Veía algo que nadie más quería ver. Pedro Infante se estaba consumiendo por dentro. Para comprender lo que ocurrió esa noche, hay que entender quiénes eran estos dos hombres. Cantinflas y Pedro Infante no eran solo actores, eran los pilares del cine de oro mexicano.

 Eran los hombres que habían puesto a México en el mapa cultural de toda Latinoamérica, pero eran completamente distintos. Cantinflas era cerebral. Cada movimiento calculado, cada palabra meditada. Su comedia era arte, era comentario social, era filosofía disfrazada de payasadas. Charlie Chaplin lo había llamado el mejor comediante del mundo.

 Cantinflas controlaba todo en su vida, sus películas, sus contratos, su imagen. No dejaba nada al azar. Pedro infante era instinto puro. Todo lo que hacía brotaba del corazón. No planeaba, no calculaba, simplemente era. Su actuación era auténtica porque no era actuación, era él. Esa autenticidad, esa honestidad brutal era lo que la gente amaba.

 Cuando Pedro cantaba sobre el dolor, se escuchaba el dolor. Cuando sonreía era genuino, cuando sufría, aunque intentara ocultarlo, se notaba. Los dos se habían conocido en 1945. Pedro todavía era un actor en ascenso. Cantinflas ya era una leyenda. Se encontraron en el estudio de filmación de Ahí está el detalle.

 Pedro había ido a visitar a un amigo. Cantinflas estaba revisando las tomas del día. Se presentaron, conversaron durante 20 minutos. Al término de esa charla, Cantinflas le dijo algo a Pedro que nadie más escuchó. Lo que fuera que dijo, Pedro se quedó callado un momento largo. Luego asintió. Desde ese día fueron amigos.

 No amigos de fotografías y fiestas, amigos verdaderos. de los que se llaman a las 3 de la mañana cuando algo anda mal, de los que se dicen la verdad aunque duela. Durante 11 años esa amistad se mantuvo sólida. Se veían con frecuencia. Cantinflas iba a ver todas las películas de Pedro antes de que se estrenaran. Pedro asistía a las funciones privadas de Cantinflas.

Cenaban juntos, hablaban de todo, de cine, de México, de la vida. Pero en 1955 algo cambió. Pedro empezó a llegar tarde a las filmaciones. Empezó a beber más. Su sonrisa empezó a verse agotada. La prensa no decía nada. La gente no lo notaba, pero Cantinflas sí. Intentó hablar con él. Pedro, te veo cansado. ¿Estás bien? Claro, Mario, solo es el trabajo. Muchas películas.

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