Y es que Ana Luisa tenía debilidad por los dulces, en especial por los que venían en presentaciones bonitas y con un toque casero. Mientras comía, volvió a escribirles a sus amigos. Esta vez les envió un audio bromeando con el contenido del pastel. Lo que no mata engorda. Y si me muero envenenada, ya saben qué fue lo que comí, dijo entre risas.
Nadie imaginaba que esas palabras serían una especie de presagio. Un eco anticipado de lo que estaba por suceder. Pasaron solo algunos minutos cuando Ana Luisa empezó a sentirse mal. Todo comenzó con un leve dolor de estómago, pero al cabo de un rato, las náuseas y los mareos la invadieron y el dolor se volvió más agudo.

Cerca de las 7 de la tarde, le envió un mensaje a un amigo contándole sobre su estado. Él, preocupado le preguntó si sabía de dónde era el pastel que había comido, pero ya era demasiado tarde para averiguarlo. Los síntomas estaban avanzando demasiado rápido. Su hermana avisó de inmediato a Silvio, su padre.
que se encontraba en plena jornada laboral. Cuando el hombre llegó a la casa, encontró a su hija en un estado alarmante. Sin perder tiempo, decidió llevarla al hospital. Ana Luisa fue atendida por los médicos del hospital privado Nortredame Intermédica. Tras revisarla, le diagnosticaron una intoxicación alimentaria severa y le administraron medicamentos para detener los vómitos y evitar la deshidratación.
Luego de esperar varias horas para que el tratamiento surtiera efecto, se produjo una mejoría notable. Ana Luis estaba lo suficientemente estable como para recibir el alta y regresar a su casa, pero debía ser reposo y tomar los medicamentos que le habían recetado. Sin embargo, el alivio de estar recuperándose no duró demasiado.
Al día siguiente, ya primero de junio, la joven amaneció con los mismos síntomas del día anterior, pero esta vez parecían todavía más intensos. La debilidad de su cuerpo iba en aumento. A medida que las horas pasaban, alrededor de las 4 de la tarde del domingo, la situación se tornó más grave. Apenas podía mantenerse en pie.
Cuando se levantó de la cama para ir al baño, cayó desmayada. Fue entonces que su padre volvió a llevarla a urgencias, pero esta vez ya no hubo nada que los médicos pudieran hacer para revertir su estado. Cuando llegaron al hospital, Ana Luisa ya estaba inconsciente. Los profesionales comenzaron a realizar maniobras de reanimación, pero la joven nunca despertó.
Ana Luisa había fallecido. Los médicos confirmaron que llevaba al menos 20 minutos sin vida. Su piel tenía un tono a su lado por la falta de oxígeno en la sangre. presentaba signos de hipotermia y no había ritmo cardíaco. Todos los esfuerzos por devolverla la vida fueron inútiles. Sus órganos habían dejado de funcionar, provocando un paro cardiorrespiratorio irreversible y Ana Luisa fue declarada sin vida en la tarde del primero de junio de 2025.
La noticia desestabilizó a todos los presentes. Nadie podía comprender que una chica de 17 años, saludable y con toda la vida por delante hubiera fallecido en menos de 24 horas por una supuesta intoxicación alimentaria. En medio del chock por la terrible noticia que acababa de recibir, Silvio, el padre de Ana Luisa y su hermana, comenzaron a repasar en sus mentes que podría haber sucedido para que se desencadenara aquel trágico episodio.
Enseguida se dieron cuenta que lo último que había ingerido Ana Luisa había sido el misterioso pastel que había recibido en la tarde del sábado. Aunque Silvio no tenía fuerzas para presentarse el mismo en la estación policial, envió a Cristian, un amigo cercano de la familia, para que hiciera la denuncia sobre el fallecimiento de la joven.
Cuando Cristian contó a los oficiales de la policía civil lo que había sucedido, no quedaron dudas de que se trataba de un deceso sospechoso y que en consecuencia debía abrirse una investigación para descubrir que era realmente lo que había ocasionado el fallecimiento de Ana Luisa y determinar si se trataba de una intoxicación o de un homicidio.
Desde el primer momento, lo que más impactó tanto a la familia como a los investigadores fue la misteriosa llegada del pastel. Para los investigadores, ese fue el punto de partida por el cual comenzaron las averiguaciones, conscientes de que allí podía estar la clave para resolver el caso. La hermana de Ana Luisa relató ante la policía civil que el pastel había sido entregado por un repartidor, pero en ningún lugar del envoltorio, ni en las notas escritas a mano que la acompañaban, figuraba el nombre del remitente ni algún detalle que ayudara a
identificarlo. A partir de esa información, los investigadores procedieron a confiscar el recipiente que contenía el pastel y las dos notas. Todo fue enviado al laboratorio para someterlo a un análisis toxicológico exhaustivo. Los resultados de la prueba revelaron lo que todos temían. El pastel había sido envenenado con arsénico.
Esa sustancia letal, que estaba oculta en lo que parecía ser un obsequio, fue la que ocasionó el malestar de An Luisa. la consecuente falla de sus órganos y por último su deceso repentino. Con esa evidencia no quedaban dudas de que se había tratado de un homicidio intencional. En paralelo a la investigación, el caso de la joven comenzó a hacerse viral.
En las redes sociales, cientos de usuarios comenzaron a cuestionar a la marca que fabricaba el pastel y apuntaron su indignación hacia ellos en busca de una explicación convincente. Ante tanto señalamiento, la dueña del negocio se vio obligada a dar declaraciones públicas. En un video que subió en la cuenta de la pastelería, aclaró que si bien el pastel había sido fabricado allí, ninguno de sus repartidores oficiales lo había entregado ni tenía conocimiento previo del pedido.
Podía hacer esa afirmación con total seguridad, porque ninguno de los pedidos que había recibido en los últimos días figuraba la dirección de Ana Luisa. La única teoría posible era que alguien hubiera comprado el pastel en la tienda física y luego lo hiciera llegar por medio de otra mensajería ajena a la pastelería que lo fabricaba originalmente.
La mujer remarcó que una vez que el producto salía de la tienda, ya no tenía control ni responsabilidad sobre lo que sucedía con él una vez que estaba en manos del comprador. Por último, lamentó profundamente el hecho trágico que terminó con la vida de la chica y acompañó a la familia en su terrible pérdida, dejando claro que cooperaría con las autoridades.
Con ese testimonio, el foco de la investigación se centró en el desconocido repartidor que hizo la entrega en la tarde del sábado 31 de mayo. Gracias a cámaras de seguridad que había instaladas en el barrio, las autoridades obtuvieron la matrícula de la moto que había dejado el paquete y de esa manera lograron identificar y ubicar al repartidor sin demora.
El hombre fue interrogado en la estación policial por agentes de la policía civil. Allí una descripción física de la persona que lo había contratado para hacer la entrega. Incluso indicó cuál era la dirección por la cual había retirado el paso se había desarrollado el breve encuentro. El testimonio del repartidor fue clave, no solo para determinar que se había tratado de un hecho premeditado, sino también para desenmascarar la identidad de la persona que quería terminar con la vida de Ana Luisa.
El 3 de junio, a dos días del fallecimiento de la joven, la policía civil reveló el nombre de la principal sospechosa, a la familia de la víctima. Se trataba nada más y nada menos que de una de las amigas más cercanas de Ana Luisa, también de 17 años. Aunque por tratarse de una menor de edad, su nombre no fue revelado públicamente.
Al principio, cuando la policía fue a buscarla a la casa, la joven negó todas las acusaciones en su contra y aseguró que no tenía nada que ver con los hechos, pero los indicios hablaban por sí solos y pronto no tuvo más alternativa que aceptar que no tenía escapatoria ni forma de justificar su conducta. La joven acusada fue llevada por su madre a la delegación en Itapecerra y cuando estuvo ante los investigadores terminó confesando la autoría del crimen.

Explicó que su intención nunca había sido asesinar a Ana Luisa, sino que simplemente quería darle un suso administrando una leve dosis del veneno para que tuviera algunos síntomas de intoxicación y malestar. Cuando dio a conocer el motivo, su declaración resultó aún más indignante para quienes la estaban escuchando.
Según su relato, lo hizo por celos, porque Ana Luisa tenía todo lo que ella deseaba y era todo lo que ella quería hacer. Era linda, alegre y atraía fácilmente la atención de los demás, algo que ella deseo no conseguir porque vivía en la sombra de su amiga y sentía una frustración constante que no sabía manejar.
Esa comparación que solo ella hacía le generaba un profundo resentimiento. Tras haber admitido su responsabilidad, detalló paso a paso cómo había llevado a cabo el plan. En primer lugar, compró el pastel en la tienda porque sabía que Ana Luisa tenía la debilidad por los dulces. Luego regresó a su casa y preparó el brigadeiro, un postre clásico de Brasil al cual le agregó el arsénico.
Esa preparación la colocó sobre el pasel comprado. Escribió las notas con la letra cuidadosamente alterada para que su amiga no la reconociera y contrató al repartidor por medio de una aplicación de mensajería. De esa manera, el regalo envenenado llegó a la casa de Ana Luisa sin levantar sospechas en ningún momento.
La joven había adquirido aquel veneno que en grandes dosis puede resultar fatal a través de internet. Los investigadores, tras llevar a cabo una pericia digital sobre el celular de la acusada, confirmaron que llevaba tiempo planificando el ataque. Descubrieron que la sospechosa había realizado búsquedas para averiguar cuál era el veneno más apropiado para acabar con la vida de una persona, sin dejar rastros, también cómo comprarlo y cuáles eran las mejores formas de suministrarlo.
Tras conocer los detalles de la confesión de la asesina, Silvio, el padre de la víctima, no pudo ocultar su sorpresa. Lo que más impactante le resultaba era saber que la supuesta amiga había estado presente esa tarde en la casa. Y es que luego de dejar el paquete en manos del repartidor, la acusada fue a encontrarse con Ana Luisa.
El fin de semana en el que se desató la tragedia, la asesina se había quedado a dormir en la casa de la familia Oliveira y había sido testigo del momento en el que Anuisa comió el pastel envenenado y comenzó a sentirse mal. Lo peor fue que en ningún momento atinó a hacer algo para ayudarla. La única oportunidad en la que fingió estar preocupada fue durante la primera visita al hospital, cuando vio que Silvio estaba completamente angustiado y desbordado, por lo que su hija estaba atravesando. La supuesta amiga se
acercó, le dio un abrazo y le dijo que todo iba a estar bien. Ese dato aportado por el propio Silvio, tiró abajo la versión inicial de la acusada, aquella en la que aseguraba que no había tenido intenciones de terminar con la vida de su amiga, sino de asustarla. Si realmente solo buscaba darle una lección, habría actuado al notar que los síntomas de Ana Luisa estaban siendo más severos y alarmantes de lo que deberían haber sido.
Pero al no hacerlo, dejó en evidencia que no solo estaba hecha de una frialdad e indiferencia extrema, sino también que todo sucedió de acuerdo a su plan. Desde un inicio había querido eliminar a Ana Luisa deliberadamente. Aunque todavía debía ser sometida a un examen psicológico, los investigadores comenzaron a calificar a la acusada como una joven con rasgos psicopáticos y para sumar pruebas a sus sospechas ese mismo día supieron que Ana Luisa no había sido su única víctima.
La envenenadora había atacado pocos días antes. Cuando la tragedia de Ana Luisa se convirtió en noticia, el municipio de Itapecerra se vio profundamente conmocionado, pero su divulgación fue una medida clave para alertar a la población y de alguna manera unir a la comunidad en un mismo sentimiento de consternación y necesidad de justicia.
Fue así que gracias a la visibilidad de los medios apareció la segunda víctima de la joven envenenadora. Una chica estaba viendo las noticias cuando se percató de que dos semanas antes que Ana Luisa fuera asesinada, ella había vivido una experiencia similar. Aunque afortunadamente había logrado sobrevivir, la coincidencia le provocó un escalofrío inmediato.
La joven, que era otra menor de edad, residente de Itapecerra, se dirigió junto a su madre a la estación policial para hablar con los investigadores que estaban llevando el caso de Ana Luisa. Cuando la joven contó lo que había pasado, el caso se tornó aún más grave y perturbador. Según su testimonio, el 15 de mayo se encontraba en su lugar de trabajo cuando recibió un pasel.
El modus operandi había sido el mismo. Un repartidor entregó el paquete que, además del postre, contenía una nota repleta de alagos y sin firma, cuidadosamente escrita para generar confianza. La joven, al igual que Ana Luisa, probó el pastel sin sospechar que podía hacerle daño. Estaba segura de que se trataba de un gesto romántico de un chico con el que estaba saliendo y jamás pensó que alguien pudiera tener intenciones tan siniestras.
Aunque casi de inmediato comenzó a sentirse mal, de un momento para el otro se sintió resfriada, mareada y con náuseas intensas. se encontraba tan mal que se vio obligada a retirarse antes de concluir la jornada laboral para acudir al hospital en busca de ayuda urgente. Fue atendida y diagnosticada con intoxicación alimentaria.
Afortunadamente, apenas había probado el pasamentaron en el hospital fueron suficientes para revertir su estado, logrando sobrevivir sin secuelas graves. Nunca se cruzó por su mente la idea de haber sido envenenada como para reportar lo sucedido ante las autoridades. Por el contrario, pensó que tal vez el postre estaba en mal estado y que todo había sido un infortunio aislado.
Sin embargo, cuando vio la noticia del envenenamiento de Ana Luisa, comenzó a sospechar que aquello que le había sucedido a ella no era una casualidad, sino que alguien había intentado terminar con su vida, llevándola a contactar a la policía civil. Su testimonio fue respaldado por el mismo repartidor que había entregado el pasel a Ana Luisa, ya que confirmó que también el 15 de mayo había sido contratado por la misma sospechosa para entregar el obsequio.
Para asegurarse de que la sospechosa fuera la misma en ambos casos, los investigadores compararon la caligrafía de ambas notas. Una vez obtenidos los resultados, no quedaron dudas. habían sido escritas por la misma persona con idéntica precisión, inclinación y estilo de letra. Además, se supo que no solo el modus operandi que había aplicado era idéntico, sino también su motivación.
La joven envenenadora había querido eliminarla porque se había involucrado con un chico que le gustaba a ella, pero al enterarse de que había elegido a otra, no pudo controlar sus celos ni su ira. Con toda la información recabada en ambos casos, la fiscalía solicitó que la joven acusada permaneciera detenida por 45 días mientras se continuaba con las tareas investigativas por el asesinato de Ana Luisa.
La medida fue aprobada por el tribunal y la menor fue enviada a las instalaciones de Fundación Casa, una institución exclusiva para menores que se encuentran en conflicto con la ley. En su proceso de detención, la joven volvió a reconocer su autoría. y confirmó que había implementado el mismo método en ambos casos.
Al momento de la grabación de este video, la acusada está bajo custodia a la espera de la próxima resolución que disponga un juez. Aunque se desconoce cuál será su futuro a largo plazo, se puede estimar cómo serán sus próximos meses o incluso años. Según la legislación brasileña, al tratarse de una menor de edad, la pena máxima que podría enfrentar es de hasta tres años en una institución socioeducativa.
Aún habiendo destruido vidas con actos calculados y fríos, podría regresar a la vida cotidiana como si nada hubiera pasado. Sin embargo, existe la posibilidad de que una vez que cumpla los 18 años sea juzgada como adulta, lo que daría lugar a que reciba una pena más severa y acorde al terrible crimen que cometió, algo que muchas personas en la comunidad reclaman con firmeza.
En la mañana del 3 de junio, familiares y amigos se reunieron en el cementerio municipal Recanto de Silencio para despedir a Ana Luisa entre lágrimas. Sus compañeros de clase aplaudieron fuerte para celebrar su vida, pero sobre todo por sentirse afortunados de haberla tenido como amiga y de haber compartido su alegría durante años, recordando anécdotas y momentos que quedarán para siempre en su memoria.
Silvio su padre, con la voz quebrada dijo ante los medios que una mitad de él se había perdido junto con su hija de 17 años y que a partir de ese momento su vida sería muy difícil porque no sabía cómo iba a ser para continuar sin su presencia. La familia Oliveira Néves todavía estaba lamentando una pérdida cuando tuvo que despedirse de otra integrante en circunstancias tan terribles.
La vida de Ana Luisa le fue arrebatada cuando recién comenzaba a salir al mundo, cuando todavía tenía muchos sueños por cumplir y aprendizajes por descubrir, con planes que ahora quedaban inconclusos para siempre. Sin embargo, su trágica pérdida no fue en vano. El asesinato de Ana Luisa dejó al descubierto una realidad preocupante de Brasil.
Según trascendió en varios medios periodísticos, el método que su asesina utilizó para quitarle la vida se está volviendo cada vez más común en el país sudamericano, transformándose en una problemática que ya no puede ser ignorada y que requiere medidas urgentes para su control. En otras regiones del país se reportaron casos similares y alimentos adulterados.
Varias personas se vieron afectadas por comer huevos de Pascua o incluso frutas que contenían sustancias venenosas, lo que generó un gran temor entre los consumidores y encendió las alarmas de las autoridades sanitarias. En el estado Rígre del Sur, cuatro personas también fallecieron luego de haber consumido un pasel envenenado con arsénico en circunstancias que guardaban similitud con lo ocurrido a la joven.

Ante la sumatoria de casos por envenenamiento se presentaron dos proyectos de ley en el Congreso brasileño para regular la venta de arsénico y así evitar tragedias similares a las de Ana Luisa de Oliveira, buscando que ninguna familia vuelva a sufrir un dolor tan profundo. Una vez más, estimado público, agradezco su compañía.