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¿Por qué Pablo Neruda le puso ese nombre a su hija?

Antes de que Pablo Neruda fuera un mito, fue un padre. Y ahí está la herida. Su hija, Malva Marina nació enferma. Necesitaba cuidado, presencia, protección. Pero mientras Neruda crecía como poeta, diplomático y figura pública, esa niña quedaba cada vez más lejos de su vida. No fue una ausencia cualquiera.

 Fue una ausencia frente a alguien que no podía defenderse de la vida. El hombre que escribió sobre el amor, la humanidad y los pueblos heridos no supo estar o no quiso estar ante la fragilidad de un pequeño ser. Por eso esta historia incomoda, porque no habla del Neruda perseguido,  ni del Neruda Nobel, ni del hombre que salvó exiliados.

Habla del padre que le falló a su hija mucho antes de convertirse en una de las voces más reconocibles de la lengua española. Antes del Nobel, antes de los homenajes, antes incluso de que su nombre pareciera inseparable del siglo XX latinoamericano, Pablo Neruda fue apenas un niño nacido en una ciudad ferroviaria del sur de Chile, marcado desde el comienzo por una ausencia.

Llegó al mundo en Parral el 12 de julio de 1904 como Ricardo Eliezer Neftalí, Reyes Basoalto, y apenas dos meses después perdió a su madre Rosa Basoalto. Aquel origen hecho de fragilidad temprana y desamparo, no anunciaba todavía al poeta inmenso, pero sí dejaba entrever una constante de su vida, la convivencia entre la abundancia verbal y ciertas heridas que nunca terminarían de cerrarse.

Su padre, José del Carmen Reyes, trabajador de los ferrocarriles, se trasladó con él a Temuco  cuando el niño aún era muy pequeño. Allí volvió a casarse con Trinidad Candia Marverde, la mujer a quien el poeta recordaría con el nombre entrañable de Maadre. En esa ciudad del sur húmedo, de lluvias largas, madera, barro y vegetación espesa, empezó a formarse la sensibilidad que más tarde recorrería toda su poesía.

 El bosque nativo, los ríos, la materia vegetal, el olor del sur y más adelante el mar. No fueron para él simples paisajes, sino una verdadera escuela de percepción. Antes de ser un poeta de amor, de política o de historia continental, fue un muchacho que aprendió a mirar la naturaleza como si cada objeto escondiera una fuerza secreta.

En Temuco ocurrió también uno de los encuentros decisivos de su juventud. Cuando estudiaba en el liceo, conoció a Gabriela Mistral, entonces directora del Liceo de Niñas de la ciudad. Ella lo acercó a la gran narrativa rusa, una influencia que el propio Neruda recordaría años después como fundamental. Mientras tanto, el adolescente empezaba a publicar sus primeros textos.

 En 1917 apareció en el diario La mañana de Temuco un artículo firmado como Neftalí  Reyes. En 1918 y 1919 siguieron poemas y colaboraciones en revistas. Hacia 1920 comenzó a firmar como Pablo Neruda, seudónimo que utilizó en parte para evitar el rechazo de su padre hacia una vocación literaria que consideraba poco práctica.

El nombre inventado no era todavía una identidad definitiva, pero ya empezaba a desplazar al hijo ferroviario y provinciano  que había sido hasta entonces. En 1921 viajó a Santiago y se matriculó en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile para estudiar pedagogía en francés. No lo movía una verdadera pasión por la docencia, sino el deseo de acceder a la poesía francesa en su idioma original.

La capital le ofreció cafés, revistas, discusiones literarias y bohemia, pero también una pobreza cada vez más dura, agravada cuando su padre dejó de enviarle dinero. En esos años conoció a Albertina Rosa Azócar, figura importante en su juventud sentimental y asociada por la crítica y la memoria biográfica a varios poemas  amorosos de su primera gran etapa.

 El joven poeta comenzaba a ganar notoriedad, pero su vida material seguía siendo insegura, casi precaria, como si la celebridad futura tuviera que abrirse paso desde un largo aprendizaje de escasez. La irrupción pública fue temprana. En 1923 apareció Crepusculario, su primer libro, recibido con atención por la crítica. Un año más tarde publicó 20 poemas de amor y una canción desesperada, obra que con el tiempo  se convertiría en uno de los poemarios amorosos más leídos de la literatura en español.

 Aún muy joven, Neruda había encontrado una música propia, una voz capaz de mezclar erotismo, naturaleza, nostalgia y una intensidad emocional poco común. Pero el éxito no resolvió su desajuste con el mundo. Bajo la fama temprana persistía una inestabilidad profunda. El poeta que parecía haber conquistado al lector con una naturalidad deslumbrante, seguía buscando un lugar donde vivir, trabajar y escribir sin ser derrotado por la necesidad.

 Esa tensión entre esplendor verbal y precariedad personal no haría más que crecer. Acosado por la pobreza, en 1927 inició gestiones para ingresar al servicio consular chileno y fue nombrado cónsul en Rangun, Birmania. Comenzó entonces una larga etapa asiática que lo llevó también a Ceilán, Singapur y Batavia en Java. Aquella experiencia lo apartó de los círculos literarios de Chile y lo lanzó a una soledad densa, extranjera, casi espectral, que alimentó la escritura de buena parte de los poemas reunidos después en residencia en la Tierra.

En 1930 se casó en Batavia con María Antonieta Hagenar Bogelsang, conocida como Maruca. Sin embargo, ni el matrimonio ni el cargo diplomático disiparon la sensación de extrañamiento. En esos años, su poesía se volvió más sombría, más quebrada, más llena de materia oscura y descomposición, como si el mundo hubiera dejado de ser una promesa y empezara a revelarse como un territorio de desgaste.

 El regreso gradual al ámbito hispanoamericano cambió otra vez el curso de su vida. En 1933 fue destinado a Buenos Aires, donde conoció a Federico García Lorca y entró en contacto con una intensa vida intelectual. Poco después recibió nombramientos en Barcelona y luego en Madrid. Allí fue recibido por los integrantes de la generación del 27 como uno de los suyos y estrechó vínculos con Rafael Alberti, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre y otros poetas decisivos del periodo.

En 1935 aparecieron en Madrid los dos primeros volúmenes de residencia en la Tierra, consolidando una reputación que ya no era solamente chilena. Neruda dejaba de ser una promesa joven para convertirse en una figura central del idioma, alguien cuya voz parecía capaz de absorber angustia personal y convertirla en una experiencia colectiva.

Pero en medio de esa expansión pública ocurrió un hecho íntimo que con el paso del tiempo se volvería inseparable de las discusiones más duras sobre su vida. El 18 de agosto de 1934 nació en Madrid su hija Malva Marina Trinidad Reyes Hagenar, fruto de su matrimonio con Maruca. La niña nació con hidrocefalia y requirió cuidados especiales desde el comienzo.

 Años más tarde, la historia de esa hija enferma, de su distancia con el poeta y de la noticia de su muerte llegada desde Holanda en 1943 sería vista como uno de los episodios más debatidos y sensibles dentro de su biografía. En ese momento, sin embargo, todo estaba apenas comenzando. La celebridad del padre seguía creciendo, mientras en el centro de su vida se abría una herida que el prestigio no lograría borrar.

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