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La vida secreta de Sonsoles OÓnega: divorcio, el premio Planeta y amistad con la Reina.

Sonolesego, no llegó  a este mundo en una cuna de oro, sino en una cuna de papel de periódico y titulares  de última hora. Nació en Madrid un 30 de noviembre de 1977, un momento en el que España  todavía intentaba aprender a respirar tras décadas de silencio, pero para son soles, el silencio nunca fue una opción.

Desde que abrió los ojos por primera vez, el peso de su apellido fue una losa invisible, pero aplastante. Ser la hija de Fernando Ónega no era cualquier cosa. Era ser la heredera de uno de los cerebros más brillantes y  cercanos al poder que ha dado este país. Imagínate lo que es crecer sabiendo que tu padre es el hombre que susurra al oído del presidente Adolfo Suárez, el hombre  que redacta las frases que están cambiando la historia de una nación entera.

 Ese entorno no era el de una familia común. En la casa de los Salcedo las noticias no se veían en la televisión, las noticias se vivían en el salón. Sin embargo, detrás de esa fachada de prestigio y de intelectualidad, la pequeña Sonsoles empezó a percibir las primeras grietas de lo que sería una vida marcada por  la excepcionalidad y a veces por la soledad.

 Su madre, Marisol Salcedo,  era una maestra de Valladolid que intentaba desesperadamente ser el ancla de un barco que siempre estaba a punto de zarpar hacia la próxima exclusiva. Marisol aportaba la calma, la discreción y esa sencillez  castellana, pero el torbellino mediático que rodeaba a Fernando era demasiado potente.

 “Tú que me estás escuchando, trata de ponerte en los zapatos  de esa niña.” Mientras tus amigas jugaban a las muñecas,  Son soles escuchaba conversaciones sobre la Constitución, sobre pactos secretos y sobre el destino de España. Pero pronto esa burbuja de familia perfecta de la transición estalló y estalló de una manera que  en los años 80 era poco menos que un escándalo silencioso.

 Sus padres decidieron divorciarse. nos parece algo normal, algo cotidiano, pero en aquella época el divorcio era una palabra que se pronunciaba en voz baja, casi con vergüenza. Sonsoles se convirtió de la noche a la mañana en la única niña de su clase  cuyos padres no vivían juntos.

 Esa etiqueta invisible de ser la hija de divorciados en una España que todavía olía incienso y naftalina  la marcó a fuego. Ella misma lo ha recordado décadas después con una melancolía que todavía  es cuece. Se sentía un raro, una excepción dolorosa en un mundo de familias de postal.  Aquella fractura no solo la obligó a madurar antes de tiempo, sino que la vinculó de forma  indestructible a su hermana Cristina.

 Ambas se convirtieron en un ejército de dos, navegando entre la casa de un padre ausente por el trabajo y una madre que intentaba mantener  los pedazos unidos. Esa madurez prematura fue la que forjó el carácter de hierro que vemos hoy en la pantalla. Sonsoles no quería ser solo la hija de Tenía una  necesidad casi enfermiza de demostrar que ella valía por sí misma.

 Por eso, cuando llegó el momento de elegir su camino, se lanzó de cabeza al periodismo en la Universidad  CEU San Pablo de Madrid. Pero no lo hizo con la soberbia de quien tiene el camino  asfaltado por su padre. Al contrario, lo hizo con el miedo constante a que cada uno de sus logros fuera cuestionado. Cada vez que sacaba una buena nota o conseguía una práctica,  escuchaba el murmullo a sus espaldas.

Está ahí por su padre. Esa sombra de duda la persiguió durante años y fue el motor que la impulsó a trabajar más que nadie, a dormir menos que nadie  y a ser la primera en llegar a la redacción. Fue a finales de los años 90 cuando la vida de Sonsoles dio un giro cinematográfico que nadie, absolutamente nadie, podría haber previsto.

 Entró a trabajar en CNM Plus, una redacción vibrante, joven, llena de adrenalina y de caras  nuevas que querían comerse el mundo. Y allí, entre máquinas de café que nunca dejaban de funcionar, turnos de noche agotadores, Sonsoles cruzó su mirada con otra joven periodista que compartía su misma ambición y, curiosamente, su mismo estilo de vida frenético, Leticia Ortiz Rocasolano, lo que empezó como una relación de compañerismo pronto, se transformó en una amistad íntima  de esas que se forjan en las trincheras. Eran dos mujeres jóvenes,

brillantes, algo escépticas y profundamente apasionadas por  su trabajo. Compartían confidencias sobre sus amores, sobre sus miedos profesionales y sobre sus sueños de grandeza. En aquel entonces, Leticia era una periodista de raza que ya empezaba a destacar y Sonsoles era su confidente más cercana.

 Ninguna de las dos podía imaginar que pocos años después una de ellas  llevaría una corona sobre la cabeza y la otra se convertiría en la guardiana de los secretos más oscuros y brillantes del palacio. Son Soles fue testigo directo de cómo  Leticia empezó a cambiar, de cómo sus llamadas se volvían más misteriosas  y de cómo su mirada reflejaba algo que no podía contarle a nadie más.

 Imagínate el peso de esa  respons. Tu mejor amiga está empezando una relación con el heredero al trono y tú eres la única persona en el mundo fuera de ese círculo de poder  que lo sabe. Sonsoles no solo guardó el secreto, sino que se convirtió en una pieza  clave para que ese romance no saltara por los aires antes de tiempo.

 Ella era la que recibía los mensajes codificados. Ella era la que sabía que cuando Leticia hablaba del bombero, en realidad se estaba refiriendo al príncipe Felipe. Era una metáfora perfecta, casi premonitoria, una relación que era un incendio absoluto, un fuego que lo quemaba todo a su paso y que amenazaba con destruir la privacidad de ambas para siempre.

 Sonsoles actuó como un escudo humano, protegiendo a su amiga de las cámaras,  de los rumores y de la presión asfixiante que empezaba a rodearla. Pero esa lealtad inquebrantable también tuvo un precio. Cuando el compromiso real se hizo público  en aquel recordado año 2003, Sonsoles pasó de ser una periodista anónima a ser la amiga de la reina  y ese título, aunque le abría puertas, también le puso una diana en la espalda.

  Muchos en la profesión empezaron a mirarla con recelo, preguntándose si sus ascensos eran fruto de su talento o de sus conexiones  con la zarzuela. Sonsoles tuvo que aprender a vivir en esa ambigüedad, siendo la confidente de la mujer más observada de España, mientras intentaba que su propia carrera no se viera devorada por el brillo de la corona.

 El 12 de julio de 2008 amaneció con ese brillo especial que solo tienen las mañanas en Galicia. Una tierra que corre por las venas de  sonoles como si fuera el mismo cauce del río Miño. Para ella, casarse no era solo un trámite legal o un evento social. Era un intento desesperado de echar raíces, de encontrar esa estabilidad que el divorcio  de sus padres le había arrebatado cuando era apenas una niña.

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