El lugar elegido fue El Pazo de San Lorenzo, en Santiago de Compostela, un rincón de piedra y musgo que parecía sacado de una leyenda antigua. Allí, Sonsole Sóga le daría el sí quiero al abogado Carlos Pardo Sanz ante la mirada atenta de lo más granado de la sociedad española. Pero tú que sigues esta historia, quiero que te fijes en un detalle que muchos pasaron por alto.
Entre los invitados no solo había familiares y amigos, allí estaban ellos, los entonces príncipes de Asturias, Felipe y Leticia. La presencia de la futura reina de España no era un acto oficial, era el tributo a una amistad forjada en las trincheras del periodismo. Leticia no fue allí a posar, fue para ser testigo de la boda de su mejor amiga, de la mujer que había guardado sus secretos más inconfesables durante años.
Sonsoles lucía radiante, con un vestido de gasa, un escote palabra de honor y un fajín verde que rompía con la tradición, como si quisiera gritarle al mundo que ella no iba a ser una novia convencional. Sin embargo, en medio de la alegría y el champán, el destino ya estaba empezando a tejer una red de infortunios que son soles con su naturaleza profundamente supersticiosa.

No tardaría en interpretar como señales de alarma. ¿Sabes qué pasó con aquel vestido de novi? Es una de las anécdotas más extrañas y perturbadoras de su biografía. Pocos días después del enlace, Sonsoles llevó el traje a una tintorería para que lo limpiaran y lo conservaran como un tesoro.
Pero de repente el negocio cerró sus puertas de la noche a la mañana. El dueño desapareció, el local fue vaciado y el vestido de novia de Sonsoles se esfumó para siempre. nunca más volvió a verlo. Para una mujer que confiesa vivir en alerta constante, que cree en los vaticinios y que analiza cada señal del universo, la pérdida del vestido fue un golpe psicológico demoledor.
Ella misma lo ha contado con un nudo en la garganta. sentía que si el vestido que simbolizaba su unión se había perdido, su matrimonio también estaba destinado a extraviarse en algún lugar del camino. Fue el primer presagio sombrío de una relación que, aunque duró 11 años, estuvo marcada por una desconexión interna que Sonsoles intentaba tapar con una actividad profesional frenética.
Los años siguientes fueron un torbellino. Sonsoles se convirtió en la cronista parlamentaria de Telco pasando horas y horas a las puertas del Congreso de los Diputados bajo la lluvia, el sol o la nieve. Su carrera subía como la espuma, pero su vida personal se volvía cada vez más exigente.
En 2010 nació su primer hijo, Yago y en 2012 llegó Gonzalo. Fue entonces cuando Sonsoles chocó de frente con la cruda realidad de lo que ella llama el timo de la mujer trabajadora. Sentía que no llegaba nada, que le robaba tiempo a sus hijos para dárselo a la cámara y que al llegar a casa, el silencio con Carlos Pardo se volvía cada vez más espeso.
Pero nada de eso se comparaba con lo que estaba a punto de suceder. En 2016, la vida decidió ponerla a prueba de la manera más cruel, imaginable. Su hijo pequeño, Gonzalo, que tenía solo 4 años, empezó a mostrar síntomas extraños. Bebía agua de forma compulsiva, como si tuviera un desierto en la garganta, y sus visitas al baño eran constantes.
Sons soles, atrapada en lo que ella define como su propia ignorancia y un miedo paralizante, empezó a imaginar los peores escenarios. Llegó a la consulta de la pediatra, convencida de que su hijo tenía un tumor en la vejiga. Estaba preparada para lo peor, pero no para la realidad que le comunicaron.
Gonzalo estaba debutando con una diabetes tipo 1 severa. El diagnóstico fue un desgarro emocional que cambió su percepción del mundo para siempre. Pero lo peor estaba por venir. En el trayecto entre el ambulatorio y el hospital Puerta de Hierro. Son soles, en un acto de amor desesperado y equivocado por la falta de información, le dio a su hijo un batido de chocolate.
Pensaba que el niño necesitaba energía para lo que venía. No sabía que le estaba dando veneno. Al llegar al hospital, los niveles de azúcar de Gonzalo eran de 500 mg por declilitro. Estaba en un estado crítico al borde de un coma diabético. Ver a su hijo de 4 años conectado a cuatro vías de insulina, rodeado de máquinas y médicos con caras de preocupación, hundió a Sonsoles en lo que ella llama su mundo de tiniebla.
Durante tres semanas no salió del hospital aprendiendo a marchas forzadas cómo gestionar una enfermedad que no da tregua, que exige vigilancia las 24 horas del día, los 7 días de la semana. La culpa la devoraba por dentro. se sentía responsable por aquel batido de chocolate por no haber visto las señales antes, por estar más pendiente de las noticias del Congreso que de la sed de su hijo.
Esa crisis médica transformó a Sonsoles por completo. Se volvió una mujer obsesiva con la alimentación. Erradicó el azúcar procesado y los hidratos refinados no solo de la dieta de Gonzalo, sino de toda la familia. perdió 12 kg de peso, quedándose en una figura casi frágil que reflejaba su agotamiento interno.
Porque tú que me escuchas, imagina lo que es tener que despertarte cada 3 horas, todas las noches durante años para comprobar los niveles de glucosa de tu hijo mientras duerme. Esa falta de sueño, ese vivir en alerta permanente, terminó por dinamitar los restos de su matrimonio con Carlos Pardo.
Carlos era un buen hombre, un padre presente, pero no compartía esa intensidad casi neurótica que Sonsoles había desarrollado como mecanismo de defensa. Ella sentía que caminaba sola en esa batalla, que su marido no entendía la magnitud del miedo que la atenazaba cada noche. El abismo entre los dos se hizo tan grande que ya no había palabras para llenarlo.
Y así llegamos a ese momento que parece sacado de una novela dramática, pero que fue la realidad más pura de su vida. Sucedió en agosto de 2019. No hubo grandes gritos, ni vajillas rotas, ni escenas de celos. Fue algo mucho más cotidiano y por ello mucho más desgarrador. Sonsoles estaba en la cocina de su casa cortando un limón, un simple gesto doméstico repetido miles de veces.
Pero en ese instante, al sentir el aroma ácido de la fruta y ver el filo del cuchillo, algo hizo clic en su cabeza. Miró a su alrededor y comprendió que estaba viviendo una mentira. Comprendió que si seguía en ese matrimonio se terminaría marchitando hasta desaparecer. “Liberé a una Sonsoles que llevaba mucho tiempo contenida,” diría años después. La decisión estaba tomada.
La separación de Carlos Pardo fue un proceso silencioso, guardado bajo llave durante meses para proteger a sus hijos y su propia imagen pública. Mientras España la veía sonreír en el programa Ya es mediodía, Sonsoles llegaba a una casa vacía de amor, lidiando con el papeleo de un divorcio que revivía en ella todos los traumas de su propia infancia.
Se sentía una fracasada por no haber podido mantener la estructura familiar, pero al mismo tiempo sentía una liberación que la asustaba. Fue en esa época de soledad y reconstrucción cuando Sons Soles se volcó por completo en el trabajo. El programa Ya es mediod día se convirtió en su refugio, en el lugar donde podía olvidarse de los pinchazos de insulina de su hijo y de la ausencia de su marido.
Se hizo fuerte, se hizo imprescindible para la cadena y se ganó el respeto de sus compañeros. Pero esa seguridad profesional era solo el preludio de la mayor traición que estaba a punto de cometer contra la empresa que la había visto crecer. Una traición que se gestó en apenas 48 horas y que dejaría toda la televisión española con la boca abierta.
Imagínate por un momento que estás en la cima de tu carrera, que eres la protegida del hombre más poderoso de la televisión y que todos te consideran la heredera natural del trono de las mañanas. Así estaba Sonsoles, ó en julio de 2022. Pero lo que nadie sabía es que bajo esa apariencia de lealtad absoluta a Tele C estaba fraguando una de las operaciones de espionaje y traición más rápidas y letales que se recuerdan en la industria.
Todo sucedió en apenas 48 horas, un fin de semana que cambió las reglas del juego para siempre. Tú que sigues este relato, intenta visualizar la escena. Es viernes 1 de julio. Sonsoles está en su camerino rodeada de percheros, maquillaje y el caos habitual antes de salir al aire. Está, según sus propias palabras, literalmente en faja, preparándose para ponerse frente a las cámaras. De repente suena su teléfono.
Es una oferta de la competencia de Antena 3. No era solo una oferta de dinero, era la promesa de dejar de ser la eterna sustituta de Ana Rosa Quintana para tener un reino propio, un programa con su ADN, con su nombre en la cabecera. Sonsoles no lo dudó, pero tampoco se lo dijo a nadie en su empresa.
Durante ese fin de semana, mientras compartía risas y confidencias con sus compañeros de Tel C, ella había firmado su sentencia de salida. Solo tres personas conocían el secreto, su padre, su hermana y su pareja de aquel entonces, el arquitecto César Vidal. El lunes 11 de julio, tras terminar su programa con una normalidad pasmosa, subió al despacho de Paolo Basile y soltó la bomba.
Se iba en ese mismo instante, sin preaviso, sin despedidas elegantes, sin mirar atrás. La cúpula de Mediaset se quedó en estado de shock absoluto. Se habló de puñalada trapera, de una falta de ética sin precedentes. La relación con Ana Rosa Quintana, que la había cuidado como a una hija profesional, se rompió en mil pedazos.
Aquella tarde, los pasillos de la cadena eran un hervidero de rabia y desconcierto. Joaquín Pratvo que asumir el mando de un barco que se hundía por el abandono de su capitana. Y Sonoles, mientras tanto, se refugiaba en su casa, temblando por la magnitud del escándalo que acababa de provocar, consciente de que se había ganado enemigos para toda la vida.
Su salida fue tan fría que ni siquiera dio una explicación a su audiencia, un simple gesto a cámara y desapareció, dejando a millones de espectadores con la palabra en la boca. Pero el éxito en su nueva casa no llegaría libre de sombras. Al poco tiempo de empezar su nueva etapa, la verdadera son soles. Esa mujer que vive bajo una presión interna insoportable, empezó a mostrar grietas en directo.
Tú mismo lo habrás visto en las redes sociales. Aquel micrófono abierto el 22 de noviembre de 2023 fue el principio de su caída de pedestal de perfección. Se escuchara la presentadora llamar a un invitado mientras pensaba que nadie la oía. Fue un golpe brutal. A su imagen de profesional mesurada, la audiencia descubrió que tras la sonrisa televisiva se escondía una mujer impaciente, a veces soberbia y capaz de perder los papeles cuando las cosas no salían como ella quería.
Y no fue un caso aislado. Las tensiones con su equipo empezaron a ser un secreto a voces. Enero de 2025, Sonsoles explotó contra su propia directora en pleno direct. “Déjame vivir, así no puedo trabajar”, gritó ante las cámaras. harta de las órdenes que recibía por el pinganillo.
¿Crees que esta actitud es fruto de una profesional que exige excelencia o es simplemente el reflejo de alguien que no sabe gestionar el estrés bajo presión? Me encantaría que me dejaras tu opinión en los comentarios, porque este comportamiento ha generado un debate intenso sobre su verdadera personalidad detrás de los focos.
Pero si hubo un momento que puso en duda su integridad profesional, fue la concesión del premio Planeta en 2023 por su novela Las Hijas de la criada. 1 millón de euros de premio para la estrella de la cadena que pertenece al mismo grupo de teoriad. El olor a tongo comercial fue tan fuerte que la crítica literaria no tuvo piedad. destrozaron su libro calificándolo de obra menor y de producto de marketing.
Sonsoles se vio envuelta en una espiral de ataques que la asumieron en una crisis de inseguridad profunda. Admitió que tuvo que abrir el paraguas para no ahogarse en la lluvia de críticas que la acusaban de haber vendido su prestigio por un cheque millonario. Sin embargo, detrás de toda esta ambición y de estos escándalos, hay una realidad mucho más triste y preocupante que Sonsoles decidió confesar en diciembre de 2024.
Una revelación que nos hace entender por qué vive con esa urgencia desesperada. Sono sollega padece una malformación genética en el corazón. Tiene una válvula bicicúspide, una anomalía que le detectaron a los 38 años y que la sitúa en un riesgo constante de muerte súbita. Cada revisión anual de su ahorta es un recordatorio de que su vida puede apagarse en cualquier momento de forma fulminante.
Ella lo cuenta con un humor negro que pone los pelos de punta. Dice que es una muerte dulce, que simplemente te caes y dejas de existir. Pero esa conciencia de su propia finitud es la que la empuja a trabajar hasta el agotamiento, a querer ganarlo todo, a no dejar nada para mañana.
vive con el miedo de que su corazón se detenga mientras el de su hijo Gonzalo sigue necesitando sus cuidados por la diabetes. Es una doble vigilancia médica que la mantiene en un estado de ansiedad crónica. En el amor, después de tanto caos, parece haber encontrado un puerto seguro con Juan Montes, un inversor financiero que ha aceptado que son soles.
Es una mujer que viene con un equipaje pesado, un hijo enfermo, una carrera en guerra permanente y un corazón que puede fallar. han decidido vivir un amor de agendas, sin presiones, sin intentar recrear esa familia perfecta que ella ya sabe que no existe. Es una relación madura, nacida de las cenizas de otros fracasos, donde Sonsoles por fin se permite ser vulnerable.
La biografía de Sonsole Só es la historia de una mujer que nació a la sombra de un gigante y que en su afán por brillar ha tenido que quemar muchos puentes, marcada por el divorcio traumático de sus padres, la enfermedad crónica de su hijo, una separación que vivió como una huida y una carrera profesional donde la gloria y el escándalo caminan de la mano.

Es una periodista que guarda los secretos de los reyes, pero que no puede ocultar el ruido de su propia vida rota. A sus años, Sonsoles sigue ahí en esa pantalla que tanto ama y tanto la castiga, recordándonos que el éxito siempre tiene un precio y que a veces ese precio es vivir con el miedo pegado a la piel. Llegamos al final de este relato que nos demuestra que nadie es lo que parece bajo los focos de un plató de televisión.
La vida de Sonsoles es un recordatorio de que todos luchamos batallas que los demás no ven.