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La Novia Más Peligrosa de Costa Rica: El Caso de Samodi Fonseca.

La noche del 8 de octubre de 2015, un joven panadero de 23 años llamado Gerardo Cruz caminaba hacia un parque en San José, Costa Rica, convencido de que lo esperaba un periodista para una entrevista. Horas después yacía en un hospital con múltiples puñaladas en el pecho y el abdomen. Sobrevivió 42 días sometido a decenas de cirugías mientras un país entero seguía su agonía a través de los medios.

 Nadie imaginaba entonces que el ataque no había sido un robo ni un ajuste de cuentas por un escándalo mediático, sino el desenlace de una obsesión que venía cocinándose desde décadas atrás y que la mente detrás del golpe no empuñó el cuchillo, pero trazó cada línea del plan con la precisión de quien ha aprendido que la impunidad es su mejor aliada.

 Para entender cómo un caso de violencia doméstica se transformó en un asesinato premeditado con una docena de participantes, hay que remontarse a la infancia de la autora intelectual. Samodi Fonseca nació en febrero de 1975 en un barrio marginal de la capital costarricense, criada únicamente por su madre Sonia Fonseca.

 Los registros escolares y los testimonios vecinales coinciden en un rasgo que apareció muy temprano, una incapacidad estructural para tolerar el rechazo. Cuando algo o alguien se le negaba, Samodi no retrocedía. Aprendió a usar la fuerza física o el engaño como herramientas cotidianas. Los psicólogos forenses, que analizaron su caso años después señalarían que ese patrón, en ausencia de corrección familiar o institucional, tiende a cronificarse y a escalar con cada experiencia de frustración.

Durante su juventud, su apariencia física se convirtió en su principal activo. Con un rostro de rasgos finos y una figura esvelta, Samodi trabajó como modelo promocional de la marca Barbie en una cadena de librerías. El apodo se le pegó para siempre, pero el contraste entre esa imagen de muñeca inofensiva y su carácter real era abismal.

 Los hombres se sentían atraídos por ella con facilidad, pero la relación raramente superaba las primeras semanas. La causa no era misteriosa. Samodi ponía el dinero y el estatus social por encima de cualquier vínculo afectivo. Y cuando la otra persona mostraba signos de independencia, respondía con celos patológicos y agresividad verbal.

 No era una enamorada despechada, era una estratega del control. Su relación más larga y también la más reveladora fue con Osvaldo Fernando Valeri, un periodista de televisión 16 años mayor. Durante los años 90 tuvieron dos hijos, Christopher en 1996 y Cristina al año siguiente. Sin embargo, Valeri no pudo sostener la convivencia.

 Las crisis de celos eran constantes, las discusiones violentas. A finales de la década él abandonó el hogar. Samodi no olvidó. En 2012, cuando Valerie murió repentinamente a los 53 años, ella descubrió que no figuraba en el testamento. Su reacción fue inmediata y reveladora. Se presentó en la casa del fallecido, cambió las herraduras, tomó posesión del inmueble y se llevó objetos valiosos.

 Los familiares de Valeri denunciaron. La policía la desalojó, pero nunca se inició un proceso penal. Esa fue la primera vez que Samodi comprobó que podía transgredir la ley sin consecuencias graves. Luego vino Miguel Ángel Pérez, con quien tuvo a su tercera hija, María. El estado civil de esa unión es confuso. Algunas fuentes hablan de un matrimonio breve, otras de una convivencia sin papeles.

 Lo que sí está comentado es que Samodi inscribió a la niña con el apellido de Pérez sin su consentimiento. Más tarde, mediante documentos falsificados, logró que un tribunal le impusiera una pensión alimenticia. durante más de 3 años cobró esas cuotas hasta que el fraude salió a la luz. La condena fue de 3 años de prisión y una multa considerable, pero el juez suspendió la pena y la transformó en 5 años de libertad condicional, argumentando que Samodi tenía una hija pequeña bajo su cuidado.

El mensaje que ella internalizó fue el mismo de siempre. Las normas se doblegan cuando uno sabe cómo manipular el sistema, pero había algo más siniestro en el expediente no oficial de Samodi. Dos de sus exparejas habían desaparecido o muerto en circunstancias oscuras. El primero se esfumó poco después de anunciar su decisión de romper.

 Su paradero sigue siendo desconocido. El segundo, un hombre llamado Diaco, fue asesinado en lo que la policía calificó como un robo fallido. En ambos casos, los familiares señalaron a Samodi como posible instigadora, pero nunca se hallaron pruebas contundentes. Los archivos quedaron abiertos, sin detenidos.

 Nadie entonces conectó esos puntos con el perfil de una asesina en serie de relaciones. Mientras Amodi acumulaba este historial de violencia psicológica ilegal, en otro extremo de San José crecía Gerardo Cruz. Había nacido en diciembre de 1992 sin conocer a su padre biológico que abandonó a su madre antes del parto. Ana Patricia, su madre, se casó con Hermes Rodríguez, quien adoptó al niño y le dio su apellido.

 La familia era humilde, pero funcional. Gerardo cursó la escuela primaria y secundaria sin mayores incidentes. Desarrolló una pasión temprana por las motocicletas y a un adolescente conoció a Carol, la mujer con la que construiría su proyecto de vida. A los 23 años ya tenían una hija de 4 años, Génesis, y esperaban un segundo hijo.

 Para mantenerlos, Gerardo trabajaba en una panadería del suburbio de San Sebastián. Llevaba una vida ordenada, predecible y modesta. El verano de 2015 fue el punto de colisión. Samodi, que entonces rozaba los 40 años, había desarrollado una predilección por los amantes mucho más jóvenes. Empezó a visitar la panadería con frecuencia, al principio como una clienta cualquiera, luego como una mujer que coqueteaba sin disimulo.

 Gerardo, alagado y quizás aburrido por la rutina familiar, accedió. Lo que siguió fue una Feros meses que él logró mantener en secreto durante un tiempo. Samodi iba casi a diario, a menudo acompañada por su hija Cristina, que por entonces tenía 19 años. y fue testigo de los encuentros desde el principio. Los empleados de la panadería notaban la dinámica, pero nadie intervino.

 El error de Gerardo fue presumir. Le contó a compañeros y amigos los regalos que recibía y detalles íntimos de la relación. Los rumores llegaron a oídos de su madre, quien le aconsejó cortar de inmediato. Él no lo hizo. El afer se derrumbó en octubre de 2015 cuando Samodi descubrió que su joven amante tenía una esposa embarazada y una hija pequeña.

 La reacción fue inmediata, furiosa y sistemática. Comenzó a enviar mensajes de texto y llamadas a Carol, insultándola y amenazando con matar a Gerardo si no la dejaba. Las pruebas quedaron registradas en los registros telefónicos que la fiscalía recuperaría más tarde. Gerardo pidió perdón. Carol lo aceptó y la familia intentó recomponerse.

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