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Joan Sebastian: Tres niños asesinados y sospechas de una “deuda de sangre” con el narcotraficante.

A los 7 años vendía gelatinas en las calles de Juliantla para que sus 12 hermanos pudieran comer. A los 45 se casó en secreto con una niña de 19 años, mientras su nombre aparecía en las bocas de las figuras clave del bajo mundo en México. A los 64 falleció en su rancho después de 14 horas de agonía con la mitad de su fortuna ya desaparecida y dos hijos enterrados antes que él.

 Hoy, 10 años después de su fallecimiento, sus hijos sobrevivientes siguen peleando en juzgados de dos países por lo poco que quedó. Su nombre era José Manuel Figueroa Figueroa, pero el mundo lo conoció como John Sebastian. el rey del jaripeo, el poeta del pueblo. Y lo que la industria, las redes criminales y su propia sangre le hicieron fue un crimen que nadie, absolutamente nadie, ha pagado.

 Él mismo lo dijo una vez y lo repitió hasta el último día de su vida. El que nace para cantar, aunque le corten la lengua. Nadie imaginó que esa frase no era poesía, era una profecía. Esta es la investigación que su familia, su industria y su país enterraron durante décadas. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre el hombre que compuso 854 canciones, ganó 12 premios Grammy y Latin Grammy combinados y partió sin dejar un solo testamento.

 Primero, el testimonio que rodea el fallecimiento de sus dos hijos. trigo. Herido de gravedad en la cabeza durante un concierto en Texas en 2006, cuyo responsable del ataque saltó una valla y nunca fue identificado. y Juan Sebastián, eliminado en Cuernavaca en 2010, cuyo final la versión oficial llamó Riña de Bar, hasta que una organización delictiva regional dejó mensajes firmados por un grupo criminal adjudicándose el crimen horas después.

Segundo, las palabras exactas que dos mujeres identificadas como Amanda y Julieta dijeron ante la PGR en 2014 y 2015, señalando al cantante en declaraciones ante una unidad especializada en delitos contra menores, palabras que la familia negó que los juzgados nunca procesaron y que el público mexicano jamás escuchó completas. Las vas a escuchar hoy.

Tercero, lo que está pasando hoy mismo en enero de 2025. Más de 100 propiedades, 854 canciones registradas y regalías congeladas en Estados Unidos siguen atrapadas en litigios entre sus hijos sobrevivientes. Mientras Julián Figueroa, el hijo que tuvo con Maribel Guardia, falleció de un paro cardíaco fulminante a los 27 años en 2023, dejando a un niño de 9 años sin padre ni herencia.

 Y cuarto, el documento que Anabel Hernández publicó en 2021 en su libro EMA y las otras señoras del crimen organizado, donde testimonios de terceros lo ubican en reuniones con líderes de alto perfil criminal en su propio rancho con Arturo Beltrán Leiva, Edgar Valdés Villarreal, el Chapo Guzmán y el Mayo Zambada. Un rancho que mientras él velaba a su hijo que perdió la vida en un ataque, 150 elementos del ejército mexicano registraron buscando sustancias y equipo prohibido.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que su familia lleva dos décadas intentando borrar. La verdad sobre por qué dos hijos del mismo padre están enterrados en el mismo panteón de Juliantla y ningún responsable del ataque ha pisado una cárcel. Suscríbete para no perderte de ninguna historia.

Pero antes de contarte cómo partió, antes de hablar de los hijos y del ejército y de las redes criminales, necesitas entender de dónde vino este hombre. Porque el infierno de Joan Sebastián no comenzó con el cáncer ni con las estructuras delictivas, comenzó mucho antes. Comenzó el día exacto en que llegó al mundo.

 Porque nadie que haya nacido en abundancia construye una vida entera alrededor de una sola frase. Lo que le dejaron fue su voz nada más. Esa frase no la escribió un poeta sentado en un escritorio. La escribió un niño al que le enseñaron desde los 7 años que el mundo no te da nada, que tienes que arrebatárselo. Juliantla, Guerrero, 1951.

Si hoy abres Google Maps y buscas Juliantla, vas a encontrar un punto pequeño en la sierra de Guerrero, uno de los estados más pobres de México, enclavado entre montañas que durante décadas sirvieron de escondite para todo tipo de hombres que no querían ser encontrados. En 1951, Guerrero no tenía carreteras pavimentadas hacia esos pueblos de la sierra.

 No había hospitales, no había electricidad garantizada. Las familias vivían en casas de adobe con pisos de tierra y el agua se cargaba desde el río en cubetas antes de que saliera el sol. En ese contexto nació José Manuel Figueroa Figueroa, no en una clínica, no con médico, en una casa de adobe en un pueblo de la sierra guerrerense, rodeado de montañas que ya entonces comenzaban a llenarse de amapola.

 Su madre era una mujer de la sierra, de esas que se levantan antes del amanecer y se acuestan después de que todos duermen. De esas que no se quejan porque aprendieron desde niñas que quejarse no sirve para nada. Su padre era un hombre que ocupaba espacio sin estar presente. Había aprendido como aprendieron los hombres de su generación en esa sierra, que la autoridad no se justifica, se ejerce.

 Y ese patrón decidir sobre la vida de otro sin preguntar fue lo primero que José Manuel absorbió antes de saber leer. Y entre esos dos adultos, 12 hijos. 12. Imagínate eso. No tres, no cuatro. 12 hijos en una casa de adobe en la sierra de Guerrero, en los años 50. Sin dinero, sin seguridad social, sin red de protección de ningún tipo, 12 bocas que alimentar con lo que diera la tierra.

 Cuando José Manuel tenía 7 años, ya trabajaba. No ayudaba en la casa. Trabajaba con toda la palabra. Salía a las calles de tierra con el sol de guerrero pegando desde temprano a vender gelatinas. Piensa en eso un momento. Un niño de 7 años. La edad en que la mayoría de los niños están pensando en jugar en canicas, en el recreo, José Manuel estaba pensando en cuántas gelatinas tenía que vender para llevar algo a la casa.

 Pero las gelatinas no eran lo único. También voleaba zapatos. se ponía en las esquinas con su cajita de betún y sus cepillos, limpiándoles los zapatos a hombres que pasaban sin mirarlo a los ojos. Y antes del amanecer, cuando el cielo todavía estaba oscuro y el frío de la sierra calaba los huesos, cargaba cubetas de leche, cubetas llenas, pesadas, que un niño de 7 años cargaba caminando por calles de tierra porque alguien tenía que hacerlo.

¿Sabes lo que es cargar algo demasiado pesado para tus manos durante años? Hasta que ya no sientes el peso porque tu cuerpo se acostumbró a él. José Manuel lo supo desde los 7 años y ese cuerpo acostumbrado al peso aprendió algo que ya no pudo desaprender. Lo que le dejaron fue su voz nada más. No lo dijo todavía.

 Todavía era un niño descalso vendiendo gelatinas, pero ya lo estaba viviendo. A los 14 años algo pasó que cambiaría el rumbo de su vida. José Manuel ingresó al seminario. La imagen no encaja fácilmente con John Sebastián, el hombre del sombrero y las botas. Pero es exactamente lo que pasó. A los 14 años estudió latín y teología.

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