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EL BUKI: LA ASQUEROSA VERDAD…Por eso DESTRUYÓ a la mujer que lo llevo a la fama…

A los 12 años perdió a su madre mientras cantaba en la televisión nacional. A los 42, la tragedia más devastadora, encontraron a su hijo de 21 años sin vida en circunstancias terribles en Tijuana. A los 47, un juez la sentenció a pagar 1.5 millones de pesos por reclamar lo que le correspondía. Hoy tiene 66 años y después de cuatro infartos todavía hay quienes la llaman mentirosa.

 Su nombre era Beatriz Adriana Ruiz Sandoval, pero el mundo la conoció como Beatriz Adriana, la reina de las rancheras. Y lo que vivió junto al hombre, que juró amarla eternamente es una historia que merece ser narrada. Esta es la investigación que su familia guardó durante 28 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que transforman todo lo que creías saber sobre la mujer que conquistó 64 veces consecutivas el programa más visto de México.

 Primero, el testimonio sobre su hijo Leonardo y las personas cercanas involucradas en el terrible suceso que terminó con su vida. Los nombres de quienes traicionaron a un joven de 21 años mientras su madre hacía todo lo posible por rescatarlo. Segundo, las palabras exactas que Betty Solís, su hija, compartió en el programa de Cristina Saralegui sobre su padre Marco Antonio Solís.

 Una confesión en televisión nacional que revela una separación de 13 años que marcó a toda una familia. Tercero, el documento judicial de la Corte de Riverside, California, que muestra cómo perdió propiedades valuadas en cientos de miles de dólares, incluyendo tres residencias de gran tamaño y un estudio de grabación completo, además de verse forzada a firmar acuerdos legales bajo presión.

 Y cuarto, la revelación de agosto de 2023 en Facebook, donde Beatriz Adriana rompe 18 años de silencio y cuenta su verdad. El documento que existe en los archivos públicos de California y que cualquiera puede consultar. Te voy a avisar cuando llegue cada punto. Si te marchas antes del final, te pierdes la parte que uno de los hombres más poderosos de la música regional mexicana prefiere mantener en el olvido.

 Suscríbete para no perderte de ninguna historia. Pero antes de contarte cómo un juez la sentenció a pagar por pedir justicia, antes de hablar del secuestro que le destrozó el alma, necesitas entender cómo empezó todo. Porque el infierno de Beatriz Adriana no comenzó con el fallecimiento de su hijo. Comenzó mucho antes, el día exacto en que una niña de 10 años tuvo que convertirse en el sostén económico de 13 personas.

 5 de marzo de 1958, Nabojoa, Sonora, un pueblo de tierra colorada donde el calor alcanza los 45 gr en verano y las casas son de adobe porque el ladrillo cuesta demasiado. Un lugar donde las familias numerosas no son bendición, son condena, porque cada boca nueva es una preocupación más sobre cómo alimentarla. Beatriz Adriana Ruiz Sandoval nace en una de esas familias.

 Su madre, Aida de Saracho, ya tiene seis hijos cuando llega Beatriz. Tendrá cinco más después, 11 niños en total, 11 bocas que alimentar en una casa donde el dinero nunca alcanza, donde la comida se reparte en porciones cada vez más pequeñas, donde la ropa se hereda hasta que se deshace. Su padre, como tantos padres en estas historias, es una sombra.

 Un hombre que está, pero no está, que provee, pero nunca es suficiente, que desaparece de la narrativa familiar como si nunca hubiera existido. Beatriz crece siendo la séptima de 11. Imagínate eso. Séptima de 11. No eres la mayor que carga con la responsabilidad desde el principio. No eres la menor que recibe las migajas de atención que quedan.

 Eres del montón, una más. un número en una fila interminable de hermanos que pelean por un pedazo de pan, por un instante de atención, por un poco de espacio, en una cama compartida y en esa casa de Nabojoa donde el espacio físico y emocional es un privilegio que nadie puede costear. Beatriz internaliza algo que la destruirá después, que para ser vista [música] tienes que ser útil, que para ser querida tienes que producir, que tu valor como ser humano se mide en pesos y centavos.

 A los 8 años, mientras otros niños juegan en la calle, Beatriz ya sabe cantar, no sabe leer bien todavía, no sabe escribir más que su nombre, pero sabe cantar rancheras completas de memoria con ese vibrato natural que hace que la gente voltee a verla cuando abre la boca. Y alguien se da cuenta, alguien ve en esa niña de 8 años, no a una hija, no a una persona, sino a una oportunidad.

 La familia se traslada a Tijuana buscando mejores oportunidades, pero las oportunidades en Tijuana son las mismas que en Nabojoa cuando tienes 11 hijos y ningún dinero, inexistentes. A los 10 años, Beatriz Adriana está parada en un escenario. No es un teatro elegante, no es un auditorio con butacas de tercio pelo, es el balneario El Vergel en Tijuana, un lugar donde la gente va a nadar, a comer tacos, a beber cerveza bajo el sol.

 Un sitio donde contratan niños porque les pagan menos que a los adultos y porque los borrachos sentimentales lloran más cuando ven a una chamaca cantando Que te vaya bonito. El dueño se llama Lucio Salazar. Le paga a Beatriz su primer salario como artista. No sabemos cuánto, probablemente una miseria.

 Pero para una familia de 13 personas viviendo [música] en un cuarto de azotea, esa miseria es la diferencia entre comer o no comer esa semana. Piensa en eso un momento. Una niña de 10 años cantando en un balneario lleno de desconocidos. Hombres que beben, mujeres que chismean, familias que gritan. Y ella ahí parada con un vestido probablemente heredado de alguna hermana mayor, con zapatos que le quedan grandes o pequeños, con el pelo peinado por manos torpes, cantando canciones de amor y desamor comprender.

 ¿Sabes lo que es tener 10 años y ser responsable del sustento familiar? ¿Sabes lo que es saber que si no cantas bien, si no le gustas al público, si no haces llorar a los borrachos, tu familia no come. Beatriz lo sabe y aprende a hacerlo bien. Aprende a sonreír aunque esté agotada. Aprende a agradecer aunque la traten mal.

 Aprende a cantar aunque le duela la garganta, aunque tenga hambre, aunque solo quiera ir a casa y descansar como cualquier niña de 10 años. Aprende que el show debe seguir aunque ella se esté apagando. Esta frase no se la dijo nadie específicamente, pero se la grabaron en el cuerpo todos los días, cada vez que tenía que cantar, aunque estuviera enferma, cada vez que tenía que sonreír, aunque quisiera llorar, cada vez que tenía que ser Beatriz Adriana, en lugar de solo ser Beatriz, eso es lo que le enseñaron a hacer. No importa cómo te sientas, no

importa lo que necesites, eso es lo que le enseñaron a hacer y lo hizo. Durante 2 años, Beatriz canta en el Vergel. Dos años de fines de semana perdidos, de tardes bajo el sol, de noches frente a extraños. Mientras otras niñas de su edad juegan a las muñecas, ella canta Cucurucu Paloma.

 Mientras otras niñas aprenden a leer en la escuela, ella aprende a leer el humor del público. Mientras otras niñas sueñan con crecer, ella está viviendo como adulta. Y entonces, a los 12 años algo cambia. Tijuana. Una mujer llega al balneario El Vergel. No es una mujer cualquiera. Es Angélica María, la novia de México, una de las actrices y cantantes más reconocidas del país en [música] ese momento.

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