ULTIMINIO RAMOS: LA ASQUEROSA RAZÓN QUE LE LLEVÓ A MATAR A 2 HOMBRES EN EL RING Y NADIE LO AYUDÓ
El 21 de marzo de 1963, en el Dodger Stadium de Los Ángeles, un boxeador cubano que peleaba bajo la bandera de México mató a un hombre. No de manera intencional. El boxeo no funciona así, pero el resultado fue ese. David Moore, campeón mundial pluma, cayó en el décimo round de un golpe que lo mandó contra las cuerdas de una manera específica y cuando llegó al hospital ya no volvió a recuperar la conciencia.
Murió dos días después. El cubano se llamaba Ultimio Ramos. tenía 21 años. Ese fue el primero. El segundo llegó 4 años más tarde. En 1966 en México, un peleador llamado Ultimio Ramos mató a otro hombre en el ring, también cubano, también joven, también sin intención, pero también muerto. Dos hombres.
Ultimio Ramos vivió con eso el resto de su vida, décadas de cargar con algo que el boxeo le puso encima cuando tenía 21 años y que ningún psicólogo, ningún entrenador, ninguna institución del deporte le ayudó a procesar de la manera que merecía, porque el boxeo en los años 60 no tenía esa conversación y en muchos casos todavía no la tiene.
Eso es lo que vamos a contar hoy. Ultimio Ramos Salabí nació el 2 de diciembre de 1941 en Calabazar de Sagua, en la provincia de Villa Clara, Cuba. una ciudad pequeña en el interior de la isla de las que producen hombres que saben desde chicos que si quieren algo tienen que ir a buscarlo porque en ese lugar no va a aparecer solo.
Cuba en los años 50 tenía una tradición de boxeo que era seria y profunda. La isla había dado al boxeo mundial peleadores de primer nivel desde principios del siglo XX. La combinación de la cultura isleña, del calor que endurece los cuerpos de cierta manera y de la tradición de los gimnasios cubanos que llevaban décadas produciendo peleadores generaba una cantera que el mundo del boxeo respetaba. Ramos llegó al boxeo joven.
Tenía el físico que los entrenadores buscan en el peso pluma, ligero pero potente, con esa combinación de velocidad de manos y resistencia que permite ir 12 rounds y todavía tener algo en la última campana. Los primeros años de su carrera amateur en Cuba construyeron una base técnica que después, cuando las circunstancias lo llevaron a México, el boxeo profesional pudo refinar.
Las circunstancias que lo llevaron a México tienen que ver con la revolución cubana de 1959. Fidel Castro llegó al poder y Cuba cambió de maneras que afectaron a millones de personas de formas distintas. Para los deportistas cubanos, la revolución trajo cambios en la estructura del deporte que algunos recibieron bien y otros encontraron incompatibles con sus planes.
El boxeo profesional en Cuba quedó prohibido bajo la revolución que privilegiaba el deporte amater y rechazaba el modelo de negocio del boxeo profesional. Ramos quería ser boxeador profesional y si Cuba ya no iba a tener ese sistema, tendría que buscarlo en otro lugar. llegó a México y México lo recibió con los brazos abiertos que México tiende a abrirle a los boxeadores talentosos que llegan dispuestos a trabajar.
El boxeo mexicano de principios de los años 60 era el boxeo de Lupe Pintor, todavía por nacer, de Carlos Áate, todavía por nacer. De la generación que después haría que el mundo hablara del boxeo mexicano con el respeto que habla. Pero ya había una tradición sólida, gimnasios con entrenadores serios y un público que llenaba las arenas cuando la cartelera era buena.
Ramos entró en ese sistema con la calidad técnica que Cuba le había dado y en los primeros años de carrera profesional en México construyó un récord que llamó la atención de los promotores americanos que en esa época tenían sus antenas bien puestas sobre los peleadores latinoamericanos con potencial de campeonato. Para 1963, Ramos tenía un récord impresionante.
estaba en el ranking mundial del peso pluma y cuando se presentó la oportunidad de pelear por el campeonato mundial la tomó. El campeón era David Moore David Moore es uno de esos nombres del boxeo americano que la historia recuerda en parte por lo que fue como peleador y en parte por la manera en que murió, lo cual es una injusticia específica del deporte, que la muerte de un peleador pueda eclipsar su vida y su carrera.
More era de Springfield, Ohio, 29 años en el momento de la pelea. Campeón mundial pluma desde 1959, un peleador serio, técnico, con varios defensas del título en su haber. El tipo de campeón que no llega al título por accidente, sino por años de trabajo que cualquier aficionado que lo hubiera visto pelear podía reconocer. La pelea se organizó en el Dodger Stadium de Los Ángeles.
El lugar tenía más de 20,000 personas esa noche, una audiencia de las grandes para el boxeo de esa época en Estados Unidos. Los primeros rounds mostraron la diferencia entre los dos estilos, mur técnico y móvil, con el movimiento de los campeones que saben administrar el tiempo y la energía. Ramos más directo, más dispuesto al intercambio, con esa agresividad del que sabe que tiene que forzar la situación para que su juego funcione.
La pelea fue evolucionando de maneras que los que la vieron en directo recuerdan como progresivamente más favorable para Ramos. More recibía golpes que acumulaban daño. Su movilidad en los rounds del medio era ligeramente menor que en los primeros y Ramos, que sentía esos cambios con la sensibilidad del peleador experimentado, presionaba más en cada round.
El décimo round trajo el momento que terminó con todo. Ramos conectó una derecha que mandó a Mur hacia las cuerdas. Mur cayó hacia atrás con el cuello golpeando las sogas de una manera que produjo el daño que produjo. El árbitro contó. More no pudo levantarse a tiempo. Ramos ganó el campeonato mundial pluma y Mour fue al hospital con una lesión cerebral que dos días después lo mató. Tenía 29 años.
Dejó esposa e hijos y su muerte en Los Ángeles produjo una reacción en los medios americanos que fue como suelen ser las reacciones de los medios americanos ante las tragedias del deporte, intensa en el momento y breve en la duración. Bob Dylan escribió una canción sobre la muerte de David Moore, se llama Who killed David Moore y es una de esas piezas donde Dylan pregunta a distintas personas quién tiene responsabilidad por lo ocurrido y cada una lo niega.
El árbitro, el promotor, el público, el manager, el peleador. Nadie quiere cargar con eso. Y la canción termina sin respuesta porque Dylan no da respuestas, da preguntas. Ramos cargó con la respuesta durante décadas, aunque la canción de Dylan no lo señalara a él específicamente y aunque la investigación determinara que había sido un accidente, Ramos sabía que la derecha que mandó a Mur hacia las cuerdas había salido de su puño.
Eso no desaparece. 21 años, campeón del mundo y la muerte de un hombre encima. Lo que el boxeo hizo con eso fue lo que el boxeo de esa época hacía con todas las muertes que producía, registrarla, declarar que había sido un accidente y seguir. Las siguientes peleas se organizaron, las siguientes carteleras se anunciaron y Ramos, que era ahora el campeón mundial, tenía defensas del título que preparar.
El mundo del boxeo de 1963 no tenía psicólogos deportivos, no tenía protocolos de apoyo para los peleadores que pasaban por tragedias de esa magnitud. Tenía entrenadores que eran buena gente en la mayoría de los casos y que decían cosas que creían que ayudaban, que había sido un accidente, que More sabía los riesgos, que la vida continuaba, cosas verdaderas que, sin embargo, no llegaban al lugar donde Ramos cargaba lo que cargaba.
Siguió peleando, defendió el título, ganó peleas, siguió siendo el campeón del mundo que había llegado a ser esa noche del Dodger Stadium. Y 3 años después, en 1966, ocurrió lo que ocurrió. La segunda muerte en el ring de Ramos fue en México. El rival se llamaba Raf King, nigeriano. Llegaba a esa pelea como retador con la esperanza que tienen los retadores cuando piensan que tienen las capacidades para ganar el título.
La pelea terminó con King en el hospital y King murió. Dos hombres. La segunda muerte tiene una dimensión diferente a la primera porque ya no era un accidente aislado, era un patrón que el mundo del boxeo tenía que mirar de frente, aunque el mundo del boxeo raramente quiera hacer eso.
Los análisis que se hicieron después de la segunda muerte buscaban explicaciones técnicas, la manera en que Ramos golpeaba, la potencia específica de sus golpes en ciertas condiciones, la manera en que sus víctimas habían caído. Algunos de esos análisis llegaron a conclusiones que producían más preguntas que respuestas.
que había algo en la manera de golpear de ramos que producía un tipo de daño específico cuando la cabeza del rival golpeaba contra las cuerdas o contra la lona, que la combinación de la velocidad y el ángulo de sus golpes generaba un impacto que en casos específicos tenía consecuencias que los golpes más fuertes en términos de fuerza bruta no tenían.
Esas conclusiones, por más técnicas que fueran, no le servían de nada a Ramos. El hombre no necesitaba saber por qué había pasado con la precisión del laboratorio. Necesitaba saber cómo seguir viviendo con que había pasado. Y el mundo del boxeo de 1966 tampoco tenía respuesta para eso. Siguió peleando después de la muerte de King.
También tuvo más peleas, algunas victorias, algunas derrotas. La carrera fue siendo lo que son las carreras cuando el pico ya pasó y los años van añadiendo peso a los pies de maneras que en el ring se notan, aunque el peleador no siempre lo quiera reconocer. se retiró a principios de los años 70 con un récord que era el de alguien que había sido campeón del mundo y que había peleado al más alto nivel durante una década y con dos muertes que cargaba de maneras que muy poca gente de su entorno sabía del todo cómo eran por dentro. Los que lo
conocieron en los años posteriores al retiro hablan de un hombre que tenía momentos donde eso salía, donde algo lo llevaba de vuelta a esas noches y donde lo que había ahí era difícil de mirar. que con los años aprendió a manejar esos momentos de la manera en que los hombres de su generación aprendían a manejar las cosas que no tienen solución, guardándolas en un lugar donde pudieran existir sin destruirlo.
Eso también es una manera de cargar, la de los que no tienen las herramientas que habrían necesitado y que encuentran sus propias maneras de seguir. Ramos vivió en México el resto de su vida. El país que lo había recibido cuando llegó de Cuba se convirtió en el país donde construyó todo lo que tenía. Y cuando la vida fue haciéndose más difícil en los años posteriores al retiro, México no siempre estuvo a la altura de lo que le debía.
Los problemas económicos llegaron de la manera que llegan para los exboxeadores de su generación, que no tuvieron la asesoría ni la estructura que habrían necesitado para que los años de los grandes contratos construyeran algo sólido. El dinero que había entrado durante los años del campeonato no produjo la seguridad que debería haber producido.
Y la carga de las dos muertes siguió siendo suya. seguía siendo suya décadas después, sin la terapia que habría necesitado, sin el acompañamiento institucional que el boxeo nunca le ofreció, con los recursos propios que había podido construir para manejar algo que ningún ser humano debería manejar solo.
Ramos murió el 7 de abril de 1994 en México. Tenía 52 años. La noticia de su muerte circuló en el mundo del boxeo con la brevedad que reciben los que no están en el centro de la conversación cuando mueren. Un nombre mencionado en los archivos del deporte, una nota en los periódicos especializados y el ciclo de noticias siguiendo adelante.
Eso es lo que el boxeo dio a Ultimio Ramos al final, lo mismo que le dio a lo largo de su carrera cuando más lo necesitaba, los recursos mínimos para seguir y no los que merecía. Lo que merece Ultimio Ramos es que su historia se cuente de la manera en que la contamos hoy, completa, con el campeón que fue y con las muertes que cargó y con la ausencia de apoyo que el sistema le ofreció para cargarlas, que fue campeón mundial del peso pluma, que ganó ese título en Los Ángeles esa noche de marzo de 1963, que las dos muertes que ocurrieron en
sus peleas fueron accidentes en el sentido técnico de la palabra y que cargar con dos muertes accidentales durante décadas sin el apoyo que eso requería fue algo que El boxeo le hizo a Ramos que el boxeo tenía la obligación de no hacerle. Esa obligación la tuvo y no la cumplió. El boxeo de los años 60 no tenía las herramientas.
El de los años 70 tampoco. El de los 80 empezaba a tenerlas de manera muy incipiente y el de hoy las tiene de manera más desarrollada, aunque todavía imperfecta. Pero Ramos vivió en los años donde no existían y pagó el precio de esa ausencia durante décadas. Ultimio Sugar Ramos. Calabazar de Sagua, Cuba. 2 de diciembre de 1941.
Campeón mundial pluma. Las dos noches y las décadas que siguieron. La historia que el boxeo nunca contó bien. El video de Cabiño está en la pantalla. Semana pasada. Otro hombre al que el sistema debió más de lo que le dio. Se lo dejo ahí. Antes de que se vaya, quiero contarle más sobre la pelea con David Moore y sobre lo que ocurrió en los días y semanas que siguieron, porque esa parte de la historia dice mucho sobre cómo el mundo del boxeo procesó una tragedia que merecía una respuesta diferente. Los días después de la muerte
de Mour en Los Ángeles fueron días de cobertura intensa en los medios americanos, no solo los medios deportivos, los medios generales. La muerte de un campeón mundial en un deporte que el público americano seguía con atención generó el tipo de cobertura que solo generan los eventos, donde el deporte y la vida real se cruzan de maneras que son imposibles de ignorar.
Las preguntas que los periodistas hacían en esa cobertura eran las preguntas que Bob Dylan también hizo en su canción. ¿Quién tiene responsabilidad? si el boxeo debería existir, si los promotores que organizaron la pelea sabían que podía pasar algo así, si el árbitro paró la pelea a tiempo o demasiado tarde, Ramos estaba en el centro de esa cobertura, aunque raramente como el protagonista principal.
era el hombre que había conectado el golpe. Pero el relato que los medios americanos construyeron tendía a presentar la tragedia de manera que la responsabilidad se distribuyera ampliamente. El sistema, el deporte, la inevitabilidad de lo que puede pasar cuando dos hombres se suben a un ring. Eso tenía algo de honesto.
El boxeo produce esos resultados como parte de su naturaleza y distribuir la responsabilidad más allá del individuo que conectó el golpe es una manera de entender el problema con más precisión que señalar a una sola persona. Pero también tenía algo que dejaba a Ramos solo de una manera específica, porque mientras el debate sobre el boxeo como institución se desarrollaba en los medios americanos, el hombre que había estado en ese ring esa noche seguía siendo el hombre que había estado en ese ring esa noche. El debate institucional
no aliviaba lo que él llevaba. El equipo de Ramos en esos días, su manager y su entrenador, hacían lo que podían con los recursos que tenían. Decían que había sido un accidente, que Ramos era un buen hombre que nunca había querido hacer daño, que tenía que seguir adelante porque el boxeo era su vida y porque parar no iba a cambiar lo que había pasado.
Todo eso era verdad y sin embargo no alcanzaba. El boxeo de 1963 no tenía la comprensión psicológica del trauma que hoy existe y que en los años siguientes fue desarrollándose en la medicina del deporte. No sabía que lo que Ramos necesitaba en esas semanas y en esos meses era más que palabras de consuelo de su equipo. Necesitaba un proceso sistemático de apoyo que lo ayudara a integrar lo que había vivido de maneras que no lo destruyeran con el tiempo.
Ese proceso nunca ocurrió y el daño que esa ausencia produjo no se midió de manera formal en ningún lugar, pero se fue viendo en los años que siguieron, en la manera en que Ramos cargaba lo que cargaba. Hay algo sobre David Moore que quiero contarle, porque la historia de Ramos no puede contarse completamente sin hacerle justicia a quien fue Mur.
Mo había crecido en Springfield, Ohio, en una familia que tenía poco dinero y que encontró en el boxeo la misma salida que encontraron miles de familias americanas de esa época. Su carrera amateur fue sólida, su transición al profesionalismo también y su camino hasta el título mundial fue el de alguien que trabajó paso a paso sin el salto de un acceso privilegiado, acumulando victorias y experiencia hasta que el título llegó como el resultado de años de esfuerzo.
Era el tipo de historia que el boxeo americano contaba bien. El chico pobre que llegó a lo más alto con trabajo y determinación y era también un buen padre y un buen esposo, según todos los que lo conocían. La noche del Dodger Stadium, More llegó siendo campeón mundial con 4 años de reinado encima. Llegó con la confianza del que ha demostrado que puede estar en ese nivel y enfrentó a un retador cubano de 21 años que el mundo del boxeo veía como un desafío real, pero que muchos creían que Mur podía manejar.
La pelea no salió de esa manera. Los que analizaron las imágenes de la pelea en los años posteriores identificaron que Mur llegó al décimo round con daño acumulado, que hacía que su defensa fuera ligeramente diferente a la de los primeros asaltos. que el golpe de Ramos en el décimo llegó en un momento donde esa defensa no estaba al 100% y que la manera en que cayó con el cuello golpeando las cuerdas en el ángulo que golpeó fue el elemento que convirtió un golpe de boxeo en una tragedia.
Esos milímetros de diferencia, ese ángulo específico, esa combinación de circunstancias que en cualquier otra de las decenas de veces que había recibido golpes similares habría producido un conteo y una recuperación y que esa noche produjo lo que produjo. Eso es lo que hace que las tragedias del boxeo sean tan difíciles de procesar para todos los involucrados.
La arbitrariedad de lo que hace que una noche específica sea diferente a todas las otras noches similares. More tenía 29 años. Sus hijos perdieron a su padre, su esposa perdió a su marido y Ramos, el hombre del otro lado del ring, ganó el campeonato del mundo y perdió algo que el campeonato no podía compensar.
Quiero hablarle de algo sobre la segunda muerte, la de Rafing en 1966, que tiene una dimensión adicional que la primera no tenía. Cuando un peleador mata a alguien en el ring por primera vez, el mundo que lo rodea tiende a dar a ese hecho el beneficio de la duda completo. Fue un accidente, puede pasarle a cualquiera.
El boxeo tiene esos riesgos y todos lo saben. Cuando ocurre una segunda vez con el mismo peleador, la conversación cambia. Ya no es solo el beneficio de la duda. Empiezan las preguntas sobre si hay algo específico en ese peleador, en su manera de golpear, en el daño particular que produce, que genera una probabilidad más alta de ese resultado trágico.
Esas preguntas son legítimas y la respuesta honesta a esas preguntas requería un análisis del boxeo médico y del boxeo técnico que en 1966 estaba apenas en sus primeras etapas de desarrollo. Lo que ocurrió en cambio, fue más simple y más brutal. Las comisiones atléticas mexicanas y americanas revisaron el caso. Determinaron que había sido un accidente y no hubo consecuencias formales para la carrera de Ramos. Siguió peleando.
Eso también requiere un momento de reflexión. La decisión de dejar a Ramos seguir peleando después de la segunda muerte fue tomada por las instituciones que tenían la responsabilidad de hacer exactamente ese tipo de evaluación. Y esas instituciones, con la información y las herramientas que tenían en 1966, llegaron a la conclusión de que no había razón para prohibirle pelear.
Si esa conclusión fue correcta o no, es algo que el tiempo y los análisis posteriores han discutido. Hay boxeadores de primer nivel que estudiaron el caso y que llegaron a conclusiones diferentes sobre si debería haber habido algún tipo de intervención. Y hay quienes defendieron la decisión de no intervenir porque los accidentes en el ring son parte del deporte y no son suficiente razón por sí solos para prohibirle a alguien ejercer su profesión.
Lo que sí es claro es que la discusión sobre si Ramos debería haber seguido peleando nunca incluyó a Ramos en la manera que debería haberlo incluido. La discusión fue sobre qué era apropiado para el deporte y para las instituciones. La discusión sobre qué era apropiado para el bienestar psicológico del hombre que había cargado con dos muertes en 3 años raramente fue el centro de ningún análisis formal.
Eso también es parte de lo que el boxeo le hizo a Ramos. Quiero hablarle de algo sobre Cuba y sobre lo que significó para Ramos ser cubano peleando bajo la bandera de México en los años 60. Cuba revolucionaria y México en los años 60 tenían una relación complicada. México fue uno de los pocos países latinoamericanos que no rompió relaciones con Cuba después de la revolución.
La política exterior mexicana de ese periodo mantuvo cierta independencia que le permitía tener relaciones con Cuba, aunque la presión americana en contra era real. Para Ramos, que era cubano, pero que había dejado Cuba por razones que tenían que ver con el sistema político, que no le permitía ser boxeador profesional, la situación era delicada.
Vivía en México, peleaba bajo la bandera mexicana o con promotores mexicanos, pero su origen cubano estaba siempre presente. En Los Ángeles de 1963, donde peleó contra Mur, esa identidad tenía un peso específico. Los cubanos que habían salido de Cuba después de la revolución eran vistos con simpatía por algunos.
y con desconfianza por otros, dependiendo de las posiciones políticas de quien miraba. Y el hecho de que Ramos hubiera salido de Cuba porque el sistema revolucionario no le permitía su carrera, lo ponía en una posición que era más complicada que la del simple extranjero peleando en suelo americano. Esos contextos políticos raramente aparecen en los análisis deportivos, pero formaban parte del ambiente en que Ramos operaba y que moldeó cómo su historia fue contada y cómo fue recibida.
La simpatía que More recibió después de su muerte fue la simpatía del americano. El público americano lloraba a uno de los suyos y Ramos era el extranjero, el cubano, el que había llegado desde el otro lado con sus guantes y sus ambiciones y que en el ring había producido una tragedia. Esa lectura era injusta con Ramos, que era tan víctima de las circunstancias como More a su manera.
Pero las lecturas populares raramente son justas con los que no encajan limpiamente en la categoría de la simpatía del público. Ramos lo vivió y lo vivió solo con los recursos que tenía. Déjeme contarle algo más sobre los años finales de su carrera y sobre lo que pasó con él después del retiro, porque esa parte de la historia es la que dice más sobre cómo el sistema del boxeo mexicano trató a un hombre que había sido campeón mundial y que después necesitó algo que el sistema no le dio.
Los años entre el final de la carrera de Ramos y su muerte en 1994 fueron años de una dificultad que los que lo conocieron en ese periodo describen con una tristeza específica. Los problemas económicos que llegan para los exboxeadores que no tuvieron la estructura de ahorro y de inversión que los años del campeonato habrían permitido construir.
La vida cotidiana complicada en un país que no era el suyo de origen, aunque sí fuera el suyo de elección, y la carga, siempre la carga. Los que lo veían en esos años decían que había momentos donde Ramos hablaba de Moo, de King, de lo que había pasado con la mezcla de resolución y de peso que tienen los que han aprendido a vivir con algo, pero que saben que ese algo siempre va a estar ahí.
El boxeo de los años 60 y 70 no le dio las herramientas para procesar eso bien. El boxeo de los años 80 y 90 tampoco se encargó de buscarlo y de ofrecerle algo tardío que pudiera ayudar. Murió en 1994. con 52 años en México. El boxeo mexicano que lo había recibido cuando llegó de Cuba, que había promovido sus peleas, que se había beneficiado de tener entre sus filas a un campeón mundial, no construyó nada que garantizara que los años finales de ese hombre fueran diferentes a los que fueron.
Eso también es la historia de Ultimio Ramos. Usted que llegó hasta acá tiene ahora la historia completa. El cubano que llegó a México buscando ser boxeador profesional cuando Cuba se lo impidió. El campeón mundial que ganó el título en Los Ángeles esa noche de 1963. Las dos muertes que cargó sin el apoyo que merecía, los años difíciles que siguieron al retiro y la muerte a los 52 años en el país, que eligió como hogar, pero que no siempre estuvo a la altura de lo que le debía.
Ultiminio, Shga Ramos. La historia que el boxeo nunca contó bien. El video de Cabiño está en la pantalla, se lo dejo ahí. Hay algo sobre la canción de Bob Dylan que quiero contarle con más detalle, porque dice algo sobre el momento cultural en que murió Moore y sobre cómo esa muerte llegó al público más allá del mundo del boxeo.
Bob Dylan escribió Who Killed Davey Moore en 1963, el mismo año de la muerte. Dylan tenía 21 años, exactamente la misma edad que Ramos. Y la canción, que fue grabada en vivo en varios conciertos, aunque no fue incluida en ningún álbum de estudio de esa época, circuló entre los aficionados a la música folk americana, de maneras que llevaron la historia de Moo a personas que nunca habían visto una pelea de boxeo.
La estructura de la canción es la de un juicio donde nadie acepta la culpa. El árbitro dice que no fue él, el manager dice que no fue él. El promotor dice que no fue él, el público dice que no fue él. Y la respuesta que se repite es siempre la misma. Yo no maté a David Moore, la canción no menciona a Ramos por nombre. El peleador que aparece en la letra es llamado simplemente el peleador, que se agachó para esquivar un golpe y fue el instrumento de la tragedia.
Y la pregunta que Dylan hace, ¿quién mató a Davey Moore? Queda sin respuesta porque Dylan implica que la responsabilidad está distribuida de una manera que ninguna respuesta simple puede capturar. Eso tiene algo de verdad, pero también tiene algo que podría interpretarse como una manera de difuminar la responsabilidad hasta el punto de que nadie la carga.
Y para Ramos, que sí cargaba con algo, aunque la canción dijera que la culpa era de todos, esa distribución general de la responsabilidad podía ser al mismo tiempo liberadora y vacía. Liberadora porque le decía que no era solo él, vacía, porque los dos hombres muertos seguían siendo reales, aunque la responsabilidad estuviera distribuida de manera amplia.
Dylan nunca habló específicamente de Ramos en el contexto de esa canción, al menos no en las entrevistas que dio sobre ella. La canción era sobre el sistema, sobre la cultura que produce y consume el boxeo, no sobre el individuo específico en el ring. Pero el individuo específico en el ringó siendo Ramos y eso siguió siendo suyo, aunque Dylan dijera que era de todos.
Quiero hablarle ahora de algo sobre el boxeo cubano de esa época que ayuda a entender qué tipo de peleador era Ramos cuando llegó a México y qué tenía que lo diferenció de los otros boxeadores que el sistema latinoamericano producía. Cuba, antes de la revolución tenía una cultura de boxeo que en términos de calidad técnica era comparable con las mejores del mundo.
Los gimnasios cubanos de los años 40 y 50 producían peleadores con una base técnica sólida que el entrenamiento formal en un ambiente competitivo genera cuando se hace bien. Ramos se formó en ese sistema. Cuando llegó a México, traía una técnica que los entrenadores mexicanos reconocieron de inmediato como de un nivel diferente al promedio.
La guardia, el movimiento de pies, la manera de administrar la distancia, todo eso tenía la marca de años de entrenamiento serio en un ambiente que exigía excelencia porque el nivel competitivo era alto. Lo que la formación cubana le había dado a Ramos era también una comprensión del boxeo como oficio, no solo como pelea.
La diferencia entre los dos es real y se ve en el ring. El que pelea en el ring está tratando de ganar golpeando más que el otro. El que practica el oficio del boxeo está aplicando principios técnicos que ha desarrollado a lo largo de años y que en el ring se expresan como una manera de moverse y de atacar y de defender que es difícil de imitar si uno no la ha construido desde la base.
Ramos tenía eso y cuando llegó a México, los promotores que lo vieron pelear en los primeros eventos de su carrera profesional entendieron que tenían algo real. El apodo Sugar, que en inglés hace referencia a Sugar Ray Robinson, el gran campeón de los años 40 y 50 al que muchos consideran el mejor peleador libra por libra de la historia, decía algo sobre las expectativas que el mundo del boxeo tenía para Ramos.
Ponerle ese apodo era decir que había algo en ese hombre que recordaba al más grande. La comparación con Robinson era excesiva, como casi siempre, son excesivos los apodos que los promotores ponen a sus promesas. Pero el grano de verdad que había detrás era real. Ramos tenía una calidad técnica que lo ponía en la categoría de los que pueden llegar al título mundial y llegó.
Quiero contarle algo sobre los años entre las dos muertes, entre 1963 y 1966, que ilustra la manera en que el boxeo procesó la primera muerte de una manera que no le sirvió de nada a Ramos. Después de la muerte de Mour, Ramos tuvo que defender el título que había ganado esa noche. Los promotores tenían contratos y calendarios y el negocio del boxeo no espera a que nadie procese su trauma.
La primera defensa del título fue meses después de la muerte de Mour. Ramos ganó y siguió ganando. Y las defensas del título fueron ocurriendo con la regularidad que el boxeo de esa época exigía de sus campeones, que era mucho más frecuente que la que el boxeo de hoy acepta. Un campeón en los años 60 podía defender el título tres, cuatro veces en un año.
Cada defensa era una noche donde el trabajo era el mismo que todas las noches, ganar la pelea. En ese contexto, la pregunta sobre cómo estaba Ramos psicológicamente después de la muerte de Mour era una pregunta que el calendario no dejaba espacio para responder. Había una pelea que preparar, había un rival que analizar, había un campo de entrenamiento donde pasar semanas sin distracciones.
Esta estructura de entrenamiento y de competencia tiene la ventaja de mantener a la persona ocupada. Las personas que están ocupadas tienen menos tiempo para quedarse con sus pensamientos en los lugares donde esos pensamientos duelen. La rutina del campamento, el horario de las mañanas de carrera y las tardes de sparring y las noches de análisis produce un ritmo que llena el tiempo y la cabeza de una manera que puede parecerse al bienestar, aunque sea más parecida a la evasión.
Cuando el campamento termina y la pelea pasa, eso que se evitó está ahí. esperando Ramos tuvo años de campamentos y de peleas que llenaron el tiempo y en los espacios entre los campamentos, lo que había ahí esperando siguió siendo lo que era. Nadie en su equipo tenía las herramientas para ayudarlo a manejar eso de manera diferente.
No por maldad, sino por la combinación de ignorancia del momento y de la cultura del boxeo que dice que los peleadores son duros y que los peleadores duros no necesitan ese tipo de ayuda. Esa cultura también era parte de lo que el boxeo le hizo a Ramos. Déjeme contarle algo sobre la segunda pelea, la de 1966 con King, que dice algo sobre el estado en que Ramos llegó a ese momento de su carrera.
Para 1966, Ramos ya había perdido el título. Sugar Ramos Featherweight Champion se había convertido en exboxeador campeón con el título en el pasado, pero con la reputación todavía suficiente para que los promotores quisieran su nombre en las carteleras. La pelea contra King era una pelea para mantenerse relevante, para seguir siendo una figura del boxeo que podía justificar una cartelera de nivel medio en México.
Rafu King era nigeriano con récord suficiente para ser retador, con la esperanza que todos los retadores llevan al ring. Lo que ocurrió en esa pelea no tengo que describirlo en detalle porque ya lo describí. Otra muerte. Otro hombre que fue al hospital y no volvió. El boxeo en México hizo la misma evaluación que había hecho en 1963 en Los Ángeles. Accidente, continuación.
Y Ramos siguió peleando durante varios años más. Lo que me parece más difícil de entender mirando esa historia desde hoy es cómo el sistema pudo tomar esa decisión de dejar a Ramos seguir peleando sin hacer ninguna evaluación real de su estado psicológico, sin preguntarse si un hombre que había cargado la muerte de un rival en el ring y que 3 años después cargaba otra era un hombre que estaba en condiciones de seguir siendo puesto en situaciones donde podía volver a producir ese resultado. La evaluación que el boxeo de
esa época hacía era física. Si el peleador estaba en condiciones físicas de pelear, peleaba. La evaluación psicológica simplemente no existía como parte del proceso. Eso no es solo un problema de esa época. Los deportes de contacto tardaron décadas en tomar en serio la dimensión psicológica del deporte y el boxeo, que tiene unas consecuencias específicas que ningún otro deporte tiene de la misma manera, tardó todavía más.
Ramos vivió en el espacio de ese retraso y el precio que pagó fue el precio de ese retraso. Usted que llegó hasta acá ya sabe lo que el boxeo hizo y lo que no hizo con Ultimio Ramos. La historia completa de las dos noches y de los años que siguieron. El video de cabiño está en la pantalla. Suscríbase si todavía no lo ha hecho.
La semana que viene, otra historia de las que hay que contar así. Hay algo sobre la relación del boxeo con las muertes en el ring, que necesita más espacio del que le he dado, porque la historia de Ramos es la historia más extrema de algo que el boxeo produce con una regularidad que el deporte raramente discute de manera honesta.
Las muertes en el ring son estadísticamente raras. En términos de la cantidad de peleas que se realizan cada año en todo el mundo, el porcentaje de peleas que producen una muerte es pequeño. Eso se usa a veces como argumento de que el boxeo es más seguro de lo que parece. El argumento estadístico tiene su lógica, pero produce una distorsión cuando se aplica a las personas específicas que estuvieron en esas peleas.
Para Ramos, para las familias de More y de King, el porcentaje estadístico era irrelevante. Lo que era relevante era la realidad concreta de lo que había pasado. El boxeo tiene un problema estructural que va más allá de las estadísticas y que la historia de Ramos ilustra de manera muy clara.
El deporte produce resultados que van desde lesiones menores hasta muertes con toda una gradación de daños entre los dos extremos. Y el sistema que organiza ese deporte no tiene mecanismos de apoyo adecuados para las personas que están en el extremo más grave de ese espectro. Un boxeador que pierde una pelea tiene su equipo, tiene su manager, tiene los siguientes campamentos de preparación.
Un boxeador que produce una muerte en el ring tiene los mismos recursos que tenía antes, que en la mayoría de los casos son recursos escasos de apoyo psicológico y tiene además la carga específica de esa muerte que no estaba antes. Ramos se quedó con menos de lo que necesitaba porque el sistema que lo rodeaba ya era insuficiente antes de las tragedias y se volvió todavía más insuficiente después.
Quiero contarle algo sobre los años finales de la carrera de Ramos, entre 1966 y su retiro a principios de los 70, que muestra la manera en que el boxeo fue siendo diferente para él después de las dos muertes. Los peleadores que trabajaron con Ramos en los años posteriores a la muerte de King dicen que en el ring seguía siendo el peleador que había sido técnico, con la formación cubana todavía presente en los movimientos y en la manera de leer la pelea, pero que había algo diferente que los que lo conocían bien podían ver
aunque no siempre supieran describirlo con precisión. Algunos decían que había momentos en el ring donde Ramos paraba en los intercambios más rápido de lo que el momento requería, donde el instinto del peleador que ve la apertura para el golpe definitivo no siempre actuaba con la misma automaticidad que antes, como si hubiera algo que interfería entre el instinto y la acción.
Eso tiene una explicación que no es difícil de entender. El peleador que ha producido muertes en el ring con sus golpes puede desarrollar una respuesta psicológica que modifica la manera en que usa esos golpes. Una especie de freno interno que el consciente no ordena, pero que el inconsciente pone de todas formas. Ese freno puede haber salvado vidas en las peleas posteriores de Ramos y también puede haber sido parte de por qué su carrera fue siendo menos efectiva en esos últimos años.
El boxeo nunca hizo ese análisis. El boxeo nunca le preguntó a Ramos si había algo que lo afectaba dentro del ring, que pudiera trabajarse de manera que lo ayudara. El boxeo siguió poniendo carteleras y Ramos siguió apareciendo en ellas mientras su nombre valió lo suficiente. Cuando el nombre dejó de valer lo suficiente, el boxeo siguió adelante.
Hay algo que quiero contarles sobre Ramos como persona en los años que conocemos mejor, los años después del retiro, que dice algo sobre quién era el hombre más allá del peleador. Las personas que lo conocieron en México en los años 80 hablan de un hombre con una presencia específica, callado en los ambientes grandes, más abierto en los pequeños, del tipo que en una cantina con amigos de confianza podía ser animado y generoso, y en un evento público donde había extraños se volvía más reservado.
Tenía opiniones sobre el boxeo que expresaba cuando alguien le preguntaba y que eran las opiniones de alguien que conocía el deporte desde muy adentro. podía analizar una pelea con el ojo del técnico. Podía ver en los movimientos de un peleador joven las correcciones que necesitaba con la precisión del que lo había vivido durante años.
Cuando alguien le preguntaba sobre Moore o sobre King, lo cual no era frecuente porque la gente que lo respetaba tendía a no hacerle esa pregunta, respondía de la manera que ya describí, con la mezcla de resolución y de peso, sin dramatismo, pero sin levedad tampoco. Había procesado esas muertes tanto como podía procesarse algo así con los recursos que tenía.
Y lo que quedó después de ese procesamiento era algo que vivía con él de manera permanente, pero que había encontrado la manera de no destruirlo constantemente. Eso también es una forma de resiliencia, la que no viene de haber tenido las herramientas correctas, sino de haber sobrevivido sin ellas. Ultimio Ramos sobrevivió a dos muertes en el ring y a décadas de cargarlas solo.
Esa supervivencia, que no fue heroica de ninguna manera narrativa, sino simplemente humana y cotidiana, es también parte de quien fue la historia de Ramos. Es la historia de un hombre que el boxeo colocó en una situación extraordinariamente difícil y que el boxeo no ayudó a manejar de la manera que merecía, que encontró sus propias maneras de seguir y que murió en México en 1994 con la historia que tenía, que era una historia que ningún hombre debería haber tenido que cargar solo.
Eso también hay que decirlo. Y hoy se dijo. El video de cabiño está en la pantalla, se lo dejo ahí. Quiero hablarle de algo que tiene que ver con la responsabilidad del boxeo como institución y que la historia de Ramos plantea de manera que merece más atención de la que generalmente recibe. El boxeo es el único deporte donde el objetivo declarado de la competencia es hacer daño al otro participante.
En otros deportes, el daño puede ocurrir como consecuencia no deseada de la competencia. En el boxeo, infligir daño es el mecanismo de la victoria. Eso hace que la pregunta sobre la responsabilidad cuando ese daño produce una muerte sea más complicada en el boxeo que en cualquier otro deporte. El peleador que produce una muerte no hizo algo ajeno a las reglas del deporte.
Hizo exactamente lo que las reglas del deporte le pedían que hiciera. El hecho de que el resultado específico fuera una muerte y no un knockout sin consecuencias permanentes fue una cuestión de circunstancias que el peleador no controlaba. Eso es lo que hace que la posición de Ramos sea tan difícil de articular.
Hizo lo que el boxeo le pedía que hiciera. Dos veces el resultado fue una muerte y el sistema que le había pedido que lo hiciera no tenía mecanismos para ayudarlo con las consecuencias de haberlo hecho. La canción de Dylan preguntaba quién mató a David Moore la respuesta más honesta, la que Dylan insinuaba, pero no declaraba, es que el sistema que produce y consume el boxeo tiene responsabilidad distribuida en esa muerte y en la de Rafu King también.
El promotor que organizó la pelea, las comisiones atléticas que la aprobaron, los medios que la cubrieron, el público que pagó por verla y el peleador que estaba en el ring con los guantes puestos, todos ellos están en esa respuesta y el sistema que resultó de todo eso no construyó los mecanismos que habrían sido necesarios para que Ramos no cargara solo con lo que cargó.
Esa es la verdad de esta historia, la tragedia de las dos noches y la segunda tragedia más silenciosa de los años que siguieron. Hay algo más sobre la influencia que tuvo Ramos en el boxeo cubano, aunque esa influencia es difícil de medir porque ocurrió en las márgenes de la historia oficial. Cuba después de la revolución desarrolló un sistema de boxeo amateur que fue uno de los mejores del mundo.
Los cubanos en los Juegos Olímpicos de los años 70, 80 y 90 ganaron medallas con una consistencia que demostraba que el sistema que habían construido era extraordinariamente efectivo para producir peleadores de primer nivel. Ramos había salido de Cuba antes de que ese sistema estuviera completamente desarrollado, pero la escuela de boxeo cubana que lo formó era la misma base sobre la que se construyó el sistema olímpico posterior.
En ese sentido, Ramos es parte de la genealogía del boxeo cubano, aunque su carrera se desarrollara en México y en el circuito americano. Formado en la tradición cubana, llevó esa tradición a otros contextos y demostró que producía peleadores capaces de competir al más alto nivel mundial. Los entrenadores cubanos de los años posteriores que construyeron el sistema olímpico conocían la historia de Ramos.
Algunos de ellos lo habían visto pelear en Cuba antes de la revolución y lo que habían visto era la confirmación de que la escuela cubana tenía algo real. Ese legado invisible de Ramos en el desarrollo del boxeo cubano es parte de su historia también. La parte que no tiene registro oficial, pero que existe en la cadena de influencias que producen las grandes tradiciones deportivas.
Quiero añadir algo sobre lo que significa para un peleador de origen cubano pelear en México bajo circunstancias como las de Ramos, que dice algo sobre la identidad y sobre el lugar donde uno pertenece. Ramos salió de Cuba porque Cuba ya no le permitía hacer lo que quería hacer. Llegó a México y México le permitió hacerlo.
En ese sentido, la relación de Ramos con México fue la de alguien que encontró en ese país la posibilidad que su país de origen le negaba. Esa deuda con México era real y la manera en que Ramos la pagó fue siendo exactamente lo que era, un boxeador de primer nivel que dio lo mejor que tenía en el ring bajo la bandera y el sistema del boxeo mexicano.
Lo que México le debía a cambio, más allá del contrato y del caché de cada pelea, era el soporte que cualquier ser humano merece cuando las circunstancias de su vida lo ponen en una situación extraordinariamente difícil. México no pagó esa deuda. El boxeo mexicano no pagó esa deuda y Ramos murió en México en 1994 con la historia que tenía, que era la historia de alguien a quien el sistema que lo había usado no le había dado lo que necesitaba para manejar las consecuencias de haber sido usado.
Eso es lo que hay que decir sobre el boxeo y sobre Ultimio Ramos. Usted que llegó hasta acá tiene ahora la historia completa, la que el boxeo no contó bien, la que merece ser contada así con el campeón y las muertes y los años y la ausencia de apoyo y el final que llegó cuando llegó. Ultimio Sugar Ramos, calabazar de Sagua, Cuba, 2 de diciembre de 1941, campeón mundial pluma, las dos noches en el ring y las décadas de después.
La historia completa. El video de cabiño está en la pantalla. Suscríbase. La semana que viene otra historia así. Quiero cerrar esta historia con algo que me parece lo más importante de todo lo que contamos hoy. La pregunta que la historia de Ramos deja, la que Bob Dylan hizo en 1963 y que sigue sin una respuesta completamente satisfactoria es la pregunta sobre la responsabilidad cuando el deporte produce una tragedia.
Dylan distribuyó esa responsabilidad entre todos los que participan en el sistema. El árbitro, el manager, el promotor, el público, el peleador, todos tienen algo. Lo que Dylan no distribuía de esa manera era la carga. La carga no se distribuye de manera proporcional a la responsabilidad.
El árbitro que paró la pelea tarde o temprano siguió con su carrera. El promotor que organizó el evento siguió organizando eventos. El público que pagó por ver la pelea pagó por la siguiente. Ramos siguió siendo el hombre que había estado en ese ring. Eso no se distribuye. Y lo que el sistema debería haber hecho, lo que el boxeo como institución tenía la obligación de hacer cuando tenía a un hombre en esa situación era construir el soporte que esa situación requería: la terapia psicológica sistemática, el acompañamiento profesional, el
reconocimiento de que lo que Ramos cargaba era algo que ningún ser humano debería cargar solo. Eso no ocurrió. Y la ausencia de eso es la parte asquerosa de la historia de Ultimio Ramos, la que va más allá de las dos tragedias específicas y habla del sistema que las produjo y que después dejó al hombre con las consecuencias, sin los recursos para manejarlas.
Eso es lo que el boxeo le hizo a Ramos y eso es lo que había que decir hoy. Ultimio Sugar Ramos, el cubano que llegó a México buscando ser lo que era, el campeón que lo fue, el hombre que cargó dos muertes durante décadas sin el apoyo que merecía y el que murió en México en 1994 con esa historia que era su historia y que el sistema nunca trató con el cuidado que merecía. Esa es la historia completa.
La única manera honesta de contarla, el video de cabiño, está en la pantalla. Se lo dejo ahí. Antes de que se vaya del todo, quiero decirle algo sobre el boxeo moderno y sobre algo cambió después de las tragedias de Ramos y de tantos otros peleadores que vivieron situaciones similares.
La respuesta corta es que algo cambió, aunque no lo suficiente. Los deportes de contacto en general y el boxeo en particular han desarrollado en las últimas décadas protocolos de salud mental que en los años 60 simplemente no existían. Hay psicólogos deportivos en los equipos de los grandes peleadores de hoy.
Hay protocolos específicos para los peleadores que experimentan tragedias en el ring. Hay una conversación más abierta sobre la salud mental de los atletas, que en los años de Ramos habría parecido poco masculina o poco seria. Esos cambios son reales y son importantes, pero son cambios graduales que llegaron tarde para los que los necesitaban en los años 60, 70 y 80.
Los peleadores de hoy que viven situaciones similares a la de Ramos tienen más recursos disponibles. Si un peleador causa la muerte o una lesión grave de un rival en el ring hoy, hay más probabilidades de que alguien en su equipo o en las instituciones del deporte le ofrezca algo más que palabras de consuelo.
Eso es mejor y es insuficiente todavía porque el sistema sigue siendo reactivo. sigue esperando a que ocurra la tragedia para activar los recursos en lugar de construir la estructura de soporte psicológico que debería ser parte estándar de la carrera de cualquier peleador desde el principio. Ramos necesitaba ese soporte desde antes de las tragedias.
Un peleador que sube al ring sabe que puede producir daño grave. La posibilidad de producir una muerte, aunque estadísticamente rara, está presente en cada pelea. Preparar psicológicamente a los peleadores para la posibilidad de que eso ocurra y tener el soporte listo si ocurre es algo que el boxeo debería hacer de manera sistemática con todos sus peleadores y que en la mayoría de los casos todavía no hace.
La historia de Ramos es la prueba más extrema de por qué eso importa y el hecho de que esa historia sea de 1963 y no de ayer no hace que la pregunta sea menos urgente. ¿Hay algo más que quiero decirle sobre la carrera de Ramos que dice algo sobre el nivel que tuvo en sus mejores años y que merece más reconocimiento del que recibe.
Sugar Ramos fue campeón mundial pluma en una época donde el peso Pluma tenía peleadores de primera línea en varios países. Los años 60 del boxeo mundial en las categorías bajas no eran los años de la fácil. Había competencia real de Cuba, de México, de Brasil, de los países asiáticos que producían peleadores técnicos de alta calidad. Ramos ganó el título en ese contexto.
Ganó una pelea contra el campeón Reinante en el campo del campeón en Los Ángeles frente a un público que en su mayoría quería que Mour ganara y defendió el título varias veces contra rivales que llegaban con la preparación específica de quien ha estudiado al campeón y tiene un plan para derrotarlo. Eso también es parte de quién fue el campeón que trabajó para hacerlo y que lo fue de manera legítima en uno de los periodos más competitivos del boxeo en su categoría.
Las tragedias que ocurrieron en el contexto de esa carrera no borran lo que construyó y lo que construyó merece ser reconocido con la misma claridad con que se reconocen las tragedias. Ultimio Ramos fue un gran boxeador. Fue también el hombre que cargó con dos muertes y con la ausencia de soporte para cargarlas.
Las dos cosas son verdad al mismo tiempo y las dos forman parte de la historia completa. Y esa historia completa es la que hay que contar, la que el boxeo no contó bien en su momento y que este canal intenta contar mejor hoy. El video de Cabiño está en la pantalla. Y si esta historia le llegó de maneras que no esperaba, cuéntemelo en los comentarios.
Esos intercambios son también parte de lo que hacemos aquí. Suscríbase, active la campana. Usted que llegó hasta acá, lleva ahora en la cabeza a un hombre que la mayoría del mundo del boxeo dejó en los márgenes de su historia. Un campeón cubano que peleó en México, que ganó el título mundial en Los Ángeles, que cargó con dos muertes durante décadas sin el apoyo que merecía y que murió en México en 1994 con esa historia que era suya y que el boxeo nunca trató con el cuidado que merecía. La próxima vez que alguien
mencione las muertes en el ring del boxeo como una estadística, usted va a tener un nombre, un nombre concreto. Un nombre concreto con una historia concreta que la estadística no captura. Ultiminio, Sugar Ramos. La historia que el boxeo nunca contó bien y ahora sí se contó. Hay algo sobre David Moore que quiero añadir antes de cerrar definitivamente, porque en esta historia Moore merece que su nombre se pronuncie con el respeto que se da a alguien que fue extraordinario en su oficio y que murió en el ejercicio de ese oficio.
More fue campeón mundial durante 4 años. 4 años en los que defendió el título contra todos los que la organización le puso en frente. 4 años durante los que fue el mejor peso pluma del mundo de manera reconocida. Eso es un logro que la tragedia de su muerte tiende a opacar cuando su nombre aparece en los artículos y en los análisis.
Mura aparece mencionado principalmente como el hombre que murió después de pelear contra Ramos y esa reducción de su historia a las circunstancias de su muerte es injusta con lo que construyó durante su vida. More fue un buen boxeador que llegó al título por mérito y que lo mantuvo por mérito, que tuvo una familia que lo amaba, que en Springfield, Ohio era parte de una comunidad que lo respetaba, por lo que era más allá del deporte.
Eso también merece estar en la historia. La persona completa con su vida y con sus logros y con su familia, no solo con las circunstancias de su muerte. Las tragedias del deporte tienen esa tendencia a reducir a los que murieron a ese momento final y esa reducción es injusta tanto para ellos como para los que quedaron.
David Moore merece ser recordado como lo que fue un gran campeón del boxeo que murió demasiado joven en el ejercicio de su profesión y Ramos merece ser recordado como lo que fue. Un gran boxeador que cargó con esa muerte de maneras que el sistema que lo rodeaba no ayudó a manejar como debería. Las dos historias son trágicas, las dos son reales y las dos juntas son la historia completa de lo que ocurrió esa noche de marzo de 1963 en Los Ángeles y de los años que siguieron.
Eso es lo que había que contar y se contó el video de cabiñándole. Y una última cosa sobre la canción de Dylan, que cierra la historia de la manera más honesta posible. La pregunta de Dylan sigue sin respuesta definitiva. ¿Quién mató a David Moore? ¿Y quién mató a Rafu King? ¿Y quién cargó con eso durante décadas mientras el sistema que había organizado las peleas seguía organizando peleas? Las preguntas sin respuesta son las más honestas, las que reconocen que la complejidad de lo que ocurrió no cabe en una frase, ni en una
persona, ni en una decisión, pero las preguntas sin respuesta no eximen a las instituciones de sus responsabilidades. El sistema del boxeo tenía responsabilidades con Ramos que no cumplió. Las comisiones atléticas, los promotores, los organismos internacionales, todos ellos tenían algo que dar a ese hombre y ninguno lo dio de la manera que merecía.
Eso también es parte de la respuesta a la pregunta de Dylan, que quienes mataron a David Moore y a Raf King en el sentido más amplio de la palabra también tenían la obligación de ayudar al hombre que quedó cargando con eso y que esa obligación la tuvieron y no la cumplieron. Ultimio Ramos, calabazar de agua, el campeón, las dos noches, la carga, los años y el boxeo que lo dejó solo con todo eso.
Esa es la historia completa. Hay algo que me parece que resume todo esto mejor que cualquier análisis y que quiero dejarle antes de terminar. Ramos subió al ring miles de veces en su carrera. En la mayoría de esas veces la pelea terminó de la manera en que terminan las peleas. Una victoria, una derrota. Los dos hombres se levantaron y siguieron con sus vidas.
Dos veces la pelea terminó de otra manera, dos veces el otro hombre no siguió con su vida. Esas dos veces definen cómo el mundo recuerda a Ramos, aunque sean dos de las miles de peleas que tuvo. Eso es una injusticia para el peleador completo que fue. Y es también la realidad del peso que dos muertes tienen en la memoria, que es siempre desproporcionado a la frecuencia con que ocurrieron, pero que sin embargo es el peso que tienen.
Ramos vivió con ese peso durante décadas. El mundo lo recordó principalmente por ese peso y el sistema que le había pedido que subiera al ring tantas veces no le ayudó a cargarlo. Eso es lo que hay que decir sobre Ultimio Ramos. Eso y que fue un gran boxeador al que el sistema le debía más de lo que le dio. Suscríbase, active la campana.
La semana que viene otra historia. El video de cabiño está en la pantalla. Ultimio Sugar Ramos. Calabazar de sagua Cuba. El campeón que México recibió. Las dos tragedias que cargó. El sistema que le falló y la historia que el boxeo nunca contó así. Hoy se contó. Eso era lo que había que hacer. Y si usted llegó hasta acá con la historia completa de Ramos en la cabeza, si el nombre Ultimio Ramos ahora tiene una dimensión que antes no tenía, entonces este video hizo lo que tenía que hacer.
Rescatar una historia que el tiempo y el sistema habían enterrado debajo de los números del campeonato y de la estadística de las tragedias. La historia del hombre detrás de todo eso, la única que vale la pena contar. El video de cabiño está en la pantalla. Suscríbase, active la campana. La semana que viene, otra historia que tampoco se había contado así, completa con la verdad que el sistema prefiere no decir, “Eso es este canal y eso es lo que seguiremos haciendo.