Y esa nobleza, [música] ese apellido, esa pertenencia a una clase que los nazis y sus aliados consideraban un objetivo, había costado la vida de la mayor parte de la familia de Silvia, sus tíos, sus primos, sus abuelos asesinados en los campos de concentración [música] con la eficiencia burocrática que caracterizaba al horror nazi.
Silvia sobrevivió, [música] Cibohin sobrevivió y en esa bari de posguerra, en ese puerto lleno de personas que empezaban de cero, nació Alexandra, la niña que llevaría el apellido de los muertos como nombre artístico. [música] La niña que sin saberlo todavía cargaba desde el primer día de su vida, el peso específico de sobrevivir en un mundo que había intentado eliminar a los suyos.
La familia no duró mucho [música] en Italia. se mudaron a Argentina cuando Sasha era todavía muy pequeña. El padre [música] Ziboin había conseguido trabajo en la provincia de Mendoza, esa zona de viñedos y montañas, en el pie de Monte Andino, donde muchos inmigrantes europeos de posguerra encontraron una vida nueva. Pero Ciboin murió joven.
Sasha perdió a su padre siendo una niña y Silvia, la madre, se volvió a casar con un empresario argentino con quien tuvo dos hijos más. La familia creció, la vida continuó y Sasha, que tenía el carácter de las mujeres que no se quedan quietas, estudió periodismo en Buenos Aires. Aprendió ballet en Mendoza. Aprendió inglés en cursos nocturnos.
[música] Construyó una vida con la determinación de alguien que sabe que no tiene red de seguridad, [música] que si algo falla, no hay familia aristócrata, ni patrimonio heredado, ni apellido que [música] valga, solo lo que ella misma pudiera construir. Recuerda esto porque es clave.
Sasha Montenegro no llegó a México porque quiso. Llegó porque una dictadura militar la expulsó y una coincidencia la reorientó. En 1969, [música] el régimen militar del general Juan Carlos Onganía había convertido Argentina en un país donde estudiar periodismo y participar en protestas estudiantiles [música] era suficiente para terminar detenida.
Y Sasha, que tenía 23 años y que había sido arrestada durante las movilizaciones de ese año, recibió una señal clara de que Argentina ya no era segura para ella. Su madre le sugirió que viajara a Nueva York a estudiar inglés, alejarse del peligro, esperar a que las aguas bajaran. Pero en el camino a Nueva York, en una escala [música] que no estaba planeada así, Sasa terminó en México y en México ocurrió el malentendido que cambiaría todo.
[música] Un matrimonio de argentinos que la conocía la presentó ante un productor cinematográfico mexicano como una actriz famosa de Buenos Aires. [música] El productor creyó lo que le dijeron. Le ofreció un papel en una película que se llamaría Un sueño de amor junto al cantante José José y a una jovencita que después [música] sería muy conocida llamada Verónica Castro.
Y Sasha, que no era actriz famosa de nada, que nunca había filmado nada, que llegaba a México con una maleta y una identidad prestada, tomó una decisión que definiría el resto de su vida. Aceptó el papel y nunca volvió a Argentina. Los años 70 fueron para Sasa Montenegro los años de la construcción de una identidad, no de una identidad falsa, aunque empezó así, sino de una identidad propia, porque muy pronto quedó claro que el talento de esta mujer no necesitaba apellidos prestados ni reputaciones ajenas.
[música] Tenía algo que la cámara captaba con una inmediatez que los productores mexicanos no habían visto antes en una actriz extranjera. una presencia física extraordinaria, [música] una manera de moverse que combinaba la formación del ballet con la sensualidad natural de alguien que nunca había tenido que fingirla y una mirada, esa mirada de ojos felinos que los fotógrafos de la época buscaban para sus portadas, que era al mismo tiempo desafiante y vulnerable.
La combinación exacta que el cine de ficheras mexicano, ese subgénero explosivo de comedia erótica y crítica social que dominó las taquillas de los años 70 necesitaba [música] para sus protagonistas. Sasha filmó Vegas de noche en 1975. Fue un fenómeno de taquilla. Filmó decenas de películas más. Se convirtió en la reina del [música] cine de ficheras.
La figura más reconocida de un género que la crítica despreciaba, pero que el público amaba con una lealtad [música] que ningún premio podía comprar. Y en esa cima, en ese punto de su carrera, donde ya había demostrado [música] que la actriz argentina famosa que nadie había oído hablar antes de su llegada, se había convertido en una figura real e irreemplazable.
Llegó 1984 y con ese año llegó Sevilla. [música] Aquí viene lo que casi nadie veía porque la historia oficial del romance entre Sasha Montenegro y José López Portillo siempre se contó desde el ángulo del escándalo político. El [música] expresidente que se enamora de la vedete escandalosa, el hombre que debería estar jubilado y tranquilo y que en cambio se involucra [música] con una actriz de cine de ficheras, el político que no sabe retirarse con dignidad.
Esa fue la narrativa que la prensa construyó. Esa fue la narrativa que la familia de López Portillo alimentó. Y esa fue la narrativa que durante años sirvió para tapar algo que era mucho más complicado y mucho más humano que un escándalo político. Porque López Portillo, cuando conoció a Sasha en Sevilla en 1984, no era el presidente de México, [música] era el expresidente.
Había terminado su mandato dos años antes, en 1982, [música] en medio de la peor crisis económica del país en décadas, con el peso devaluado, con los bancos nacionalizados, con millones de mexicanos que lo odiaban por lo que consideraban la traición más grande de su gobierno. Era, en palabras de la propia Sasha, un hombre decapitado, un rey que había reinado 6 años [música] y al que México entero le estaba cobrando la factura de ese reinado.
Y ese hombre, ese hombre de 62 años que cargaba el peso de un país que lo había convertido en símbolo de todo lo que había salido mal, estaba en Sevilla durante una procesión de Semana Santa cuando oyó un nombre, Sasha. Lo dijo en voz alta. Y Sasha, que estaba en esa misma calle por casualidad, en un descanso de la gira de la obra nunca en domingo, volteó y lo vio.
No era guapo, dijo ella misma años después, en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante. Era un señorón con mucha prestancia, [música] una gran personalidad, una gran cultura, un conquistador nato. No era el presidente, no era el poder, era el hombre. Recuerda esto porque es clave. Sasha Montenegro se enamoró de José López Portillo cuando él ya no tenía nada que ofrecer políticamente, cuando el apellido López Portillo era en México casi un insulto, [música] cuando estar cerca de ese hombre era garantía de crítica, de burla, de rechazo, cuando
nadie, absolutamente nadie en el círculo político y social [música] del expresidente aplaudía esa relación, la hermana Margarita la rechazó desde el primer día. Los hijos del primer matrimonio la ignoraron, la prensa la atacó y Sasha Montenegro, que había sobrevivido a los nazis, a la dictadura argentina y a un malentendido de identidad, decidió quedarse no porque fuera ingenua, sino porque era el tipo de mujer [música] que cuando elige, elige con todo.
Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque en [música] 1985, un año después de ese encuentro en Sevilla, nació la primera hija, Nabila. [música] Una niña que llegó al mundo sin poder llevar el apellido de su padre en ningún documento público, sin que ninguna cámara la fotografiara, sin que ningún comunicado oficial la reconociera.
una niña que existía en los hechos y que no existía en los papeles. Y 2 años después, [música] en 1987, llegó Alexander, el segundo hijo secreto, el segundo niño que México no sabía que existía, [música] el segundo niño que Carmen Romano, la esposa legal de José López Portillo, actuaba como si no hubiera nacido.
[música] Nabila López Portillo nació en 1985 en la Ciudad de México. tenía el cabello oscuro de su madre [música] y los ojos intensos de un hombre que había gobernado México durante 6 años. Tenía también, desde el primer día de su vida, algo que ningún niño debería tener como primera condición de existencia. [música] Un secreto. No era un secreto pequeño.
No era el tipo de secreto que una familia guarda durante unos meses [música] y después resuelve. era un secreto de estado en el sentido más literal de la expresión, [música] porque su padre era el expresidente de México, porque su padre seguía casado legalmente con otra mujer, porque su padre, que en 1976 había recibido la banda presidencial [música] prometiendo servir a México con honestidad y transparencia, había construido en los años posteriores a su mandato una vida doble que su entorno más cercano conocía y callaba con la
misma disciplina con que el sistema Pristá había callado tantas Estas cosas durante décadas, Nabila creció sabiendo quién [música] era su padre. creció visitándolo. Creció con la presencia de ese hombre enorme y culto y complicado que la quería a su manera. Pero también creció sabiendo que había una parte del mundo donde ella no existía oficialmente, donde su nombre no aparecía, donde los hijos reconocidos de su padre eran Carmen, Paulina y José Ramón, los hijos de Carmen Romano, los hijos del primer matrimonio, los hijos
que tenían el apellido en todos los documentos y en todas las fotografías [música] oficiales y en todas las páginas de historia que algún día se escribirían sobre la presidencia de José López Portillo. Carmen Romano Nulk era la primera dama de México desde 1976 hasta 1982. Era una pianista clásica de formación, hija de una familia de clase alta, una mujer cuya imagen pública era la de la esposa digna y culta del presidente.
Había sido la compañera de López Portillo desde antes de que él fuera alguien en la política. había estado a su lado durante el ascenso. Había ocupado los pinos con la solemnidad que se esperaba de la primera dama de un país y había tolerado, como toleraban casi todas las primeras damas del México priista de esa época, [música] las infidelidades de su esposo con la discreción de quien sabe que el escándalo público le costaría más que el dolor privado.
Pero Carmen Romano también tenía sus propios límites y esos límites, según la escritora Sara Sefchovic, que los documentó en su libro La suerte de la consorte, ya se habían alcanzado mucho antes de que Sasha Montenegro apareciera en la historia. [música] Sepchovic documentó que desde mediados de los años 70 el matrimonio de los López Portillo era una fachada que se mantenía para procurar el ascenso político del presidente.
[música] Un matrimonio de papel, un matrimonio de apariencias, un matrimonio que ambos sostenían por amor, sino por la lógica implacable [música] del sistema que los rodeaba. Aquí viene lo que casi nadie veía porque la narrativa que durante años circuló en [música] México presentaba la historia como una guerra entre dos mujeres.
Carmen Romano de un lado, Sasha Montenegro del otro, la esposa legítima contra la amante escandalosa, la mujer digna contra la vedet de cine [música] de ficheras. Y esa narrativa que era cómoda y simple y encajaba perfectamente en los prejuicios de la época ocultaba algo que era mucho más complejo. [música] Ocultaba que el matrimonio de Carmen Romano y López Portillo llevaba años siendo una ficción.
Ocultaba que López Portillo había tenido otras amantes antes de [música] Sasha, incluida una mujer que trabajaba en su propio gabinete presidencial. ocultaba que Carmen Romano sabía perfectamente lo que ocurría [música] y había elegido, por razones que solo ella conocía, no confrontarlo públicamente. [música] Y ocultaba sobre todo que los dos niños que nacieron de la relación con Sasha, Návila y Alexander, existían, [música] que respaban, que tenían nombre, que no eran una abstracción ni una versión de chismes de revista.
[música] Eran dos seres humanos reales que habían llegado al mundo en medio de un secreto que nadie había pedido ser, pero que nadie tampoco parecía dispuesto a resolver. Recuerda [música] esto porque es clave. En 1985, cuando nació en Ávila, José López Portillo tenía 63 [música] años, Sasha tenía 39 y México todavía estaba procesando la crisis económica de 1982, cuando el peso se devaluó catastróficamente [música] y López Portillo pronunció su famoso discurso llorando ante el Congreso mientras anunciaba la nacionalización de la
banca. Era el hombre más odiado del país. La expresión no es exagerada. era literalmente el hombre más odiado del país. Había quematas de muñecos con su imagen en las calles. Había caricaturas que lo representaban como un perro. Había una rabia popular acumulada durante años que encontró en él su objeto perfecto.
Y en ese contexto, en ese momento donde López Portillo era el símbolo de todo lo que México odiaba de su clase política, Sasha Montenegro eligió estar con él, eligió tener sus hijos, [música] eligió construir una vida con ese hombre al que nadie más quería cerca. Y esa elección que desde afuera parecía inexplicable, que la prensa interpretó como ambición o como locura o como los dos, era en realidad algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo. Era amor.
El tipo de amor que no calcula el costo social, [música] el tipo de amor que existe independientemente de lo que el mundo diga. El tipo de amor que cuando llega a cierta edad y en ciertas circunstancias [música] es lo único que importa. La relación se mantuvo en secreto durante 7 años, de 1984 a 1991, 7 años durante los cuales Nabila creció y Alexander nació [música] y ambos vivieron en el espacio ambiguo de los hijos que existen, pero que no deben ser mencionados.
[música] López Portillo los visitaba, los quería. Según los propios testimonios de Sasha, fue él quien pidió a Alexander. Fue él quien [música] dijo que quería otro hijo, que Návila había llegado por accidente, pero que Alexander era una decisión consciente hablada de los dos. Y sin embargo, ninguno de los dos niños podía existir [música] públicamente con el apellido que les correspondía por sangre.
Podían tener a su padre presente en sus vidas privadas. No podían tenerlo en sus documentos públicos. No podían ir a la escuela sin que alguien preguntara por qué se llamaban así. Y no de otra manera. No podían tener una foto familiar que incluyera al hombre que los había traído al mundo. Vivían en esa franja donde el amor privado y la negación pública coexisten [música] de una manera que solo los hijos de los secretos conocen.
En 1991 ocurrieron dos cosas al mismo tiempo que cambiaron la situación. La primera fue que Carmen Romano y José López Portillo se divorciaron legalmente. El matrimonio que Sara Seevchovic había documentado como una fachada desde mediados de los 70 terminó finalmente en papel. La segunda fue que López Portillo y Sasha [música] Montenegro se casaron por el civil.
No fue una boda discreta, fue un [música] escándalo. La prensa lo cubrió con la intensidad con que se cubren los eventos que la gente espera, con una mezcla de fascinación y horror. El expresidente más impopular de la historia reciente de México, casándose con la bedet, más escandalosa del cine de ficheras, semanas, [música] apenas semanas después del divorcio de Carmen Romano, como si López Portillo, que durante 7 años había mantenido el secreto con la disciplina del político de carrera, hubiera decidido de pronto que ya no le importaba lo que [música]
nadie pensara, que si el país lo odiaba desde 1982, si ya le habían hecho todo el daño posible, si la reputación estaba rota desde hace tiempo, al menos podía permitirse ser honesto en lo único que le quedaba, el amor. La reacción de la familia de López Portillo fue inmediata y violenta en el sentido que tiene esa palabra cuando se aplica a las guerras familiares.
Margarita, la hermana del expresidente, tomó la delantera. Margarita López Portillo era una figura pública conocida en México por haber dirigido radio, televisión y cinematografía durante el sexenio de su hermano. Un cargo que muchos consideraban un nepotismo evidente, pero que en el sistema prista de los años 70 [música] era simplemente la norma.
Era una mujer de carácter fuerte, con contactos en el sistema, con la lealtad feroz de quien ha construido su vida entera alrededor del apellido de un hermano. Y Margarita decidió desde el primer día que Sasa Montenegro era una amenaza no solo para la memoria de Carmen Romano, no solo para los hijos del primer matrimonio, sino para el legado entero del apellido López Portillo, que a pesar de todo el odio popular seguía siendo uno de los apellidos más importantes de la política mexicana del siglo XX.
Lo que vino después fue, según las palabras de la propia Sasa en el programa Vidas al límite, una de las experiencias más duras de su vida. Más dura que haber perdido a su padre de niña, más dura que haber sido detenida por una dictadura, [música] más dura que haber llegado a México con una identidad que no era la suya, porque las otras dureza tenían un origen externo, [música] ajeno, impersonal.
Esta tenía nombre y cara, Margarita. Y más tarde, Carmen, Paulina y José Ramón, los hijos del primer matrimonio, personas que en otro contexto [música] podrían haber sido su enemigo, que en cambio eligieron ser su enemigo. Los hijos del primer matrimonio de López Portillo [música] manejaron la situación con el tipo de frialdad que produce el dolor largo cuando se convierte en estrategia.
No hubo confrontaciones directas en [música] público, al menos no en los primeros años. Hubo algo más eficaz. [música] Hubo silencio. El silencio específico con que una familia poderosa puede hacer sentir a alguien que no existe. En las reuniones familiares donde Sasha y sus hijos deberían haber tenido un lugar, ese lugar quedaba [música] vacío o se llenaba con la incomodidad de quien sabe que está donde no es bienvenido.
[música] En las fotografías que circulaban del expresidente Nabila y Alexander raramente aparecían. En las narrativas que los periodistas cercanos a la familia construían sobre López Portillo, [música] Sasa era mencionada como la última esposa con el dejo de condescendencia que tiene esa frase cuando la dicen quienes prefieren no usarla, pero no pueden evitarla del todo.
Y entonces, en 1995, ocurrieron dos cosas en rápida sucesión que concentraron toda la tensión que se había estado [música] acumulando durante años. La primera fue que López Portillo y Sasa se casaron por la iglesia, [música] una ceremonia religiosa íntima con sus dos hijos presentes en la casa de Cuajimalpa, el momento [música] que Sasa recordó como uno de los más emotivos de su vida, la confirmación pública y espiritual de un amor que había soportado 7 años de secreto y 4 años de guerra familiar.
El momento [música] en que Nabila y Alexander vieron a sus padres formalizar ante Dios lo que siempre había existido entre ellos. Y la segunda cosa que ocurrió ese mismo año fue que José López Portillo sufrió un infarto cerebral, un evento vascular que lo dejó debilitado, disminuido, dependiente. El hombre que había sido presidente de México, que había tenido en sus manos el destino de 70 millones de personas, que había pronunciado discursos que movían multitudes, quedó reducido por un infarto cerebral a necesitar ayuda para
moverse, para comunicarse, para las actividades más básicas de la vida cotidiana. Y en ese momento de vulnerabilidad máxima, en ese momento donde López Portillo más necesitaba a la persona que lo amaba, la familia usó exactamente esa vulnerabilidad como arma. Los rumores de maltrato empezaron a circular casi de inmediato.
Se dijo que Sasha maltrataba al expresidente enfermo, que lo tenía aislado, que no lo dejaba ver a sus hijos del primer matrimonio, que la Bedet yugoslava [música] había atrapado al presidente debilitado y lo estaba explotando de alguna manera que nunca quedó del todo definida, pero que la [música] insinuación hacía parecer evidente.
Sasha lo negó. Lo negó en todas las entrevistas que dio durante esos años. lo negó con una vehemencia que revelaba no solo la falsedad de la acusación, sino el daño que esa acusación le estaba haciendo. Porque en el México de mediados de los 90, en el contexto de la imagen pública de [música] Sasa Montenegro, la acusación de maltrato tenía el efecto que sus enemigos buscaban.
Hacía que la gente que la odiaba por ser quién era, por ser [música] la vedet, por ser extranjera, por ser la última esposa, encontrara en esa acusación la confirmación de todo lo que ya creía. Fue tal la presión que la familia organizó algo que la propia Sasa describió como un escándalo de proporciones nacionales. interpusieron un juicio de divorcio contra ella, no en nombre de López Portillo, [música] que según todos los testimonios seguía eligiendo estar con Sasha, sino en nombre de personas que decían actuar en su interés, un proceso legal diseñado
para separar a Sasa de su esposo enfermo y de paso para quitarle lo único que López Portillo le había dado en términos materiales antes de que la enfermedad lo debilitara completamente. la colina del perro. [música] Esa propiedad en Cuernavaca que había sido una donación en vida, que era lo único que quedaba de una relación de 20 años [música] con el expresidente más controversial de México y que la familia quería recuperar.
El proceso judicial fue largo, fue público, fue cubierto por la prensa con la misma intensidad con que la prensa cubre los pleitos que involucran nombres famosos [música] y dinero y dolor. Y al final, cuando los magistrados federales emitieron su resolución, fallaron a favor de Sasha. Los magistrados no la divorciaron. [música] El matrimonio seguía siendo válido.
Sasha Montenegro seguía siendo la esposa legal de José López Portillo [música] y la propiedad en Cuernavaca seguía siendo suya. Pero ganar ese juicio tuvo un precio, un precio que no se mide en dinero, el precio de haber tenido que defenderlo, el precio de haber tenido que pararse frente a un tribunal y argumentar el derecho a ser la esposa de un hombre que ella misma había elegido cuando nadie más lo quería.
El precio de haber tenido que escuchar las acusaciones de la familia de su esposo repetidas en los documentos judiciales [música] con la frialdad de los escritos legales, el precio de haber ganado, pero de haber salido del proceso con una herida que no se cierra en ningún tribunal. José López Portillo murió el 17 de febrero de 2004.
Tenía 83 años. Murió en la casa de Cuajimalpa, donde vivía con Sasha. Sus hijos del primer matrimonio, Carmen Paulina y José Ramón, se hicieron cargo del sepelio. La nota del entierro en los periódicos mencionaba a la familia, a los hijos reconocidos, a los nietos. Y Sasha aparecía en las notas como la última esposa con la misma frialdad de siempre.
Návila y Alexander, los hijos que López Portillo había pedido tener, los hijos que habían nacido en secreto y que habían crecido en la ambigüedad de existir sin existir oficialmente, aparecían en esas notas como una mención lateral, como un dato secundario, como [música] si la historia que sus padres habían vivido durante 20 años fuera apenas un capítulo menor en la biografía del expresidente.
Aquí viene lo que casi nadie veía porque después de la muerte de López Portillo, después de haber ganado el juicio de divorcio y de haberse quedado con la colina del perro, Sasa Montenegro hizo algo que sus enemigos no esperaban. No desapareció. No se retiró en silencio a procesar la pérdida.
no se convirtió en la figura amarga de la viuda que el mundo olvida rápido. Habló, dio entrevistas, [música] contó su versión, dijo en voz alta lo que durante 20 años había tenido que decir en privado o no decir en absoluto. [música] Dijo que había amado a ese hombre de verdad, que lo había amado cuando nadie más lo quería, que sus hijos [música] eran el resultado de ese amor y que ese amor era real independientemente de lo que cualquier tribunal o cualquier familiar o cualquier periodista dijera.
Y dijo también algo que quedó registrado en varias entrevistas y que resume con una precisión brutal la experiencia de haber sido la última esposa del presidente más impopular de México. Dijo que en México el ser presidente de la República era ser un rey, [música] pero un rey por 6 años, porque después lo decapitaban y que a ella le tocó cuando ya estaba decapitado, que le tocaron los ladridos, que le tocó la parte desagradable de la vida de un personaje. Así.
Nabila, su hija, confirmó años después que esa [música] descripción era exacta, que habían vivido con los ladridos, con la hostilidad [música] constante, con la presión de una familia que nunca las aceptó y de un país que las miraba con el prejuicio específico que eljen a los hombres equivocados en el momento equivocado.
[música] Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque 20 años [música] después de la muerte de López Portillo, 20 años después de haber ganado el juicio y de haberse quedado con la colina del perro, Sasa Montenegro seguía viviendo en Cuernavaca. seguía siendo la viuda del expresidente [música] más odiado de México.
Y en febrero de 2024, cuando el cáncer que llevaba meses avanzando finalmente completó su trabajo, lo que quedaba del legado de una relación de 20 años era exactamente [música] lo que López Portillo le había dado en vida, una colina en Cuernavaca a la que la gente del barrio llamaba con la crueldad que tienen los [música] apodos la colina del perro.
Hay una fotografía que circuló en los medios mexicanos en los días posteriores a la muerte de Sasa Montenegro el 14 de febrero de 2024. Es una fotografía vieja de los años 90 tomada en la casa de Cuajimalpa. En ella aparecen Sasha Montenegro y José López Portillo, sentados en un sillón. Él tiene el cabello blanco y la mirada de quien ya carga el peso de todo lo que hizo y de todo lo que no pudo deshacer.
[música] Ella tiene los ojos felinos que la habían hecho famosa y una mano posada sobre el brazo del hombre con la naturalidad de quien lleva años en ese lugar y no necesita demostrar nada. No hay otros adultos en la fotografía, no hay hijos del primer matrimonio. [música] No hay hermana Margarita. No hay periodistas ni fotógrafos de gala, solo los dos.
Y detrás de ellos, apenas visible en el fondo, una ventana que da al jardín de esa casa de Cuajimalpa, que fue el único territorio neutral que tuvieron durante años. El único lugar donde la guerra de las familias y los juicios y los rumores y los ladridos [música] no entraban. Esa fotografía dice sin palabras y sin necesidad [música] de explicación lo que 20 años de historia compartida no logró decir en los documentos legales, ni en las entrevistas, ni en los titulares de los periódicos.
dice que dos personas se amaron, que ese amor fue real y que las circunstancias que rodearon ese amor fueron desde el principio [música] hasta el final todo lo que el amor no debería ser, pero que a veces inevitablemente es. Los últimos 20 años de la vida de Sasha Montenegro de 2004 a [música] 2024 fueron los años de una vida que se fue achicando poco a poco hasta caber en una colina en Cuernavaca.
No de manera dramática, [música] no con el estruendo de las tragedias grandes, sino con la lentitud específica de las vidas que se vacían cuando se va a la persona que les daba sentido. López Portillo había sido durante 20 años el centro [música] gravitacional de la vida de Sasha, no en el sentido de dependencia ni [música] en el sentido de que ella no tuviera identidad propia sin él, sino en el sentido de que cuando uno construye una vida alrededor de una relación, [música] cuando uno toma las decisiones que Sasha tomó, cuando uno elige quedarse con el
hombre más odiado del país y tener sus hijos y pelear [música] los juicios y aguantar los ladridos y ganar al final, la ausencia de ese hombre deja un espacio que no Es fácil de llenar con otra cosa. Sasha intentó llenarlo con lo que sabía hacer, con el trabajo, con las entrevistas donde contaba su historia, con la presencia de Nabila y Alexander, sus hijos que habían crecido y construido sus propias vidas y [música] que seguían cerca de su madre con la lealtad específica de quienes saben que ella lo apostó todo por ellos antes de
que fueran lo suficientemente grandes para entenderlo. [música] Recuerda esto porque es clave. Nabila López Portillo y Alexander López Portillo son en la historia de esta familia las figuras más silenciosas y al mismo tiempo las más importantes. Son los niños que nacieron en secreto, los niños que crecieron sin poder existir del todo en el espacio público de la familia de su padre.
Los niños que aprendieron desde muy temprano que el apellido que tenían era al mismo tiempo su herencia más grande y su [música] mayor complicación. Návila, la mayor fue quien confirmó la muerte de su madre al canal Foro TV de Televisa, la empresa donde su madre había trabajado durante décadas.
Una declaración breve con la voz de quien ha profesado el dolor en privado antes de tener que nombrarlo en público. Dijo que su madre había fallecido. No dijo más. No necesitó decir más. Y en esa brevedad había décadas de historia que cualquiera que conociera la historia completa [música] podía leer entre las líneas la relación entre Nabila y Alexander con sus medios hermanos Carmen, Paulina y José Ramón López Portillo, los hijos del primer matrimonio.
Nunca fue resuelta de manera pública. No hay registros de una reconciliación. No hay fotos de los cinco juntos en ningún evento familiar posterior a la muerte de López Portillo. No hay declaraciones conjuntas sobre el legado del padre que comparten. Lo que hay es el silencio, el mismo silencio que había cuando Nabila y Alexander eran niños y no podían existir oficialmente.
el mismo silencio que es la firma de las historias que nadie sabe cómo cerrar y que entonces simplemente [música] no se cierran, se dejan abiertas, se dejan flotando en el espacio donde debería haber habido una resolución, pero donde solo hay la ausencia de ella. Aquí viene lo que casi nadie veía.
Porque la historia de Sasha Montenegro y los hijos secretos del presidente no es solo la historia de una mujer y un hombre y una familia dividida. Es la historia de [música] dos niños que pagaron el precio de las decisiones que los adultos tomaron antes de que ellos existieran. Návila llegó al mundo en 1985 [música] porque su padre y su madre se amaron en el momento equivocado o dependiendo de cómo se mire, [música] en el único momento posible.
Y desde esa llegada al mundo, Nabila cargó algo que ningún niño debería cargar. La necesidad de justificar [música] su existencia, la necesidad de probar que era tan hija de su padre como los otros tres que tenían el apellido en los documentos oficiales desde antes de que ella naciera, la necesidad de existir en un mundo que durante años prefirió actuar como si ella no estuviera.
[música] Y Alexander, dos años menor, cargó lo mismo. Los dos crecieron sabiendo la verdad de su origen, sabiendo que eran hijos de un amor que el sistema y la familia y la sociedad habían [música] intentado negar y eligieron. Los dos, no callarlo. Eligieron existir con sus nombres completos. [música] Elegieron ser hijos de Sasha Montenegro y de José López Portillo, sin disculparse por serlo.
Esa decisión, esa negativa de los hijos a desaparecer fue quizás el legado más importante que Sasha les dejó. [música] Porque Sasa Montenegro nunca se disculpó por haber amado a quien amó. Nunca se disculpó por haber tenido a sus hijos, nunca pidió permiso para existir en el espacio que el mundo intentó negarle.
Y esa actitud, esa resistencia [música] silenciosa, pero constante de una mujer que había sobrevivido a los nazis y a una dictadura y a un malentendido de identidad, y a una guerra familiar y a un juicio de divorcio, y a 20 años de ladridos, se transmitió a sus hijos de la manera en que se transmiten las [música] cosas que importan.
No con palabras, con el ejemplo. Los últimos años de Esasa Montenegro estuvieron marcados por la enfermedad. El cáncer que terminó con su vida el 14 de febrero de 2024 había empezado mucho antes, [música] en algún momento de los años anteriores, que ella manejó con la misma discreción con que había manejado todas las cosas importantes de su vida.
No hubo comunicados de prensa sobre su estado de salud, no hubo actualizaciones médicas en los programas de espectáculos, no hubo la instrumentalización del dolor que el mundo del espectáculo a veces produce cuando una figura [música] pública se enferma. Sasha se enfermó en privado y murió en privado en la casa de Cuernavaca, en la colina del perro con Nabila cerca para confirmar la noticia al mundo, con 78 años con un apellido artístico que era el homenaje a una familia masacrada por los nazis, con dos hijos que existen completamente y sin
secreto en el [música] mundo y con la certeza que nadie le pudo quitar, aunque lo intentaron de muchas maneras, de haber sido la viuda legal del expresidente más controversial de México, el 14 de febrero es el día de San [música] Valentín, el día en que el mundo celebra el amor. Y hay algo que tiene el peso específico de la ironía cuando una historia de amor tan complicada [música] y tan real y tan costosa como la de Sasha Montenegro y López Portillo termina exactamente ese día, como si el calendario tuviera
sentido del humor o como si el sentido del humor fuera otra palabra para la crueldad. Sasha murió el día del amor y lo que dejó atrás, lo que quedó después de que Návila confirmó el fallecimiento [música] y los medios publicaron la noticia y las redes se llenaron de fotografías de la vedet en su época de gloria.
[música] Fue una pregunta que esta historia no puede evitar dejar flotando. ¿Qué vale un amor que el mundo no quiere reconocer? ¿Qué vale la decisión de amar a un hombre en su derrota [música] cuando todos esperan que una mujer inteligente se aleje de los derrotados? ¿Qué vale traer al mundo dos hijos en secreto y criarlos [música] sin el respaldo oficial de una familia que actúa como si no existieran? ¿Qué vale ganar el juicio y quedarse con la colina cuando el precio de ese juicio es la guerra perpetua con personas que podrían
haber sido tu familia? La historia de Sasa Montenegro no tiene una respuesta cómoda para ninguna de esas preguntas. tiene, en cambio, una respuesta honesta, una respuesta que no es perfecta ni limpia ni del tipo que se puede enmarcar en una pared. La respuesta [música] es que valió lo que costó, que Sasa eligió con plena conciencia, que los ladridos fueron reales y el amor también fue real y las dos cosas coexistieron durante 20 años en la misma casa de Cuajimalpa, sin cancelarse mutuamente, [música] y que los dos hijos que nacieron de esa
historia, Nabila y Alexander, están vivos y tienen nombre y no se disculpan por existir. [música] Lo cual es quizás la única forma de victoria que importa cuando todo lo demás ha sido [música] tan complicado. Hay un detalle final que vale la pena contar, un detalle pequeño que aparece en algunos de los reportajes sobre la muerte de Sasha Montenegro [música] y que dice sin querer más de lo que cualquier análisis puede decir.
Cuando Nabila confirmó la muerte de su madre al canal Foro TV de Televisa, lo [música] hizo usando el nombre completo de su madre. No, Sasha, no la Vedet, no la última esposa. Alexandra Achimovic Popovic, el nombre real. El nombre de la niña que nació en Bari en 1946 de padres yugoslavos que habían perdido a su familia en un campo de concentración nazi.
El nombre, que nunca apareció en los créditos de las películas, ni en los carteles, ni en las revistas, ni en los documentos del juicio de divorcio. El nombre que solo usaban las personas que la conocían de verdad. Y al usar ese nombre, Nabila hizo algo que tiene el valor de todos los juicios ganados y de todas las entrevistas dadas y de todos los años de resistencia silenciosa.
Le devolvió a su madre su historia completa. No la historia de la vedet, [música] no la historia de la amante del presidente, no la historia de la última esposa que se quedó con la colina del perro. La historia completa desde Bari hasta Cuernavaca. Desde la familia masacrada por los nazis hasta los dos hijos que no se disculpan por existir.
[música] Alexandra Achimovic Popovic. Eso fue todo lo que Nabila dijo y fue suficiente. Fue más que suficiente porque hay nombres que lo contienen todo y hay hijos que saben exactamente cuándo usarlos. M. Yeah.