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Santiago Meza López El Pozolero: Así Vive Hoy Tras 17 Años en Prisión y Sin Esperanza de Salir

Santiago Meza López El Pozolero: Así Vive Hoy Tras 17 Años en Prisión y Sin Esperanza de Salir

Hubo un tiempo en que Santiago Mesa López, el hombre que años después sería conocido como el pozolero, tenía dinero, una familia y una vida aparentemente normal en Tijuana. Salía de casa cada mañana como cualquier trabajador, pero su oficio era uno de los más oscuros del narcotráfico.

 El cártel lo llamaba para hacer desaparecer los cuerpos de sus víctimas y borrar cualquier rastro de sus crímenes. Hoy, más de 16 años después de su captura, Santiago tiene más de 60 años y cumple una condena de 30 años y 8 meses en una prisión federal de máxima seguridad. El hombre que ayudó a ocultar cientos de desapariciones vive ahora entre rejas, sin poder, sin privilegios y con una realidad que, según las matemáticas, terminará con él muriendo en la cárcel.

 En este video vas a conocer quién fue Santiago Mesa López, cómo un albañil de Sinaloa terminó disolviendo más de 300 cuerpos para el cártel más violento de Baja California, cómo lo atraparon y sobre todo lo que más te interesa, cómo está viviendo hoy en la cárcel, qué come, cómo son sus días, qué está pasando con su salud, si está aislado? ¿Qué pasa por la mente de un hombre de 60 años que sabe que va a morir entre rejas? Quédate hasta el final porque hay algo que está ocurriendo ahora mismo con su situación que muy poca gente sabe y que cambia la

forma en que se entiende el caso. Suscríbete al canal para conocer las historias reales de personajes que alguna vez ocuparon titulares, acumularon fortuna o ejercieron poder y que hoy enfrentan una realidad completamente distinta dentro de una prisión. Para entender a Santiago Mesa hay que empezar por el principio.

 Nació en 1964 en Huamuchil, Sinaloa, una ciudad del norte de México, donde creció en una familia de nueve hijos. Desde niño trabajó fabricando ladrillos para la construcción, un oficio que le dio los conocimientos básicos de mezclas y materiales, pero también un nivel de vida que nunca superó la línea de lo justo.

 Su padre se llamaba Salvador Mesa, su madre Rita López Montoya. No eran familia del narco, no tenían conexiones con el crimen. Eran una familia de trabajadores que vivía de lo que producían sus manos. A mediados de los años 90, Santiago se mudó a Tijuana con su esposa Irma, con quien había crecido desde la infancia en Huamuchil. La frontera prometía trabajo, movimiento, oportunidades y efectivamente había trabajo.

 Pero Tijuana en esa época era también una de las ciudades más violentas del continente. El cártel de los arellano Félix controlaba la plaza y los cuerpos aparecían en las calles con una regularidad que el resto del país miraba desde lejos. Santiago Mesa llegó a construir una vida mejor y terminó siendo absorbido por ese mundo.

 Según su propio relato, el punto de quiebre fue enterarse de que su hermana había sido agredida por miembros de una organización criminal en Tijuana. Eso lo conectó con Teodoro García Cimental, conocido como el Teo, uno de los lugarenientes más violentos del cártel de Tijuana. Fue el Teo quien le enseñó el método.

 Primero experimentó con una pierna de res. La metió en un tambo con sosas cáustica y agua. la dejó a fuego alto durante horas y vio lo que pasaba. Santiago Mesa confesó ese proceso exacto con esas palabras frente a los medios de comunicación en 2009. Lo que siguió fue una década de trabajo. Santiago Mesa no mataba. Los cuerpos llegaban ya muertos y él se encargaba de disolverlos en tambos de 200 L usando sosa cáustica.

 Los cocinaba a fuego alto durante un día completo, lo que no se disolvía como los dientes o fragmentos de hueso, lo quemaba con gasolina y lo enterraba en terrenos valdíos. Trabajaba a un ritmo de hasta tres cuerpos por semana. Su zona de operación principal era Tijuana y Baja California y la fosa donde finalmente fue encontrado estaba en el barrio de Ojo de Agua en Tijuana.

Y ahora viene lo que muy poca gente recuerda. ¿Cuánto le pagaban a Santiago Mesa por hacer ese trabajo? La respuesta cuando la escuchas te hace entender algo sobre el narcotráfico que ninguna producción de Hollywood cuenta bien. Al principio le pagaban 600 pesos a la semana. Eso es lo que confesó. Más adelante, según el libro de la periodista Anabel Hernández, llegó a recibir hasta 7000 pesos semanales.

 No era una fortuna, era el salario de un trabajador calificado. La periodista, que entrevistó a su esposa Irma en aquella época encontró a una mujer que vivía de ese dinero sin saber exactamente de dónde venía, que su marido le había dicho que prefería ese trabajo a ver a su familia morir de hambre. Irma dijo que cuando vio la confesión por televisión fue la primera vez que comprendió completamente lo que hacía Santiago.

 La operación en la que trabajaba era, según describieron los investigadores, una línea de producción criminal. Había personas que secuestraban, otras que vigilaban, otras que ejecutaban y Santiago Mesas era el último eslabón, el que borraba la evidencia. Esa división del trabajo permitió que el cártel eliminara rivales, personas incómodas y cualquiera que representara un problema.

 Sin dejar rastro. Los cuerpos que Santiago disolvió nunca pudieron ser identificados. Sus familias nunca tuvieron nada que enterrar. Estuvo en la lista de los 20 criminales más buscados por el FBI durante ese periodo. No como capo, no como líder, sino como uno de los operadores más peligrosos de la organización por la especificidad de su función.

 El FBI entendía que ese hombre era clave para que el cártel pudiera operar con impunidad. Borrar los cuerpos era borrar los crímenes, al menos ante la ley. Por eso su captura fue considerada un golpe significativo, aunque la pena que recibió en un primer momento defraudó a las familias de las víctimas. El 22 de enero de 2009, soldados del ejército mexicano lo detuvieron en ensenada.

 Estaba al volante de una camioneta. El copiloto huyó, pero fue atrapado después de una persecución. Santiago Mesa no huyó, no opuso resistencia mayor. Cuando los militares se acercaron, empezó a hablar. Dijo que era el pozolero del Teo. Los militares lo golpearon durante la detención, algo que quedó visible en las imágenes que el mundo vería al día siguiente.

 Lo que ocurrió en la sala donde lo interrogaron antes de presentarlo ante las cámaras es algo que los propios agentes ministeriales que estuvieron ahí recordaron durante años. Entraron esperando a un monstruo y encontraron algo que no esperaban. Y cuando descubras qué fue lo que más sorprendió a quienes lo tuvieron frente a frente, entenderás por qué este caso sigue siendo uno de los más perturbadores de la historia criminal de México.

 El 23 de enero de 2009, Santiago Mesa López fue presentado ante los medios en el cuartel militar de Tijuana. Los agentes ministeriales que lo recibieron para interrogarlo dijeron que llegó un hombre bajito, de bigote, que no encajaba con ninguna de las imágenes que tenían en la cabeza. No había frialdad en su actitud, no había arrogancia.

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