Pero en su momento eran rivales serios, campeones regionales, peleadores con récords respetables que entraban al ring con la convicción de que esta vez iba a ser diferente. Nunca era diferente. El más dramático fue Randy Shills en 1978 en Los Ángeles. Schills era considerado en ese momento uno de los mejores welters del mundo.
Técnico, con buen quijada, con experiencia en peleas grandes. Los analistas lo ponían como favorito o al menos como el rival que finalmente iba a llevar a Pipino a los jueces. Shó en el décimo asalto. Después de la pelea, dijo en la rueda de prensa que el golpe de pipino al cuerpo era algo para lo que ningún entrenamiento te prepara, que podías saber que venía y de todas formas no podías hacer nada para amortiguar el daño.
Harold Weston, Billy Bacus, Ranzani, Scott Clark, todos cayeron. Todos en los primeros rounds, todos con la misma cara de confusión de quien ha recibido algo que el cerebro tarda en procesar. Pipino Cuevas era entre 1976 y 1980 uno de los tres o cuatro mejores boxeadores del mundo en cualquier división. Hay analistas que lo ponen en la conversación de los mejores welterweights de todos los tiempos, junto a Rey Leonard, Tommy Herns, Marvelus Marvin Hagler y Roberto Durán.
Y sin embargo, hoy cuando se habla de esa época del boxeo, el nombre de Pipino aparece tarde. Aparece después de Leonard, después de Herns, después de Durán. Aparece como nota al pie. Hay una razón para eso. Ahora llega la primera verdad que prometí. El dinero. Pipino Cuevas durante 4 años como campeón del mundo, generó millones de dólares.
Las peleas en México, en Los Ángeles, en Texas, llenaban arenas. La televisión pagaba por los derechos. Los patrocinadores ponían su nombre junto al de Pipino. El negocio era enorme. Pipino recibió una fracción de lo que le correspondía. Eso tampoco es una novedad en el boxeo latinoamericano de esa época. Es el patrón que se repite con una consistencia que ya no sorprende a nadie que conozca la historia del deporte.
El promotor toma su parte, el manager toma su parte, la organización que certifica el título toma su parte, el entrenador toma su parte. y al boxeador, que es el único que pone el cuerpo, que es el único que sangra, que es el único que se va a casa con las secuelas físicas de todo lo que ocurrió en el ring, le llega lo que queda después de todas esas manos.
En el caso de Pipino, lo que quedaba era poco. Los contratos que firmó cuando tenía 16 años, que nunca leyó, que nadie le explicó, estaban escritos de manera que la porción del dinero que llegaba directamente a Pipino era la mínima legalmente posible. Los que lo rodeaban habían construido una estructura donde cada victoria de Pipino alimentaba una cadena de personas antes de llegar a él y Pipino confiaba en ellos.
Eso hay que decirlo con claridad. Pipino Cuevas. No era un hombre desconfiado ni paranoico. Era un hombre que venía de un pueblo donde la palabra de los adultos valía, donde si alguien te decía que te iba a cuidar, lo creías, porque en su mundo eso era lo que hacía la gente. La traición calculada era algo que Pipino no tenía en su mapa.
Los que lo rodeaban sí la tenían en el suyo. El resultado fue que Pipino Cuevas, en los años de mayor gloria de su carrera, vivía bien, pero no vivía como vivían los campeones del mundo de otras épocas, de otras nacionalidades, con mejores abogados y peores rivales. Vivía en una casa decente en Guadalajara. tenía un coche, podía mantener a su familia, pero no tenía lo que debería haber tenido.
No tenía la seguridad económica que 4 años de ser el welterweight más temido del planeta deberían haberle dado. Y cuando el reinado terminó, cuando el nombre de Pipino Cuevas dejó de valer lo mismo en el mercado, las personas que habían construido esa cadena simplemente se alejaron.
No hubo reunión de despedida, no hubo explicación. simplemente dejaron de estar. Eso va a tener consecuencias. Pero primero hay que hablar de las manos. Aquí viene la segunda verdad. Las manos de Pipino Cuevas eran su arma y también su punto débil desde mucho antes de lo que el equipo admitió públicamente. Los boxeadores que pegan con la potencia de pipino pagan un precio.
Cada golpe que se conecta con fuerza total transfiere energía al objetivo, pero también al cuerpo del que golpea. Los huesos de la mano, los metacarpos, los nudillos absorben impacto en cada knockout. Los tendones se estresan. Las articulaciones se inflaman. Un boxeador que lleva 4 años peleando cada tres o cu meses, que ha noqueado a 11 rivales y ha entrenado miles de rounds en ese tiempo, tiene manos que han acumulado daño.
En el caso de Pipino, ese daño se manifestó de manera aguda en los primeros meses de 1980. Los sparrings del campamento de Pipino en esa época, los que años después dieron entrevistas, cuentan que Pipino llegaba a los entrenamientos con las manos vendadas de una manera diferente, más gruesa, con más cuidado que en otros campamentos, que cuando golpeaba los sacos se notaba que moderaba la potencia en determinados momentos, algo que antes nunca hacía, que había sesiones donde el entrenador acortaba el trabajo de manos sin dar explicaciones.
El médico del equipo había examinado las manos de pipino en junio de 1980, dos meses antes de la pelea con Herns. El diagnóstico era claro, fractura por estrés en el metacarpo de la mano derecha y proceso inflamatorio en los tendones de la izquierda. Las manos necesitaban descanso, mínimo seis semanas sin golpear nada, idealmente 3 meses.
Eso significaba cancelar o posponer la pelea con Herns. [resoplido] La pelea con Hernada para el 6 de agosto de 1980 en el Joe Leis Arena de Detroit. Era el evento más grande de la carrera de pipino, el enfrentamiento que lo iba a poner definitivamente en la misma oración que Leonard Durán en cualquier conversación sobre el boxeo de esa era.
Los derechos de televisión, la venta de boletos, los contratos de patrocinio ya estaban firmados. El dinero ya estaba comprometido. Cancelar significaba devolver dinero. El promotor no iba a devolver dinero. El equipo de pipino sabía el diagnóstico, el promotor lo sabía. Los que tomaban las decisiones alrededor de Pipino Cuevas sabían que ese hombre iba a entrar al ring de Detroit con las manos rotas y no dijeron nada. Pipino tampoco dijo nada.
Eso también hay que decirlo con honestidad. Pipino sabía que las manos no estaban bien. Los boxeadores siempre saben. El cuerpo no miente. Pero Pipino tenía 21 años. Llevaba 4 años entrenado para ser el campeón más duro del mundo. Y la idea de decir que no podía pelear, de admitir que algo en su cuerpo estaba fallando, era algo que su carácter no le permitía fácilmente.
Pipino Cuevas era de los hombres que van al frente siempre y los que lo rodeaban usaron eso. La noche del 6 de agosto de 1980, Pipino Cuevas entró al ring del Joe Luis Arena ante 20,000 personas. Thomas Herns entró desde el otro lado, largo, con una envergadura que parecía pertenecer a alguien de mayor peso, con esa mirada plana que tenía en los grandes momentos y que sus rivales describían como la de alguien que ya había decidido el resultado antes de que sonara la primera campana.
El primer asalto fue de pipino, presión, avance, el trabajo de cuerpo habitual que hacía que los rivales empezaran a doblar la cintura. Herns retrocedió varias veces. Pipino lo buscaba. Las manos encontraban el blanco y en cada golpe, Pipí no sentía lo que nadie en la arena podía ver. El dolor era agudo. Cada impacto en las manos rotas mandaba una señal al cerebro que el cerebro de cualquier ser humano interpreta como una instrucción de parar. Pipino no paró.
Pipino siguió yendo al frente porque era lo único que sabía hacer y porque retroceder habría significado admitir lo que nadie alrededor suyo quería admitir. En el segundo asalto, Herns encontró el ángulo, un cruzado de derecha al mentón de Pipino, que llegó en el momento en que Pipino venía hacia delante con las manos en posición de atacar, lo que multiplicó el impacto.
Pipino cayó, se levantó, Herns volvió sobre él, otro cruzado, otra caída. El árbitro Carlos Berrocal paró la pelea. 1 minuto 44 segundos del segundo asalto. El reinado de Pipino Cuevas terminó de la manera más brutal posible ante una arena llena, en la pelea más grande de su carrera, con las manos que no podían darle lo que él necesitaba dar.
Lo que nadie preguntó ese día y lo que el boxeo siguió sin preguntar durante décadas es, ¿quién tomó la decisión de mandarlo al ring en esas condiciones? ¿Quién firmó la autorización médica sabiendo lo que sabía? ¿Quién puso el dinero de esa noche por encima de las manos? La salud y la carrera de pipino Cuevas. Esa persona nunca dio la cara.
El boxeo nunca le preguntó. Después de Herns, Pipino Cuevas siguió peleando. Eso también hay que contarlo porque es parte de la historia y porque dice algo de cómo funciona el negocio cuando un boxeador deja de ser campeón y sigue siendo útil como nombre para vender entradas de segundo nivel. Las manos tardaron meses en recuperarse.
Pipino descansó, se operó la derecha, volvió a los entrenamientos cuando los médicos dijeron que podía y cuando volvió, los que lo esperaban no eran los promotores de las peleas grandes, eran los de los eventos medianos, los carteles donde el nombre de pipino todavía servía para llenar un tercer del aforo que antes llenaba completo.
peleó 19 veces más entre 1981 y 1989. Ganó 12, perdió siete. Las derrotas llegaron contra rivales que el pipino de 1978 habría noqueado en cuatro asaltos. Lloyd Honigan, Milton Mcory, Mark Brelland. Nombres respetables, todos, pero ninguno al nivel de lo que Pipino había enfrentado en sus mejores años. El problema no era el rival.
El problema era que las manos ya no eran las mismas. El problema era que el cerebro recordaba cómo pelear, pero las manos no podían ejecutar lo que el cerebro ordenaba, con la misma velocidad y la misma potencia de antes, y los que lo enviaban a esas peleas lo sabían. El negocio del boxeo tiene una lógica que es difícil de defender desde fuera, pero que desde dentro parece natural.
Un boxeador con un nombre conocido, aunque esté en declive, tiene valor comercial. Ese valor disminuye con cada derrota, pero no desaparece de golpe. Y mientras haya valor, hay promotores dispuestos a usarlo. Pipino siguió peleando porque necesitaba el dinero. El dinero que tendría que haber tenido de sus años de campeón, que debería haber sido suficiente para no tener que ponerse los guantes jamás después de Herns, no estaba.
se había ido por esa cadena de manos que tomaban su parte antes de que llegara a él. Y cuando la cadena desapareció, Pipino quedó con poco. Se retiró en 1989, tenía 30 años y lo que encontró del otro lado del retiro fue lo que encuentran muchos boxeadores mexicanos de su generación cuando el boxeo termina. Un país que los usó mientras pudo y que después de eso no tiene mucho que ofrecer.
Los años 90 fueron duros para Pipino. Sin los ingresos del boxeo, sin los ahorros que debería haber acumulado, con el cuerpo que empieza a cobrar facturas. Después de 15 años de golpes, Pipino tuvo que construir una vida desde cero con las herramientas que tenía. trabajó en lo que hubiera. Guadalajara es una ciudad grande con muchas posibilidades para alguien con voluntad, pero también es una ciudad que no tiene memoria especialmente larga para los deportistas que dejan de ganar.
Pipino Cuevas, campeón del mundo welterweight, tenía en los años 90 la misma relevancia en el mercado laboral que cualquier hombre de 30 y pico sin título universitario y con el cuerpo marcado por dos décadas de boxeo. Entrenó jóvenes en gimnasios de barrio. Por un tiempo vendió seguros. Hubo años donde la situación económica era tan precaria que personas cercanas a él, excompañeros del mundo del boxeo, tenían que ayudarlo con cosas básicas.
El mundo del boxeo, que lo había usado durante 4 años para generar millones de dólares, no apareció cuando Pipino lo necesitó. Suleimán, que en sus últimos años dio varias entrevistas donde hablaba de los campeones mexicanos del CMB, con cariño evidente, nunca mencionó las condiciones en que terminó pipino, nunca habló de los contratos de 1974, nunca habló de las manos de agosto de 1980.
Los promotores que se hicieron ricos con pipino cuevas tampoco. El boxeo tiene esa capacidad de honrar el pasado con palabras y abandonar el presente con hechos. Las ceremonias, las inclusiones en salones de la fama, los homenajes en las arenas donde antes peleasteis, todo eso existe y es genuino en algún nivel, pero no paga la renta.
Pipino Cuevas llegó a los 50 años en condiciones que ninguna carrera de 12 títulos mundiales debería haber producido. Y entonces pasó algo. Aquí viene la tercera verdad que prometí y es la que más dice de quién es este hombre. 2007. Pipino Cuevas tenía 48 años, buscó a Thomas Hermes. Tardó varios meses en conseguir el contacto.
Hern vivía en Detroit. Seguía involucrado en el mundo del boxeo como promotor y figura respetada del deporte. El acceso no era inmediato, pero tampoco era imposible para alguien con la persistencia de pipino. Cuando por fin habló con él, le dijo una sola cosa, que quería verlo, que tenía algo pendiente con él desde 1980, que no era nada malo, que no era rencor, que era simplemente algo que Pipino llevaba 27 años cargando y que quería resolver. Hernó, se vieron en Detroit.
una reunión que no tuvo cámaras, que no fue un evento organizado por ninguna promotora, que no generó cobertura mediática porque nadie sabía que iba a pasar. Dos hombres que habían estado en el ring juntos hacía casi tres décadas, uno que había ganado esa noche y uno que había perdido de la manera más dolorosa posible.
Lo que Pipino le dijo a Hernó él mismo en una entrevista varios años después en un programa de radio mexicano donde lo entrevistaron con el respeto callado que se le da a las personas que han pasado por cosas que muy pocos pueden imaginar. Pipino dijo que le fue a decir que no guardaba rencor, que la pelea de 1980 había sido la pelea de 1980 y que Herns había ganado porque era mejor esa noche, que lo que había pasado con las manos, lo que el equipo había decidido sin consultarle era entre él y su equipo, y no entre él y Herns, que Herno.
Herns, según Pipino, se quedó en silencio varios segundos. Después dijo que no sabía que Pipino había peleado esa noche con las manos lesionadas, que nadie le había dicho, que si lo hubiera sabido no estaba seguro de lo que habría hecho, porque el negocio también tenía sus presiones sobre él, pero que lo lamentaba.
Los dos hombres estuvieron juntos varias horas ese día en Detroit. Cuando Pipino volvió a México, dijo que venía más liviano. Esa palabra la usó él liviano, como si hubiera dejado algo en Detroit que había estado cargando durante 27 años. Lo que ese viaje dice de Pipino Cuevas es algo que ningún cinturón puede decir, que un hombre al que le robaron el dinero de su carrera, que fue mandado al ring con las manos rotas por personas que debían cuidarlo, que terminó sus mejores años en condiciones que no merecía, ese hombre encontró la manera de no dejar
que todo eso lo consumiera. El boxeo le dio mucho a Pipino Cuevas. El boxeo también le quitó mucho. Lo que el boxeo nunca pudo quitarle fue lo que llevaba adentro. Y eso se vio en ese viaje a Detroit, que nadie organizó, que nadie filmó, que nadie aplaudió. Hay algo más que hay que contar.
y que la mayoría de las crónicas sobre Pipino Cuevas omiten porque no encaja bien en ninguna de las narrativas disponibles. Pipino Cuevas no fue solo una víctima, fue también un hombre que tomó decisiones, algunas buenas, algunas malas, que en determinados momentos pudo haber dicho que no y no lo dijo, que la lealtad que sentía hacia las personas que lo rodeaban desde los 16 años, aunque esas personas lo estuvieran traicionando, era real y genuina, y lo hizo ciego a cosas que en retrospectiva resultan obvias.
Eso no absuelve a los que se aprovecharon de esa lealtad. Pero la historia completa de Pipino Cuevas no es la de un hombre completamente inocente que otros destruyeron. Es la historia de un hombre con una virtud, la lealtad, que en el mundo del boxeo profesional se convierte en vulnerabilidad. Los niños que crecen como pipino en pueblos de Jalisco sin opciones aprenden que la lealtad al grupo es supervivencia, que si alguien te extiende la mano, la aceptas y no haces demasiadas preguntas porque las preguntas cuestan y las manos
que se extienden no sobran. Esa lógica tiene sentido en el contexto en que se forma. En el contexto del boxeo profesional con promotores y abogados y contratos y millones de dólares, esa misma lógica te puede destruir. A Pipino lo destruyó a medias, a medias porque siguió en pie, a medias porque encontró a Herms en Detroit, a medias porque los que lo conocen dicen que es un hombre que no anda con el gesto torcido de los que cargan rencor.
Eso también es parte de la historia. 2024. Pipino Cuevas tiene 65 años. Vive en Guadalajara. Da clases en un gimnasio de boxeo del que muchos no conocen la dirección exacta porque Pipino no busca visibilidad. Entrena jóvenes, se levanta temprano, conoce a cada uno de sus alumnos por el nombre. Hay videos de él en los últimos años.
No entrevistas de televisión, no apariciones en eventos deportivos con alfombra roja. Videos que filman sus propios alumnos en el gimnasio. Videos donde Pipino demuestra cómo se para ante un rival, cómo se trabaja el jab. Cómo se protegen las manos con el vendaje correcto. Ese detalle, el del vendaje, es el que más llama la atención de los que saben la historia.
Pipino Cuevas le enseña a sus alumnos a vendarse las manos como si eso fuera lo más importante del boxeo. Y para él, 40 años después de Detroit, probablemente lo es. El boxeo mexicano tiene figuras que reciben homenajes permanentes, que aparecen en los carteles de los eventos importantes, que son invitados de honor a las peleas grandes, donde los comentaristas lo señalan desde la cabina y la arena aplaude.
Pipino Cuevas no siempre está en esos carteles, no siempre recibe esa llamada. Cuando lo preguntan al respecto, dicen que responde con calma, que el reconocimiento no es lo que lo mueve, que lo que lo mueve está en el gimnasio, en los jóvenes que llegan con las manos vacías y la energía sin dirección, en la posibilidad de darles algo que él recibió tarde y de la manera equivocada, que él les explica los contratos, que les dice que lean todo antes de firmar, que les dice que pregunten todo lo que no entiendan, aunque les parezca Una pregunta
tonta que les dice que su cuerpo es su único capital y que nadie va a cuidarlo por ellos. Eso lo aprendió por las malas y está pasando lo aprendido hacia delante. El nombre de Pipino Cuevas merece estar en la misma oración que los grandes welter weights de todos los tiempos. Los números lo justifican.
12 defensas mundiales, 11 por knockout. Un estilo que los analistas técnicos del boxeo siguen citando cuando explican qué significa tener poder genuino en ambas manos. Un reinado de 4 años donde nadie, absolutamente nadie, encontró la manera de pararlo cuando las manos estaban bien.
Lo que también merece estar en esa oración es lo que le hicieron. los contratos que firmó a los 16 años y que nunca leyó, el dinero que generó y que llegó a otros bolsillos antes del suyo, las manos que estaban rotas en agosto de 1980 y que los que tomaban las decisiones fingieron no ver el retiro en condiciones que no correspondían a lo que había dado y lo que él hizo con todo eso, el viaje a Detroit, el gimnasio en Guadalajara, los jóvenes que aprenden a vendarse las manos y a leer los contratos.
El gesto que no tiene amargura, aunque tendría todo el derecho del mundo de tenerla. Eso es pipino cuevas, las dos partes juntas, el que fue usado y el que decidió no quebrarse. México lo amó cuando ganaba. Lo que tendría que hacer ahora es acordarse de que cuando ya no ganaba, el hombre siguió siendo el mismo.
Si quieren ver otra historia que el boxeo prefirió enterrar, la tienen en el video anterior, la de Edwin Valero, el campeón invicto que ganó todas sus peleas y perdió todo lo demás. Está ahí, ya lo pueden ver. M.