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Paco Stanley: Lo que Había en su Cartera el Día que lo Mataron y Nadie Quiso Explicar

Paco Stanley: Lo que Había en su Cartera el Día que lo Mataron y Nadie Quiso Explicar

Eran las 12 del mediodía con 8 minutos. El sol de junio del 99 pegaba directo sobre el periférico sur de la Ciudad de México. Jorge García Escandón había sacado la Lenken Navegarer negra del estacionamiento del restaurante y la había puesto junto a las escaleras de entrada con el motor encendido  y las ventanillas abiertas.

Adentro, el hombre que llevaba años siendo su jefe, acababa de levantarse de la mesa,  le había dado dinero a un colega para que pagara la cuenta y había dicho una frase sencilla que hacía calor, que cerraran las ventanas,  que iba a poner el aire. García Escandón empezó a subir los vidrios eléctricos.

Su jefe se inclinó hacia el tablero para alcanzar los controles del clima. En ese segundo exacto, García Escandón vio por la ventanilla del conductor el reflejo de algo metálico. 45 segundos después, esa camioneta era una escena de crimen. Paco Stanne murió con las gafas  puestas, cuatro balas en la cabeza, recostado contra la puerta del  copiloto, en silencio.

Cuando los peritos abrieron la camioneta con guantes de látex, encontraron la cocaína en el bolsillo del pantalón, el molino para triturar droga en la guantera.  Eso lo supo toda la ciudad de México esa misma tarde. Pero había algo más, algo que casi nadie contó con detalle. En la cartera de Paco Stanley, doblada con cuidado entre los billetes,  había una credencial oficial de la Secretaría de Gobernación, un documento firmado por alguien con rango en el gobierno federal que lo acreditaba como funcionario y le

autorizaba  aportar armas de fuego. Ese documento es la pieza que este caso nunca resolvió porque alguien del aparato del Estado mexicano firmó esa credencial. alguien con autoridad para hacerlo. Alguien que decidió que el conductor de televisión más visto del país merecía ese nivel de protección oficial.

 Y ese alguien nunca tuvo que explicar en ningún tribunal ni  ante ningún periodista por qué. No hubo una sola pregunta pública sobre ese nombre, ni en el expediente judicial, ni en las investigaciones posteriores, ni en  los documentales, ni en los libros. Hoy te voy a contar cuatro cosas que están conectadas y que juntas explican por qué este caso lleva 26 años sin una  sola sentencia.

La primera, ¿quién era realmente Francisco Jorge Stano y  Albaitero, el hombre detrás del conductor y el momento exacto en que su vida cambió de dirección sin que nadie  lo notara desde afuera? La segunda, la credencial de Gobernación, que era quien la pudo firmar y que significa que Paco la llevara encima el día que lo mataron.

La tercera, ¿cómo se fabricó el caso que mandó a cinco personas inocentes a la cárcel? ¿Quiénes lo fabricaron y quienes pagaron ese precio? Y la cuarta, lo que quedó después, lo que ese documento doblado en la cartera de Paco dice sobre el México que lo produjo. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

 Empecemos  por el principio. Y el principio no está en las cámaras de Televisa, está en la colonia Roma de la Ciudad de México  a principios de los años 40. Francisco Jorge Stanley Albaito, nació el 3 de julio de 1942. El apellido Stanle venía de un abuelo de origen anglosajón que había llegado al país décadas antes y se había quedado.

La familia era de clase media, trabajadora,  sin grandes conexiones. El padre con oficio fijo, la madre  en casa, varios hermanos, el dinero justo para que alcanzara. Nada  en esa casa de la colonia Roma indicaba que uno de sus hijos iba a entrar a 12 millones de hogares mexicanos cada mañana durante 25  años.

Lo que Paco tenía desde joven era una voz, no una voz bonita en el sentido convencional, una voz con  peso que llenaba el espacio, que cuando hablaba la gente callaba para escuchar. Ese don lo llevó primero a la Asociación Nacional de Locutores, después a estaciones de radio de la Ciudad de México.

 A finales  de los años 60 ya tenía un programa nocturno propio en Radio X, donde leía poemas, hacía comentarios, construía una audiencia que volvía cada noche porque sentía que Paco le hablaba solo a ella. Guarda este nombre, Francisco Jorge Stanne Albaitero, porque el hombre que tú conocías en televisión era una construcción muy trabajada.

El hombre que vivía dentro de ese nombre era otro. En esos años de radio, Paco se casó por primera  vez. Con María Solí tuvieron un hijo, también Francisco, al que la familia llamaba Francisquito. En las fotos de la época, Paco  tiene poco más de 30 años, el pelo oscuro, una sonrisa que todavía no sabe lo que está por  venir.

 El primer matrimonio no duró. Cuando llegó el divorcio, Paco ya estaba en televisión, ya era conocido, ya vivía en una escala diferente.  Y el pequeño Francisco siguió con su madre, alejado de las cámaras y de los titulares. En 1974,  Paco entró a Televisa. Tenía 32 años.  Llegó a cubrir de emergencia el programa de un locutor que había fallecido.

En menos de 12 meses todo México lo conocía.  condujo alegrías de mediodía, después la mujer ahora, después el club del hogar. En todos hacía lo mismo. Le hablaba a cada televidente como si lo conociera de toda la vida, como si hubieran quedado de verse esa mañana y él hubiera llegado  puntual.

Para 1986, cuando le entregaron la conducción de la carabina de Ambrosio, el programa de comedia más visto de la televisión hispana, Paco ya era una institución, no una celebridad,  una institución. La gente no lo veía porque fuera entretenido, lo veía porque era parte  del día, como el desayuno o el noticiero de las 9.

 En ese periodo conoció a Patricia Pedrosa. Se casaron.  Tuvieron dos hijos, Francisco, que estudiaría derecho en una universidad de Inglaterra, y  Leslie, de quien casi no hay registros públicos, porque desde niña Paco le pidió a la prensa que la dejara en paz. Patricia se quedó en casa, crió a los hijos, nunca dio entrevistas, nunca posó en revistas de espectáculos.

En una entrevista de 1992, cuando  un periodista le preguntó por qué su esposa nunca aparecía en cámara, Paco respondió que Patricia era su parte privada, que él ya estaba demasiado expuesto y que la familia merecía un espacio donde nadie los mirara.  Esa frase en aquel momento sonaba romántica.

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