Hoy suena diferente. Y entonces llegó 1993 y algo se rompió de forma irreversible. El hijo mayor de Paco, Francisco Stanle Solís, murió. Tenía 18 años. No fue una muerte lenta ni anunciada, fue repentina. Y Paco, que durante 20 años había construido una carrera entera sobre la capacidad de controlar lo que sentía en cámara, no supo cómo procesar esa pérdida en privado.
La familia decidió no hacerlo público. No hubo notas en los medios, no hubo homenajes en los programas. El hijo mayor de Paco Stanne murió y el México que lo veía todas las mañanas no se enteró. Quienes trabajaban cerca de Paco en esa época dicen que después de ese año él cambió. El humor seguía, las bromas seguían, el gallinazo seguía, pero algo en el interior de ese hombre se había recalibrado.
Su dependencia de ciertos círculos, de ciertos contactos, de ciertas protecciones, aumentó como si hubiera aprendido que la vida podía romperse sin aviso y hubiera decidido construir para sí mismo una red de seguridad que ninguna televisora podía darle. Esta es la primera de las cuatro cosas que te prometí.
El hombre real detrás del conductor. Y lo que te acabo de contar sobre 1993 es la pieza que ningún perfil de Pacostan ha puesto en el centro de la historia. Porque no es un dato anecdótico. Es el momento en que el hombre de la pantalla y el hombre de la vida real empezaron a separarse de forma irreversible. Hay un detalle de esa época que personas cercanas al entorno familiar han descrito de manera consistente.
Paco tenía un cuarto en la casa que usaba como despacho. Llegaba tarde, se encerraba, hablaba por teléfono durante horas. Patricia escuchaba su voz detrás de la puerta, pero no las palabras. Las pupilas de Paco llegaban a casa distintas a como habían salido por la mañana. No siempre, pero con suficiente frecuencia como para que Patricia lo viera sin necesidad de que nadie se lo explicara.
Patricia Pedrosa no dijo nada. No en vida de Paco, no cuando lo mataron, no en el funeral, no cuando Amazonan estrenó una serie completa sobre el caso, no cuando el nombre de su esposo volvió a los trending tops 30 años después se quedó en casa. Y ese silencio es uno de los datos más elocuentes de toda esta historia, porque el silencio que aprende la esposa de un hombre con ese nivel de protección no es el silencio del miedo ordinario.
Es el silencio del que entiende que hay un sistema más grande que ella misma y que hablar solo trae consecuencias que no está dispuesta a pagar. Ese silencio se aprende. Se instala en una familia como un mueble al que nadie mira pero nadie mueve. Ahora llegamos a la segunda cosa que te prometí, la credencial de gobernación.
Pero antes de hablar del documento en sí, necesitas entender la estructura que Paco había construido para que ese documento tuviera sentido. En algún momento entre finales de los años 80 y principios de los 90, Paco Stanley hizo algo que casi ningún conductor de Televisa había logrado. Creó su propia empresa.
Se llamaba ST Producciones. Las iniciales eran de Stanley. Estaba registrada como productora de televisión y radio, con oficinas en el centro de la Ciudad de México, con empleados, con contadores, con socios. Una empresa real con papeles reales. Guarda ese nombre ST Producciones. Esto era inusual porque el sistema de exclusividad de Televisa no lo permitía.
Cuando firmabas con Televisa, la empresa decidía cuánto cobrabas, qué hacías y con quién. No podías tener negocios propios. Si te ibas, perdías hasta el nombre artístico. Era una jaula con cojines de seda. Paco logró ser la excepción y esa excepción le daba algo que ningún otro conductor tenía.
Control sobre grandes sumas de dinero que no pasaban por los filtros de la televisora, contratos de servicios que ninguna auditoría interna podía rastrear fácilmente, pagos por producciones que no salían al aire en ningún canal conocido. El periodista Jorge Fernández Menéndez, uno de los investigadores mexicanos con más trayectoria en temas de crimen organizado, documentó en los meses posteriores al asesinato lo que las televisoras no quisieron amplificar.
Paco Stanley no era solo un conductor que consumía cocaína, era distribuidor, vendía droga a actores, cantantes, productores. Lo hacía desde hacía años. Lo hacía con conocimiento de personas en el medio que lo encubrían porque también eran parte del circuito. Pero ese T Producciones servía para algo más que gestionar contratos de entretenimiento.
Pepe Cabello era amigo de Paco desde hacía 15 años. No era periodista, no era investigador, era alguien que lo conocía de cerca. Y Pepe Cabello declaró con su nombre y cara frente a las cámaras del documental El show estrenado en 2022, que él con sus propios ojos había visto al narcotraficante más buscado del continente entrar a las oficinas de ST Producciones a principios de los años 90.
El hombre que entró por esa puerta se llamaba Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los cielos. jefe del cártel de Juárez, el hombre que en esa época controlaba la mitad del trasciego de cocaína hacia Estados Unidos. El hombre que tenía más de 20 aviones registrados a nombres falsos, que tenía contactos en el ejército mexicano y en la procuraduría, que movía tanto dinero que cuando quiso operarse la cara para desaparecer, contrató a tres de los mejores cirujanos del país.
Y el segundo testigo no era un amigo ni un colega, era el guardaespaldas personal del capo, un hombre llamado Jaime Olvera Olvera, que después de la muerte de Amado Carrillo en julio de 1997, entró al programa de testigos protegidos de la Procuraduría General de la República. En sus declaraciones bajo juramento, Jaime Olvera dijo que la organización de Carrillo le suministraba droga directamente a Pacosme con cantidades, con frecuencia, con lugares de entrega.
Fíjense en esto. Un guardaespaldas bajo juramento con nombre y apellido, un amigo con nombre y cara. Dos testimonios distintos desde ángulos distintos apuntando al mismo lugar. Los expedientes también señalan que Paco visitó al capo al menos en dos ocasiones en un rancho en Sinaloa.
Las visitas se describían en los documentos como parte de una negociación sobre una empresa de producción de discos compactos. En papel, una empresa legítima. En la práctica, lo que los investigadores llaman una pantalla para mover dinero. Y aquí viene el dato que cambia la lectura de todo lo que vino después.
En julio de 1997, Amado Carrillo murió durante la cirugía plástica. Dos de los médicos que lo operaron aparecieron asesinados meses después. El cártel que había construido quedó de golpe sin liderazgo claro y los herederos de esa organización exigieron a Paco que les entregara su parte del negocio.
Esa transición no fue limpia. Dos años después, en junio de 1999, Paco Stanley estaba muerto, pero regresa a la cartera. Regresa al documento que los peritos encontraron doblado entre los billetes. Una credencial de la Secretaría de Gobernación. En México, esa credencial no es un gafete de participante en un evento, es un documento emitido por el Ministerio del Interior del Gobierno Federal.
otorga a quien le aporta un estatus oficial que puede incluir, como en el caso de Paco, autorización para aportar armas de fuego. Para tener ese tipo de documento, alguien con rango dentro de la secretaría tiene que firmarlo, tiene que justificarlo, tiene que vincular a esa persona con alguna función dentro del aparato del estado.
¿Qué función tenía Paco Stanley dentro de la Secretaría de Gobernación? Ninguna. No existe registro de que Paco haya sido funcionario, asesor, consultor o colaborador de ninguna dependencia federal. No hay contrato, no hay nombramiento, no hay expediente en recursos humanos. La credencial existía. El cargo que la respaldaba no.
Las investigaciones periodísticas señalan que ese tipo de documentos se usaban en la época como instrumentos de protección informal. Una persona conectada al sistema político o al crimen organizado podía recibir una credencial que le daba escudo legal y que le permitía moverse con armas sin que ninguna gente le hiciera preguntas. Era un favor del sistema.
Era una cadena invisible entre esa persona y alguien con poder para firmar papeles oficiales. ¿Quién firmó la credencial de Park Stanley? Ese nombre nunca apareció en el expediente judicial. Nunca se investigó. Nunca se buscó públicamente en el mismo proceso donde se procesó a cinco personas por el asesinato, donde se fabricaron declaraciones bajo tortura, donde el caso más visto del año tardó 10 meses en derrumbarse por completo, nadie en la Procuraduría del Distrito Federal ni en la Procuraduría General de la República hizo una sola
pregunta pública sobre quién había firmado ese documento. Guarda ese silencio porque ese silencio tiene un nombre. La persona que tú conocías en televisión, la que saludaba al ama de casa mientras planchaba, la que hacía reír a los niños cuando regresaban de la escuela. Esa persona llevaba en la cartera una credencial que la conectaba con el aparato del estado de una forma que nadie ha podido explicar.
Y lo que hizo esa credencial en vida de Paco fue lo mismo que hace cualquier póliza de seguro informal. Mientras sirvas al sistema, el sistema te protege. Cuando dejas de ser útil, la póliza vence. Para entender el silencio que rodeó a Paco Stanley mientras vivía, también hay que entender cómo funcionaba la televisión mexicana en los años 90.
Televisa no era solo una empresa, era el sistema nervioso central de la cultura popular del país. Si algo no pasaba en Televisa, no pasaba. Y adentro de ese sistema había una jerarquía absoluta. Arriba los conductores intocables. Abajo los aspirantes con contratos de exclusividad que duraban lo que Televisa decidía.
La gente que trabajaba en Televisa en los años 90 sabía lo que Paco hacía fuera de la pantalla. Los directores de cámara que veían sus pupilas de cerca lo sabían. Los maquillistas que ponían la base antes del programa lo sabían. Los productores que revisaban los contratos de ST Producciones lo sabían. Nadie dijo nada, no porque fueran cómplices activos, sino porque el sistema en el que vivían no estaba construido para decir esas cosas, estaba construido para callarlas.
Hay un momento en que ese silencio estuvo a punto de romperse. Fue durante una transmisión en vivo de pacatelas en Televisa. Mario Besares bailaba, se tiró al piso. De un bolsillo se le cayó una bolsita transparente con polvo blanco frente a las cámaras, en vivo, en el horario de la comida, con niños viendo en todo el país.
Mario la levantó, se la dio a Paco como si fuera parte de la rutina. Paco la recibió con una sonrisa nerviosa. La cámara se movió. Cortaron a comerciales. Cuando regresaron al aire, nadie mencionó nada. La industria entera lo vio. La industria entera eligió no decir nada. Cuando Paco decidió irse a TV Azteca en 1998, Televisa lo dejó ir sin pelea porque si Paco se iba, el problema se iba con él.
Era un alivio disfrazado de derrota. TV Azteca lo recibió como si fuera la contratación del siglo. Le dieron un tras otra horario premium, el tratamiento de estrella máxima. Firmó en diciembre de 1998. 6 meses después estaba muerto. ¿Sabía TV Azteca lo que Televisa había sabido durante 24 años? Los rumores en el medio del espectáculo mexicano viajaban rápido entre empresas.
Los productores cambiaban de empresa cada 2 años. Si trabajabas en televisión en 1997, sabías lo que Paco hacía. No con detalles, pero lo sabías. Y TV Azteca lo contrató igual porque el rating que generaba valía más que cualquier rumor. Hay una pregunta que nadie ha respondido de frente en este caso.
No, la de quien jaló el gatillo. Esa es la pregunta legal. La otra pregunta es más difícil y más reveladora. ¿Cómo llega un hombre a esa posición? Francesco Jorge Stanle Albaitero entró a la televisión con una voz y con hambre. No con conexiones de familia, no con un apellido que abriera puertas, no con dinero previo.
Entró desde abajo y subió rápido. Y cuando llegó arriba, descubrió que para mantenerse arriba necesitabas una red que la televisión no podía darte sola. ST Producciones fue la primera respuesta. Las conexiones que alimentaban a ST Producciones fueron la segunda y la cocaína, que primero fue consumo y luego fue negocio, fue la tercera.
Hay un patrón que los psicólogos que estudian el comportamiento de élite describen de manera consistente. Una persona que creció en escasez, que construyó su estatus desde cero, que llegó a un nivel donde perder ese estatus sería devastador, tiende a hacer algo específico, construir capas de seguridad que van más allá de lo que el sistema legal permite, como si la amenaza de volver al punto de partida fuera más aterradora que cualquier consecuencia penal.
Paco Stanley no era un criminal que también era conductor de televisión. Era un conductor de televisión que había construido un sistema paralelo para garantizar que nunca perdería lo que había ganado. La credencial de gobernación no era un accesorio. Era la prueba de que ese sistema paralelo había llegado hasta el gobierno federal.
Y aquí hay algo que vale la pena detenerse a ver con calma, porque explica por qué el sistema protegió a Paco durante tantos años sin que nadie dentro de las televisoras tuviera que dar la cara. En los años 90 en México, la televisión y el gobierno tenían una relación que no aparecía en ningún contrato escrito.
Televisa era el instrumento de comunicación más efectivo que el partido en el poder había tenido en 40 años. La televisión no era neutral, era parte del sistema y las figuras que generaban Rein eran parte del sistema también, aunque ningún organigrama oficial lo dijera. Cuando Paco llegó a un nivel de audiencia donde 12 millones de hogares lo veían cada mañana, se convirtió en un activo, no de Televisa solamente, del ecosistema más amplio que mantenía estable la cultura popular del país.
Un activo de esa magnitud no se protege con un contrato de exclusividad, se protege con algo más sólido. se protege con una credencial que dice que eres parte de la estructura, aunque nadie pueda explicar exactamente de qué estructura eres parte. Eso es lo que encontraron en la cartera de Paco el 7 de junio de 1999.
No era un accidente burocrático, era la firma visible de una red de protección que había funcionado durante años y que el día de su muerte, por alguna razón que el expediente nunca pudo o nunca quiso revelar, dejó de funcionar. Y cuando Amado Carrillo murió y los herederos del cártel le exigieron su parte, Paco ya no podía simplemente decir que no.
No a personas que tenían aviones clandestinos y sicarios propios. Había recibido protección que ahora alguien quería cobrar. Había firmado acuerdos que no existían en papel y la red que hasta entonces lo había sostenido estaba mirando hacia otro lado. La pregunta que el expediente nunca resolvió es esta, ¿a quién le debía Paco Stanle algo que esa persona decidió cobrar con su muerte? al cártel de Juárez que vio el negocio sin sucesor, a alguien dentro del propio gobierno que temía que el nombre de quien había firmado esa
credencial saliera a la luz en un juicio. ¿Algún interés en el medio del espectáculo que se había quedado fuera del acuerdo original? 26 años después, esa pregunta sigue sin respuesta y la razón por la que sigue sin respuesta es la misma que explica por qué Samuel del Villar eligió investigar el cártel de Colima en vez del cártel de Juárez.
Algunas preguntas no se responden porque las personas que podrían responderlas son también las personas que tienen el poder de decidir que se investiga y que no. Hay un periodista que intentó acercarse a ese borde. Se llama Jorge Fernández Menéndez y ha escrito durante décadas sobre seguridad y crimen organizado en México.
Fue uno de los pocos que en 1999 nombró en voz alta lo que la mayoría de los medios de espectáculos no se atrevía a escribir. Y lo que Fernández Menéndez documentó no era rumor ni especulación. Eran fuentes de la propia Procuraduría General de la República que filtraban documentos en los meses posteriores al asesinato porque alguien adentro sentía que la investigación estaba siendo cerrada antes de tiempo.
Lo que esos documentos decían era que la conexión de Paco con el cártel de Juárez no era periférica, no era la de alguien que simplemente compraba droga para consumo personal en cantidades inusuales. Era la de alguien que participaba en la estructura, que tenía un rol. que era útil para la organización de una forma que iba más allá del consumo.
Y ese rol que nadie ha podido definir con precisión en ningún expediente público es la razón por la que los herederos de Amado Carrillo tenían algo que exigirle a Paco 2 años después de la muerte del capo. No era solo dinero, era una posición. Era una participación en un negocio que Paco no podía simplemente abandonar porque el capo hubiera muerto.
Y aquí llega el segundo dato bomba que te prometí. Y este tiene un nombre propio, una fecha exacta y un desenlace que nadie ha puesto en el centro de la historia pública sobre este caso. El hombre que dirigía la investigación oficial del asesinato de Paco Stanley se llamaba Samuel del Villar.
Era el procurador general de justicia del Distrito Federal en 1999. Tenía fama de incorruptible. El gobierno de Cuautemot Cárdenas le había dado libertad amplia para llevar el caso. Y Samuel del Villar tenía dos caminos frente a él. El primero apuntaba al norte, al cártel de Juárez, a los herederos de Amado Carrillo que habían peleado con Paco por el negocio.
Esa pista requería trabajo real, recursos, tiempo, valentía política y, sobre todo, la disposición de preguntar en voz alta por la credencial de Gobernación y por quien la firmó, de entrar en un territorio donde las consecuencias podían ser personales. El segundo camino era más corto.
Había llegado casi solo desde el interior de un penal por boca de un hombre encarcelado por otros delitos. Apuntaba a un cártel mucho más pequeño, el de Colima, liderado por los hermanos Amescua Contreras. Una pista que sonaba suficientemente sólida para los medios, pero que no implicaba tocar a nadie que pudiera responder de verdad.
Samuel del Villar eligió la segunda. No existe en el expediente público una sola explicación de por qué. y Samuel del Villar murió en 2006 de causas naturales. Se fue sin dar esa explicación. Se fue con el expediente Stanley en el cajón y con la pregunta sobre quién firmó la credencial de Gobernación sin haber formulado en voz alta ni una sola vez.
Ese es el hombre que tenía la responsabilidad legal de encontrar al asesino de Paco Stanley. Fíjense en la magnitud de lo que acaban de escuchar. El procurador que llevó el caso no investigó la pista principal. fabricó culpables a través de sus propios subalternos y murió sin responder ante nadie.
Y ese hombre es prácticamente desconocido para la mayoría de los mexicanos que recuerdan el caso. Ahora necesita saber lo que pasó el día del crimen desde el ángulo que nadie ha contado con la suficiente precisión. 7 de junio de 1999, el último día de trabajo de Paco Stanley. Esa mañana Jorge García Escandón llegó puntual al domicilio de Paco antes de las 7:30.
El chafo llevaba años en el trabajo. Conocía las rutinas, los horarios, los lugares donde Paco prefería que la camioneta estuviera esperando. Esa mañana no había nada diferente. Paco salió, saludó, subieron al Navigator en TV Azteca. Paco llegó alrededor de las 8.
Maquillaje, repaso del guion, el programa. Mario Besares ese día llegó cojeando con una férula en el pie izquierdo. Dijo que se había lastimado el día anterior jugando con sus hijos. El doctor le había puesto la férula como medida preventiva. Paco lo miró, hizo un comentario al aire, le señaló el pie al público. Un momento de comedia sin importancia aparente.
El programa terminó alrededor de las 11:15. Paco se quitó el maquillaje, se cambió de ropa y entonces dijo la frase que cambiaría todo. Vamos a desayunar al charco de las ranas. El restaurante quedaba a menos de 5 minutos de TV Azteca. Paco lo había escogido muchas veces. Salieron varios.
Paco, Mario, Jorge Gil, el periodista, García Escandón, dos escoltas personales y la edecan del programa, Paola Durante, una mujer joven de origen uruguayo que ese día tenía 24 años. Guarda ese nombre, Paola Durante, porque ella iba a pagar un precio que no merecía pagar. En el restaurante el desayuno fue sin tenciones. Conversación normal, camarones, chilaquiles, café.
Aella comida, Mario Besares recibió una llamada al celular. Se levantó para contestar. La llamada fue breve. Cuando volvió, dijo que le había caído mal la comida, que necesitaba ir al baño. Se levantó otra vez. Esta vez tardó. Paco esperó unos minutos, luego dijo que se iba adelantando, le dio el dinero a Jorge Gil para pagar y salió.
García Escandón ya tenía la camioneta junto a las escaleras. Paco subió del lado del copiloto. Jorge Gil subió atrás esperando a Mario. El chóer se puso al volante. Paco dijo que cerraran las ventanillas, que iba a prender el aire porque hacía calor. García Escandón empezó a subir los vidrios eléctricos. Paco se inclinó hacia el tablero para alcanzar los controles del clima.
En ese segundo, García Escandón vio por la ventanilla del conductor el reflejo de algo metálico. Lo que siguió duró menos de 15 segundos, más de 20 disparos, calibres distintos, varias armas, fuego coordinado. Los atacantes habían cruzado el puente peatonal del periférico minutos antes.
Iban con el rostro cubierto. Eran al menos dos. Una de las armas era de uso exclusivo del ejército mexicano, calibre 40. Cuatro balas entraron en la cabeza de Paco, una en la mejilla derecha, otra en la frente, otra encima del ojo izquierdo, otra en la coronilla. Murió en el acto sin alcanzar a hablar, sin alcanzar a moverse.
Las gafas se le quedaron puestas. Jorge Hill en el asiento trasero recibió dos disparos en una pierna, quedó herido con vida. García Escandón no recibió ni un solo disparo y eso años después iba a ser usado en su contra evidencia de complicidad, cuando la realidad era que el cuerpo de Paco al inclinarse hacia el tablero, le había cubierto la línea de fuego por accidente.
El hombre que portaba la credencial de gobernación protegió sin saberlo al hombre que solo conducía la camioneta. Fuera del restaurante, un hombre de 30 años llamado Juan Manuel de Jesús Núñez salía con su esposa. Una bala perdida le entró por la espalda. Murió. Su esposa quedó gravemente herida, pero sobrevivió.
Un acomodador de autos de 18 años llamado Pablo Hernández recibió heridas graves de las que tardó meses en recuperarse. Tres víctimas que nadie recuerda en el caso Stanley. Tres personas que estaban en el lugar equivocado el lunes 7 de junio y cuyos nombres no aparecen en ningún documental.
Y ahora llegamos a la tercera cosa que te prometí, la fabricación. El nombre que necesitas conocer es Luis Gabriel Valencia. Lo llamaban el cocinero. Era cocinero personal de los hermanos Amescua Contreras, jefes del cártel de Colima. Cuando Paco fue asesinado, Luis Gabriel Valencia ya estaba preso en el reclusorio oriente por otros delitos.
Pocos días después del crimen, Valencia llamó por teléfono desde la cárcel a la Procuraduría. Dijo tener información clave. Cuando lo entrevistaron, hizo una declaración que parecía resolver el caso en cuestión de días. Los hermanos Amescua, desde su propia prisión habían ordenado el asesinato por una deuda de droga y como contactos en el medio del espectáculo habrían usado a Paola durante para coordinar con Mario Besares la fecha y el lugar.
Samuel del Villar tenía su segunda pista. Era perfecta, era limpia. apuntaba a un cártel pequeño, a un sicario de bajo perfil y usaba como piezas a dos personas del entorno inmediato de Paco que nadie iba a defender fácilmente porque sus nombres ya estaban en los titulares. El 22 de junio de 1999, Mario Besares fue detenido y arraigado.
El 19 de agosto, Paola Durante fue arrestada. Junto a ellos cayeron Erasmo Pérez Garnica, el presunto sicario José Luis Rosendo Martínez, asistente de Mario y Jorge García Escandón, el chóer. Cinco personas. El 2 de septiembre se les dictó auto de formal prisión. Paola durante tenía 24 años el día que la detuvieron.
García Escandón tenía familia. Todos pasaron entre 16 y 18 meses en el sistema penitenciario mexicano acusados del asesinato del hombre más visto de la televisión nacional. El problema era que las pruebas no existían. No había llamadas interceptadas, no había mensajes escritos, no había transferencias de dinero rastreables, no había testigos presenciales que corroboraran la versión de Valencia.
El expediente entero descansaba sobre la palabra de un hombre encarcelado por otros delitos que llamó por teléfono desde un penal. No era suficiente. Los abogados defensores empezaron a moverse. Cuestionaron la credibilidad de Valencia. Pidieron acceso a los expedientes completos, pidieron que se ampliaran las pruebas.
Y en abril del año 2000, 8 meses después de las detenciones, Luis Gabriel Valencia hizo algo que nadie en la Procuraduría había calculado. Concedió una entrevista telefónica desde el penal de Perote en Veracruz. Fue transmitida en cadena nacional. Las dos televisoras la emitieron en simultáneo y Valencia dijo, con su voz, sin que nadie lo interrumpiera, que sus declaraciones de 1999 eran falsas.
que se las habían arrancado a golpes, que lo habían torturado durante días para que dijera lo que querían que dijera, que le habían dictado los nombres, que le habían entregado un guion completo de lo que tenía que declarar. Y los que ordenaron esa tortura, según Valencia, eran tres personas con nombre y cargo.
Samuel del Villar, el procurador, Fernando Castro Fernández, el fiscal especial del caso, y Mauricio Tornero, director de la Policía Judicial Capitalina. Los mismos que estaban buscando justicia para Paco Stanne habían fabricado el caso contra personas inocentes. Hay un video grabado el 8 de diciembre de 1999 en el penal de Perote, donde Valencia mostraba las marcas de los golpes.
Ese video se hizo público en abril del 2000. La procuraduría que lo habría visto grabar la misma que llevaba meses presentando ese expediente como el más sólido de la investigación. Además del testimonio de Valencia, José Luis Martínez Delgado, el asistente personal de Mario Besares, declaró bajo juramento que también había sido presionado por el fiscal Fernando Castro Fernández para inculpar a su jefe.
El 27 de enero de 2001, los cinco acusados fueron declarados inocentes por falta de pruebas. Mario Besares, Paola Durante, Erasmo Pérez Garnica, José Luis Rosendo Martínez, Jorge García Escandón, Libres, después de 16 o 18 meses en prisión, con sus nombres en todos los periódicos del país, con sus familias destrozadas, libres, pero marcados de por vida.
Y lo que vino después de la liberación es tan revelador como lo que vino antes. Jorge García Escandón salió de prisión con el estigma de ser el hombre que no recibió ni un solo disparo el día que asesinaron a Paco Stanley. Esa ausencia de heridas que en la realidad se explicaba por la posición accidental del cuerpo de Paco protegiéndolo, fue interpretada durante años por una parte del público como prueba implícita de complicidad.
Él sabía, él estaba en el plan. ¿Cómo si no iba a salir ileso de una balacera donde murió el hombre que iba sentado a su lado? García Escandón lo negó siempre. Lo ha negado en cada entrevista que ha dado desde entonces, que no han sido muchas porque el medio no lo buscaba para darle tribuna, lo buscaba para seguir alimentando la duda.
Y hay algo en eso que vale la pena nombrar. El sistema mediático que no investigó a Paco mientras vivía, que cayó la bolsita que cayó al piso en vivo, que miró hacia otro lado durante 24 años. Ese mismo sistema se dedicó durante los años siguientes a mantener viva la sospecha sobre las personas que un juez había declarado inocentes.
En agosto de 2025, García Escandón explotó públicamente contra Jorge Hill. Jorge Guod era el periodista que iba en el asiento trasero de la Navigator el día del crimen, que recibió dos disparos en la pierna y sobrevivió. Años después, Hill publicó un libro llamado Mi verdad y en ese libro, según García Escandón, Hill sembraba dudas sobre el papel del chóer en aquella balacera.
Dudas que García Escandón llevaba más de dos décadas cargando y que el libro, según él, no hacía más que mantener vivas. García Escandón dijo en cámara, con la voz quebrada que esas dudas habían sido la razón por la que había ido a la cárcel, que Gil había estado en el asiento trasero de esa camioneta, que Gil había visto lo mismo que él y que si alguien en esa camioneta sabía algo sobre los atacantes, la respuesta no estaba en el chóer que no recibió disparo, sino en el pasajero que sobrevivió con heridas en
la pierna y que luego escribió un libro sobre lo que recordaba. Hill no respondió públicamente a esa acusación directa. El libro existe, la duda existe y el caso, oficialmente abierto desde hace 26 años sigue sin una sola sentencia. Paola Durante salió de prisión a los 25 años con su nombre en los titulares del país, como la Edecan que había coordinado el asesinato del conductor más querido de la televisión mexicana.
Ese era el titular que el público recordaba, no la absolución que llegó 18 meses después. Intentó reconstruir su carrera durante años. El trabajo no llegaba o llegaba reducido con condiciones, con la sombra del caso, pegada a cada presentación. posó para revistas, intentó actuar, intentó conducir.
Nada cuajaba de la manera en que debería cuajar el trabajo de una mujer que un juez había declarado inocente por falta de pruebas, porque la absolución judicial no borra el titular. El titular quedó. La absolución se archivó. En 2024, Paola Durante entró a la Casa de los Famosos México. Tenía 49 años.
La mujer que había entrado a prisión a los 24 había vivido 25 años entre la absolución legal y la condena social. Y en esas semanas de Dialetti, ante millones de espectadores que en muchos casos no sabían quién era ella o solo conocían el rumor, Paola recuperó algo que el sistema judicial no puede devolver con un papel.
El derecho a que te vean como persona y no como expediente. No ganó el programa. Ganó algo más difícil. Si puedes, suscríbete. No por este canal, por Jorge García Escandón, que pasó más de un año en la cárcel porque el cuerpo de Paco lo protegió sin querer y eso fue usado como prueba en su contra por Paola Durante, que tenía 24 años y pagó con todo lo que tenía un crimen que jamás cometió.
Esta es la historia que ellos no pueden contar en un tribunal porque el caso ya se cerró hace 23 años. La única forma de que exista es que nosotros la nombremos. Y aquí llega la cuarta y última cosa que te prometí. Mientras Paco Stan construía su red de protecciones, mientras ST Producciones recibía visitas que no podían existir en ningún directorio de clientes, había un niño que crecía en un apartamento del sur de la Ciudad de México con su madre, Mónica Durruti, esperando las visitas de un padre que llegaba cuando podía y le
pedía que no contara que venía. El niño se llamaba Paul Stanley. Paco lo había tenido con Mónica mientras estaba casado con Patricia Pedrosa. Era un hijo extramarital, el cuarto de sus hijos, el único que no tenía el blindaje de la familia oficial. Paco le pagaba una mensualidad, lo visitaba en secreto, le pedía que no revelara su apellido en la escuela, que no dijera quién era su padre, que guardara ese secreto como se guardan los secretos que pesan.
El hombre que entraba a 12 millones de hogares cada mañana como figura familiar de toda la nación le pedía a su propio hijo que fingiera que no existía. Paul tenía 14 años cuando asesinaron a su padre. 14 años y de pronto se encontró ante un velorio con hijos a los que casi no conocía y un luto público masivo donde no sabía cómo entrar porque no existía en el mapa oficial de la familia.
Y entonces el país entero que no sabía que Paul existía, entró en la vida de Paul de la peor manera posible, porque uno de los rumores más crueles del caso surgió de la pantalla misma de Pacatelas. Hubo una emisión donde Paco mirando a cámara señaló al bebé Alan, el hijo recién nacido de Mario Besares, y dijo al público, “Miren, ahí está mi hijo. Chequen a quién se parece.
Era una broma, un programa familiar. Horario de las 12 del mediodía. Ese bebé Allan Bezers creció leyendo en internet que su padre biológico era un hombre asesinado. Tardó 25 años en demostrar con una prueba de paternidad notariada publicada por su propia madre Brenda en 1923, que su padre era Mario Besares, que siempre había sido Mario Besares, que la broma de Paco en pantalla le había costado una pregunta que lo persiguió toda la vida.
Esto es lo que hacía el poder informal en la televisión mexicana de los años 90. Un hombre con una credencial de gobernación en la cartera podía hacer una broma al aire que destruía la identidad de un bebé que todavía no sabía hablar. Y nadie lo detenía porque el sistema estaba diseñado para no detenerlo.
Paul Stanley trabajó años en silencio. Siguió los pasos del padre que le había pedido que callara y en el verano de 2024, en medio de un diale en cadena nacional tomó la decisión más difícil de su vida adulta. Entró a la casa de los famosos México, caminó lentamente por la sala, saludó a los otros participantes y cuando llegó frente a Mario Besares, el hombre al que el sistema había procesado por matar a su padre, el hombre que había pasado año y medio en la cárcel por una mentira fabricada a golpes, Jo se paró frente a él y le dijo
que estaba en paz, que soltaba, que quería una vida nueva para los dos. Mario no podía moverse por las reglas del juego. Las lágrimas le rodaban en silencio. Paul salió. El país los vio y 4 días después Mario Besares fue declarado ganador del diality con 39 millones de votos en una sola noche. No como rehabilitación, como reconocimiento tardío de que el sistema se había equivocado de víctima.
Pero el asesino de Paco Stanley nunca fue encontrado. Y aquí está la cuarta revelación que te prometí. El sistema que construyó a Paco Stanley, que lo protegió con una credencial que nadie explicó, que fabricó culpables cuando los verdaderos no podían tocarse y que cerró el expediente sin una sola sentencia.
Ese sistema no desapareció en junio de 1999. Sigue operando. Tiene nombres distintos. Tiene casos distintos. Pero la lógica es la misma. Una figura pública con suficiente valor de mercado recibe protección informal firmada por alguien con poder. Esa protección crea una deuda. Cuando la deuda se vuelve incómoda para alguien más arriba, la figura desaparece.
El sistema judicial busca a alguien que pueda procesar sin consecuencias. Se fabrica un expediente suficientemente sólido para los medios y el caso se cierra antes de que nadie tenga que dar una explicación real. Jorge García Escandón, el chóer, declaró en años recientes que en la prisión llegó a pensar en quitarse la vida, que su esposa, que hoy padece cáncer, fue lo único que lo sostuvo, que 26 años después sigue cargando el peso de ser el hombre que no recibió disparos.
Paola Durante salió de prisión a los 25 años con su nombre en todos los titulares del país por el crimen que no cometió. Intentó volver al trabajo durante años. La sombra del caso la siguió a cada entrevista, a cada casting, a cada restaurante donde alguien la reconocía. entró a la segunda temporada de la Casa de los Famosos México en 2024 y recuperó algo que el sistema le había robado con una declaración fabricada, el derecho a ser tratada como una persona normal. Y la cripta del panteón español
en el cuartel 21 del norte de la ciudad de México sigue acumulando silencio. El 7 de junio de cada año, el empleado del panteón barre el piso de mármol, saca el polvo del altar, enciende una vela y pone flores blancas. Sin familia, sin fans, sin periodistas. Regresa por un momento a la camioneta a las 12:08 minutos, a las gafas que se quedaron puestas, a la cartera con los billetes y el documento doblado con cuidado, a los cuatro balazos que llegaron cuando Paco se inclinaba hacia el tablero para poner
el aire. En ese segundo, con ese movimiento involuntario, el hombre más protegido de la televisión mexicana protegió sin saberlo al hombre que solo conducía la camioneta. El cuerpo de Paco se convirtió en escudo y el sistema que había firmado su credencial no mandó a nadie a protegerlo a él.
La credencial estaba en la cartera. El sistema que la firmó nunca rindió cuentas. ¿Tú crees que alguien en el gobierno sabía quién lo mató? La historia que sigue está conectada directamente con lo que acabas de escuchar. El hombre que construyó el sistema de televisión donde Paco creció y que firmaba los contratos que lo hacían intocable, también tuvo secretos que su propia familia pagó durante décadas.
Esa historia la contamos la próxima vez. M.