“MOTOTAXISTA JUSTICIERO” DE TUMACO: ÉDINSON FABIÁN CÓRDOBA EJECUTÓ A MÁS DE 22 NARCOS…
era un mototaxista del puerto de Tumaco que conocía cada callejón, cada atajo, cada ruta clandestina del municipio más peligroso de Nariño. Edinson Fabián Córdoba llevaba 23 años recorriendo esas calles enlodadas, transportando pescadores, estudiantes y enfermos. Pero después de que una ráfaga de fusil le arrebatara a su único hijo en un enfrentamiento entre disidencias de las FARC, ese conocimiento se convirtió en su arma.
Según expedientes de la fiscalía, ejecutó a más de 22 miembros de la columna disidente responsable. No dejó huellas, no dejó mensajes, solo cuerpos que parecían accidentes. Esta es la historia de un hombre que cruzó la línea entre la justicia y la venganza en un territorio donde el estado nunca llegó. Edinson Fabián Córdoba.
Perlaza tenía 47 años cuando su nombre empezó a circular en los expedientes del cuerpo técnico de investigación de la fiscalía en Tumaco. No como víctima, tampoco como testigo, sino como el principal sospechoso de una serie de homicidios que durante casi 3 años habían pasado desapercibidos entre la violencia cotidiana del puerto más peligroso del Pacífico colombiano.
Para los vecinos del barrio La Ciudadela, en la zona sur de Tumaco, Edinson era simplemente Don Edinson o Fabiancito, un hombre callado, trabajador, que se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana para ganarse la vida como mototaxista. Lo veían pasar con su moto destartalada, casco rallado, camiseta sudada, recogiendo pasajeros en las paradas del barrio La Floresta, llevando gente al Hospital San Andrés, al colegio INEM, al puerto pesquero.
Nadie hubiera imaginado que ese hombre de rostro curtido y manos callosas llevaba una cuenta pendiente, una deuda de dolor que venía cobrando cuerpo por cuerpo. Desde la noche del 14 de marzo de 2019, Edinson había nacido y crecido en Tumaco. Conocía el municipio como la palma de su mano. Cada barrio, cada comuna, cada vereda sabía qué calles se inundaban con la marea alta.
Sabía qué puentes de madera estaban podridos. Sabía qué caminos destapados conducían a las veredas rurales, donde los grupos armados movían mercancía hacia el río Mira. Sabía a qué horas patrullaba la policía y en qué zonas nunca entraban. Ese conocimiento no era casual. Llevaba 23 años recorriendo esas rutas. Había trabajado como mototaxista desde los 24 años, cuando quedó viudo y tuvo que mantener solo a su hijo recién nacido.
Durante más de dos décadas había transportado a miles de personas, pescadores que iban al muelle antes del amanecer, empleadas domésticas que subían a los barrios del norte, comerciantes que cargaban bultos desde el centro, enfermos que necesitaban llegar urgente al hospital. Conocía personalmente a cientos de habitantes de Tumaco.
Sabía quién vendía en qué tienda, quién trabajaba en qué taller, quién cobraba vacuna en qué esquina. Sabía qué motos usaban los miembros de las disidencias de las FARC que controlaban el narcotráfico en la zona. Sabía dónde dormían, sabía qué rutas tomaban cuando movían cargamentos. y cuando decidió actuar, usó todo ese conocimiento.
Los primeros rumores empezaron a circular en 2019, apenas unos meses después de la muerte de su hijo. Hombres vinculados a las disidencias aparecían muertos en circunstancias extrañas. Uno ahogado en el río Mira. Otro encontrado en un camino rural con heridas de machete. Otro más intoxicado tras beber aguardiente adulterado en una fiesta de barrio.
La Policía Nacional archivaba los casos como ajustes de cuentas entre grupos armados. El CTI no tenía recursos para investigar cada muerte en un municipio donde se registraban más de 200 homicidios al año. Las familias de las víctimas no denunciaban, nadie preguntaba demasiado. Pero en las paradas de mototaxi, en las tiendas, en los billares del puerto, algunos empezaron a notar algo.
Todos los muertos tenían un vínculo en común. Todos pertenecían a la misma columna disidente. Todos habían participado directa o indirectamente en el ataque del 14 de marzo de 2019 en el barrio El Bajito y todos habían usado servicios de mototaxi poco antes de morir. Para cuando la fiscalía empezó a conectar los puntos, Edinson ya llevaba más de 20 víctimas.
No dejaba firmas, no dejaba mensajes, no buscaba reconocimiento, solo buscaba algo que desde aquella noche de marzo ya no existía, justicia. En Tumaco, donde el estado era solo una palabra, donde la ley la imponían los fusiles y las amenazas, donde los muertos se contaban por docenas cada mes, Edinson Fabián Córdoba se había convertido en algo que ni él mismo había planeado ser.
un cazador silencioso que conocía cada rincón del territorio que recorría. Antes de que todo se derrumbara, la vida de Edinson Fabián Córdoba era simple, rutinaria, dura, pero digna. Se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana. La casa donde vivía con su hijo Brian era pequeña, de madera, con techo de zinc que hacía ruido cuando llovía.
Quedaba en el barrio La ciudadela, en una calle sin pavimentar que se llenaba de charcos cada vez que subía la marea o caía un aguacero fuerte. Edinson preparaba tinto en una olla vieja, se tomaba una taza parado en el corredor mientras veía amanecer sobre el puerto y salía a las 5 en punto hacia la parada de mototaxis del barrio La Floresta.
Ahí esperaba el primer cliente del día. A veces eran pescadores que iban al muelle. Otras veces empleadas domésticas que subían a trabajar en las casas del norte o estudiantes que necesitaban llegar temprano al colegio INEB. Hacía entre 15 y 20 carreras diarias, cobraba entre dos, cer y tres, 1000 pesos por carrera, dependiendo de la distancia.
En un buen día ganaba 50,000 pesos. En un mal día apenas 30,000. Con eso pagaba el arriendo de la casa, compraba mercado en la tienda de Don Pascual y ahorraba lo que podía para que su hijo terminara el bachillerato. Brian Steven Córdoba tenía 19 años. Era el único hijo de Edinson. Su mamá había muerto 12 años atrás de una enfermedad que nunca fue bien diagnosticada porque en Tumaco no había especialistas y viajar a Pasto o Cali costaba demasiado.
Desde entonces, Edinson y Brian solo se tenían el uno al otro. Brian estudiaba en las noches. Durante el día trabajaba medio tiempo en una tienda de celulares del centro de Tumaco. Ganaba poco, pero ayudaba con los gastos de la casa. Soñaba con estudiar sistemas en el Sena, conseguir un trabajo en Cali o pasto y sacar a su papá de tumaco.
Los domingos padre e hijo iban juntos a pescar en el muelle viejo. Se sentaban en el borde de madera podrida, lanzaban los anzuelos al agua turbia y hablaban de la vida. Brian le contaba de sus planes. Edinson le aconsejaba con paciencia, con esa voz calmada que nunca levantaba el tono. “Papá, cuando yo me vaya para Cali, usted se viene conmigo.
Ya no va a cargar moto más”, le decía Brian. Edinson solo sonreía. Sabía que ese día llegaría. Solo tenía que aguantar un poco más. Solo tenía que seguir trabajando, ahorrando, resistiendo. Su sueño era simple, que Brian se graduara, que consiguiera un trabajo estable, que saliera de Tumaco, que no repitiera su vida, que no terminara como mototaxista en un pueblo donde las balas perdidas eran parte del paisaje.
Edinson no tenía ambiciones grandes. No soñaba con riquezas ni con casas lujosas, solo quería ver a su hijo crecer, conseguir un futuro mejor. vivir sin miedo. Quería que Brian tuviera lo que él nunca tuvo. Opciones. Pero en Tumaco los sueños se rompen fácil. El 14 de marzo de 2019, Brian regresaba caminando de la tienda de celulares donde trabajaba.
Eran cerca de las 9 de la noche. Pasaba por el barrio El Bajito cuando estalló un enfrentamiento entre una columna de las disidencias de las FARC y una banda rival por el control de una ruta de narcotráfico hacia el río Mira. Brian intentó correr, no llegó a ninguna parte. Una ráfaga de fusil AK47 lo alcanzó en la espalda.
Cayó en medio de la calle. Los disparos continuaron por casi 10 minutos. Nadie se atrevió a salir. Cuando la policía llegó, 40 minutos después, Brian ya había muerto de sangrado en el pavimento. Edinson recibió la noticia en la parada de mototaxis. Un vecino llegó corriendo gritando su nombre. Edinson dejó la moto tirada y corrió hasta el barrio El Bajito.
Cuando llegó, los agentes de la Policía Nacional ya habían acordonado la zona. Le impidieron acercarse. Le dijeron que esperara. Le dijeron que medicina legal vendría a levantar el cuerpo. Edinson vio a su hijo desde lejos, tirado en el suelo, inmóvil, cubierto con una sábana blanca que ya estaba manchada de rojo. No gritó, no lloró, solo se quedó ahí parado mirando.
Esa noche algo se rompió dentro de él, algo que nunca volvería a estar completo. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o departamento de Colombia nos estás viendo. Edinson Fabián Córdoba fue a la Fiscalía Seccional de Tumaco dos días después del entierro de su hijo.
Llegó temprano antes de las 8 de la mañana con una carpeta donde había guardado el acta de defunción, el informe preliminar de medicina legal y una hoja de cuaderno donde había anotado todo lo que recordaba de aquella noche. Lo atendió una funcionaria joven que tecleaba en una computadora vieja mientras él hablaba.
Le dijo que abrirían una investigación, que el caso quedaría en manos del CTI, que debía tener paciencia. Edinson preguntó cuánto tiempo tomaría. La funcionaria no supo responder. Le dijo que en Tumaco había muchos casos acumulados, que el personal era insuficiente, que hiciera seguimiento en dos semanas. Pasaron dos semanas. Edinson volvió a la fiscalía.
Le dijeron que el caso estaba asignado a un investigador, pero que todavía no había avances, que volviera en un mes. Pasó un mes, volvió. Le dijeron que el investigador había sido trasladado, que otro investigador tomaría el caso. ¿Qué esperara? Edinson fue también a la estación de la Policía Nacional.
habló con un subintendente que lo recibió en una oficina pequeña con las paredes pintadas de verde militar y un ventilador de techo que no funcionaba. Le explicó lo que había pasado. Le dijo que sabía que los responsables eran miembros de las disidencias de las FARC que operaban en el barrio El Bajito, que todo el mundo en el barrio sabía quiénes eran.
El subintendente lo escuchó con cara cansada, luego suspiró y le dijo, “Don Edinson, usted sabe cómo es esto acá. Esos manes se mueven rápido, cambian de barrio, se esconden en las veredas, tienen gente en todas partes, no tenemos recursos ni personal suficiente y si entramos al bajito sin apoyo nos disparan. Así es esto.” Edinson insistió.
preguntó si al menos podían patrullar más la zona, si podían identificar a los responsables, si podían hacer algo. El subintendente negó con la cabeza, “Haga la denuncia formal. Nosotros ponemos el informe, pero la investigación la lleva a la fiscalía. Nosotros solo podemos actuar si nos dan una orden.
” Edinson salió de la estación con las manos vacías. Fue también donde el personero municipal le dijeron que denunciara formalmente que el caso tenía que pasar por el sistema, que no podían hacer nada más. Edinson llenó formularios, firmó documentos, entregó copias de papeles que ya había entregado antes.
Todo se perdió en una montaña de expedientes acumulados en escritorios polvorientos. Un vecino del barrio, La ciudadela, lo detuvo una tarde en la calle. Era un hombre mayor que trabajaba en el puerto. Le habló en voz baja, mirando a los lados. Don Fabiancito, mejor no siga preguntando. Esos manes tienen infiltrados en todas partes. En la policía, en la fiscalía, en la alcaldía.
Si usted sigue jodiendo, lo matan a usted también. Déjelo así. Su hijo ya no vuelve. Edinson no respondió, solo asintió y siguió caminando. Esa noche, sentado en el corredor de su casa vacía, entendió algo que antes no había querido aceptar. Su hijo era solo un número más, una bala perdida más, un caso archivado más en un municipio donde la violencia era parte del paisaje.
Nadie iba a investigar, nadie iba a capturar a los responsables, nadie iba a hacer justicia. El estado en Tumaco era solo una palabra. Edinson dejó de dormir. Se quedaba despierto en las noches, sentado en el mismo corredor donde antes compartía tinto con Brian. Mirando la calle oscura, dejó de ir a la iglesia San Pedro Claver, donde antes participaba en los bazares.
Dejó de hablar con los vecinos, dejó de sonreír, solo seguía trabajando. Pero ahora, mientras hacía carreras, observaba, observaba todo. Cada moto que pasaba, cada cara que veía en las esquinas, cada conversación que escuchaba en las paradas, empezó a preguntar con cuidado. No directamente, solo escuchaba en las tiendas, en los billares, en el puerto, en las paradas de mototaxi.
preguntaba quién había estado en el barrio El Bajito aquella noche, quién controlaba esa zona, quién daba las órdenes y poco a poco empezó a armar un mapa mental, nombres, caras, rutas, horarios. descubrió quiénes eran los jefes locales de la columna disidente que operaba en el barrio El Bajito. Descubrió dónde cobraban vacuna a los comerciantes.
Descubrió qué motos usaban, qué rutas tomaban, a qué horas se movían. Supo que muchos de ellos eran jóvenes del mismo municipio. Supo que algunos eran conocidos suyos. No le importó. Supo también que en Tumaco con la violencia constante una muerte más no llamaría mucho la atención y decidió que si el Estado no iba a hacer justicia, él la haría.
Los primeros tres meses después de la muerte de Brian, Edinson Fabián Córdoba siguió trabajando como siempre. Se levantaba a las 4:30 de la mañana, preparaba tinto, salía a la parada de mototaxis del barrio La Floresta, hacía sus 15 o 20 carreras diarias. regresaba a su casa al caer la noche, pero por dentro ya no era el mismo hombre. La casa estaba vacía, demasiado vacía.
Las cosas de Brian seguían ahí. Su ropa colgada en el closet, sus cuadernos apilados en una mesa, su celular guardado en una gaveta. Edinson no había tocado nada, no había podido. Algunas noches se sentaba en el borde de la cama de su hijo y se quedaba ahí mirando la pared sin pensar en nada. Otras noches salía al corredor y se quedaba despierto hasta que amanecía, escuchando los perros ladrar a lo lejos, el ruido del mar, las motos que pasaban por la calle.
No lloraba, no gritaba, solo sentía un vacío enorme, pesado, que no se iba. Los vecinos intentaron acercarse. Doña Maritza, la dueña de la tienda de la esquina, le llevaba comida envuelta en papel periódico. Él agradecía, pero no comía. El capi, otro mototaxista amigo suyo, lo invitaba a tomar cerveza en el billar.
Él decía que estaba cansado. La gente dejó de insistir. Entendieron que Don Edinson necesitaba estar solo, pero Edinson no estaba solo, estaba planeando. Durante esos tres meses, mientras hacía carreras, empezó a observar con más atención. Memorizaba rutas, horarios, movimientos. Cada vez que pasaba por el barrio, el bajito, reducía la velocidad, miraba las esquinas, identificaba caras.
Sabía quiénes eran los campanas que vigilaban las entradas del barrio. Sabía qué jóvenes cobraban vacuna a los comerciantes los martes y viernes. Sabía qué motos usaban los miembros de la columna disidente. Sabía dónde se reunían los fines de semana. También empezó a hablar con gente, nunca directamente, siempre de forma casual, en las paradas de mototaxi, en las tiendas, en el puerto.
¿Viste lo que pasó anoche en el bajito? Diz que mataron a otro man por allá por el río. Mira, cierto que ese man le cobra vacuna a don Pascual. La gente hablaba. En Tumaco todos sabían todo. Solo había que saber preguntar. Doña Maritza, que tenía una tienda en el barrio El Bajito, le contó que los narcos se reunían los jueves en una casa de madera cerca del muelle abandonado.
El capi, su amigo mototaxista, le dijo que había visto a varios de ellos moverse hacia la vereda el pinde los fines de semana, probablemente para mover cargamentos hacia el río Mira. Un enfermero del Hospital San Andrés que Edinson transportaba regularmente le confirmó que cada semana llegaban heridos de bala desde el barrio El Bajito, que siempre eran jóvenes, que siempre venían acompañados de otros armados que amenazaban al personal médico para que no hablaran.
Edinson no les dijo a ninguno de ellos lo que estaba pensando, solo escuchaba, anotaba mentalmente, archivaba información y definió un código moral. Algo que al menos al principio lo ayudaba a justificar lo que estaba por hacer. Solo iría tras quienes estaban activos en las disidencias, solo tras quienes portaban armas, solo tras quienes seguían matando, extorsionando, amenazando.
No iría tras familiares inocentes, no iría tras niños, no iría tras gente que solo vivía en los barrios controlados por ellos. No dejaría ninguna firma. No se haría el héroe, no buscaría reconocimiento, solo haría justicia una vez, dos veces, las veces que fueran necesarias hasta que sintiera que la deuda estaba saldada.
Sabía que probablemente terminaría muerto o preso, pero no le importó. Brian ya no estaba. Su casa ya no era un hogar. Su vida ya no tenía sentido. Lo único que le quedaba era esto, cobrar lo que el sistema nunca iba a cobrar. Edinson no tenía armas, no sabía disparar, no era un hombre violento, pero tenía algo mejor. Conocía el territorio mejor que nadie.
Conocía los atajos, los puentes podridos, las curvas ciegas, los caminos oscuros. Conocía los horarios de patrullaje de la policía. Conocía las zonas donde nadie preguntaba, donde nadie veía, donde los cuerpos aparecían y nadie investigaba. Y empezó a planear su primera acción. El objetivo se llamaba Harley de Jesús Montaño, pero todos en el barrio El Bajito lo conocían como el mono Arley.
Tenía 21 años. Era campana de la columna disidente que controlaba la zona. Su trabajo era vigilar las entradas del barrio, avisar cuando la policía se acercaba y cobrar vacuna a los comerciantes los martes y viernes. Edinson lo había visto varias veces, siempre andaba en moto, siempre con una gorra deportiva, siempre con una pistola metida en la pretina del pantalón que no se molestaba en esconder.
Hablaba duro, se reía fuerte, amenazaba a la gente en las tiendas cuando no querían pagar. Edinson supo que el Mono Harley vivía en una casa pequeña cerca del muelle abandonado, pero que cada ciertos días viajaba a la vereda El Pinde para visitar a su mamá. Supo también que no tenía moto propia, que usaba mototaxi para moverse.
Una noche de abril de 2019, Edinson estaba en la parada de mototaxis del barrio La Floresta cuando vio al mono Harley acercarse. El muchacho preguntó quién lo podía llevar hasta la vereda. El pinde Edinson levantó la mano. Yo lo llevo, joven. Móntese. El mono Harley no sospechó nada. Era un mototaxista más, un hombre viejo, callado, sin importancia.
Edinson arrancó y tomó la vía principal que salía de Tumaco hacia las veredas rurales. Durante los primeros 10 minutos no habló, solo conducía. El mono Harley iba atrás revisando el celular ajeno a todo, pero en lugar de seguir por la vía principal, Edinson tomó un desvío, un camino destapado, sin luz, que bordeaba el río Mira.
Era una ruta alterna que pocos conocían. Solo los mototaxistas viejos como él. El mono Harley levantó la vista. Ey, viejo, ¿por qué se metió por acá? Edinson respondió con voz calmada, “Es que la vía principal está bloqueada. Diz que hubo un accidente. Mejor vamos por acá. Llegamos más rápido.” El mono Harley se relajó y volvió a mirar el celular.
Edinson siguió conduciendo por el camino oscuro. A los lados solo había monte cerrado y el sonido del río corriendo a unos metros. No había casas, no había gente, no había luz. A mitad del camino, Edinson redujo la velocidad, luego se detuvo. Apagó el motor. ¿Qué pasó?, preguntó el mono Harley. Se dañó la moto. Déjeme revisar. Edinson bajó.
El mono Harley también bajó. molesto, maldiciendo, Edinson se agachó junto a la moto como si estuviera revisando algo, pero en realidad estaba sacando un machete que llevaba escondido debajo del asiento. Lo había envuelto en una tela oscura. Lo había afilado la noche anterior. Cuando el mono Harley se acercó para ver qué pasaba, Edinson se levantó de golpe y lo golpeó con el machete en el cuello.
Fue rápido, fue brutal. No hubo gritos, solo un ruido sordo cuando el cuerpo cayó al suelo. Edinson no se quedó mirando, no sintió nada, solo agarró el cuerpo, lo arrastró unos metros hacia el monte y lo dejó ahí entre los arbustos. Luego limpió el machete con la misma tela, lo volvió a esconder debajo del asiento y arrancó la moto.
Regresó a Tumaco por la misma ruta alterna. Eran cerca de las 10 de la noche. Las calles estaban oscuras. Nadie lo vio llegar. Guardó la moto en el patio de su casa, lavó el asiento con agua y jabón. Quemó la ropa que llevaba puesta en un tanque de metal en el patio. Quemó también la tela que había usado para envolver el machete.
Luego se bañó, se acostó y se quedó mirando el techo hasta que amaneció. Al día siguiente, el cuerpo de Harley de Jesús Montaño, fue encontrado por unos campesinos que pasaban por el camino destapado. Avisaron a la policía. Los agentes llegaron, levantaron el cuerpo, tomaron fotos, hicieron un informe preliminar.
Los noticieros locales de Tumco reportaron. Joven asesinado en vía rural, presunto ajuste de cuentas entre grupos armados. La investigación fue archivada dos semanas después por falta de pruebas. No había testigos, no había cámaras, no había huellas útiles, era solo un muerto más en una zona donde los muertos se contaban por docenas cada mes.
Edinson siguió trabajando como siempre. En la parada de mototaxis escuchó a otros conductores comentar sobre la muerte del mono Harley. Algunos decían que seguro fue la banda rival. Otros decían que fue un ajuste interno de las disidencias. Nadie mencionó a un mototaxista. Nadie sospechó nada y Edinson supo que podía volver a hacerlo.
En los meses siguientes, otros dos hombres vinculados a las disidencias de las FARC en Tumaco murieron en circunstancias extrañas. El primero fue Jesús Alberto Carabalí, conocido como Chucho. Tenía 24 años y trabajaba como cobrador de vacuna en el barrio La Floresta. Llevaba 2 años en la columna disidente. Portaba pistola.
amenazaba comerciantes. Un día de junio de 2019, Chucho contrató un mototaxi para ir hasta un puente de madera que cruzaba el río Mira, cerca de la vereda El Guadual. Necesitaba recoger un encargo que venía desde el otro lado del río. El mototaxista era Edinson. Chucho no lo reconoció. No recordaba haberlo visto antes. Llegaron al puente.
Era viejo, angosto, hecho de tablas de madera podridas que crujían con el peso. El río corría debajo, turbio y rápido. No había gente alrededor, solo monte cerrado y el ruido del agua. Edinson detuvo la moto en medio del puente. Le dijo a Chucho que tenía que revisar algo en la llanta trasera porque sentía que estaba baja.
Chucho bajó de la moto molesto, revisando su celular. Edinson simuló revisar la llanta. Luego, de repente, empujó la moto con fuerza hacia un lado. La moto golpeó a Chucho, que perdió el equilibrio, y cayó del puente hacia el río. El golpe contra el agua fue fuerte. Chucho intentó nadar. Pero la corriente era rápida y él no sabía nadar bien.
Gritó, “¡Manoteo!” El agua lo arrastró río abajo. Edinson se quedó en el puente mirando. Esperó hasta que dejó de ver la cabeza de Chucho en el agua. Luego levantó la moto, arrancó y regresó a Tumaco. El cuerpo de Chucho fue encontrado tres días después, varios kilómetros río abajo, hinchado y golpeado contra las rocas. El informe de medicina legal determinó que murió ahogado.
La policía concluyó que fue un accidente, que probablemente estaba borracho, se cayó al río y no supo salir. Nadie investigó más. El segundo fue Hernán Darío Riascos, apodado el paisa. Tenía 28 años y vendía droga al menudeo en el barrio La Floresta. No era un jefe, no era alguien importante, pero estaba activo en la columna disidente, portaba arma, amenazaba a quien no le pagara.
Edinson lo conocía de vista. Sabía que el paisa frecuentaba las fiestas de barrio los fines de semana. Sabía que tomaba mucho aguardiente, que siempre estaba borracho. Una noche de agosto de 2019, durante una fiesta en el barrio La Ciudadela, Edinson se acercó a el paisa con una botella de aguardiente envuelta en una bolsa plástica.
Le dijo que era un regalo de un amigo en común. El paisa, ya borracho, aceptó la botella sin preguntar. Lo que el paisa no sabía era que Edinson había mezclado veneno para ratas en el aguardiente. Una dosis fuerte, indetectable al gusto cuando ya se había tomado media botella. El paisa tomó de la botella durante toda la noche, compartió con otros.
Al día siguiente amaneció con dolores fuertes en el estómago. Vomitó. Se desmayó. Lo llevaron al Hospital San Andrés. Murió dos días después. Los médicos reportaron intoxicación por licor adulterado. Era común en Tumaco. Cada mes morían personas por tomar aguardiente de mala calidad. Nadie sospechó nada. Pero en las paradas de mototaxi, en las tiendas, en los billares del puerto, algunos empezaron a notar algo extraño.
Tres miembros de la columna disidente habían muerto en pocos meses. Todos en circunstancias que no parecían homicidios. Todos en zonas donde no había testigos. Un investigador del CTI de la Fiscalía, un hombre joven llamado Andrés Felipe Castillo, empezó a revisar los expedientes. Notó el patrón. Notó que todos los muertos tenían vínculos con la misma columna disidente que operaba en el barrio El Bajito.
Notó que todos habían usado servicios de mototaxi antes de morir, pero no tenía pruebas, no tenía testigos. Y en Tumaco, con más de 200 homicidios al año y recursos limitados, nadie le prestó atención a su teoría. Mientras tanto, Edinson seguía trabajando, seguía observando, seguía escuchando y empezó a recibir información de personas que sin saberlo, se convirtieron en sus aliados funcionales.
Doña Maritza, la dueña de la tienda en el barrio El Bajito, le pasaba datos sobre movimientos de los narcos. le contaba quién había llegado nuevo al barrio, quién estaba cobrando vacuna, quién había amenazado a qué comerciante. El capi, su amigo mototaxista, le avisaba cuando veía caras sospechosas o movimientos extraños en las paradas.
El enfermero del Hospital San Andrés le confirmaba qué heridos de bala llegaban cada semana y de qué barrios venían. Ninguno de ellos sabía exactamente qué hacía Edinson con esa información. Pero intuían que algo estaba pasando. Entre finales de 2019 y mediados de 2021, Edinson Fabián Córdoba ejecutó a otras 17 personas vinculadas a la columna disidente que operaba en Tumaco.
No todas fueron acciones directas, algunas fueron planificadas con meses de anticipación, otras fueron oportunidades que aprovechó cuando se presentaron. usó métodos diferentes para evitar que se notara un patrón claro. Algunos murieron ahogados en el río Mira, otros intoxicados con veneno mezclado en comida o bebida, otros en accidentes de moto, en caminos destapados donde Edinson simulaba fallas mecánicas y los dejaba atrapados en zonas peligrosas donde otros grupos armados los encontraban primero.
Uno de los casos más elaborados ocurrió en marzo de 2021 en el barrio La Floresta. El objetivo era un hombre de 32 años apodado, el flaco Uriel era uno de los encargados de coordinar el transporte de droga desde Tumaco hacia el río Mira, donde otros la llevaban hacia el interior del país. No era un sicario, no mataba directamente, pero era pieza clave en la operación logística de la columna disidente.
Y según lo que Edinson había escuchado, el flaco Uriel había estado presente la noche del 14 de marzo de 2019 cuando mataron a Brian. El flaco Uriel vivía en una casa de madera en el barrio La Floresta. Tenía esposa y dos hijos pequeños. Durante el día trabajaba en un taller de motos. De noche coordinaba los movimientos de cargamentos.
Edinson sabía que el flaco Uriel usaba una moto vieja para moverse entre el taller y su casa. Sabía también que tomaba siempre la misma ruta, una calle angosta, sin pavimentar, que pasaba por un lote valdío donde se acumulaba basura y escombros. Una noche, Edinson fue hasta ese lote valdío con un alambre grueso de acero.
Lo ató entre dos postes de madera a la altura del cuello de alguien que pasara en moto y lo camuflajeó con ramas y basura. Era casi invisible en la oscuridad. Esperó escondido en el monte a unos metros de distancia. El flaco Uriel pasó por ahí cerca de las 10 de la noche, como todas las noches. Iba rápido. No vio el alambre. El impacto fue brutal.
El alambre lo golpeó en el cuello y lo lanzó hacia atrás. La moto siguió unos metros más antes de caer. El flaco Uriel quedó tirado en el suelo, inconsciente con heridas graves en el cuello y la espalda. Edinson salió de su escondite, recogió el alambre, lo enrolló y se fue. Al día siguiente encontraron a el flaco Uriel muerto en la calle.
Los vecinos dijeron que había sido un accidente, que seguro chocó contra algo y se cayó. La policía hizo un informe breve. No había señales de que fuera un homicidio, solo otro accidente de moto en una calle oscura de Tumaco. Pero en los barrios controlados por la columna disidente empezó a circular un rumor.
Demasiados miembros del grupo estaban muriendo en circunstancias extrañas. Demasiadas coincidencias. demasiados accidentes. Algunos empezaron a decir que había alguien casándolos, que alguien conocía sus rutas, que alguien sabía dónde se movían, que alguien los estaba eliminando uno por uno, pero no sabían quién.
Los jefes de la columna disidente ordenaron investigaciones internas, sospecharon de bandas rivales, sospecharon de infiltrados, interrogaron gente, amenazaron a informantes. Nunca sospecharon de un mototaxista de 47 años que trabajaba todos los días en las mismas paradas de siempre. Mientras tanto, el investigador Andrés Felipe Castillo del CTI seguía revisando expedientes.
Había conectado ya 12 muertes vinculadas a la misma columna disidente. Había notado que todas ocurrieron en zonas donde operaban mototaxistas. Había empezado a entrevistar a algunos conductores, pero no tenía pruebas concretas. No tenía testigos y sus superiores le dijeron que dejara de perder tiempo en teorías conspirativas. y que se enfocara en casos con más posibilidades de resolverse.
Andrés Felipe no dejó de investigar, pero tampoco pudo avanzar mucho. Tumaco era un municipio donde cada semana había decenas de muertos, donde los recursos eran limitados, donde las prioridades cambiaban constantemente y Edinson seguía trabajando, seguía transportando gente, seguía escuchando, seguía planeando.
todavía no había terminado. En septiembre de 2021, Tumaco celebró las fiestas del mar, una tradición anual del puerto. Durante una semana había conciertos, desfiles, ferias, carreras de lanchas. La gente salía a las calles. Los barrios se llenaban de vendedores ambulantes, tarimas improvisadas, puestos de comida.
Era el evento más grande del año en el municipio. Edinson no solía participar en las fiestas, pero ese año decidió ir no para divertirse, sino porque sabía que en esos eventos la gente hablaba más de la cuenta, sobre todo cuando había alcohol de por medio. Una noche, Edinson estaba sentado en un bar pequeño cerca del muelle, tomando cerveza, escuchando conversaciones.
En la mesa de al lado había un grupo de hombres jóvenes, todos borrachos, hablando en voz alta. Uno de ellos mencionó algo que le llamó la atención. Dijo que el doctor Iván iba a estar en una reunión importante en la vereda El Guadual el próximo mes, que iban a coordinar un cargamento grande hacia el río Mira, que había que tener todo listo. Edinson conocía ese nombre.
El doctor Iván era Iván Humberto Lozano, un funcionario de la alcaldía de Tumaco. Trabajaba en la oficina de contratación, tenía un cargo administrativo. En apariencia era un empleado público común, pero en realidad era el verdadero coordinador logístico de la columna disidente en Tumaco. Era él quien pasaba información sobre operativos policiales, él quien lavaba dinero a través de contratos públicos fantasma.
Él quien protegía a los jefes cuando había presión institucional. Él quien organizaba las rutas de narcotráfico. Edinson no lo sabía antes, pero esa noche, escuchando borrachos hablar sin filtro, entendió algo que le heló las venas. El Dr. Iván no solo era parte de la operación, era una de las cabezas.
Y según lo que escuchó en otra conversación esa misma noche, fue él quien ordenó personalmente el ataque del 14 de marzo de 2019 en el barrio El Bajito. Lo ordenó porque un rival suyo, un hombre que le debía dinero, se estaba escondiendo en esa zona. El ataque no fue solo un enfrentamiento entre bandas, fue una orden directa del drctor Iván para eliminar a ese hombre.
Brian murió en el fuego cruzado. Edinson salió del bar sin terminar su cerveza. Caminó hasta su casa, se sentó en el corredor, se quedó ahí toda la noche mirando la calle oscura. Hasta ese momento había ido tras sicarios, cobradores, vendedores de bajo nivel. Gente armada, sí. Gente peligrosa, sí. Pero al fin y al cabo, peones, piezas reemplazables.
Ahora tenía un objetivo mucho más grande. Alguien protegido, alguien con conexiones en la alcaldía, en la policía, probablemente en la fiscalía. Alguien que si moría sí iba a ser noticia, alguien cuya muerte sí iba a generar investigaciones serias. Edinson sabía que no podía actuar solo y que esta vez el riesgo era enorme.
Si fallaba, no solo lo iban a matar, lo iban a investigar, lo iban a conectar con todas las muertes anteriores, lo iban a meter preso de por vida, pero también sabía que si no hacía nada, nunca iba a sentir que la deuda estaba saldada. El doctor Iván era el responsable directo de la muerte de Brian.
era quien dio la orden, era quien causó todo y tenía que pagar. Edinson pasó las siguientes semanas recopilando información, preguntó con cuidado, escuchó conversaciones. Confirmó que el doctor Iván se reunía regularmente con miembros de la columna disidente en la vereda El Guadual, en una finca alejada del casco urbano de Tumaco. También supo que el Dr.
no andaba armado, que confiaba en su posición, que se sentía intocable y decidió que necesitaba algo que nunca había usado antes, un arma de fuego. Edinson contactó a un hombre que conocía desde hacía años, un expolicía que había sido dado de baja por corrupción. Se llamaba Gilberto y odiaba a las disidencias porque habían matado a su hermano en un operativo fallido.
Gilberto vivía en el barrio La Ciudadela. trabajaba como vigilante privado en un taller de lanchas. Edinson le pidió un favor, le dijo que necesitaba un revólver, no le dijo para qué. Gilberto no preguntó, le consiguió un revólver calibre 38, viejo, sin registro. Le dijo que tuviera cuidado.
Edinson guardó el arma envuelta en una tela bajo el asiento de su moto y empezó a planear cómo llegar hasta el Dr. Ivan. Edinson sabía que no podía llegar directamente hasta el doctor Ivan. No era un hombre cualquiera. Tenía protección, tenía contactos, tenía escoltas cuando se movía por el casco urbano de Tumaco. Pero también sabía que el doctor Iván, como todos los hombres poderosos que se sienten intocables, tenía momentos de descuido.
Las reuniones en la vereda, El Guadual, eran uno de esos momentos. Edinson pasó dos semanas observando. Preguntó sin levantar sospechas. Supo que el doctor Iván viajaba a esa vereda cada dos o tres semanas, siempre de noche, siempre en una camioneta con vidrios polarizados. Llegaba a una finca alejada, se reunía con los jefes de la columna disidente, coordinaba cargamentos, entregaba información, cobraba su parte.
En esas reuniones no llevaba escoltas visibles, solo llegaba con el conductor. Confiaba en que nadie se atrevería a tocarlo ahí en territorio controlado por las disidencias. Confiaba en su posición, en su poder. Edinson decidió aprovechar ese exceso de confianza, pero necesitaba un pretexto para estar en la zona sin levantar sospechas.
Necesitaba una razón para estar cerca de esa finca la noche de la reunión y encontró una. A través de doña Maritza, supo que uno de los miembros menores de la columna disidente, un muchacho de 19 años apodado El Gonzo, necesitaba llevar un encargo desde Tumaco hasta la vereda El Guadual, la noche del 3 de noviembre de 2021.
El encargo era un paquete pequeño, probablemente droga, que tenía que llegar antes de las 9 de la noche. Edinson se ofreció para llevar al Gonzo. El muchacho aceptó. No conocía bien a Edinson. Solo sabía que era un motoxista de confianza que llevaba años trabajando en Tumaco. La noche del 3 de noviembre, Edinson recogió al Gonzo en el barrio La Floresta.
Llevaba el revólver calibre 38 escondido bajo el asiento de la moto envuelto en una tela oscura. También llevaba un casco extra que le dio al Gonzo para que no lo reconocieran fácilmente si había patrullas en el camino. Salieron de Tumaco cerca de las 8 de la noche. La vía hacia la vereda. El guadual era destapada, oscura, rodeada de monte cerrado.
No había casas, no había luz pública, solo el sonido de la moto y el ruido de los grillos llegaron a la finca cerca de las 8:30. Era una construcción pequeña de madera, con techo de zinc. Había varias motos estacionadas afuera. Había también una camioneta con vidrios polarizados, la del doctor Iván.
El Gonzo bajó de la moto, le pagó a Edinson y entró a la finca con el paquete. Le dijo que esperara unos minutos, que tal vez necesitara que lo llevara de regreso. Edinson se quedó afuera sentado en la moto en la oscuridad. Esperó, observó, vio movimiento dentro de la finca, escuchó voces, vio sombras moviéndose frente a las ventanas y esperó.
20 minutos después, la puerta de la finca se abrió. Salió un hombre solo. Era el doctor Iván, alto de unos 50 años, con camisa de botones y pantalón de drill. Caminaba tranquilo, con las manos en los bolsillos hacia la camioneta. Edinson bajó de la moto, sacó el revólver de debajo del asiento, lo escondió en la pretina del pantalón, bajo la camiseta caminó hacia el doctor Iván con paso calmado, como si fuera a preguntarle algo.
El doctor Iván lo vio acercarse, no le prestó atención, solo siguió caminando hacia la camioneta. Cuando estuvieron a 3 metros de distancia, Edinson sacó el revólver y disparó cuatro veces. Tres disparos impactaron en el pecho del doctor Iván, el cuarto en el cuello. El doctor Iván cayó de espaldas sin gritar, sin decir nada. Murió en segundos.
Edinson guardó el revólver y corrió hacia la moto, pero adentro de la finca los hombres habían escuchado los disparos. Salieron corriendo, armados, gritando. Edinson arrancó la moto y aceleró por el camino destapado, pero era de noche. El camino estaba lleno de charcos. La moto derrapó en una curva. Edinson intentó controlarla, pero volcó en un charco de lodo. Cayó al suelo.
Intentó levantarse, pero los hombres ya lo habían alcanzado. Edinson intentó levantarse del charco de lodo, pero uno de los hombres lo alcanzó primero y lo golpeó en la espalda con la culata de un fusil. Edinson cayó de nuevo. Sintió el impacto en las costillas. intentó protegerse, pero otro hombre lo pateó en el estómago. Luego otro y otro más.
Lo golpearon durante varios minutos. Le gritaban, le preguntaban quién era, quién lo había enviado, por qué había matado al drctor Iván. Edinson no respondió, solo intentaba respirar. Uno de los hombres sacó el revólver calibre 38 que Edinson llevaba en la pretina. Lo revisó. Notó que todavía quedaban dos balas. Lo guardó.
Otro hombre revisó la moto volcada. Encontró documentos de Edinson en una bolsa plástica que llevaba bajo el asiento, su cédula, su licencia de conducción, una foto de Brian. “Este man es de tu maco”, dijo uno de ellos. Es mototaxista. Se llama Edinson Córdoba. Los hombres dejaron de golpearlo. Uno de ellos, que parecía ser el que estaba a cargo, hizo una llamada por celular.
Habló en voz baja, escuchó, luego colgó. “Vamos a entregarlo a la policía”, dijo. Esto ya se nos salió de las manos. Si lo matamos, van a venir a investigar. Mejor que se encargue el sistema. Amarraron a Edinson con cuerdas. Lo subieron a la parte de atrás de una camioneta. Lo llevaron de regreso hacia Tumaco. Durante el trayecto, Edinson no habló, solo miraba el techo de la camioneta.
Sentía el dolor en las costillas, sentía el sabor de cobre en la boca, pero no sentía miedo. Sabía que esto iba a terminar así. siempre lo supo. Llegaron a la estación de la Policía Nacional de Tumaco cerca de las 11 de la noche. Los hombres bajaron a Edinson y lo entregaron a los agentes. Dijeron que lo habían encontrado intentando robar en la vereda el guadual, que había disparado contra uno de ellos, que lo habían capturado y decidieron entregarlo a las autoridades.
Los agentes no hicieron muchas preguntas. metieron a Edinson en una celda provisional. Le tomaron declaración al día siguiente. Edinson no negó nada. Dijo que había matado al drctor Iván. Dijo que lo había hecho porque el doctor Iván había ordenado el ataque donde murió su hijo. Los agentes escribieron todo.
Le preguntaron si había matado a alguien más. Edinson no respondió. Pero el investigador Andrés Felipe Castillo del CTI ya estaba trabajando en el caso. Cuando escuchó el nombre de Edinson Córdoba, recordó sus notas. Recordó el patrón que había detectado meses atrás. Recordó que todas las muertes vinculadas a la columna disidente tenían conexión con mototaxistas.
Andrés Felipe pidió autorización para revisar a fondo el caso. Empezó a conectar puntos. entrevistó a mototaxistas, entrevistó a vecinos, entrevistó a comerciantes, revisó registros de llamadas, revisó movimientos bancarios y poco a poco armó el rompecabezas. Testigos empezaron a hablar. Doña Maritza admitió que le había pasado información a Edinson, pero que nunca supo qué hacía con ella.
El Capi dijo que Edinson le preguntaba mucho sobre movimientos extraños en los barrios. El enfermero del Hospital San Andrés confirmó que Edinson siempre preguntaba por los heridos de bala que llegaban. Andrés Felipe encontró también que Edinson había comprado veneno para ratas en una ferretería del centro de Tumaco en agosto de 2019.
Encontró que había estado presente en la zona del río Mira el día que Chucho se ahogó. Encontró que había transportado a el monoarley la noche que murió. Todas las piezas encajaron. La fiscalía amplió la investigación, conectó 22 homicidios con Edinson Fabián Córdoba, todos cometidos entre abril de 2019 y noviembre de 2021, todos contra miembros de la columna disidente que operaba en Tumaco.
Edinson fue acusado formalmente de 22 homicidios agravados. Su caso fue trasladado a un juzgado especializado en pasto. El proceso judicial duró varios meses. Durante las audiencias, Edinson nunca negó. Tampoco mostró arrepentimiento. Solo dijo una cosa cuando el juez le preguntó por qué lo había hecho. Porque nadie más iba a hacerlo. Porque el estado nunca llegó.
Porque mi hijo no era solo un número más. El juicio de Edinson Fabián. Córdoba Perlaza comenzó en marzo de 2022 en un juzgado especializado de pasto. La fiscalía presentó pruebas contundentes, testimonios de testigos, registros de compras de veneno, conexiones entre las víctimas y el acusado, análisis forenses que, aunque tardíos, confirmaban patrones en las muertes.
Edinson no contrató abogado defensor privado, no tenía dinero. Le asignaron un defensor público, un hombre joven que intentó argumentar que su cliente había actuado bajo un estado emocional alterado tras la muerte de su hijo, que había sido víctima del abandono institucional, que el Estado colombiano era corresponsable por no haber investigado el asesinato de Brian.
La fiscalía respondió con contundencia. argumentó que Edinson había planificado cada homicidio con frialdad, que había usado su conocimiento del territorio para ejecutar acciones premeditadas, que había matado a 22 personas durante casi 3 años, que no había actuado en defensa propia ni en un momento de ira pasajera, que había sido sistemático, calculador, implacable.
El caso generó división en Tumaco. Algunos vecinos organizaron una recolección de firmas para pedir clemencia. Argumentaron que Edinson era un hombre trabajador, honesto, que solo había respondido a la violencia que el Estado no controlaba, que las víctimas eran criminales activos, que Edinson había hecho lo que muchos querían hacer, pero no se atrevían. Otros rechazaron esa postura.
Dijeron que Edinson era un asesino serial. que había tomado la justicia en sus manos, que había matado sin proceso, sin juicio, sin derecho a la defensa, que había cruzado todas las líneas. En el barrio La ciudadela, alguien pintó en una pared. Edinson, héroe, no asesino. Al día siguiente, alguien más tachó la frase y escribió encima, asesino es asesino.
Durante el juicio, la defensa intentó llamar a declarar a funcionarios de la Fiscalía y la Policía de Tumco para demostrar la negligencia institucional en el caso de Brian. Pero el juez no permitió que se desviara el foco del juicio. La pregunta no era si el Estado había fallado. La pregunta era si Edinson Fabián Córdoba había cometido 22 homicidios. Y la respuesta era clara.
En julio de 2022, el juez dictó sentencia. Edinson fue declarado culpable de 22 homicidios agravados. La pena, 40 años de prisión sin beneficios de reducción de condena. Cuando el juez leyó la sentencia, Edinson no reaccionó, no gritó, no lloró, solo asintió levemente como si ya lo esperara, como si ya hubiera hecho las paces con ese destino.
Fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad de Cbita, en Boyacá, a cientos de kilómetros de Tumaco. Lo metieron en una celda pequeña de cemento con una litera de metal, un inodoro y una ventana angosta por donde apenas entraba luz. En esa celda, Edinson solo tiene una foto. Una foto vieja, desgastada de Briyan sonriendo frente al muelle de Tumaco.
La tiene pegada en la pared junto a la litera. La mira todos los días antes de dormir. Nunca ha mostrado arrepentimiento. Nunca ha pedido perdón. Nunca ha dicho que se arrepiente de lo que hizo. En una entrevista que le hizo un periodista local en 2023, le preguntaron si volvería hacerlo. Edinson miró al periodista y respondió con voz calmada, “Sí, lo volvería a hacer porque mi hijo no era solo un número más, porque el estado nunca llegó, porque alguien tenía que cobrar esa deuda.
Luego guardó silencio y no dijo nada más. En Tumaco la violencia no disminuyó. Las disidencias de las FARC siguen operando. Los mototaxistas siguen transportando gente por calles enlodadas. Los jóvenes siguen muriendo en enfrentamientos. El Estado sigue ausente. Nada cambió. Excepto que un padre perdió todo por intentar hacer justicia en un lugar donde la justicia nunca existió y que 22 hombres, criminales o no, nunca tuvieron un juicio.
Solo un cazador silencioso que conocía cada rincón del territorio que recorría. Después de la condena de Edinson Fabián Córdoba, la Fiscalía General de la Nación y la Policía Nacional intensificaron operativos en Tumaco. No porque la captura de Edinson hubiera desarticulado la columna disidente, sino porque el caso generó presión mediática nacional.
Un mototaxista que había matado a 22 personas sin que nadie lo notara durante casi 3 años era una noticia que no se podía ignorar. El CTI coordinó operativos con el Gaula y la SIIN. Capturaron a varios miembros menores de la columna disidente en los meses siguientes. Algunos fueron procesados por extorsión, otros porte ilegal de armas, otros por homicidio.
Pero los jefes reales, los que tomaban las decisiones estratégicas, no fueron capturados. Se movieron hacia otras zonas del departamento de Nariño, reorganizaron la estructura, siguieron operando. La muerte del Dr. Iván generó un vacío temporal en la coordinación logística de la columna disidente, pero ese vacío fue llenado rápidamente por otro funcionario corrupto.
Las rutas de narcotráfico hacia el río Mira siguieron activas. Las extorsiones a comerciantes continuaron. Los enfrentamientos armados no cesaron. En el barrio La Ciudadela, la casa de madera donde vivían Edinson y Brian, quedó abandonada. Nadie quiso alquilarla. Los vecinos decían que daba miedo, que estaba marcada. Algunos jóvenes rompieron las ventanas, otros pintaron grafitis en las paredes.
Con el tiempo, el techo de Zinc empezó a oxidarse y a llenarse de huecos. La madera se pudrió. La casa se derrumbó sola. Doña Maritza, la dueña de la tienda en el barrio El Bajito, cerró su negocio y se mudó a Cali. Tenía miedo de que alguien la relacionara con Edinson. El capi, el mototaxista amigo de Edinson, dejó de trabajar en Tumaco y se fue para Pasto.
El enfermero del hospital San Andrés fue trasladado a otra ciudad a petición propia. Gilberto, el expolicía que le consiguió el revólver a Edinson, nunca fue procesado. Nadie lo relacionó con el caso. Sigue trabajando como vigilante privado en un taller de lanchas. El investigador Andrés Felipe Castillo del CTI fue reconocido públicamente por haber conectado los 22 homicidios.
recibió una mención de honor de la fiscalía, pero en privado admitió en una entrevista que se sentía frustrado, que si hubiera tenido más recursos, más personal, más tiempo, tal vez habría podido detener a Edinson antes, que tal vez se habrían evitado algunas muertes. En la cárcel de Cbita, Edinson mantiene un perfil bajo, no se mete en problemas, no pelea con otros reclusos.
Trabaja en el taller de carpintería de la prisión. Lee libros que le prestan en la biblioteca. Escribe cartas que nunca envía. En su celda solo tiene la foto de Brian. No recibe visitas, no tiene familia, no tiene amigos. Algunos reclusos lo respetan, otros lo evitan. En el patio hay quienes lo llaman el justiciero de Tumaco.
Él nunca responde a ese apodo, solo sigue su rutina en silencio. Un periodista del diario regional, el espectador, intentó entrevistarlo en 2024 para un reportaje especial sobre justicieros urbanos en Colombia. Edinson aceptó hablar, pero solo respondió tres preguntas. Le preguntaron si se arrepentía, dijo que no.
Le preguntaron si creía que su hijo estaría orgulloso de lo que hizo. Guardó silencio. Le preguntaron qué mensaje le daría a otras personas que están pensando en tomar la justicia en sus manos. Edinson miró al periodista y dijo, que no lo hagan, porque al final uno pierde todo y lo que uno busca, la paz, nunca llega, solo queda el vacío. Luego se levantó y regresó a su celda.
En Tumaco la vida sigue igual. Los mototaxistas transportan gente por calles enlodadas. Los pescadores salen al mar antes del amanecer. Los comerciantes abren sus tiendas tempranos. Los jóvenes van al colegio INEM. Las disidencias de las FARC siguen cobrando vacuna. Los enfrentamientos armados siguen ocurriendo.
Los muertos siguen contándose por docenas cada mes. Edinson Fabián. Córdoba cruzó la línea entre la justicia y la venganza. Ejecutó a 22 hombres armados en un intento desesperado por cobrar una deuda que el Estado nunca cobró. pagó el precio más alto, su libertad, su vida y la memoria de su hijo.
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