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MAURICIO GARCÉS: El SECRETO PROHIBIDO con ENRIQUE RAMBAL… y el INFIERNO que DESTRUYÓ al GALÁN

MAURICIO GARCÉS: El SECRETO PROHIBIDO con ENRIQUE RAMBAL… y el INFIERNO que DESTRUYÓ al GALÁN

15 de diciembre de 1971. Colonia Polanco, Ciudad de México. Un departamento elegante en un edificio de la calle La Martín, donde el silencio de la madrugada lleva hora siendo el único sonido. No hay ambulancias en la calle, no hay periodistas apostados en la banqueta, no hay declaración oficial de ningún hospital, solo una habitación cerrada, una cama y un hombre que ya no respira.

 Ese hombre no es Mauricio Garcés, ese hombre es Enrique Rambal. El actor que millones de mexicanos veneraban porque había interpretado a Jesucristo en el mártir del Calvario, la figura más sagrada del cine nacional. El rostro que las familias católicas del México de los años 50 habían asociado con la pureza, con el sacrificio, con la fe, muerto en la cama del galán más famoso del país y afuera, a unas horas de que amanezca, el dueño de ese departamento tiene una decisión que tomar.

 Una decisión que no admite consultas ni manuales ni consejos. una decisión que va a definir el resto de su vida de una manera que en ese momento todavía no puede dimensionar del todo. Si llama a la prensa, el escándalo destruye todo lo que ha construido en 20 años. Si llama a las autoridades, las preguntas van a llegar y no hay respuestas que satisfagan sin revelar lo que no puede revelarse.

 Y si llama a sus contactos, al círculo de productores y periodistas y funcionarios que durante años han protegido la imagen del galán más rentable del cine mexicano, empieza una historia de silencio que va a costarle 40 años de vida. Mauricio Garcés eligió la tercera opción y esa elección, esa llamada que hizo antes del amanecer del 15 de diciembre de 1971, fue el momento exacto en que el hombre más elegante del cine mexicano se convirtió en el prisionero del personaje que lo había hecho famoso 4 años antes, en 1967, ese mismo hombre cruzaba las puertas de

los estudios churubusco con la sonrisa que México había aprendido a reconocer en una fracción de segundo. No era la sonrisa del charro ni la sonrisa del cantante de rancheras, era otra cosa completamente. Era la sonrisa de alguien que sabe que es el hombre más deseado de cualquier sala en la que entre y que además sabe que todos lo saben.

 La ceja levantada en el momento exacto, la copa sostenida con la precisión de quien ha ensayado ese gesto hasta que dejó de parecer ensayado. La frase dicha con esa cadencia específica de hombre que no pide permiso para entrar en ningún corazón. Mauricio Férez Jasbeck, nacido en Tampico el 16 de diciembre de 1926, hijo de inmigrantes libaneses, había cambiado su apellido por Garcés con la misma naturalidad con que los actores de su época cambiaban todo lo que no encajaba con la fantasía que la industria necesitaba vender. Y en 1967

con el estreno de Don Juan 67, Mauricio Garcés se convirtió en algo que el cine mexicano no había producido antes. No el macho del rancho, no el cantante con pistola, el galán de ciudad, el hombre de departamento moderno y copa de whisky y frase perfecta para cada mujer, el hombre que México entero iba a adorar durante 20 años sin sospechar lo que ese hombre escondía.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que muchos creían saber sobre Mauricio Garcés. Primero, como un joven de sangre libanesa nacido en el puerto caluroso de Tampico, que estudió química y que trabajó de oficinista antes de que su tío lo metiera al mundo del espectáculo, construyó en 20 años la imagen del seductor más convincente del cine nacional.

 un personaje tan perfecto y tan bien construido que la industria entera lo protegió durante décadas, porque destruirlo habría costado demasiado dinero. Segundo, ¿qué ocurrió realmente la noche del 15 de diciembre de 1971 en el departamento de la calle La Martín en Polanco, qué hacía Enrique Rambal en ese departamento? ¿Qué versión circuló en los pasillos del cine mexicano durante décadas? sobre lo que ocurrió en esa habitación cerrada y por qué la industria entera, desde los productores hasta los periodistas especializados, decidió de manera tácita y sin ningún

acuerdo formal, que esa historia era una historia que no se contaba. Tercero, ¿qué papel jugó Elsa Aguirre, la actriz con la mejor retención de visualización del cine de oro mexicano en la construcción de una imagen que Mauricio Garcés necesitaba para que el mundo no hiciera las preguntas que no podía responder, cómo esa alianza funcionó en silencio durante años? ¿Y qué revela ese arreglo sobre cómo el cine mexicano de los años 60 manejaba los secretos de sus figuras más valiosas? Y cuarto, como ese secreto del 15 de diciembre de 1971,

se convirtió en el origen de todo lo que vino después. La ruleta que se llevó su fortuna ficha a ficha, el enfisema pulmonar que destruyó la voz más suave del cine nacional, la soledad de los últimos años, el funeral pagado por la anda porque ya no había dinero para nada más, y la muerte en silencio el 27 de febrero de 1989, a los 62 años en un departamento que nadie visitaba con la frecuencia con que habría debido visitarlo el galán más famoso de México.

 En este video verás el transcript completo del video del competidor que reconstruyó la historia con testimonios de personas cercanas al actor. Los registros de la prensa de espectáculos mexicana de los años 70 que documentaron la muerte de Enrique Rambal con la brevedad de los que saben que hay cosas que es mejor no detallar.

 Las declaraciones de Doris Fées, sobrino de Mauricio, que reclamó los derechos de imagen después de su muerte, y los relatos de quienes conocieron a Garcés en sus últimos años y que describieron con la coherencia de los testimonios que coinciden porque todos están hablando de la misma cosa, a un hombre consumido por algo que nunca pudo nombrarse en voz alta.

 Pero para entender cómo se construye una mentira de 40 años, primero hay que entender para qué sirve esa mentira. Y para entender eso, hay que volver al principio. Al joven de Tampico, que aprendió antes de saber todavía quién era, que en el México de los años 50 había cosas que los hombres no podían ser. Todo comenzó el 16 de diciembre de 1926 en Tampico, Tamaulipas.

 Puerto caluroso, húmedo, lleno de barcos y comerciantes y acentos mezclados, donde las familias de inmigrantes llegaban desde el Líbano, desde España, desde Italia, buscando el lugar donde empezar de nuevo. Mauricio Féz Jasbec llegó al mundo en ese puerto fronterizo, hijo de José Féz y Maíba Jasbeck, los dos de origen libanés, los dos con el apellido que en la ciudad de México de los años 40 iba a sonar raro en los carteles de cine.

 tenía un hermano llamado Edmundo. Cuando Mauricio tenía 6 años, la familia se mudó a la capital y en esa ciudad de México de los años 30, el niño de sangre libanesa con el apellido complicado aprendió lo primero que aprenden los hijos de inmigrantes cuando llegan a un mundo que ya tiene sus reglas establecidas, que para encajar hay que adaptarse, que para que te acepten hay que darles lo que esperan ver, que hay partes de ti que es mejor dejar guardadas. Mauricio creció.

Estudió en la Ciudad de México. Intentó la carrera de ciencias químicas en la universidad y la abandonó para ayudar a su familia. Trabajó de empleado, de oficinista, de los trabajos que uno hace cuando no sabe todavía qué es lo que va a hacer, pero sabe con certeza que no es eso.

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