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MARÍA FÉLIX: El INFIERNO que VIVIÓ con AGUSTÍN LARA… y la HUMILLACIÓN que CALLÓ por 30 AÑOS

MARÍA FÉLIX: El INFIERNO que VIVIÓ con AGUSTÍN LARA… y la HUMILLACIÓN que CALLÓ por 30 AÑOS

Era el 24 de diciembre de 1945, Ciudad de México, en la habitación principal de una casa señorial en la colonia Polanco, sobre la mesa de tocador había un ramo de gardenias frescas, una copa de champaña a medio beber y un pañuelo de seda blanco con una mancha de carmín rojo que parecía sangre seca.

 María de los Ángeles, Félix Hüereña se miraba en el espejo y no se reconocía. No lloraba, no gritaba. apretaba el pañuelo entre los dedos hasta que los nudillos se pusieron blancos y desde la sala llegaba la voz inconfundible de Agustín Lara cantándole al piano una canción nueva que acababa de componer esa misma tarde. Una canción que el mundo entero conocería días después como María Bonita.

 Y ella, la mujer más hermosa del cine mexicano, la diva ante quien se arrodillaban los hombres más poderosos del país, miraba su reflejo en el espejo de aquella noche de Navidad y pensaba en una sola cosa, en irse, en desaparecer, en morirse antes de seguir siendo la esposa de aquel hombre que afuera tocaba el piano para ella, mientras adentro, en silencio, la estaba destruyendo.

 3 años antes, en 1942, esa misma mujer había llegado por primera vez al cine mexicano sin haber actuado nunca. Tenía 26 años. Acababa de divorciarse de un esposo violento. No traía currículum, no traía maestros, no traía técnica. Lo único que tenía era una cara que detuvo el tiempo cuando entró al estudio de los hermanos Calderón y se ganó el papel en su primera película, El Peñón de las Ánimas, de un solo golpe, simplemente por existir frente a una cámara.

 3 años después, en 1945, era la actriz más cara de México. Había rodado siete películas. Era portada de todas las revistas del continente. Tenía joyas, propiedades, autos, criados. y estaba casada con el hombre más romántico del idioma español, el compositor que le había dedicado a ella públicamente frente a todo el país, la canción más famosa de su carrera.

 Sobre el papel, María Félix tenía el matrimonio más envidiado de América Latina. Debajo del papel presuntamente vivía un infierno que iba a callar durante 30 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Vas a descubrir por qué Agustín Lara, el hombre que escribió las canciones de amor más hermosas en español, era distinto cuando se cerraba la puerta de su casa.

 Vas a descubrir qué hizo Lara la noche en que María le pidió el divorcio y por qué ella después de todo lo que pasó jamás contó la versión completa en una entrevista. Vas a descubrir cuál fue la humillación pública que el flaco de oro le hizo en plena fiesta frente a periodistas, políticos y artistas. Y por qué María Félix se quedó callada esa noche cuando cualquier otra mujer habría salido corriendo y vas a descubrir al final lo que María confesó a una sola persona en privado 30 años después de aquel matrimonio. Una frase que duró nueve

palabras, una frase que cambió para siempre la manera en que se entendía la canción María Bonita. Pero antes de llegar a esa frase, tenemos que entender de dónde venía esta mujer. Porque para entender el silencio de María Félix, hay que entender primero el silencio de la niña que fue antes de ser María Félix.

María de los Ángeles Félix Hüereña, nació el 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, hija de Bernardo Félix Flores, un militar revolucionario de carácter duro, y de Josefina Hüereña Rosas, una mujer hermosa de origen vasco y yaquí. fue la octava de 12 hermanos, 12 niños creciendo en una casa donde se hablaba poco y se obedecía mucho.

 El padre, según testimonios de quienes lo conocieron, no abrazaba a sus hijos, no les decía que los quería, no toleraba la debilidad. Las niñas debían aprender a coser, a rezar y a callar. Los varones aprendían a montar, a tirar y a no llorar nunca. María, desde los 6 años decidió que ella sería como los varones. Aprendió a montar a caballo sola.

Aprendió a disparar con la escopeta de su padre antes de cumplir los nueve y aprendió sobre todo a no llorar. Recuerda esto porque es clave. Recuerda esto porque cuando una niña aprende a los 6 años que llorar es peligroso, esa niña se convierte 30 años después en una mujer que puede vivir un infierno completo sin que nadie en el mundo se dé cuenta.

 En la casa de Álamos había un solo hermano que rompía esa regla del silencio. Se llamaba José Pablo. Era 2 años mayor que María. Era guapo, era inteligente, era cariñoso y, según testimonios de la propia familia, era la única persona a quien María quiso de verdad durante toda su infancia. iban juntos al río, iban juntos a las funciones de cine ambulante que llegaban al pueblo.

 Pablo le leía libros a su hermana cuando los padres dormían la siesta, le contaba historias de héroes y de princesas, y María se acostaba con la cabeza apoyada en el pecho de su hermano y decía, según contó ella misma 60 años después, que ese era el único momento del día en que se sentía protegida. La familia presuntamente se dio cuenta del vínculo demasiado intenso entre los dos hermanos.

 Y un día sin avisarles, los padres mandaron a Pablo a una academia militar lejos de Álamos. María, según se cuenta, no volvió a sonreír durante meses. Cuando años después Pablo regresó al pueblo enfermo, ya nunca recuperaron la cercanía de antes. Pablo murió joven y María, que ya estaba viviendo en la Ciudad de México, persiguiendo su sueño de actriz, no pudo despedirse.

 Esa herida, la herida del hermano amado y arrebatado, presuntamente marcó para siempre la manera en que María Félix elegiría a los hombres durante el resto de su vida, porque buscaría siempre a alguien que la protegiera como Pablo y nunca, nunca lo iba a encontrar. A los 15 años, María dejó Álamos. La familia se mudó a Guadalajara siguiendo el rastro de un trabajo del padre y fue ahí en la capital Tapatía, donde María se transformó.

 Pasó de ser la niña silenciosa de un pueblo de Sonora a ser la muchacha más comentada de los bailes universitarios. Tenía 16 años, ojos verdes, casi 170 de estatura, una manera de caminar que detenía conversaciones en seco. En esos bailes apareció Enrique Álvarez a la Torre, un joven vendedor de cosméticos, hijo de una familia acomodada de Guadalajara.

 Tenía 19 años, era guapo, era seguro y desde la primera noche le dijo a María presuntamente que se iba a casar con ella aunque fuera lo último que hiciera. María tenía 17 años cuando aceptó. Sus padres se opusieron. María, fiel a su carácter, los desafió. Se casaron el 10 de enero de 1931 en Guadalajara.

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