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Las declaraciones de hugo N. la ases¡ne por que se habia puesto v¡olenta

Las declaraciones de hugo N. la ases¡ne por que se habia puesto v¡olenta

El 22 de mayo de 2026 en la Ciudad de México, una joven de 26 años que estudiaba estomatología en la Universidad Autónoma Metropolitana murió con señales inequívocas de violencia física extrema en el domicilio que compartía con su pareja. Su nombre era Cielo Beangi López Cortés. El nombre del hombre que estaba con ella era Hugo Laredo, de 37 años.

En las horas siguientes, las instituciones encargadas de investigar el crimen tomaron decisiones que revisadas en conjunto trazan un patrón de conducta que este texto documenta pieza por pieza. Lo que ocurrió en la calle Sur 153, colonia Gabriel Ramos Millán, alcaldía Istacalco, no fue oscuro ni complejo desde el punto de vista de los hechos materiales.

 Fue, en cambio, perfectamente oscuro desde el punto de vista de las decisiones que lo siguieron. Comprender la diferencia entre ambas oscuridades es el propósito de este relato. La primera pieza del rompecabezas la escena misma. Hay una discusión. El protocolo de actuación policial de la Ciudad de México define con precisión qué constituye una escena de crimen y cuándo debe activarse el protocolo de feminicidio en el domicilio de la calle Sur 153.

Esa noche existe primero una disputa verbal entre cielo Beangi López Cortés y Hugo Laredo. Los registros indican que tras la discusión el hombre abandona momentáneamente la vivienda. El detalle de esa salida y ese regreso importa más de lo que parece a primera vista, porque revela algo sobre la estructura mental del agresor que se volverá más evidente conforme avance este relato.

 Hugo Laredo regresa, no lo hace en silencio. Elige comunicarse con Ana María Martínez, madre de la víctima, y le informa que su hija se encuentra inconsciente en la cama. le dice que no sabe qué le pasó. La llamada telefónica analizada como conducta no es el acto de un hombre que encontró a su pareja sin signos vitales por accidente y entró en pánico.

Es el acto de alguien que necesita introducir antes del arribo de los testigos una narrativa que lo ubique en el papel de quien descubrió algo, no de quien lo causó. Llamar a la madre y no al número de emergencias también implica un cálculo. La madre entrará primero, verá el cuerpo y cuando lleguen las autoridades, el escenario ya habrá pasado por al menos un filtro emocional que puede nublar la cadena de custodia de los primeros testimonios.

Los elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y los paramédicos de Protección Civil arriban al inmueble. Comprueban que Cielo Beangi López Cortés ya no tiene signos vitales. Hugo Laredo se encuentra en el lugar. Es detenido en ese momento por los agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana.

 Aquí está la primera pieza que no encaja con la narrativa que intentará sostener la institución en las horas siguientes. El hombre estaba ahí junto al cuerpo y fue él quien llamó para decir que la víctima estaba inconsciente cuando ya era demasiado tarde para actuar como si no supiera lo que había ocurrido. La segunda pieza es el cuerpo.

 La autopsia producirá un dictamen que no admite interpretación alternativa. Los médicos legistas documentan lesiones contusas en la región facial, hematomas distribuidos en diversas partes de la superficie corporal, en las extremidades y el torso, con un patrón que en criminología se denomina agresión física sistemática.

No son los hematomas de un solo golpe, sino de una secuencia. Y de manera determinante, el dictamen forense registra marcas físicas en la región cervical, surcos de presión, equimosis localizadas. La causa directa de la muerte es asfixia mecánica por estrangulamiento manual. El estrangulamiento manual como mecanismo de homicidio requiere contacto sostenido entre las manos del agresor y el cuello de la víctima durante un lapso suficiente para provocar la interrupción del flujo sanguíneo hacia el cerebro.

No es un acto instantáneo ni accidental. Es un acto que requiere sostenerse en el tiempo mientras la otra persona resiste. Las lesiones faciales y los hematomas en extremidades y torso son consistentes con la resistencia física de la víctima durante ese forcejeo. El cuerpo de cielo Beangi López Cortés es en sí mismo un documento.

 sus hematomas múltiples, sus lesiones faciales, las marcas en el cuello narran con la precisión que solo tiene la evidencia forense lo que ocurrió en esa vivienda antes de que Hugo Laredo tomara el teléfono para llamar a la madre. Hay algo en la secuencia de conductas de Hugo Laredo que merece detenerse. Tiene 37 años cuando comete el crimen.

Su pareja, Cielo Beangji, tiene 26, 11 años de diferencia. No es un dato menor en la lectura psicológica del caso, porque la asimetría etaria en parejas donde se registra violencia de género tiene una correlación estadística con estructuras de control. El miembro de mayor edad y en este contexto sociocultural, el hombre con mayor frecuencia ocupa el rol dominante en la dinámica relacional.

 Pero lo que permite construir un perfil de Hugo Laredo no es la diferencia de edades, sino la conducta observable y documentada en cada fase del crimen y de la investigación. Primera conducta observable, la discusión verbal. La riña precede al desenlace letal, lo cual indica que la violencia no fue súbita, sino escalada.

 En los homicidios de pareja con estrangulamiento manual, la escalada a partir de una discusión verbal es el patrón más frecuente, no la excepción. Significa que hubo un punto en la discusión en que la decisión de usar fuerza física fue tomada. Segunda conducta observable, el abandono temporal del domicilio y el regreso. Esta salida puede interpretarse de dos maneras que no son mutuamente excluyentes.

Puede haber sido un momento de desactivación emocional seguido de regreso cuando el nivel de activación volvió a escalar. O puede haber sido un movimiento estratégico. Quien abandona y regresa tiene la iniciativa de la reentrada, controla el espacio y puede haber utilizado ese intervalo para decidir qué iba a hacer a continuación.

La evidencia forense, que muestra un patrón de agresión sistemática y no un solo golpe, es consistente con un agresor que tuvo tiempo de estructurar su conducta. Tercera conducta observable, la llamada a la madre de la víctima antes del arribo de los servicios de emergencia. Ya se señaló su implicación táctica, pero también revela un componente psicológico relevante, Hugo Laredo.

 En ese momento no está en crisis emocional descontrolada, está en capacidad de calcular a quién llama, qué dice y en qué orden ocurren las cosas. El texto de su mensaje, que cielo está inconsciente, que no sabe qué le pasa. Es una construcción narrativa deliberada, no el balbuceo de alguien en shock. Cuarta conducta observable, las declaraciones iniciales llenas de contradicciones e inconsistencias.

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