La persiana del salón está bajada a medias.
Exactamente a la altura necesaria para que el sol de las seis de la tarde no se refleje en la pantalla plana.
En la televisión, un ñu cruza el Serengueti con una lentitud exasperante.
La voz de Jordi Hurtado o de algún narrador de La 2 flota en el ambiente denso del piso.
Es martes.
O quizá miércoles.
Cuando llevas doce meses en el paro, los días de la semana pierden su identidad.
Se fusionan en una masa gelatinosa de mañanas tardías y tardes eternas.
Marcos está tumbado en el sofá de tres plazas.
Ha adoptado la posición fetal inversa.
Una pierna colgando hacia el suelo.
El brazo derecho doblado en un ángulo imposible bajo el cojín de Ikea.
El mando a distancia descansa sobre su pecho, subiendo y bajando al ritmo de su respiración fingida.
Marcos está practicando el noble arte de la siesta falsa.
Una técnica depurada tras un año de inactividad laboral remunerada.
El cerebro no se apaga, pero el cuerpo simula un coma profundo.
¿El objetivo?
Convencerse a sí mismo de que está recargando pilas.
¿Recargando pilas para qué?
Esa es la gran pregunta que evita hacerse a diario.
Se dice a sí mismo que solo va a cerrar los ojos veinte minutos.
La mítica siesta de veinte minutos española.
El gran autoengaño del adulto contemporáneo.
Sabe perfectamente que si se duerme ahora, despertará desorientado, con mal sabor de boca y sin saber quién es el presidente del gobierno.
Pero necesita esa pausa.
Una pausa de no hacer absolutamente nada.
Escucha el sonido del ascensor de fondo.
El zumbido mecánico sube por el hueco del viejo edificio de Vallecas.
Se detiene en su planta.
El cuarto B.
Marcos aprieta los párpados.
Relaja la mandíbula inferior.
Ajusta el ritmo de su respiración para que suene más profunda, más pesada.
Una pequeña exhalación ruidosa por la boca.
Un toque maestro de actor de método.
El sonido inconfundible de las llaves girando en la cerradura irrumpe en la paz africana del salón.
La puerta se abre de golpe.
No es una apertura suave ni cuidadosa.
Es la apertura de alguien que viene cargado y usa la cadera para empujar la madera de la puerta blindada.
Entra Laura.
Los botines resuenan en la tarima flotante como pequeños martillazos de realidad.
Trae consigo el calor abrasador de la calle, el estrés de la línea uno del metro y el peso de cuatro bolsas de la compra.
Bolsas de tela ecológicas, porque Laura tiene principios medioambientales firmes.
Pero hoy, esas bolsas pesan como remordimientos de plomo.
Las suelta en el suelo del recibidor con un golpe seco.
Un bote de cristal choca contra una lata de conservas.
El sonido tintineante viaja velozmente hasta el salón.
Marcos no se mueve un milímetro.
Mantiene el personaje estoicamente.
La respiración sigue siendo lenta y acompasada.
Laura resopla ruidosamente.
Se quita la chaqueta americana y la deja caer sin miramientos sobre una silla del comedor.
Se descalza.
Suelta ese suspiro de alivio al librarse del calzado que todo trabajador madrileño conoce a las siete de la tarde.
Camina arrastrando un poco los pies hacia el salón.
Se detiene justo en el umbral.
Mira la escena panorámica.
El documental de leones soporífero.
La penumbra artificial cuidadosamente calculada.
Su novio, fusionado molecularmente con la tapicería del sofá gris antracita.
LAURA: ¿En serio?
La voz de Laura corta el aire pesado como un cuchillo de cerámica bien afilado.
Marcos decide que es el momento perfecto para iniciar la fase de despertar fingido.
Emite un ligero gruñido inarticulado.
Hace un movimiento torpe de la mano que sostiene el mando a distancia.
Abre un ojo, despacio, parpadeando mucho como si la tenue luz de la televisión le cegara por completo.
MARCOS: Hola, cariño.
Su voz suena ronca, rasposa y cavernosa.
Ha ensayado ese tono de recién despertado demasiadas veces frente al espejo invisible de su propia culpa.
MARCOS: ¿Qué hora es ya?
LAURA: Las siete y media de la tarde pasadas.
Laura cruza los brazos sobre el pecho.
No hay el más mínimo atisbo de ternura, ni de broma, en su postura corporal.
LAURA: Pensaba que a esta hora ibas a estar aprovechando la luz para, no sé, existir un poco.
Marcos se frota la cara con ambas manos, frotando sus ojos para enrojecerlos artificialmente.
MARCOS: Estaba cerrando los ojos cinco minutillos de nada.
MARCOS: Me dolía un poco la cabeza, la verdad.
MARCOS: De tanto mirar fijamente la pantalla del ordenador toda la mañana.
Laura levanta lentamente la ceja derecha.
Esa ceja específica que tiene vida propia y que funciona en su cara como un detector de mentiras cien por cien infalible.
LAURA: ¿La pantalla del ordenador?
LAURA: Qué cosa más curiosa.
LAURA: Porque cuando he entrado por la puerta esta mañana a las ocho menos cuarto, el ordenador estaba apagado.
LAURA: Y ahora mismo, si giro la cabeza y miro hacia el escritorio, veo que sigue exactamente en la misma posición.
LAURA: Con el ratón milimétricamente alineado con la esquina del teclado, tal y como lo dejé ayer al limpiar.
Marcos se incorpora de golpe.
La siesta falsa ha sido oficial y fulminantemente cancelada.
El ambiente del salón pasa de la tranquilidad de la sabana africana a la tensión de un interrogatorio en comisaría.
MARCOS: He estado mirando cosas con la tablet desde la cama, Laura.
MARCOS: No te pongas en plan CSI ahora, por favor te lo pido.
MARCOS: Vengo de estar toda la mañana buscando ofertas como un cabrón.
Laura camina hacia el mueble del televisor y pulsa el botón de apagado directamente en el marco de la pantalla.
El ñu desaparece tragado por un rectángulo negro.
El silencio en el salón se vuelve repentinamente abrumador.
LAURA: Ah, ¿sí? ¿Buscando el qué exactamente?
LAURA: ¿La mejor postura ergonómica para no clavarte el muelle roto del sofá?
Marcos suspira profundamente mirando al techo.
Es el suspiro ensayado del mártir incomprendido por el mundo cruel.
MARCOS: He traído el pan, por cierto, que lo sepas.
MARCOS: Está en la cocina encima de la mesa.
Laura suelta una risa corta, seca y carente de cualquier tipo de humor.
No es una risa de gracia bajo ningún concepto.
Es una risa de desesperación condensada en un solo sonido gutural.
LAURA: El pan.
LAURA: Increíble aportación logística.
LAURA: Has bajado a comprar una barra de sesenta céntimos a la panadería de la esquina.
LAURA: Y claro, luego te has merecido un descanso reparador de tres horas seguidas.
Marcos se pone de pie, sacudiéndose unas migas imaginarias.
Intenta estirarse hacia arriba para recuperar algo de dignidad física y ganar altura en la discusión.
Lleva un pantalón de chándal gris jaspeado con las rodilleras dadas de sí y una camiseta negra de publicidad de un festival de música indie de hace cinco años.
MARCOS: No me hables en ese tono de superioridad moral.
MARCOS: Sabes perfectamente que estoy mirando InfoJobs todos los santos días laborables.
MARCOS: Hoy me he metido a primera hora mientras tú ibas en el metro.
Laura da media vuelta, camina hacia el recibidor y empieza a traer las pesadas bolsas hacia la cocina.
Marcos se queda parado en medio del salón, debatiendo internamente si ir a ayudarla o mantener la trinchera defensiva.
Finalmente, la mínima decencia y la culpa le empujan hacia el pasillo.
Agarra una bolsa por las asas de tela tirantes.
Pesa muchísimo, como si llevara ladrillos dentro.
MARCOS: Joder, Laura, ¿qué coño has comprado? ¿Piedras para hacer un muro en el jardín que no tenemos?
LAURA: Comida, Marcos.
LAURA: Se llama comida y víveres básicos.
LAURA: Esa cosa abstracta que necesitamos ingerir varias veces al día para no morirnos de inanición.
LAURA: Y que, curiosamente, cuesta dinero real cada vez que pasas por la caja del Mercadona.
Ambos empiezan a sacar los productos y apilarlos sobre la estrecha encimera de granito sintético de la cocina.
Paquetes de pasta Gallo.
Botes de cristal de tomate frito estilo casero.
Bandejas de pechugas de pollo fileteadas.
Seis briks de leche semidesnatada de marca blanca.
Cada golpe sordo de un bote sobre la piedra resuena como un mazazo rítmico en el frágil ego de Marcos.
LAURA: Llevas un año entero en el paro, Marcos.
LAURA: Un puto año completo tachando días en el calendario.
LAURA: Y te juro por mi vida que no te he visto echar ni un solo currículum decente esta semana.
Marcos se queda congelado con un paquete de arroz Brillante en la mano derecha.
MARCOS: Eso es completamente mentira.
MARCOS: Eché uno el lunes por la tarde.
MARCOS: Para una consultoría tecnológica en Las Rozas.
LAURA: ¿Uno?
LAURA: ¿Un currículum en cinco putos días laborables?
LAURA: ¿Ese es tu ritmo frenético de búsqueda intensiva en el mercado laboral?
LAURA: Me asombra profundamente que no hayas colapsado por el estrés y el agotamiento mental.
Marcos aprieta los dientes hasta hacerse daño en la mandíbula.
Sabe que las matemáticas y las estadísticas no están a su favor en este debate.
Pero la defensa numantina es su mejor ataque ahora mismo.
MARCOS: No vas a venir tú ahora a enseñarme cómo buscar trabajo en mi propio sector profesional.
MARCOS: No tiene ningún sentido tirar currículums al azar como si fueran confeti en los carnavales.
MARCOS: Hay que seleccionar con cabeza.
MARCOS: Hay que buscar perfiles específicos que se adapten a mi experiencia de años.
Laura deja caer un manojo de plátanos canarios sobre la madera con brusquedad.
LAURA: ¿Qué experiencia me estás contando, Marcos?
LAURA: Llevas doce meses enteros sin tocar un teclado para algo que no sea Netflix, Twitch o el puto Twitter.
LAURA: Te estás acomodando de una forma brutal y alarmante.
LAURA: Y lo peor de todo es que te estás acomodando en mi sofá, bajo mi techo.
La frase lapidaria cuelga en el ambiente con olor a humedad y pollo crudo.
“Mi sofá”.
Han vivido juntos en ese piso durante los últimos tres años de sus vidas.
El contrato de alquiler, es cierto, está a nombre exclusivo de ella.
El famoso sofá gris lo pagaron a medias en el Ikea de San Sebastián de los Reyes.
Pero el subconsciente siempre te traiciona cuando hay tensión financiera.
Cuando el dinero fluye ininterrumpidamente de un solo lado de la balanza, la sensación de propiedad se vuelve peligrosamente unilateral.
Marcos siente la punzada ardiente en el pecho.
Esa herida invisible en su hombría, en su orgullo de adulto independiente que se desvanece.
MARCOS: “Tu” sofá.
MARCOS: Muy bien, Laura, fantástico nivel de madurez.
MARCOS: Ya empezamos con los pronombres posesivos y a marcar el territorio meando en las esquinas.
LAURA: No te vayas por las ramas con victimismos baratos, sabes perfectamente a lo que me refiero.
LAURA: Te has instalado comodísimamente en una rutina de miseria confortable.
LAURA: Te levantas a las once de la mañana arrastrando los pies.
LAURA: Tomas tu cafecito recién hecho.
LAURA: Lees el Marca digital de arriba a abajo.
LAURA: Bajas a por el pan para sentir que has cumplido con las exigentes tareas del hogar asignadas.
LAURA: Y luego te echas a “descansar” de tan titánico y agotador esfuerzo físico.
Marcos siente que la sangre le hierve detrás de las orejas.
La radiografía diaria que acaba de hacerle su novia es dolorosamente exacta y minuciosa.
Pero admitirlo en voz alta es claudicar y morir en la batalla dialéctica.
MARCOS: Eso es completamente falso, tendencioso, y en el fondo lo sabes.
MARCOS: He estado haciendo varios cursos online gratuitos para no oxidarme.
MARCOS: Me estoy reciclando constantemente en nuevas tecnologías.
LAURA: ¿Cursos online de qué exactamente? ¿De cata de cervezas artesanales viendo vídeos en YouTube?
MARCOS: De marketing digital avanzado con inteligencia artificial, Laura.
MARCOS: Pero tú eres incapaz de valorar absolutamente nada de lo que hago aquí encerrado.
MARCOS: Tú solo ves que no hay una nómina a mi nombre entrando a fin de mes en la cuenta del Santander.
LAURA: ¡Bingo!
Laura aplaude una sola vez, emitiendo un sonido sarcástico, seco y afilado que retumba.
LAURA: ¡Ha descubierto América el señor ingeniero!
LAURA: Pues claro que veo que no hay una santa nómina ingresada.
LAURA: Porque la persona que paga la luz, la del gas, la comunidad, la fibra del internet y esta puta comida que estás metiendo en la nevera ahora mismo, soy única y exclusivamente yo.
Marcos cierra la puerta blanca del frigorífico con bastante más fuerza de la estrictamente necesaria.
MARCOS: Ya estamos otra vez con el mismo disco rallado.
MARCOS: La gran mártir incomprendida del bloque.
MARCOS: La gran y todopoderosa proveedora del hogar.
MARCOS: Te encanta hacerme sentir como una auténtica mierda pinchada en un palo, ¿verdad?
MARCOS: Te encanta mirarme por encima del hombro de forma condescendiente porque tú conservas tu trabajito seguro de oficina.
LAURA: ¿Mi trabajito?
Laura da un paso amenazante hacia él, acortando la distancia física en la estrecha cocina.
Los ojos oscuros le brillan con pura y cristalina furia contenida.
LAURA: Mi “trabajito” de mierda es exactamente el que permite que tú puedas pasarte las santas tardes viendo cómo un puto león se come a una cebra en alta definición.
LAURA: Así que te exijo un respeto inmenso hacia mi sueldo y mis madrugones.
Marcos aparta la mirada hacia el azulejo desconchado de la pared.
Sabe instintivamente que ha cruzado una línea roja peligrosa con el despectivo término del “trabajito”.
Pero retroceder en este punto de la discusión es mostrar debilidad extrema, y su ego maltrecho no se lo permite.
PARTE 2
MARCOS: El mercado laboral en este país está fatal, Laura, es una trituradora de carne.
MARCOS: No tienes ni la más remota idea de lo que hay ahí fuera esperándote si te echan.
MARCOS: Llevas atrincherada en la misma empresa de logística desde hace siete puñeteros años.
MARCOS: Vives en una burbuja de privilegios y contratos indefinidos.
LAURA: Ah, por supuesto, la vieja, confiable e inagotable excusa del mercado laboral en España.
LAURA: El mercado global tiene la culpa directa de que te pases el día entero en pijama sin ducharte.
MARCOS: ¡Que no uso pijama por el día, te he dicho mil veces que es ropa cómoda de estar por casa!
LAURA: ¡Es un chándal raído que tiene bolas de pelusa del tamaño de garbanzos, Marcos, no me jodas!
LAURA: Da igual cómo lo llames para adornarlo, llevas un año en pausa vital absoluta.
MARCOS: Para que me exploten miserablemente por cuatro duros, prefiero esperar en casa a algo digno.
Marcos suelta finalmente la gran frase estrella de su repertorio de excusas.
El escudo protector de titanio de todo parado de larga duración con estudios superiores.
La bandera blanca de la dignidad frente a la precariedad del sistema capitalista.
MARCOS: No pienso volver a pasar por el aro humillante de un contrato de prácticas encubierto.
MARCOS: Tengo treinta y cuatro años, joder, no soy un becario recién salido de la facultad.
MARCOS: Tengo un currículum sólido que vale algo de dinero en el mundo real.
MARCOS: No me presiones de esta manera tan tóxica.
Laura se apoya pesadamente en el borde frío de la encimera.
Se frota la frente sudorosa con los dedos índice y pulgar, buscando algo de paciencia en algún recóndito rincón de su cerebro agotado.
LAURA: Digno.
LAURA: Hablemos en profundidad de la famosa dignidad, Marcos.
LAURA: Me parece un debate filosófico fascinante para tener un martes a las casi ocho de la tarde rodeados de bolsas de plástico.
LAURA: ¿Qué demonios es la dignidad laboral para ti a estas alturas del partido?
LAURA: ¿Esperar pacientemente en el sofá a que te llame Google de California para ofrecerte ser director general de operaciones?
MARCOS: No exageres las cosas para ridiculizarme.
MARCOS: Solo pido algo acorde a mi titulación universitaria y a mi experiencia demostrable.
LAURA: Tu titulación de hace diez largos años y tu experiencia que lleva exactamente un año entero cogiendo polvo y telarañas.
LAURA: Digno es traer dinero a casa para poder comer caliente todos los días, Marcos.
LAURA: Digno es tragarse el orgullo y aceptar un trabajo temporal de teleoperador, de mozo de almacén o de lo que puñetas sea que pague facturas.
LAURA: Mientras por las tardes sigues buscando algo de “lo tuyo” sin tirar la toalla.
LAURA: Eso es dignidad pura y dura.
LAURA: Lo tuyo no es dignidad ni defensa de los derechos laborales.
LAURA: Lo tuyo es vagancia pura y dura a mi absoluta costa.
El silencio sepulcral vuelve a reinar con tiranía en la cocina de los horrores.
Esta vez es un silencio extremadamente pesado, denso, radiactivo.
La palabra “vagancia” resuena rebotando con violencia en los azulejos blancos y amarillentos por la grasa.
Marcos se queda totalmente paralizado, con los hombros caídos.
Se le ha borrado de golpe el rictus irónico a la defensiva que lucía hace un minuto.
En su lugar, en su rostro asoma una mezcla incontrolable de dolor crudo e ira reconcentrada.
MARCOS: ¿Vagancia?
MARCOS: ¿Me estás llamando vago en mi puta cara de forma tan gratuita?
LAURA: Te estoy llamando exactamente por el nombre de lo que veo con mis propios ojos todos los malditos días.
LAURA: Me levanto a las siete de la mañana cuando aún es de noche cerrada en invierno.
LAURA: Te dejo roncando a pierna suelta envuelto en el nórdico.
LAURA: Llego a casa pasadas las ocho de la tarde muerta de asco y dolor de pies.
LAURA: Y te encuentro exactamente en la misma postura horizontal, pero trasladado al sofá del salón.
LAURA: ¿Cómo cojones quieres que lo llame para que no te ofenda tu delicada sensibilidad? ¿Inercia existencial profunda y meditativa?
MARCOS: Eres increíblemente cruel, Laura.
MARCOS: De verdad te lo digo, de corazón.
MARCOS: Tienes una falta de empatía que asusta al más pintado.
MARCOS: No tienes ni la más remota idea de lo que supone psicológicamente echar decenas de currículums todos los días en un agujero negro.
MARCOS: Que no te contesten jamás a los correos electrónicos.
MARCOS: Que te ignoren por completo tras rellenar formularios de sesenta páginas.
MARCOS: Que hagas una entrevista final estupenda y te digan luego que estás “sobrecualificado” para no pagarte más.
MARCOS: Y que a la siguiente semana te digan en otra empresa que te “falta experiencia en este software súper específico que salió ayer”.
MARCOS: Es demoledor para la cabeza, Laura, te lo juro.
MARCOS: Te destruye la autoestima pieza por pieza hasta dejarte en los huesos.
Laura afloja un poco la inmensa tensión acumulada en sus hombros agarrotados.
Sabe en el fondo de su corazón que hay parte de dolorosa verdad en el discurso de Marcos.
Ha visto a Marcos llorar de pura frustración en la cama los primeros meses de desempleo.
Ha visto la ansiedad devoradora en sus ojos castaños cuando miraba el saldo de la cuenta bancaria menguante a fin de mes.
Pero de aquella época de lucha activa hace ya muchísimo tiempo.
La tristeza inicial se transformó lentamente en una apatía devoradora y silenciosa.
Y esa apatía se ha solidificado en una costumbre de hierro casi imposible de romper.
LAURA: Lo sé, Marcos, créeme que lo sé.
LAURA: Sé perfectamente que es duro, durísimo sentirte rechazado por el sistema.
LAURA: Te he apoyado incondicionalmente los primeros seis meses de este calvario.
LAURA: Te he dicho mil veces que no te agobiaras en exceso, que teníamos buenos ahorros guardados.
LAURA: Te he animado antes y después de cada entrevista de mierda por videollamada.
LAURA: Pero la cuenta de ahorros compartida ya no existe, se ha esfumado.
LAURA: Me fundí literalmente todos mis ahorros personales para pagar los meses que tu puto paro no cubría los gastos fijos.
LAURA: Y ahora mismo, en este preciso instante, estamos viviendo colgando de un hilo, a un solo sueldo de distancia de la puta ruina absoluta.
Marcos clava la mirada evasiva en el suelo grasiciento de la cocina.
Una baldosa cuadrada tiene una pequeña grieta sucia cerca del rodapié de madera inflada por la humedad.
De repente, esa simple grieta se convierte en el elemento más fascinante de todo el universo para él.
MARCOS: El subsidio del paro se me acabó definitivamente en diciembre del año pasado.
MARCOS: Llevamos solo cinco meses apretados económicamente, tampoco es el fin del mundo ni vamos a morir de hambre en la calle.
LAURA: ¿Cinco meses apretados, dices?
LAURA: Marcos, por el amor de Dios, abre los ojos, no he ido a la peluquería a cortarme las puntas en medio año.
LAURA: Llevo la misma ropa interior descolorida de Primark que ya parece papel de fumar de lo fina que está.
LAURA: Hemos cancelado las vacaciones de verano al pueblo sin excusas claras para mi familia.
LAURA: Y cada maldita vez que voy al Mercadona a por básicos, sudo frío por la espalda al pasar la tarjeta contactless por el datáfono.
LAURA: Eso no es estar “apretados” y esperar tiempos mejores.
LAURA: Eso es sobrevivir de puto milagro haciendo malabares contables todos los días veinticinco.
MARCOS: Bueno, joder, pues bajaré el listón de exigencia entonces.
MARCOS: Buscaré algo rápido de camarero sirviendo cañas o de lo que haga falta.
MARCOS: Si es lo único que quieres oír para calmarte, te lo digo ahora mismo.
MARCOS: Mañana a primera hora me voy a repartir pizzas en un ciclomotor.
El tono de voz de Marcos no destila ni una pizca de sumisión genuina.
Es puramente un tono de desafío infantil, hiriente e inmaduro.
El clásico tono del adolescente rebelde que promete recoger su cuarto destrozado solo para que sus padres le dejen en paz y cierren la puerta.
LAURA: No quiero que me lo digas de boquilla para que me calle.
LAURA: Quiero que lo hagas de una maldita vez por todas.
LAURA: Pero llevas repitiendo como un loro la mágica frase de “buscaré otra cosa temporal” desde principios de febrero.
LAURA: Y te recuerdo que estamos a mediados de mayo y haciendo un calor de mil demonios.
LAURA: Y hoy mismo, un simple martes por la tarde laborable, te he pillado en el sofá ensayando intensivamente para ser un experto mundial en hibernación.
MARCOS: ¡Que estaba jodidamente cansado, joder, déjame en paz!
MARCOS: ¡No se puede estar descansando diez minutos en esta puñetera casa sin que te organicen un juicio sumarísimo inquisitorial!
LAURA: ¡Cansado de qué exactamente!
LAURA: ¡Dímelo, por favor, ilumíname con tu inmensa sabiduría!
LAURA: ¿De respirar el oxígeno del salón?
LAURA: ¿De pensar profundamente en lo terriblemente injusto que es el sistema capitalista moderno mientras te rascas la barriga?
Marcos da un fuerte golpe violento con la palma de la mano derecha abierta y plana sobre la encimera.
El sonido es extremadamente agudo, seco y hostil.
Hace temblar visiblemente los pequeños tarros de cristal de las especias de la balda superior.
MARCOS: ¡Estoy absoluta y profundamente harto de que me trates a diario como a un niño pequeño, retrasado e inútil!
MARCOS: ¡Tengo mi ansiedad diagnosticada, mis problemas internos, mi puta cabeza que no para de dar vueltas por las noches!
MARCOS: ¡Pero claro, como no llego a casa tosiendo y sangrando después de una jornada de catorce horas en una mina de carbón asturiana, mi cansancio mental no es válido para su majestad!
Laura no se inmuta lo más mínimo ante el golpe de macho herido en la mesa.
Está demasiado drenada emocionalmente para asustarse de las pataletas de su pareja.
LAURA: Tu dichoso cansancio mental sería perfectamente válido y comprensible si de verdad estuvieras intentando trepar para salir del pozo.
LAURA: Pero la triste realidad es que has empapelado y decorado el fondo del pozo a tu gusto.
LAURA: Has puesto una conexión estable de fibra óptica con buen wifi en tu pozo.
LAURA: Y ahora exiges imperiosamente que yo baje cada tarde puntual con la merienda preparada para que no te falte de nada.
Esa elaborada y cruel metáfora golpea a Marcos con muchísima más fuerza devastadora que cualquier insulto directo a su inteligencia.
Abre la boca secamente para contestar una brutalidad, pero mágicamente no le sale la voz de la garganta.
Sabe con aterradora certeza que Laura acaba de dar en la mismísima diana psicológica de su problema.
Se ha acomodado peligrosamente en el papel protagonista de su propio sufrimiento.
Es muchísimo más fácil y reconfortante ser la triste víctima de un sistema laboral injusto que enfrentarse a la humillación del rechazo diario.
Es abrumadoramente más cálido y seguro el cojín del sofá que la fría y competitiva calle madrileña.
Pero la crudísima realidad que evita mirar es que ese calor hogareño lo está pagando con el sudor de su frente otra persona.
PARTE 3
MARCOS: Yo hago cosas útiles por el mantenimiento de la casa.
Es un contraataque desesperadamente débil, frágil y genuinamente patético.
Él mismo nota la vergüenza ajena de su argumento nada más pronunciar la última vocal.
LAURA: ¿Ah, sí? Me dejas de piedra.
LAURA: ¿Cosas imprescindibles como qué, por ejemplo?
MARCOS: Pongo todas las lavadoras semanales separando la ropa blanca de la de color.
MARCOS: Friego concienzudamente los platos y las sartenes después de comer yo solo.
MARCOS: Mantengo esto medianamente recogido y limpio el polvo de los muebles.
LAURA: Marcos, por favor, aterriza, vivimos hacinados en un maldito piso interior de cincuenta y cinco metros cuadrados escasos.
LAURA: Poner el programa rápido de una lavadora y darle con el dedo al botón de encendido de un lavavajillas no convalida una jornada laboral completa.
LAURA: No te equivoques, no te estoy pidiendo llorando que seas mi amo de casa perfecto y sumiso.
LAURA: Te estoy pidiendo a gritos silenciosos que seas mi puto compañero de vida real.
LAURA: Y un compañero de vida de verdad empuja con todas sus fuerzas el puto carro cuesta arriba cuando el otro compañero no puede tirar más.
LAURA: Y yo, Marcos, te lo digo mirándote a los ojos, ya no puedo más con esta carga.
Las últimas y definitivas palabras salen de la boca reseca de Laura con un temblor húmedo y casi imperceptible en la afinación.
Ya no hay gritos estentóreos en este punto de la conversación.
Ya no hay rastro de sarcasmo ni fina ironía madrileña.
Solo hay un agotamiento visceral, puro, opresivo y profundamente enraizado en sus huesos.
El agotamiento crónico de quien lleva meses sosteniendo la pesada carga financiera, logística y emocional de dos personas adultas en una sola espalda.
Marcos nota inmediatamente el drástico cambio de tono en las frecuencias vocales de su novia.
Ese sutil temblor de debilidad en la voz de Laura le asusta infinitamente más que todos sus gritos e insultos anteriores.
Es el sonido inconfundible del chasquido del desgaste letal del material estructural que sostiene los cimientos de la relación.
MARCOS: Cariño… por favor escúchame.
LAURA: No. Te prohíbo que me digas la palabra cariño ahora mismo.
Laura se aparta físicamente de la encimera de granito, interponiendo distancia de seguridad.
Deja abandonadas a su suerte las dos últimas bolsas de tela sin vaciar en el suelo.
LAURA: Estoy saturada y harta de tus infinitas excusas baratas.
LAURA: Estoy dolorosamente harta de sentirme como una bruja amargada y controladora cada maldita vez que cruzo esa puerta y te pregunto qué tal te ha ido el día.
LAURA: Porque sé con antelación que la respuesta que me vas a dar va a ser una descarada mentira piadosa o una evasiva cobarde.
LAURA: Me estás mintiendo en toda mi puta cara, Marcos, y te crees que soy imbécil.
LAURA: Mientes descaradamente con tus patéticas siestas falsas frente a la tele.
LAURA: Mientes de forma sistemática con los currículums fantasmas que dices enviar.
LAURA: Y lo peor y más triste es que te mientes a ti mismo pensando ilusoriamente que esta dinámica de garrapata es sostenible a largo plazo.
MARCOS: Te juro por lo más sagrado que mañana mismo a primera hora me apunto a una ETT en el centro.
LAURA: ¿Por qué mañana a primera hora?
LAURA: ¿Por qué no te inscribiste hoy a las diez de la soleada mañana?
LAURA: Ah, espera un momento, ya me acuerdo del motivo.
LAURA: Porque a las diez de la mañana estabas concentradísimo viendo un vídeo larguísimo sobre cómo cocinar “pulled pork” estilo texano en la olla de cocción lenta.
Marcos se pone rojo escarlata de la pura e intensa vergüenza que le recorre desde el cuello hasta la raíz del pelo.
LAURA: Sí, cariño, tenemos el maldito historial de YouTube de tu tablet sincronizado en la televisión del salón, genio de la informática.
El golpe de gracia final y humillante a la poca dignidad ficticia que intentaba mantener erguida a base de gritos.
La tecnología moderna, esa que afirmaba dominar, desmintiendo de forma empírica e irrefutable su fachada de profesional proactivo en búsqueda activa de empleo.
MARCOS: Vale, sí, tienes razón, he procastinado y perdido un poco el tiempo de forma estúpida hoy.
LAURA: Hoy, ayer, anteayer, la semana pasada entera y el mes completo de abril sin excepción.
Laura camina decidida hacia el oscuro pasillo que lleva a las habitaciones.
Necesita huir y salir de esa asfixiante cocina inmediatamente antes de decir alguna atrocidad de la que no se arrepienta, pero que dinamite y rompa el puente de comunicación definitivamente para siempre.
MARCOS: ¿A dónde coño vas ahora dejándome con la palabra en la boca?
LAURA: A darme una ducha larga de agua hirviendo.
LAURA: A intentar quitarme de encima el asqueroso olor a sudor de metro y a pura y dura frustración vital.
LAURA: Guarda el resto de la maldita compra tú solito en los armarios, que ya tienes edad.
LAURA: Tómalo como un trabajo digno, relajado y acorde a tu extenso currículum.
Laura desaparece como una exhalación por el estrecho pasillo sin encender las luces.
La puerta de madera del baño se cierra con un clic firme y metálico, afortunadamente sin portazo peliculero.
Marcos se queda completamente solo en el epicentro de la cocina destrozada emocionalmente.
Rodeado de vulgares cartones de leche semidesnatada, tristes botes de legumbres cocidas y la terrible, abrumadora e innegable evidencia física de su patética inactividad crónica.
Se apoya de espaldas dejándose resbalar ligeramente contra la puerta blanca de la nevera combi.
El motor eléctrico del viejo frigorífico zumba ruidosamente a sus espaldas, vibrando molesto contra su espina dorsal.
Pasa una mano temblorosa por su pelo castaño oscuro, un pelo que necesita desesperadamente un corte urgente de maquinilla.
Un simple corte de pelo de barrio que apenas cuesta doce míseros euros en la peluquería de enfrente.
Doce euros que ahora mismo le parecen, en su cabeza de parado, una grandísima inversión de alto riesgo financiero que no se puede permitir.
Mira fijamente y con asco el paquete de pechugas de pollo sanguinolentas que ha quedado olvidado sobre la encimera brillante.
Lleva pegada una enorme etiqueta amarilla fluorescente de descuento por pronta caducidad.
De las que caducan al día siguiente y están de oferta tiradas de precio para que alguien se las lleve.
Laura, su pareja con carrera, comprando carne a punto de pasarse de fecha para poder ahorrar un triste euro con veinte céntimos en la cesta de la compra semanal.
Mientras él, el gran profesional exigente, invertía su valioso tiempo matutino investigando en YouTube la sofisticada cocción a baja temperatura de carnes gourmet importadas.
La aplastante y humillante ironía de la situación le golpea directamente en la boca del estómago como una patada física propinada por un profesional.
Cierra los ojos con muchísima fuerza buscando oscuridad.
La vergonzosa imagen de la siesta falsa del principio de la tarde vuelve a proyectarse en su mente.
Qué ser humano más absolutamente patético, inútil y cobarde se siente ahora mismo.
Fingir estar profundamente descansando para ocultar patéticamente que, en la más cruda realidad, está exhausto de no hacer absolutamente nada útil con su vida.
El cansancio provocado por la inercia absoluta es el peso más aplastante de todos los cansancios conocidos por el hombre moderno.
Empieza a guardar los productos de las bolsas de tela mecánicamente, como un robot sin alma.
Abre la puerta del armario de la pequeña despensa.
Mete la pasta en el segundo estante de arriba, alineando los paquetes de colores.
Esconde el bote de tomate frito barato justo detrás de las latas rojas de atún en aceite de girasol.
Cada mínimo movimiento de sus manos es un doloroso recordatorio punzante de la cruda discusión de hace dos minutos.
“Vagancia pura a mi costa”.
La terrible y cruel frase se ha clavado profunda y permanentemente en la corteza de su cerebro.
Lo peor del asunto no es el hecho de que ella, en un arrebato de ira, lo haya dicho en voz alta.
Lo peor y más terrorífico es que él mismo sabe positivamente que es la puta verdad.
Había empezado su nueva etapa de parado con unas intenciones buenísimas y admirables, hace justo un año atrás.
Se levantaba disciplinadamente a las ocho en punto de la mañana a la vez que ella sonaba el despertador.
Se vestía con pantalones vaqueros, se preparaba un café cargado y se sentaba recto frente a la pantalla del portátil en el salón como si estuviera en una moderna oficina de coworking.
Tenía el perfil de LinkedIn profesional abierto y reluciente en una pestaña destacada del navegador.
La página principal de InfoJobs permanentemente actualizada en la otra pantalla.
Redactaba cartas de presentación personalizadas y elocuentes para cada una de las ofertas interesantes.
Investigaba a fondo la historia y valores de las empresas en internet antes de aplicar al puesto vacante.
Creía ciegamente y con ingenuidad en la meritocracia, en el sistema laboral lógico, en su propio e indudable valor como empleado.
Pero las malditas y largas semanas fueron pasando sin piedad.
El eterno y cobarde silencio administrativo de los departamentos de recursos humanos es un veneno lento, indetectable y letal.
Un automático “gracias por tu gran interés, pero hemos optado por otro candidato que se ajusta más al perfil requerido” recibido el viernes por la tarde duele.
Veinte silencios absolutos, helados y sin respuesta al mes, matan progresivamente el espíritu combativo más fuerte.
Y entonces llegó el gélido invierno madrileño.
El frío helador colándose por las ventanas, los días cortísimos y grises sin sol, el sofá del salón cada vez más cálido y tentador como el canto de una sirena.
Cambió gradualmente la ropa de calle por el chándal gris “solo para estar un ratito en casa más cómodo y calentito”.
Cambió disimuladamente la alarma de las ocho tempranas a las nueve tolerables.
Luego a las diez de los perezosos empedernidos.
Luego apagó y quitó directamente la alarma del móvil, porque se autoengañaba diciendo “¿qué coño de prisa hay si nadie en el mundo me espera en ningún sitio?”.
Se convirtió lentamente y sin darse apenas cuenta en el fantasma transparente de su propio y diminuto piso.
Y Laura, la pobre y resistente Laura, se convirtió forzosamente en su figura materna, en su cajero automático personal sin fondos y en su juez más severo e implacable.
PARTE 4
Marcos termina de guardar el último brick de leche que iba en la puerta de la nevera.
Escucha nítidamente el relajante sonido del agua cayendo con fuerza en el plato de ducha al fondo del pasillo.
Se imagina dolorosamente a Laura llorando a moco tendido bajo el chorro de agua caliente.
Es un clásico e histórico mecanismo de defensa de ella desde hace años.
Mezclar astutamente las lágrimas saladas con el agua corriente de la ducha para que nadie note nunca que ha estado llorando a solas.
Se acerca arrastrando los pies a la puerta cerrada del baño a paso muy lento y dubitativo.
Se detiene congelado a unos escasos centímetros de la madera pintada de blanco.
Levanta la mano derecha para tocar con los nudillos, pero la detiene suspendida en el aire caliente del pasillo.
¿Qué demonios de excusa le va a decir ahora a través de la puerta?
“¿Lo siento muchísimo, te prometo que mañana busco trabajo de verdad con todas mis fuerzas?”
Ya ha gastado ese inútil cartucho de pólvora mojada demasiadas y repetitivas veces en los últimos meses.
Las palabras vacías han perdido por completo su valor intrínseco en esa casa, igual que la moneda nacional en un país sudamericano con hiperinflación descontrolada.
Deja caer la mano inútilmente al costado de su muslo.
Da media vuelta cabizbajo y se dirige derrotado hacia el salón nuevamente.
El trágico escenario del crimen de su dignidad.
El dichoso sofá gris sigue exactamente ahí en medio, con la gran huella hundida de su cuerpo inerte en el cojín central.
La manta fina tirada desastrosamente arrugada a los pies del mueble.
El mando negro de la televisión boca abajo en la mesa de centro de cristal lleno de huellas dactilares.
Marcos agarra la manta de un tirón y la dobla con una repentina y obsesiva precisión neurótica alineando los bordes.
Luego ahueca a puñetazos los cojines aplastados, borrando frenéticamente la evidencia física de su profundo letargo existencial.
Se sienta de golpe en una silla de madera del comedor, manteniendo una postura firme, recta e increíblemente incómoda.
No quiere bajo ningún concepto que Laura salga limpia del baño y le encuentre otra maldita vez gravitando cerca del maldito sofá gris absorbente.
Abre la pantalla de su teléfono móvil con dedos temblorosos.
Entra con urgencia en la aplicación de InfoJobs.
Y esta vez no lo hace por postureo de cara a la galería, sino espoleado por un ataque de pánico real y visceral.
Busca desesperadamente en la barra superior tecleando: “Dependiente de tienda”, “Camarero de sala”, “Mozo de almacén nocturno”.
Olvida y borra permanentemente todos los filtros elitistas de “Estudios superiores universitarios” y “Salario mínimo aceptable de 25.000 euros brutos anuales”.
Es la hora definitiva de tragar el orgullo machista y morder el polvo sin miramientos.
Clic rápido, aplicar a la oferta del supermercado.
Clic ansioso, aplicar a la vacante de dependiente en una zapatería.
Clic desesperado, aplicar a repartidor de paquetería en furgoneta.
En escasos diez minutos febriles ha enviado más currículums urgentes que en todo el larguísimo y ocioso mes de abril.
Siente un diminuto alivio temporal y efímero, inmediatamente seguido de una vergüenza personal profundísima.
Si el proceso era tan insultantemente fácil y rápido de hacer, ¿por qué demonios no lo hizo hace tres largos meses de agonía económica?
Por su maldito ego inflado e irreal.
Por un pánico atroz a enfrentarse a un trabajo que íntimamente considera “inferior” y que demuestre al mundo que sus costosos años de carrera universitaria no han servido absolutamente para nada productivo.
Pero la sacrosanta dignidad laboral que reclamaba a gritos antes en la discusión de la cocina ahora le parece una broma pesadísima y de muy mal gusto.
Dignidad real es poder invitar sorpresivamente a tu novia trabajadora a comer una puta pizza un viernes por la noche lluvioso sin tener que mirar de reojo y con terror el saldo de la cuenta compartida en la app del banco.
El sonido constante del agua de la ducha de repente se apaga en seco.
El silencio sepulcral que invade el pasillo se vuelve extremadamente denso, espeso y tenso.
Marcos bloquea y apaga inmediatamente la pantalla brillante de su móvil.
Se queda mirando fijamente a la pared de enfrente que no tiene nada, con las dos manos entrelazadas con fuerza sobre la mesa de madera barata del comedor.
Espera sentado en el banquillo la sentencia y el veredicto final.
Espera a que Laura salga del baño y decida su suerte.
Pasa un angustioso y eterno minuto.
Pasan dos minutos que parecen horas.
Se escucha el sordo rugido del secador de pelo durante un brevísimo instante de tiempo.
Y luego, finalmente, se escucha el clic del picaporte al abrirse la puerta del baño.
Laura entra arrastrando las zapatillas en el salón con poca luz.
Lleva puestos unos pantalones largos de pijama de algodón muy desgastados y una vieja camiseta gigante de color blanco de propaganda.
Tiene el pelo mojado rudimentariamente recogido en un moño altísimo y desordenado.
Los ojos están ligeramente enrojecidos e hinchados por debajo, confirmando al cien por cien las tristes sospechas de Marcos sobre el llanto bajo el agua.
Ella le mira fijamente desde lejos, viéndole sentado tenso en la silla de tortura del comedor.
Ve y analiza en un milisegundo el esfuerzo sobrehumano y ridículo del chico por no acercarse ni un milímetro a la zona de confort del dichoso sofá.
A pesar de toda la rabia hirviente que siente, siente una pequeñísima e indeseada punzada de lástima en el estómago.
Y ella sabe mejor que nadie que la lástima es exactamente el último sentimiento que quieres sentir por tu compañero de vida.
La lástima constante mata el deseo sexual, dinamita el respeto mutuo y finalmente asesina el amor verdadero, exactamente en ese triste orden cronológico.
LAURA: ¿Has guardado todo lo de la compra que se podía estropear?
MARCOS: Sí, claro. Todo está perfectamente en su sitio correspondiente.
Su voz de respuesta suena extraordinariamente pequeña, aguda y desprovista de toda la chulería arrogante anterior.
Laura asiente muy lentamente y sin mirarle a los ojos.
Camina directamente hacia el grifo de la cocina a servirse un vaso de agua del tiempo.
Marcos la sigue hipnotizado con la mirada como un perro apaleado.
MARCOS: Laura… te lo suplico.
LAURA: Ahora no me digas nada, Marcos, por el amor de Dios, te lo pido por favor.
LAURA: No tengo un solo gramo de energía vital de reserva para afrontar la segunda parte de esta extenuante conversación.
LAURA: Mañana madrugo a las seis y media para fichar en la oficina.
MARCOS: Solo quiero decirte una sola cosa rapidísima y me callo.
Laura se detiene petrificada con el vaso de agua a medio llenar debajo del grifo.
Cierra bruscamente la llave del agua.
Suspira con una pesadez infinita, dándole la espalda rígida desde el otro lado de la barra americana.
LAURA: Dime qué quieres decir de una vez por todas.
MARCOS: Tienes muchísima razón.
MARCOS: Tienes razón en absolutamente todo lo que me has soltado en la cara.
MARCOS: Me he convertido en un puto lastre humano e inservible.
Laura se gira muy despacio apoyando la cadera en el mueble bajo.
Claramente no esperaba una rendición total e incondicional tan insultantemente rápida en este debate histórico.
MARCOS: Y siento muchísimo, desde el fondo de mi alma, que tengas que cargar sola con esta mochila asfixiante que soy yo.
MARCOS: Acabo de echar currículums de verdad para la reposición en el Carrefour, para mozo en el Zara y para tres empresas asquerosas de limpieza industrial de noche.
MARCOS: Y te juro que mañana a las nueve imprimo una docena de copias en papel y me voy a patear todos los bares de tapas del centro dejándolos en barra.
Laura le mira profunda y fijamente analizando sus pupilas.
Desea con todas sus fuerzas creer en la repentina sinceridad de esas palabras desesperadas.
Su exhausto corazón enamorado necesita desesperadamente creerle para no romper en pedazos la relación esta misma noche de martes.
Pero su lógico cerebro adulto, cruelmente entrenado por un año entero de decepciones, retrasos y excusas constantes, le pone el freno de mano automático a la esperanza.
LAURA: Me alegro mucho de oír eso, Marcos.
LAURA: De verdad que me alegro sinceramente si es verdad.
LAURA: Pero las bonitas palabras se las lleva el viento enseguida, y a estas duras alturas de la película, el viento que sopla en esta casa tiene categoría de huracán destructivo.
LAURA: Ya no me sirven tus promesas, necesito hechos palpables urgentemente.
MARCOS: Los vas a tener sin falta.
MARCOS: Te prometo por lo que más quieras que los tendrás esta misma semana.
Laura da un sorbo cortísimo al agua del vaso.
Deja el cristal sobre la encimera y se apoya cruzando de nuevo los brazos con gesto de frío.
LAURA: Sabes qué pasa en el fondo, Marcos, ¿lo sabes de verdad?
LAURA: Que el problema central de nuestra ruptura inminente ya no es solo la puta falta de dinero para llegar a fin de mes.
LAURA: El grandísimo problema es tener que verte cómo te marchitas pudriéndote aquí dentro día tras día.
LAURA: Verte perder aceleradamente el brillo en los ojos, la ambición personal por mejorar, las ganas de hacer cualquier cosa en la vida.
LAURA: Yo me enamoré perdidamente de un tío valiente que tenía planes de futuro increíbles, de alguien que se comía el mundo a bocados.
LAURA: Y ahora tristemente convivo bajo el mismo techo con alguien que hace ridículos simulacros de siesta en el sofá para no tener que enfrentarse conscientemente a la tarde.
La mención directa y dolorosa a la bochornosa siesta falsa escuece horrores, pero Marcos traga saliva y la acepta con absoluta e inaudita humildad en él.
MARCOS: Lo sé perfectamente, Laura, perdóname.
MARCOS: Me he dejado llevar miserablemente por la corriente del fracaso.
MARCOS: Me entró un pánico paralizante al principio de no encontrar trabajo rápido, y luego… luego la apatía inmensa del sofá simplemente me tragó vivo y me dejé comer.
MARCOS: En mi estupidez pensaba que, al no gastar casi dinero saliendo de casa, mi inactividad total era algo neutral que no te afectaba directamente a ti.
MARCOS: Pero ahora entiendo cristalino que te estoy arrastrando y hundiendo en la más profunda mierda a ti conmigo.
LAURA: Es que tener que sostener a pulso a alguien que no quiere bajo ningún concepto sostenerse a sí mismo es agotador física y mentalmente.
LAURA: Y te quiero con locura, Marcos.
LAURA: Te quiero muchísimo y me duele el alma estar así contigo.
LAURA: Pero debes entender que el amor ciego no paga las malditas facturas del gas en invierno.
LAURA: Y el amor más puro del mundo no sobrevive jamás al asqueroso resentimiento de pareja.
LAURA: Y estoy empezando a sentir un resentimiento negrísimo hacia ti, Marcos, te lo juro.
LAURA: Cada puto día que llego derrotada de la oficina y te veo ahí tumbado rascándote, me da una rabia asesina por dentro.
LAURA: Y empezar a odiar en secreto a la persona a la que profundamente amas es, sin lugar a dudas, el principio del fin de cualquier historia.
Marcos se levanta despacio y con cuidado de la dura silla del comedor de madera.
Da un paso corto, lento y tentativo acercándose hacia el límite invisible de la cocina.
Ella no retrocede con miedo, pero tampoco abre mínimamente los brazos en señal de bienvenida física o de tregua emocional cálida.
Se queda estática a medio metro escaso de distancia de él, respetando escrupulosamente el gigantesco campo de fuerza invisible que la brutal discusión acaba de generar en medio de la estancia.
MARCOS: No quiero bajo ningún concepto que lleguemos al trágico fin de lo nuestro por culpa de mi imbecilidad y cobardía.
MARCOS: Eres literamente y sin exagerar lo único bueno y puro que me queda en pie ahora mismo en mi asquerosa vida.
LAURA: No me pongas jamás en la vida esa inmensa y tóxica presión emocional encima de mis espaldas, por favor te lo pido.
LAURA: Yo no puedo ni debo ser tu único y exclusivo salvavidas emocional en este naufragio constante en el que vives anclado.
LAURA: Tienes que salir ahí fuera a la puñetera calle, Marcos.
LAURA: Tienes que moverte, que te dé la luz del sol en la cara, que hables con gente diferente aunque sean extraños.
LAURA: Aunque sea sirviendo cafés asquerosos a un euro y medio en la terraza de un bar de abuelos de mala muerte del barrio.
LAURA: Hacer eso te devolverá una rutina sana y unos horarios.
LAURA: Te devolverá el golpe brutal de contacto con la cruda realidad del mundo que gira ahí fuera ajeno a tus crisis existenciales.
MARCOS: Te lo prometo, mañana empiezo la guerra de nuevo.
MARCOS: De verdad de la buena, confía en mí una última vez.
MARCOS: A las ocho de la mañana en punto estoy en pie, duchado, afeitado y con la armadura puesta para salir a comerme la mierda que haga falta.
Laura esboza un amago de media sonrisa torcida, muy triste, increíblemente cansada, pero desprovista ya totalmente de cualquier malicia hiriente o burla.
LAURA: Veremos si es verdad cuando suene el gallo.
LAURA: Voy a hacerme rápido una triste tortilla francesa de dos huevos, me la como y me voy directa a dormir a la cama.
LAURA: ¿Quieres tú también una o ya has cenado viendo los documentales?
Es una pequeñísima, casi invisible y humildísima oferta de paz blanca.
Una minúscula, inofensiva e intrascendente bandera blanca ondeando en el campo de minas.
Compartir juntos la cena casera, aunque sea la cena más pobre, cutre y triste de un vulgar martes madrileño a final de mes.
MARCOS: No te preocupes de nada, la hago yo ahora mismo en un minuto.
MARCOS: Siéntate un rato y descansa esos riñones que te van a matar del dolor.
MARCOS: Pon la tele si quieres desconectar o ver las noticias de la noche.
Laura duda enormemente por un interminable segundo, debatiendo entre mantener el enfado militante o claudicar al puro cansancio muscular y óseo.
Pero el intenso y agudo dolor en las lumbares machacadas tras estar de pie en el metro le gana por goleada la batalla a la desconfianza intelectual y al orgullo femenino herido.
Asiente muy levemente con la cabeza resignada y sale arrastrando los pies de la zona de guerra de la cocina hacia el falso refugio del salón oscuro.
Marcos abre raudo la puerta de la nevera y saca rápido dos huevos blancos camperos del cartón barato.
Pone la sartén antiadherente negra al fuego vitrocerámico fuerte con una calculada gota de aceite de oliva refinado del barato.
Escucha silencioso desde la cocina cómo Laura enciende la televisión pulsando el mando con desgana en el sofá.
Irónicamente e inevitablemente, vuelve a sonar a todo volumen la clásica y reconocible sintonía del eterno documental nocturno de La 2 de Televisión Española.
Esta vez, afortunadamente, no hay ciervos saltando praderas infinitas ni perezosos leones durmiendo bajo acacias africanas.
Es algo aburridísimo y monótono sobre la ruta de la arquitectura románica y las iglesias de piedra en los fríos pueblos despoblados de la remota Castilla y León.
Marcos bate frenéticamente los dos huevos con un tenedor de metal, escuchando el rítmico clan-clan contra los bordes del plato hondo blanco de duralex mientras su cerebro carbura a mil por hora.
Mientras el amarillo huevo cuaja lentamente en la sartén caliente burbujeando aceite, la inmensa e invisible gran pregunta final vuelve a flotar en el denso ambiente con fuerte olor a fritura de aceite usado.
La terrorífica pregunta que nunca han llegado a verbalizar de forma directa con esas exactas palabras de diccionario, pero que está pintada con letras de sangre en cada una de las finas paredes de pladur del diminuto piso de alquiler abusivo.
¿Cuánto tiempo exacto en meses, semanas o días es moral y éticamente aceptable mantener económicamente viva a una pareja adulta y sana que sencillamente no encuentra ningún tipo de trabajo remunerado en la ciudad?
El idílico y tradicional contrato social de las parejas de enamorados dice firmemente “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la extrema pobreza”.
Pero absolutamente nadie en el mundo real te especifica dónde empieza y dónde acaba la letra pequeña de ese contrato verbal o matrimonial antes de firmar con sangre.
Nadie te cuenta de antemano que la bellísima y melancólica pobreza romántica descrita en los libros de poesía no se parece en nada a la precariedad económica asfixiante, humillante y destructora de nervios de las crisis del siglo veintiuno.
Nadie te advierte seriamente de joven de que el amor incondicional es un motor bellísimo y sumamente potente, pero que a la larga funciona única y exclusivamente con el carísimo combustible fósil de la profunda admiración mutua y del doloroso esfuerzo compartido a partes iguales.
Si uno de los dos tripulantes deja permanentemente de remar con los remos, el pequeño bote no solo se detiene flotando en el agua salada, sino que empieza inevitablemente a hundirse hacia las frías profundidades arrastrado por el insoportable peso muerto del pasajero inactivo que solo mira el paisaje en modo pasivo.
¿Son acaso seis meses de margen sin encontrar nada algo medianamente lógico y razonable en el contexto de este país?
¿Es exactamente doce meses, un año solar o trescientos sesenta y cinco días el punto crítico y exacto donde la infinita paciencia cristiana se convierte mágicamente en flagrante explotación emocional consentida y en parasitismo de manual?
¿O acaso todo depende única y exclusivamente de la actitud diaria de lucha y no del temido calendario que cuelga en la pared de la nevera?
Si Marcos estuviera sudando sangre y deslomándose a patear calles para buscar un miserable hueco laboral, echando humo negro por los oídos y ojeras hasta el suelo de puro cansancio y estrés de rechazos diarios, entonces la asfixiante pobreza compartida sería vista como un poderoso y despiadado enemigo exterior común contra el que hay que luchar fuertemente y espalda con espalda sin cuartel.
Pero la inactividad diaria, las mentiras piadosas como la siesta fingida y la desgana constante convierten a la odiada pobreza en un arma punzante, cruel y cargada que uno de los dos dispara de forma alevosa y a quemarropa directo al corazón del otro miembro sano.
Marcos dobla por fin la tortilla francesa con la espátula de madera desgastada intentando que no se rompa por el centro jugoso.
La sirve humeante repartiéndola en dos platos blancos baratos y rayados.
Corta con prisa y torpeza dos trozos desiguales de pan duro de la reseca barra que compró en su única y aventurera excursión del largo e infructuoso día en zapatillas.
Coge firmemente ambos platos calientes equilibrándolos y camina con cuidado hacia la penumbra del salón.
Laura sigue sentada en su sitio en el extremo derecho del sofá gris, pero afortunadamente no está tumbada escurriéndose hacia la comodidad y la derrota final del sueño.
Se mantiene increíblemente recta, firme, con la espalda despegada del respaldo, mirando el lento reportaje sobre los polvorientos pórticos de las iglesias medievales con los ojos vacíos, muy oscuros y muy cansados, pero todavía alertas como un soldado que no se rinde ante el enemigo invisible.
Le tiende el plato con la tortilla sencilla, el trozo de pan de ayer y el tenedor de acero.
LAURA: Gracias, de verdad que no me apetecía cocinar ahora mismo.
Ambos empiezan a masticar y comen en el más absoluto y sepulcral de los silencios, compartiendo hombro con hombro el mismo escaso metro cuadrado del mueble, pero manteniéndose mentalmente a millones de inalcanzables kilómetros de lejana distancia emocional el uno del otro en este trágico momento vital.
El leve, constante y metálico sonido de los tenedores chocando tímidamente contra la dura loza de los platos es absolutamente lo único que compite sonoramente en la sala con el engolado y monótono narrador de la televisión que habla sobre arcos de medio punto y bóvedas de cañón en monasterios abandonados en la montaña del norte.
Marcos mastica, traga y pasa un bocado de tortilla seca con dificultad raspando su garganta.
Gira levemente la cabeza y mira de reojo constante y calculador a la inescrutable Laura a su lado izquierdo.
La tenue, fría y parpadeante luz azulada que emite la gran pantalla del televisor plano ilumina fantasmagóricamente todo su afilado perfil cansado dibujando unas profundas sombras oscuras debajo de sus pómulos marcados por el estrés sostenido de mantener a flote este humilde hogar de pladur del extrarradio.
Él sabe muy dentro de sus vísceras, con la absoluta y aterradora certeza de las grandes y definitivas verdades reveladas e incuestionables de la vida adulta y dura, que se está jugando literalmente las últimas monedas oxidadas y los minutos finales del tiempo de descuento sin árbitro en la supervivencia frágil y precaria de esta larguísima relación sentimental que lo es todo para él.
Que el grueso y confortable colchón viscoelástico de la gracia matrimonial, de la inagotable paciencia infinita de las mujeres enamoradas y del romanticismo ciego y sordo se ha quemado hasta las putas y amargas cenizas por culpa de su gigantesca inacción pasiva y egoísta alimentada por las mentiras absurdas de su orgullo frágil de macho herido.
Mañana, inamoviblemente, como una condena o como una salvación, el ruidoso despertador del viejo teléfono móvil de Laura sonará chillando de nuevo de forma implacable a las frías y temibles siete de la mañana en punto.
Y mañana, se promete férreamente bajo juramento sagrado a sí mismo por vez primera en la escalofriante cifra de trescientos sesenta y cinco días tirados vergonzosamente por la borda a la basura del olvido y la inutilidad supina, el puto teléfono móvil suyo de la marca barata sonará con fuerza idéntica y estruendosa a la misma e implacable hora que el de su exhausta y fuerte compañera de la guerra moderna.
O por lo menos, de momento, valientemente eso mismo se está prometiendo a sí mismo para intentar dormir, mientras la espesa y tóxica contaminación y la profunda noche fría y silenciosa de Madrid cae lenta e inescrutablemente como una losa pesada sobre la inmensa ciudad dormida.
Cerrando con un simple clic definitivo otro tenso día de mentiras absurdas, revelaciones crueles, choques de trenes verbales y otra falsa e hipócrita tregua tensa firmada debajo del mismo agrietado techo alquilado que ha sido religiosamente pagado con la sangre y el sudor de las espaldas de uno solo de ellos, pero descaradamente y egoístamente habitado por los cuerpos físicos y pesados de los dos hasta el día de hoy sin remedio ni pudor alguno.
La vergonzosa siesta fingida de ridículos veinte minutos robados al tiempo y a la culpabilidad ya no es para nada una puta e infantil opción ni una broma con la que jugar al escondite detrás de los cojines manchados en horario de sobremesa en esta casa rota.
Porque hay sueños oscuros y autoengaños de los que siempre cuesta demasiado despertar antes de que sea inevitablemente tarde para salvar nada de las llamas purificadoras, y crudas e infelices pesadillas cotidianas con cifras de euros rojos a fin de mes que es muchísimo mejor y de más hombres de verdad enfrentar de pie, mirando a la cara y dando la puta y digna cara contra el viento de cara en las peligrosas y duras calles llenas de asfalto gris y esperanza resbaladiza de la capital de España a primera hora con un currículum manchado y sudado fuertemente agarrado en las manos cerradas.
La enorme pantalla plana muestra sin piedad los blancos y aburridos créditos finales del inútil documental sobre iglesias olvidadas de piedra en medio del silencio del salón.
La solitaria, oscura y fría noche urbana envuelve por completo el pequeño, humilde y cargado piso exterior, silenciando el exterior para dejar a los dos cansados náufragos sentimentales fuertemente aferrados por puro instinto de supervivencia al ultimísimo trozo de madera de pino flotante de lo que antaño fue un poderoso e inhundible barco llamado su orgullosa relación de pareja.
El futuro inmediato mañana por la mañana que les espera acechando en las sombras detrás de la puerta acorazada del piso es aterradoramente incierto, abrumadoramente oscuro, absolutamente precario e implacable como una fiera salvaje hambrienta.
Pero el implacable reloj digital rojo que parpadea sobre la sucia y grasienta puerta del viejo microondas roto sigue implacablemente corriendo y restando los preciosos segundos, marcando el absoluto fin inapelable del último y alargado periodo de gracia y prueba de la antaño considerada paciencia infinita y dorada de una mujer completamente exhausta y seca de amor.
El paro del INEM sin prestaciones puede llegar a ser considerado como un desafortunado evento muy temporal de bache de la complicada y globalizada vida moderna y hostil.
Pero el amor y el respeto del que come contigo cada noche, sometido sin piedad bajo la presión asfixiante y constante de la mentira acomodada, del egoísmo y de la falta de dinero para las necesidades vitales del supermercado de barrio, siempre tiene de manera inevitable una trágica, rápida y silenciosa fecha final e inexorable de caducidad en sus espaldas rotas.
Y a partir de ahora, y para siempre, solo y exclusivamente el asustado y errático Marcos, armado débilmente con un despertador barato que tiene que ser ajustado cruelmente, dolorosamente a las malditas y aterradoras siete de la putísima y helada madrugada y la cruel, ancha y salvaje calle exterior llena de lobos esperando para devorarlo por sus debilidades y sus lagunas curriculares, decidirá de motu propio y si de verdad se atreve a ser un hombre pleno en todos los sentidos, si por fin ese último límite trazado hoy se cruza definitivamente hacia la destrucción o si la desesperada, heroica, honorable y dura lucha compartida con su amada compañera vuelve a empezar de cero, mañana, al alba, como de verdad debe ser.