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La pantalla del móvil se ilumina sobre la mesa de cristal del salón.

La pantalla del móvil se ilumina sobre la mesa de cristal del salón.

Es un destello breve.

Sutil.

Casi inofensivo.

Pero en la oscuridad del piso de setenta metros cuadrados en el barrio de Hortaleza, ese destello parece un relámpago.

Un relámpago que precede a una tormenta perfecta.

Silvia está sentada en el extremo derecho del sofá.

Lleva puestos sus pantalones de pijama grises, esos que tienen bolillas en las rodillas.

El pelo recogido en un moño desordenado sujeto con una pinza de plástico que le costó un euro en el bazar de la esquina.

Entre sus manos sostiene una taza de té de manzanilla que ya se ha quedado completamente frío.

A su lado, ocupando el resto del sofá y parte del reposabrazos, está Dani.

Dani.

Su pareja desde hace seis años.

El hombre que ahora mismo está roncando suavemente con la boca abierta.

Tiene el mando de la televisión apoyado sobre la barriga.

En la pantalla, un documental sobre la migración del ñu en la sabana africana se reproduce a volumen mínimo.

Dani está en la fase dos del sueño.

Esa fase en la que la baba está a punto de hacer su aparición estelar en la comisura de los labios.

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