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La caja fuerte rápida

La caja fuerte rápida

El olor a perfume de lilas y a cera para muebles todavía flota en el pasillo de la casa.

Es un olor denso, cálido, protector.

El olor inconfundible del refugio de mi madre.

Pero hoy, ese refugio ha sido profanado.

Hoy, ese olor a lilas se mezcla con el hedor de la avaricia humana en su estado más puro y asqueroso.

El reloj de pared del salón marca las once y media de la noche.

Hace exactamente seis horas que el médico del hospital firmó el certificado de defunción.

Seis horas desde que mi mundo se paró por completo.

Seis horas desde que le di el último beso en la frente a la mujer que me dio la vida.

He venido al piso de mi madre a buscar el vestido azul marino que ella siempre dijo que quería llevar puesto en su viaje final.

Un encargo triste.

Un encargo que te rompe el alma a pedazos mientras rebuscas en un armario lleno de ropa que ya no tiene dueña.

Pero no he venido sola.

Mi hermana, Laura, ha insistido en acompañarme, arrastrando los pies y llorando a moco tendido.

Y con ella, pegado como una garrapata a un perro de caza, ha venido Javier.

Su marido.

Mi queridísimo cuñado Javier.

Ese hombre que siempre se quejaba de que la paella de los domingos de mi madre tenía poco marisco.

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