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La caída al abismo

 La caída al abismo

El pitido del móvil rompió el silencio del salón.

Era un martes cualquiera. Un puto martes a las seis de la tarde. Llovía en Madrid, esa lluvia fina que te cala los huesos y te ensucia los cristales. Yo estaba en el sofá, con el portátil sobre las piernas, terminando un informe para el trabajo. Mi móvil, boca arriba sobre la mesa de cristal, se iluminó.

Una notificación de correo electrónico.

Asunto: Aviso de impago – Requerimiento de deuda.

Fruncí el ceño. Deslicé el dedo por la pantalla, pensando que sería el típico spam o algún intento de phishing cutre que se cuela en la bandeja principal. Pero al abrir el correo, el corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el sabor a sangre en la boca.

No era spam.

Venía de una de esas empresas de microcréditos usureros que se anuncian de madrugada en la televisión. Esas que te dan dinero en diez minutos sin hacer apenas preguntas.

El correo estaba a mi nombre. Clara. Con mis apellidos. Con mi DNI. Y adjunto, un contrato en PDF. Lo abrí con los dedos temblando, sintiendo que el oxígeno de la habitación había desaparecido de golpe.

Ahí estaba. Un préstamo de seis mil euros. Solicitado hacía dos meses. Ingresado en una cuenta bancaria que no era la mía, pero de la que yo, supuestamente, era cotitular.

Y al final del documento… una firma digitalizada. Mi firma.

Pero yo no había firmado eso. Yo no había pedido ese puto dinero.

Y entonces, como un relámpago que te parte por la mitad en medio de la noche, lo entendí.

Solo había una persona en el mundo que tenía acceso a mi DNI escaneado, a mis tres últimas nóminas y a mis contraseñas. Solo una persona que sabía imitar el garabato de mi firma porque nos pasamos una tarde entera bromeando sobre ello hace tres años, cuando fuimos a firmar el alquiler del piso.

Dani.

Mi pareja. El hombre con el que compartía cama, hipoteca y vida.

Levanté la vista. Dani estaba en la cocina, tarareando una canción de la radio mientras preparaba la cena. Olía a ajo sofrito y a traición absoluta.

Me levanté del sofá. Las piernas no me sostenían, pero la rabia pura, esa rabia animal que te sube desde las entrañas y te nubla la vista, me empujó hacia adelante. Caminé hasta la puerta de la cocina. El portátil seguía abierto en mis manos, como un arma cargada.

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