JOHNNY TAPIA: LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE LA MUERTE DE SU FAMILIA
cinco veces campeón mundial, 59 victorias, Hall of Fame del boxeo internacional y ese mismo hombre apuñalándose a sí mismo sobre la tumba de su propia madre, inyectándose droga el día de su propia boda, caminando hacia el cuerpo destrozado de su madre con 26 puñaladas de tijeras y destornillador.
Hoy vas a saber quién mató a su madre y la más asquerosa razón por la que lo hizo, y cómo acabó así uno de los mejores boxeadores libra por libra del siglo XXI. Pero antes debe saber cómo llegó ahí Johnny Tapia. La noche del sábado 23 de mayo del 75, un niño de 7 años llamado John Lee Anthony Tapia le rogó a su madre con la voz quebrada que no saliera de la casa familiar del barrio bajo de Albuquerque.
Mamá, no vayas. Por favor, no vayas a bailar esta noche. Virginia María Tapia Gallegos, 32 años de edad, madre soltera, hija mayor de 12 hermanos de un matrimonio méxicoamericano católico del condado de Bernalillo. rió suavemente, le acarició el pelo al niño con la palma abierta, le besó la frente, le prometió que regresaría temprano para llevarlo a misa el domingo por la mañana y salió de la casa.
Cinco días después, un campesino del condado encontró el cuerpo de Virginia arrastrándose sobre la grava suelta de una mina abandonada del cerro Mesa del Sol con 26 puñaladas hechas con tijeras oxidadas y un destornillador Philips de mango rojo clavado en el pecho izquierdo justo encima del corazón. Esa madrugada del 28 de mayo, Johnny Tapia dejó de ser un niño para siempre.
Pero para entender por qué Virginia subió esa noche al coche de un hombre que la iba a matar, hay que retroceder 3 años y medio en la línea del tiempo personal de la madre soltera hasta el otoño del 71, cuando un mecánico de Sonora llamado Richard Espinoza entró por primera vez al bar del centro de Albuquerque, donde Virginia trabajaba como mesera por las noches.
Virginia tenía 29 años de edad cuando conoció a Espinoza. El padre biológico de Johnny había sido asesinado dos semanas antes del nacimiento del niño, en circunstancias que la madre nunca le contó al hijo, solo le dijo dos cosas, que su padre había muerto y que no había fotos de él en la casa. Espinoa llegó a esa casa como compañero de Virginia en el invierno del 71 y empezó a pegarle a la madre soltera durante el primer mes de convivencia.
Le pegaba con la palma abierta de la mano derecha en la cara, con los nudillos cerrados en las costillas, con el cinturón sobre la espalda, tres o cuatro veces por semana, por dinero, por celos, por la cuenta del bar, por las llamadas telefónicas del padre asesinado del niño que Virginia recibía escondidas. El pequeño Johnny, escondido detrás de las cortinas color crema de la sala, debajo de la mesa del comedor, en el armario del cuarto matrimonial, vio como Espinoza golpeaba sistemáticamente a Virginia durante 3 años y medio. Ningún vecino del barrio
intervino. Ningún policía atendió las llamadas de auxilio que la madre soltera hacía al teléfono local entre golpe y golpe. Y Johnny aprendió dos cosas durante esos 42 meses de violencia doméstica. Aprendió que los hombres pegan a las mujeres y aprendió que las mujeres se quedan. La noche del sábado 23 de mayo del 75, cuando Virginia se vistió con una blusa blanca de algodón y unos pantalones azules de mezclilla para salir al bar con Espinoza, el niño de 7 años intuyó algo dentro del pecho que las palabras no le alcanzaban a explicar.
Por eso le rogó a la madre que no fuera. Por eso lloró al escuchar el motor del Chevrolet Impala azul Oscuro del año 68 arrancando en la calle. Y por eso, durante los siguientes 5co días esperó sentado en el sillón principal de la sala con un sándwich de jamón en la mano derecha, mirando la puerta de entrada de la casa sin probar bocado, sin dormir, sin pestañar apenas, hasta que el miércoles 28 de mayo a las 7:17 minutos de la mañana, la abuela María Gallegos entró a la sala con la cara desencajada y le dijo al niño una frase que iba a
repetirse dentro de la cabeza. del boxeador durante las siguientes cuatro décadas. Mi hijo, tu mamá no va a volver. Tu mamá está con Dios. Johnny no lloró ese día. Tampoco lloró durante el funeral celebrado el viernes 30 de mayo en el cementerio Mount Calvary del barrio sur. Ni lloró durante los siguientes 9 años continuos.
Lloró por primera vez después de la muerte de Virginia el 14 de octubre del 92, 17 años más tarde. Y para ese momento, el muchacho ya cargaba sobre el cuerpo tres intentos previos de sobredosis por cocaína mezclada con heroína negra mexicana. Pero estamos adelantándonos. Después del entierro de Virginia, Johnny pasó a vivir con el abuelo materno Miguel Anthony Tapia, leyenda local del boxeo Amateur del estado de Nuevo México durante los años 30 familiar tenía tres habitaciones.
Adentro vivían 15 personas distintas entre primos, tías, tíos políticos, hermanas paternas. 15 personas durmiendo sobre colchones improvisados en el piso, en sillones rotos del comedor, en camas marineras compartidas. Johnny no tuvo una cama propia hasta los 17 años y todas las noches, antes de dormir sobre un colchón roto del piso del cuarto del abuelo, rezaba la misma oración improvisada de tres líneas que él mismo había inventado a los 8 años.
Mamá, ven por mí. Mamá, llévame contigo. Mamá, perdóname. Perdóname. Esa palabra cargaba dentro un secreto que el niño no podía explicar todavía a nadie, porque Johnny pensaba desde la mañana del 28 de mayo del 75 hasta el último día de su vida adulta, que la culpa del asesinato de Virginia había sido suya. Yo le pedí que no fuera.
Ella no me hizo caso. Pero si yo le hubiera rogado más, si yo me hubiera tirado al piso, si yo le hubiera agarrado las piernas, si yo hubiera llorado más fuerte, mi mamá no se va, mi mamá no se sube a ese coche, mi mamá no muere esa noche. frase que el cinco veces campeón mundial iba a repetir 30 años más tarde delante de las cámaras del documental autobiográfico financiado por el rapero Curtis 50 Centavos Jackson en el 2012 marcó el patrón emocional que iba a destruir al boxeador desde los 12 años hasta el último día. El abuelo Miguel le
enseñó al nieto los rudimentos del boxeo amateur en el patio trasero de la casa familiar. Cada mañana a las 5 de la madrugada, Miguel despertaba a Johnny con un golpe suave en el hombro. Le servía un vaso de leche fría con una tortilla de harina y lo sacaba a correr 5 km por las calles vacías del barrio antes del amanecer.
5 km diarios. 1800 al año, 18,000 sobre el cemento agrietado del barrio bajo durante los 10 años de entrenamiento a Mateur con el abuelo materno y Johnny corría con la cara llena de lágrimas todas las mañanas yo corría llorando porque cada paso era para mi mamá, cada respiración era para mi mamá, cada golpe en el saco era para encontrar al hijo de mala madre que me la había matado.
encontrar al hijo de mala madre que se la había matado. Esa fue la obsesión secreta del muchacho de Albuquerque durante los siguientes 23 años continuos. Porque la policía del condado de Bernalillo había cerrado el caso tres meses después del crimen, sin sospechosos, sin evidencia, sin testigos, sin nombre del asesino.
Y Johnny pensaba equivocadamente que algún día él mismo iban a encontrar al hombre y matarlo con sus propias manos en el cuadrilátero del boxeo profesional. El 1 de marzo del 88, 13 años después del asesinato de Virginia, el muchacho debutó como boxeador profesional en el gimnasio Wells Park del barrio sur de Albuquerque contra un boxeador local llamado Efrén Rivera.
Pesaba 52 kg, medía 1,68 m. Cargaba sobre el cuerpo 16 tatuajes religiosos, incluyendo una imagen de la Virgen de Guadalupe sobre el pectoral izquierdo, un crucifijo cristiano sobre el omóplato derecho y el nombre completo de Virginia tatuado en letras góticas a lo largo del antebrazo derecho.
Johnny ganó esa primera pelea por knockout técnico en el tercer asalto. 26 golpes conectados durante los 9 minutos de combate. 26 golpes, uno por cada puñalada que el asesino le había dado a Virginia en la cantera abandonada de las Afueras. Y arrancó la mejor década del boxeo amateur y profesional firmada por un muchacho del estado de Nuevo México durante el siglo XX.
Pero algo dentro del campeón empezó a fallar en el verano del 90. Junio del 90. Examen antidoping rutinario de la Comisión Atlética Estatal de Nuevo México. Muestra de orina positiva por consumo de cocaína. El muchacho admitió la adicción públicamente en conferencia de prensa. Lo suspendieron del cuadrilátero durante 6 meses iniciales.
Esos 6 meses se extendieron a 12, a 24, a 36 meses continuos fuera del boxeo profesional. 3 años y medio sin pelear. 3 años y medio durante los cuales el muchacho pasó de ser promesa mundial del peso supermosca, a drogadicto desconocido del barrio bajo del condado de Bernalillo, cantinas baratas del barrio sur, cocaína mezclada con tabaco, fumada bajo los puentes, heroína negra inyectada en las venas del antebrazo izquierdo, días enteros sin comer, noches enteras durmiendo dentro de coches abandonados del estacionamiento del bar local. Y
entonces, el 14 de octubre del 92, Miguel Anthony Tapia, el abuelo materno del muchacho, hombre que había sustituido la figura paterna ausente durante 17 años, murió de paro cardíaco repentino en la cocina de la casa familiar del barrio bajo de Albuquerque. 74 años de edad. Una taza de café americano sin azúcar entre las manos.
A las 6:14 minutos de la mañana, el anciano se desplomó sobre el piso de baldosas amarillas de la cocina familiar. La taza se rompió contra el suelo. El café se derramó sobre el pecho del abuelo y Miguel murió solo sin que ningún familiar del barrio lo viera apagarse. Johnny no asistió al funeral del abuelo. Estaba demasiado drogado para llegar al cementerio Mount Calvary esa tarde del 16 de octubre del 92.
Llevaba 72 horas continuas dentro de una cantina baja del centro de Albuquerque, inyectándose heroína negra mezclada con cocaína dentro del baño público del establecimiento. Tres primos del barrio fueron a buscarlo durante la mañana del funeral. Lo encontraron tirado sobre el piso del baño con una jeringa todavía clavada en el antebrazo izquierdo.
Le rogaron que se levantara. Le ofrecieron llevarlo en taxi al cementerio. Le prometieron que el abuelo lo iba a perdonar desde el cielo. Johnny les escupió a los tres primos en la cara y se quedó dentro del baño público durante las siguientes 10 horas, ignorando el funeral del único hombre que lo había criado después del asesinato de la madre.
por esa decisión específica tomada a las 11:22 minutos de la mañana del 16 de octubre del 92 dentro del baño público de una cantina del centro de Albuquerque. Johnny Tapia iba a cargar el segundo cargo de conciencia más pesado de su vida adulta. El primero ya lo tenía marcado a fuego en la cabeza desde el 28 de mayo del 75.
Aquella noche del 16 de octubre, después de cerrar la cantina, a las 2 de la madrugada del 17, el muchacho caminó solo seis cuadras bajo la lluvia del otoño hacia el cementerio Mount Calvary del barrio sur. Se sentó sobre la grava húmeda del piso del panteón frente a dos lápidas alineadas en fila, la de Virginia y la del abuelo Miguel.
y le habló al abuelo en voz baja durante 42 minutos, contándole que había fallado tres veces el examen antidoping de la Comisión Atlética del Estado, que llevaba 30 meses fuera del cuadrilátero profesional, que pesaba 74 kg sobre la báscula del baño, cuando antes pesaba 52, que se había convertido en el drogadicto más conocido del barrio bajo del condado de Bernalillo.
vuelo, perdóname, no fui al funeral, estaba drogado, estaba muerto en vida. Pero te juro por mi madre que voy a regresar al boxeo. Te juro por la Virgen de Guadalupe que voy a ser campeón mundial. Y te juro por el destornillador que mató a mi mamá, que voy a encontrar al hijo de mala madre que se la llevó, aunque me lleve el resto de la vida.
El muchacho lloró por primera vez en 17 años sobre la grava húmeda del cementerio Mount Calvary esa madrugada del 17 de octubre del 92. Lloró durante 2 horas y 14 minutos sin interrupción hasta que el guardia nocturno del Panteón, un anciano mexicano llamado Pedro Salazar Vela, originario del estado vecino de Chihuahua del lado mexicano, lo encontró tirado sobre las lápidas familiares con la cara hundida en la grava.
Pedro Salazar cargó al muchacho dentro de la cabina de su camioneta Chevrolet Silverado. Lo llevó a la casa familiar del barrio bajo y le entregó a la abuela María Gallegos al nieto drogado, mojado y llorando con una sola frase específica: “Señora, este muchacho tiene una herida vieja. Si no se la curan, lo va a matar antes de los 45 años.
” Pedro Salazar no sabía esa madrugada del 17 de octubre del 92 que iba a tener razón con una precisión escalofriante, exactamente 19 años, 7 meses y 10 días más tarde. Aquí es donde se revela por primera vez la identidad exacta del hombre que mató a la madre de Johnny Tapia un sábado de mayo del 75 en la cantera abandonada del cerro Mesa del Sol.
Y la asquerosa razón por la que un hombre borracho de 34 años decidió apuñalar 26 veces a una mujer de 32, madre soltera de un niño de 7 años, en un terreno valdío del condado de Bernalillo. Parte dos. Para entender la asquerosa razón por la que un mecánico de Sonora apuñaló 26 veces a una madre soltera de 32 años en una mina abandonada del cerro Mesa del Sol, hay que retroceder hasta el detective del Departamento de Policía de Albuquerque, que tardó 24 años en cerrar el caso oficialmente.
Roy Rolfes entró al cuerpo de policía del condado de Bernalillo en febrero del 77, 2 años después del asesinato de Virginia. con 22 años de edad recién cumplidos. Era el hijo menor de un capataz de minas del estado vecino de Colorado, católico, practicante, soltero, sin ningún vínculo familiar con el barrio bajo de Albuquerque.
Cuando Rolfs preguntó por el expediente del crimen del 75 durante el otoño del 79, el sargento responsable del archivo le respondió con una sola frase específica: “Ese caso está cerrado. No hay sospechosos, no hay testigos, olvídalo. Pero Rolfs no lo olvidó. El detective guardó una copia del expediente original dentro del cajón inferior de su escritorio personal del piso 3 de la comisaría central de Albuquerque.
Durante las siguientes dos décadas continuas. Cada vez que un caso similar entraba al departamento, Rolpes sacaba el expediente del cajón, lo revisaba página por página y volvía a guardarlo sin pistas nuevas. Hasta abril del 99. En la madrugada del 4 de abril del 99, exactamente 23 años, 10 meses y 7 días después del asesinato de Virginia, una llamada anónima entró a la central telefónica de la comisaría del barrio sur de Albuquerque.
La operadora del turno nocturno, una mujer llamada Ana López López, de 43 años de edad, transfirió la llamada al teléfono del detective Roy Rolfs en el piso 3. La voz al otro lado del teléfono era de un hombre mayor con acento del suroeste mexicano, con respiración agitada por el alcohol consumido durante la noche del domingo anterior.
Habló durante 17 minutos sin interrupción. le dio al detective tres detalles específicos del crimen del 75 que nunca habían aparecido en ningún reporte oficial de la policía del condado de Bernalillo. Detalles que solo podía conocer el asesino o alguien a quien el asesino le hubiera confesado el crimen. Rolpes grabó la llamada anónima dentro de una cinta magnética de la marca BASF del año 94.
La identificación del testigo, según los registros telefónicos posteriores del Centro de Telecomunicaciones del Estado, era de un electricista jubilado del barrio sur llamado Manuel Domínguez Aguirre, de 63 años de edad. Lo que el electricista le contó al detective esa madrugada del 4 de abril del 99, lo que Rolfes tardó otros 7 semanas en confirmar mediante una segunda llamada al mismo testigo el 23 de mayo del 99, lo que el Departamento de Policía de Albuquerque hizo público en una conferencia de prensa del 12 de mayo del
mismo año. Comienza con un Chevrolet Impala azul oscuro del año 68. Saliendo de la casa familiar de Virginia, un sábado de mayo del 75, rumbo al centro histórico de Albuquerque. Richard Espinoza condujo el Chevrolet Impala azul Oscuro durante 17 minutos por la autopista interestatal número 25 rumbo al noroeste de Albuquerque.
La noche del sábado 23 de mayo del 75. Virginia María Tapia Gallegos viajaba en el asiento del copiloto del coche, todavía vestida con la blusa blanca de algodón y los pantalones azules de mezclilla que llevaba puestos al despedirse del pequeño Johnny dentro de la casa familiar del barrio bajo. El destino de los dos pasajeros del Impala azul Oscuro era un bar llamado El sombrero negro, ubicado al interior del cruce de las calles Central Avenue y Rígre Boulevard, en pleno centro histórico de la ciudad capital del
estado. Llegaron a las 9:47 de la noche. Richard Espinoza estacionó el coche en la esquina sureste del bar, detrás de un poste de luz quemado del año anterior. Bajó del Impala con paso inestable. abrió la puerta del copiloto para Virginia con una galantería falsa que la madre soltera ya conocía después de 3 años y medio de relación.
El mecánico de 34 años de edad ya estaba borracho cuando salió del taller automotriz esa tarde a las 7:20. Llevaba en el cuerpo cuatro botellas de cerveza CS Light, dos shots de tequila cuervo tradicional y media pastilla de volume que un compañero del taller le había dado para el estrés del fin de semana. Adentro del bar, Richard Espinoza ordenó otros cinco whiskys dobles de la marca Jim Beam por las siguientes 2 horas y 40 minutos.
Virginia tomó dos copas de vino tinto californiano. Bailaron tres canciones rancheras del intérprete mexicano Antonio Aguilar, dos baladas pop estadounidenses, una cumbia colombiana que sonó en la rocola de monedas del bar a las 11:22 de la noche y a las 12:14 de la madrugada del domingo 24 de mayo. Richard Espinoza metió la mano derecha al bolsillo trasero del pantalón vaquero color azul oscuro que llevaba puesto esa noche.
buscó la cartera de cuero negro de la marca Levis, que cargaba en el bolsillo desde hacía 3 años, y no la encontró. La cartera contenía $10 en efectivo, una licencia de conducir del estado de Nuevo México vencida hacía 5 meses. Una fotografía pequeña de la madre de Espinoza fallecida en el 67. Dos tarjetas telefónicas para llamadas de larga distancia a Sonora, México, una credencial del taller automotriz y tres condones de látex que el mecánico cargaba habitualmente para los fines de semana.
Espinoza buscó la cartera dentro de los cuatro bolsillos del pantalón a en el saco de mezclilla café claro, debajo de la mesa donde estaba sentado con Virginia, detrás del sillón rojo del bar, en el baño público del establecimiento. La cartera no apareció dentro del sombrero negro tras los siguientes 22 minutos completos.
Richard Espinoza, según iba a reconstruir el detective Roy Rolfs del Departamento de Policía de Albuquerque durante el verano del 99, a partir de una llamada anónima recibida 24 años después del crimen. Perdió completamente el control mental dentro del bar a las 12:36 minutos de la madrugada del domingo. Le gritó a Virginia frente a 42 clientes del establecimiento.
La acusó de haberle robado el dinero. le exigió que confesara dónde había escondido la cartera de cuero negro. La amenazó con golpearla delante de los clientes si no le devolvía los $10 de manera inmediata. Virginia María Tapia Gallegos no había tocado la cartera de Richard Espinosa esa noche. La cartera se había caído del bolsillo trasero del pantalón vaquero del mecánico durante uno de los bailes con cumbia colombiana de las 11:22.
Otro cliente del bar, un electricista local de 51 años de edad llamado Manuel Domínguez Aguirre, recogió la cartera del piso de madera del bar 29 minutos después de la caída, sin saber a quién pertenecía, y se la entregó al dueño del establecimiento esa misma madrugada para que la guardara en la caja registradora de la barra principal.
Pero Richard Espinoza, ya completamente fuera de control esa madrugada, jaló del brazo izquierdo de Virginia con violencia frente a los clientes del bar. La sacó del establecimiento por la puerta lateral. La metió a empujones dentro del Chevrolet Impala azul Oscuro estacionado en la esquina sureste. Arrancó el motor del coche con la mano derecha todavía temblando por la mezcla de whisky, tequila y volum.
Consumida a lo largo de las últimas 6 horas. y salió disparado por la calle Central Avenue rumbo al suroeste de Albuquerque hacia los terrenos valdíos del cerro Mesa del Sol del condado de Bernalillo. Lo que pasó durante los siguientes 48 minutos dentro de la mina de grava abandonada del cerro Mesa del Sol. El detective Roy Rolfs lo reconstruyó dos décadas y 4 años después gracias al testimonio anónimo de un electricista local que había bebido con Richard Espinoza durante una noche de copas del verano del 82 dentro de una cantina del
centro de Albuquerque. Richard Espinosa detuvo el coche dentro de la mina de grava abandonada a la 1:22 minutos de la madrugada del domingo 24 de mayo. Bajó del impala azul oscuro, sacó a Virginia del asiento del copiloto, jalándola por el cabello negro largo de la madre soltera.
La tiró sobre la grava suelta del piso del terreno valdío, le rompió la blusa blanca de algodón con las dos manos y empezó a apuñalarla con un par de tijeras oxidadas que tenía guardado dentro de la guantera del coche desde hacía 4 meses. Las primeras 14 puñaladas fueron en el pecho de Virginia, las siguientes cuatro en el cuello, las dos posteriores en el abdomen, otras tres fueron en el muslo derecho, las últimas tres fueron en el rostro de la madre soltera, justo encima del pómulo izquierdo.
26 puñaladas en total hechas durante un intervalo aproximado de 6 minutos continuos, según iba a calcular el detective Rolfs basándose en los reportes forenses originales archivados en el 75. Cuando las tijeras oxidadas se rompieron por la presión de las puñaladas en el pecho de Virginia, Richard Espinoza regresó al Chevrolet Impala azul oscuro.
Sacó un destornillador Philips de mango rojo de 15 cm de la guantera del coche y regresó hasta donde estaba el cuerpo de Virginia sangrando sobre la grava suelta del piso de la mina abandonada. Con el destornillador rojo, Richard Espinoza intentó cortarle uno de los senos a la madre soltera.
No logró completar el corte. El destornillador se atascó en el tejido muscular del pecho izquierdo de Virginia, justo encima del corazón. Espinoa desistió del intento de mutilación. A los 14 segundos completos. Se levantó del piso de grava. Se limpió las manos ensangrentadas con un trapo blanco de algodón que llevaba dentro del bolsillo trasero del pantalón vaquero.
Subió al Impala azul oscuro y arrancó el motor del coche para regresar al centro de Albuquerque. A las 2:09 de la madrugada del domingo. Virginia María Tapia Gallegos no murió esa madrugada en la El terreno valdío del cerro Mesa del Sol. La madre soltera de 32 años de edad estuvo viva en las siguientes 87 horas continuas, sangrando sobre la grava suelta del piso del terreno valdío del condado de Bernalillo, con 26 puñaladas distribuidas por todo el cuerpo, con un destornillador Philips clavado dentro del pecho izquierdo, sin agua, sin
alimento, sin abrigo, bajo el sol del desierto de Nuevo México durante el día y bajo las temperaturas frías del altiplano. Durante la noche, Virginia se arrastró sobre la grava suelta durante esas 87 horas, según iba a reconstruir el equipo forense del condado de Bernalillo, a partir de las marcas físicas encontradas al interior del terreno valdío a lo largo de la madrugada del miércoles 28 de mayo.
arrastró aproximadamente 422 m completos en línea recta hacia el oeste, intentando llegar a la carretera estatal número 314, que estaba a 2 km del lugar del ataque. Un campesino del condado llamado Esteban Aragón Romero, de 69 años de edad, encontró el cuerpo de la madre soltera el miércoles 28 de mayo a las 4:17 minutos de la madrugada cuando manejaba su camioneta Ford de carga rumbo al Rancho ganadero familiar de la zona sureste del condado de Bernalillo.
Virginia todavía estaba viva en ese momento. Respiraba con dificultad. Tenía los ojos abiertos hacia el cielo del altiplano. El destornillador Philips de mango rojo seguía clavado al interior del pecho izquierdo de la mujer. Esteban Aragón cargó a la madre soltera dentro de la cabina de la camioneta Ford y manejó a toda velocidad rumbo al hospital St.
Joseph del centro de Albuquerque, el mismo hospital donde Virginia había dado a luz a Johnny Tapia 8 años antes, a lo largo del invierno del 67. Virginia María Tapia Gallegos murió adentro de la sala de urgencias del hospital St. Joseph a las 6:51 minutos de la madrugada del miércoles 28 de mayo del 75. sin recuperar el conocimiento, sin poder identificar a su atacante delante de la policía del condado de Bernalillo, sin poder despedirse del pequeño Johnny Lee Anthony Tapia.
La razón asquerosa por la que Richard Espinoza apuñaló 26 veces a Virginia María Tapia Gallegos esa madrugada del 24 de mayo dentro de la esa cantera de graba del cerro Mesa del Sol, lo que el propio asesino le confesó borracho a un electricista local del centro de Albuquerque durante una noche de copas del verano del 82 dentro de una cantina del barrio bajo, lo que la policía del condado de Bernalillo tardaría 24 años en confirmar ofici Especialmente fue exactamente esa cartera de cuero negro de la marca Levis, que había caído del bolsillo
trasero del pantalón vaquero del mecánico durante la cumbia colombiana de las 11:22 dentro del bar. Una cartera con $10 en efectivo, con una licencia de conducir vencida, con tres condones de látex, con una fotografía vieja de la madre fallecida del asesino por esa cartera perdida durante un baile con cumbia colombiana.
Una madre soltera mexicoamericana de 32 años de edad, hermana mayor de 12 hermanos del barrio sur de Albuquerque, hija mayor de un matrimonio católico humilde del condado de Bernalillo. Sangró durante 87 horas sobre la grava suelta de una mina abandonada del cerro Mesa del Sol del estado de Nuevo México. El pequeño Johnny Lee Anthony Tapia, sentado en el sillón principal de la casa familiar del barrio bajo de Albuquerque durante el amanecer del miércoles 28 de mayo.
Esperaba el regreso de su madre con una promesa específica dentro de la cabeza. Mañana en la mañana voy a estar aquí para llevarte a misa con la abuela. La promesa que Virginia le había hecho al niño 5co días antes nunca se cumplió. El niño que iba a convertirse en el boxeador más tatuado del mundo, sin saberlo durante esa madrugada del miércoles 28 de mayo.
Ya cargaba en la cabeza la primera de las cuatro heridas que iban a perseguirlo en las siguientes cuatro décadas de su vida adulta. Pero antes de avanzar, hay un detalle del crimen que ningún reporte oficial recogió durante el 75. Un detalle que el electricista Manuel Domínguez Aguirre le confesó al detective Roy Rolfs durante la madrugada anónima del 4 de abril del 99, exactamente 24 años después del asesinato.
Espinoza, según el testimonio del electricista, le contó en una cantina baja del centro de Albuquerque durante el verano del 82 que Virginia no murió callada dentro de la cantera abandonada del cerro Mesa del Sol. Virginia gritó. Virginia gritó durante los 6 minutos de las 26 puñaladas. Gritó el nombre de Johnny tres veces seguidas. pidió a Espinoa que no la matara delante del retrato religioso de la Virgen de Guadalupe que cargaba dentro del bolsillo del pantalón azul de mezclilla.
Rogó confesión católica al cura del barrio. Siguió gritando hasta que el destornillador Philips de mango rojo se atascó dentro del músculo del pecho izquierdo encima del corazón y entonces dejó de gritar, pero no porque hubiera muerto. Virginia siguió viva durante las siguientes 87 horas, arrastrándose sobre la grava suelta del piso de la cantera, intentando llegar a la carretera estatal 314, que estaba a 2 km del lugar del ataque.
422 m recorridos en línea recta hacia el oeste, 13 cm por las uñas de las manos arrancadas de raíz contra la grava por el esfuerzo de avanzar. Los dedos sangrando contra el suelo, el destornillador todavía clavado en el pecho izquierdo encima del corazón. Y la madre soltera durante esas 87 horas continuas debajo del sol del desierto de Nuevo México durante el día y bajo el frío del altiplano por la noche, repitió en voz baja una sola palabra como mantra de supervivencia.
Johnny, Johnny, Johnny. El campesino Esteban Aragón Romero, 69 años de edad, originario del estado vecino de Chihuahua, del lado mexicano. Escuchó esa voz a las 4:17 minutos de la madrugada del miércoles 28 de mayo mientras manejaba su camioneta Ford de carga rumbo al Rancho Ganadero Familiar. Detuvo el vehículo dentro del carril central de la carretera estatal 314.
Caminó 100 m hacia el sur del camino, alumbrando el desierto con una lámpara de mano, y encontró a Virginia arrastrándose todavía sobre la grava suelta, repitiendo el nombre del hijo de 7 años entre los dientes manchados de sangre. El campesino cargó a la madre soltera dentro de la cabina de la camioneta.
Manejó a toda velocidad rumbo al hospital Joseph del centro de Albuquerque. Pero Virginia ya no alcanzaba a ver. Los ojos los tenía cubiertos por una capa de polvo de la cantera mezclada con sangre seca de las heridas del rostro. Murió dentro de la sala de urgencias del St. Joseph a las 6:51 minut de la mañana del 28 de mayo, sin recuperar el conocimiento, sin poder darle el nombre del asesino a la policía del condado, sin poder despedirse del pequeño Johnny Lee Anthony Tapia, que esperaba sentado en el sillón principal de la casa familiar del barrio bajo. Las
otras tres heridas del cinco veces campeón mundial iban a manifestarse una por una por los siguientes 37 años del muchacho de Albuquerque hasta el día final del 27 de mayo del 2012. Pero antes de llegar a las otras tres heridas, hay que entender cómo el adolescente Johnny Tapia conoció a una mujer llamada Teresa Olivares dentro de un gimnasio profesional del barrio sur durante el otoño del 93.
en plena suspensión por consumo de cocaína de la Comisión Atlética Estatal de Nuevo México. Teresa trabajaba como recepcionista del gimnasio Wells Park por los fines de semana, 22 años de edad. Estudiante de contabilidad pública en la Universidad de Nuevo México. Nunca había tenido contacto previo con boxeadores profesionales del estado.
Johnny entró al gimnasio Wells Park el sábado 15 de octubre del 93 a las 9:14 de la mañana. Completamente drogado por una sobredosis de cocaína mezclada con heroína negra consumida durante las últimas 22 horas dentro de una cantina baja del barrio sur. Pesaba 74 kg, 22 por encima de su categoría profesional.
Llevaba una sudadera gris sucia, unos vaqueros rotos por las rodillas, unos tenis blancos manchados de sangre vieja. Teresa, sentada detrás del mostrador de recepción, lo miró durante 12 segundos sin decirle una sola palabra y le contestó al muchacho con cuatro palabras que iban a cambiar el resto de su vida adulta. Necesitas ayuda, mucha ayuda.
Johnny se rió. Salió del gimnasio sin entrenar ese día. Regresó a la cantina del barrio sur y no volvió a pisar el gimnasio durante los siguientes 14 días. Pero al 15to día, el sábado 30 de octubre del 93, el muchacho regresó al Wells Park con la sudadera lavada y los vaqueros remendados por la tía paterna.
Teresa lo recibió sin sonreír. Le entregó una tarjeta personal escrita a mano dentro de un sobre sellado y le dijo dos frases específicas. Si dejas la droga, te ayudo a regresar al cuadrilátero. Si no la dejas, no quiero volver a verte dentro de este gimnasio. Y arrancó la historia de amor más turbulenta del boxeo profesional del estado de Nuevo México.
Durante toda la década del 90. Teresa se convirtió en los siguientes 6 meses en la manager personal de la carrera profesional de Johnny Tapia ante la Comisión Atlética Estatal del Estado. Negoció con la comisión la reducción del periodo de suspensión por consumo de cocaína. Pagó los exámenes antidoping voluntarios del muchacho con dinero ahorrado durante 2 años de trabajo en el gimnasio Wells Park.
acompañó al boxeador a las visitas semanales con un psiquiatra del centro médico de Albuquerque durante el invierno del 93 y la primavera del 94 y el 12 de octubre del 94, 11 meses después del primer encuentro adentro de la recepción del gimnasio Wells Park, Johnny Tapia regresó al cuadrilátero profesional del estado de Nuevo México contra un boxeador local llamado Henry Martínez dentro del centro de convenciones de la ciudad de Las Vegas, Nuevo México.
Ganó la pelea por decisión unánime. Conquistó el cinturón mundial vacante del peso supermosca de la Organización Mundial de Boxeo en su primera defensa profesional post suspensión. Teresa Olivares aceptó la propuesta de matrimonio del boxeador campeón mundial el 18 de diciembre del 94. La ceremonia se celebró el sábado 31 de diciembre del 94 dentro de una capilla católica del barrio sur de Albuquerque con apenas 22 invitados confirmados, sin prensa deportiva, sin fotógrafos oficiales del medio del espectáculo del estado de Nuevo México. lo que pasó
dentro de la habitación matrimonial del hotel Mariot del centro de Albuquerque la noche del 31 de diciembre del 94, lo que la propia Teresa Olivares iba a contar 28 años después dentro del documental autobiográfico producido por el rapero Curtis 50 Centavos Jackson en el 2012. Lo que ningún periodista deportivo del estado de Nuevo México cubrió en las siguientes dos décadas marcó el inicio de uno de los patrones más oscuros del boxeo profesional estadounidense del siglo XX.
Aquí es donde se revela la verdadera razón por la que el campeón mundial del peso supermosca de la Organización Mundial de Boxeo fue declarado clínicamente muerto cuatro veces sobre la mesa de urgencias de cuatro hospitales distintos del condado de Bernalillo, entre la noche de su propia boda y los últimos años de matrimonio con la mujer, que lo había sacado del consumo de cocaína en el gimnasio Wells Park, del barrio sur de la ciudad capital del estado. Parte tres.
Johnny Tapia metió la mano derecha al bolsillo interior del smoking negro de alquiler. Durante la cena posterior a la ceremonia católica del 31 de diciembre del 94. Sacó una bolsita transparente de plástico con 3 g de clorhidrato de cocaína pura, comprada 4 días antes a un proveedor del barrio sur de Albuquerque. Entró al baño privado del salón de fiestas del hotel Marriot, del centro histórico de la ciudad capital.
y esnifó la bolsita completa sobre el ababo de mármol blanco del baño matrimonial en los siguientes 8 minutos continuos. Era el primer matrimonio del cinco veces campeón mundial del peso supermosca. Era la primera noche oficial como esposo legal frente a la Iglesia Católica del Barrio Sur. Era el primer compromiso público de sobriedad firmado delante de los testigos del medio del boxeo profesional del Estado de Nuevo México.
Y a las 2:17 minutos de la madrugada del primero de enero del 95, adentro de la suite presidencial número 412 del hotel Marriot, Johnny se quitó el saco del smoking negro de alquiler, dejó caer los zapatos italianos sobre la alfombra roja del cuarto. se acostó sobre el lado derecho de la cama matrimonial con la respiración acelerada por la sobredosis del baño privado del salón de fiestas.
A las 3:14 minutos de la madrugada, el corazón del boxeador dejó de latir por primera vez en la vida adulta. 22 minutos pasaron entre el momento en que el cardiólogo argentino Daniel Schwarz declaró clínicamente muerto al campeón mundial dentro de la sala de urgencias del Hospital St. Joseph y el momento en que el desfibrilador portátil regresó el ritmo cardíaco al cuerpo desnutrido del boxeador.
22 minutos en los cuales Johnny Lee Anthony Tapia vio, según iba a relatar 18 años después al interior del documental cinematográfico financiado por el rapero Curtis 50 centavos Jackson. Una imagen específica que cargó dentro de la cabeza en el resto de la vida. Vi a mi madre vestida con la blusa blanca y los pantalones azules.
Estaba parada al pie de la cama del hospital. Me miraba sin hablar. Yo le dije, “Mamá, llévame contigo.” Y ella me contestó, “Todavía no, mijo. Todavía no es tu hora.” El cinco veces campeón mundial despertó al interior de la cama del St. Joseph a las 5:17 minut de la madrugada del primero de enero del 95, 6 horas después del intercambio de votos matrimoniales dentro de la capilla católica del barrio sur.
La primera muerte clínica del boxeador estaba confirmada en el expediente médico del Centro Hospitalario. La segunda muerte clínica llegó el 14 de agosto del 98 dentro de un motel barato de la salida sur de la autopista interestatal 40 durante una sobredosis combinada de cocaína y heroína negra mexicana que Johnny consumió en compañía de dos miembros activos de la pandilla Wells Park Locos del barrio sur.
El boxeador convulsionó sobre el colchón sucio del motel durante 6 minutos. Uno de los miembros de la pandilla, un muchacho de 21 años apodado el bolas, llamó al 44 de emergencias del estado de Nuevo México antes de huir del motel para evitar problemas con la policía local del condado de Bernalillo. Doctores del Hospital Lovel del barrio noroeste pronunciaron muerte clínica del boxeador durante 17 minutos completos.
Cuando Johnny despertó al interior de la sala de cuidados intensivos del Lovel, esa misma noche del 14 de agosto, lo primero que dijo fue una frase específica registrada a al interior del reporte médico del hospital. La vi otra vez. Estaba vestida igual. La misma blusa, los mismos pantalones azules. Me sonrió desde el techo del cuarto.
La tercera muerte clínica ocurrió el 6 de febrero del 2003, 11 días después de una derrota controversial por decisión dividida contra el boxeador estadounidense Manuel Medina al interior del MGM Grand de Las Vegas, Nevada. Johnny perdió ese combate por dos centésimas en las tarjetas de los jueces oficiales.
Regresó a Albuquerque, destruido emocionalmente por el robo arbitral. Consumió 6 g de cocaína pura mezclados con dos botellas de tequila cuervo tradicional durante una sola noche dentro de la habitación principal de la casa familiar del barrio sur. 31 minutos sinos vitales sobre la mesa de operaciones del Hospital Presbiterian del Centro Histórico.
Un masaje cardíaco directo aplicado por el equipo de urgencias. Medio kilo de adrenalina sintética inyectada al torrente sanguíneo del muchacho y la tercera resurrección clínica del cinco veces campeón mundial del peso supermosca de la Organización Mundial de Boxeo. La cuarta muerte clínica del boxeador. El 19 de octubre del 2007 adentro del Hospital University of New Me México del barrio universitario.
Marcó el límite físico absoluto del cuerpo desnutrido del muchacho. 39 minutos completos sin pulso. Cuatro descargas del desfibrilador portátil, una transfusión de sangre completa, un trasplante temporal de plasma fresco congelado del banco de sangre del condado. y al despertar en el University of New Mexico en la madrugada del 22 de octubre del 2007, 72 horas después del paro cardíaco, Johnny Tapia escuchó adentro de la sala de cuidados intensivos del Centro Médico Universitario una noticia que iba a marcarlo tras los siguientes 4 años, 7
meses y 5 días hasta el día final dentro de la habitación principal de la casa familiar del barrio sur. Pero antes de llegar a esa noticia, hay que entender el camino físico, emocional y profesional, que el cinco veces campeón mundial recorrió en el cuadrilátero internacional entre el invierno del 95 y el otoño del 2007, Johnny conquistó el cinturón mundial del peso gallo de la Asociación Mundial de Boxeo el 5 de diciembre del 98 contra el ganés Nana Conadu dentro del centro de convenciones de Pompano Bach. Florida
defendió ese cinturón cuatro veces durante el 99 contra rivales del calibre del puertorriqueño Jorge Elieser Julio, el estadounidense Casius Baloyi sudafricano radicado en Las Vegas, el cubano Joel Casamayor, exiliado en Miami desde el 96. La rivalidad personal intensa del boxeador la firmó contra otro muchacho del mismo barrio sur de Albuquerque llamado Dani Romero.
También excampeón mundial del peso supermosca al interior de la Federación Internacional de Boxeo. Tapia y Romero crecieron a seis cuadras de distancia al interior del barrio bajo del condado de Bernalillo. Estudiaron en la misma escuela primaria pública del distrito sur. Boxearon como amateurs en el mismo gimnasio Wells Park.
durante los años 80 y se odiaron a muerte durante toda la década del 90. Tapia y Romero se enfrentaron por primera vez el 18 de julio del 97 dentro del Thomas and Max Center de Las Vegas, Nevada. 30,000 espectadores compraron boletos para esa pelea. Las pandillas rivales del condado de Bernalillo tomaron partido por uno u otro boxeador.
Hubo cinco peleas a puños fuera del estadio a lo largo de las horas previas al combate. Las autoridades del Centro de Convenciones tuvieron que llamar refuerzos del Departamento de Policía de Las Vegas durante el segundo asalto del combate. Johnny ganó la pelea por decisión unánime después de 12 asaltos completos contra el rival del mismo barrio sur.
El mexicano Marco Antonio Barrera, leyenda absoluta del boxeo nacido en la Ciudad de México durante el 74, derrotó al cinco veces campeón mundial el 4 de marzo del 2002 dentro del cuadrilátero del MGM Gran de Las Vegas. 12 asaltos completos. Decisión unánime para el mexicano del Distrito Federal. Última pelea internacional del muchacho de Albuquerque dentro de una categoría mundial activa.
Después de la derrota contra el mexicano Barrera, el boxeador entró en una fase de declive físico irreversible por los siguientes 5 años. El consumo de cocaína pasó a ser diario. Las dosis se duplicaron, después se triplicaron, después se cuadruplicaron en las temporadas bajas entre peleas. Johnny gastó aproximadamente 14 millones de dólares de su fortuna personal acumulada durante la década del 90 entre cocaína, heroína negra mexicana, alcohol caro, autos deportivos, joyas religiosas, casas vacacionales del estado vecino de
Arizona, regalos a miembros activos de la pandilla Wells Park Locos del barrio sur de Albuquerque. El propio boxeador también enfrentó cargos criminales del fiscal del distrito del condado de Bernalillo en el otoño del 2002, después de amenazar de muerte a un testigo principal del juicio por homicidio doloso contra un primo hermano del muchacho llamado Gabriel Ramón Tapia Castillo, miembro confirmado de la pandilla Wells Park Locos del barrio sur.
El cinco veces campeón mundial pasó 48 horas continuas dentro de la cárcel del condado de Bernalillo. Salió bajo fianza de 12,000. Enfrentó 3 años de probation supervisada por el Sistema Judicial Federal del Estado de Nuevo México. Johnny también fue internado dos veces dentro de la institución psiquiátrica del condado durante la primera década del siglo XXI.
El primer internamiento duró 42 días por la primavera del 2001. por episodios graves de depresión bipolar diagnosticada oficialmente por el Dr. argentino Daniel Schwarz. El segundo internamiento se extendió durante 67 días, entre noviembre del año 2004 y enero del 2005, después de una crisis suicida documentada por el equipo médico del Centro Psiquiátrico Estatal, aquí es donde se revela la doble tragedia familiar que Johnny Tapia cargó adentro del pecho hasta el día final del 27 de mayo del 2012.
A las 11:41 minutos de la mañana del 19 de octubre del 2007, 518 horas antes de la cuarta muerte clínica del boxeador dentro del Hospital University of New Me México del barrio universitario de Albuquerque. Una camioneta Ford F150 color rojo oscuro del año 2004 ocupada por dos familiares directos del cinco veces campeón mundial.
chocó contra el costado izquierdo de un tráiler comercial de la empresa Walmart sobre el carril central de la autopista interestatal 40. Robert Gutiérrez Mendoza, cuñado del boxeador, electricista certificado del barrio norte del condado de Bernalillo, 37 años de edad cumplidos. Murió al interior de la cabina destrozada de la camioneta Ford a las 11:42 minutos de la mañana del 19 de octubre.
Roberto Junior Gutiérrez Olivares, sobrino político del muchacho, 12 años y 3 meses de edad cumplidos. Aficionado al boxeo amater desde los 6 años. Admirador absoluto del tío Johnny dentro del cuadrilátero profesional internacional. Murió 48 minutos después del padre dentro de una ambulancia del hospital Presbiterian del centro histórico de la ciudad capital.
Los dos familiares del boxeador iban manejando rumbo al Hospital University of New Me México esa misma mañana, 17 minutos antes del accidente, para acompañar al cinco veces campeón mundial a lo largo de la cuarta muerte clínica del muchacho sobre la cama de la sala de cuidados intensivos del Centro Médico Universitario.
Johnny Tapia escuchó la noticia de la doble tragedia familiar el 22 de octubre del 2007. Exactamente 72 horas después del accidente automovilístico, cuando recuperó la conciencia en la sala de cuidados intensivos del University of New Me México, todavía conectado a tres tubos de suero salino al interior del antebrazo derecho del cuerpo desnutrido.
El boxeador no lloró durante los siguientes seis días continuos. Tampoco lloró durante el funeral doble del cuñado y el sobrino. Celebrado el 26 de octubre del 2007 adentro del cementerio Mount Calvary, del barrio sur de Albuquerque, exactamente al lado de la tumba de Virginia María Tapia Gallegos. Ni lloró a lo largo del rezo del rosario católico celebrado por el sacerdote del barrio dentro de la Iglesia del Sagrado Corazón.
Tampoco lloró a lo largo del almuerzo familiar posterior al entierro dentro de la casa de la hermana política del barrio norte. Pero por la madrugada del 29 de enero del 2008, exactamente 99 días después del funeral doble, el cinco veces campeón mundial salió solo de la casa familiar del barrio sur a las 4:37 de la mañana.
manejó un Lincoln Navigator color negro del año 2004 durante 17 minutos por la autopista interestatal 25 rumbo al sur. Estacionó el vehículo en el cementerio Mount Calvary. Caminó 400 m sobre la grava húmeda del piso del panteón católico y se sentó frente a las tres lápidas familiares alineadas en fila. La de la madre Virginia, la del cuñado Robert, la del sobrino Junior.
Johnny sacó un cuchillo de cocina de 15 cm de la marca alemana Henkels, que había robado de la cocina familiar antes de salir de la casa. apoyó la hoja del cuchillo sobre el estómago izquierdo del cuerpo desnutrido y se enterró el filo dentro del abdomen con las dos manos durante un movimiento continuo de 4 segundos completos sobre la lápida materna del cementerio.
Un guardia nocturno del cementerio Mount Calvary. Un anciano mexicano de 68 años de edad llamado Pedro Salazar Vela, originario del estado fronterizo de Chihuahua, encontró al boxeador sangrando sobre la lápida materna durante la ronda de las 6:47 minut de la mañana del 29 de enero. El cinco veces campeón mundial todavía respiraba sobre la grava húmeda del panteón.
El cuchillo Henkels seguía clavado en el abdomen del cuerpo desnutrido. La sangre del muchacho había manchado el nombre completo de Virginia grabado sobre la lápida principal del panteón. El guardia Pedro Salazar cargó al boxeador en la cabina de una camioneta Chevrolet Silverado del 2002. Manejó a toda velocidad rumbo al hospital St.
Joseph del centro de Albuquerque, el mismo hospital donde el muchacho había muerto clínicamente por primera vez la noche de bodas del 94. El mismo hospital donde la madre soltera había muerto de sangrada el 28 de mayo del 75. El mismo hospital donde Johnny Lee Anthony Tapia había nacido el 13 de febrero del 67. Johnny sobrevivió al intento de suicidio sobre la tumba materna gracias a una transfusión de 3 L de sangre del banco del condado y una cirugía de emergencia de 4 horas y 22 minutos sobre la mesa de operaciones del St. Joseph. La cicatriz
cuchillo Henkels quedó tatuada al interior del abdomen izquierdo del cuerpo del cinco veces campeón mundial durante los siguientes 4 años, 3 meses y 28 días hasta el día final. El asesino de Virginia, María Tapia Gallegos, el mecánico de Sonora llamado Richard Espinosa, nunca pisó una cárcel del Estado de Nuevo México por el crimen del 24 de mayo del 75 en la mina de grava abandonada del cerro Mesa del Sol a las 11:14 de la noche del 6 de septiembre del 83, exactamente 8 años, 3 meses y 13 días después del asesinato de Virginia,
Rich Richard Espinoza salió completamente borracho de una cantina del barrio sur del centro histórico de Albuquerque. Había consumido durante las últimas 6 horas 18 cervezas de la marca Cours Light, cuatro shots de tequila cuervo tradicional, dos pastillas de Valium robadas del botiquín del compañero del taller automotriz.
El mecánico de 42 años de edad cruzó la calle Central Avenue del centro histórico sin mirar el semáforo del cruce. Un cadilac sedan deil color blanco del 79 manejado por un dentista local llamado Anthony Carbón, radicado en Albuquerque desde el 59. Lo atropelló a 62 km porh. El impacto lanzó al cuerpo del asesino al interior del carril contrario de la avenida.
Un segundo coche, un Ford Mustang color azul oscuro del 76, lo atropelló 9 segundos después. Una camioneta pickup Chevrolet color rojo del 72 pasó por encima del cuerpo 16 segundos después del segundo impacto. Richard Espinoza murió dentro del carril central de la avenida Central Avenue a las 11:17 de la noche del 6 de septiembre del 83.
Tres coches distintos arrastraron el cadáver del asesino durante un trayecto total de 42 m. La causa oficial de la muerte fue catalogada como accidente de tránsito en estado de embriaguez. Johnny Tapia escuchó la confirmación oficial del cierre del caso materno a las 9:14 de la noche del 13 de mayo del 99, sentado dentro del sillón principal de la sala de la casa familiar del barrio sur de Albuquerque.
Tenía 32 años de edad cumplidos. La misma edad exacta que tenía Virginia María Tapia Gallegos cuando murió desangrada dentro del Hospital Storrugada del 28 de mayo del 75. El cinco veces campeón mundial guardó silencio durante 17 minutos completos después de la confirmación. Apagó el televisor del comedor con el control remoto del mueble principal.
Caminó hasta el baño del pasillo central de la casa familiar y vomitó en el lavavo de porcelana blanca en los siguientes 22 minutos. A la mañana siguiente, el 14 de mayo del 99, Johnny visitó por primera vez en 24 años el cementerio Mount Calvary del barrio sur de Albuquerque. Se sentó sobre la grava seca del piso del panteón católico.
tocó la lápida materna con la palma abierta de la mano derecha durante 42 minutos completos y rezó por primera vez en la vida adulta una novena improvisada del Sagrado Corazón de Jesús sobre la tumba de la madre soltera asesinada con 26 puñaladas al interior de la el terreno valdío del cerro Mesa del Sol. La justicia cósmica del Estado de Nuevo México había completado el círculo del crimen original 24 años después del asesinato.
Pero la propia adicción a la cocaína del cinco veces campeón mundial todavía cargaba al interior del cuerpo desnutrido del muchacho la dosis final de la última muerte definitiva del boxeador. El día final llegó el domingo 27 de mayo del 2012, exactamente 13 años después del cierre oficial del caso materno y exactamente 37 años después del propio asesinato de Virginia al interior del cerro Mesa del Sol del condado de Bernalillo.
Johnny despertó a las 9:47 de la mañana del domingo dentro de la habitación principal de la casa familiar del barrio sur de Albuquerque. Pesaba 51 kg exactos sobre la báscula del baño. Tenía 45 años, 3 meses y 14 días de edad cumplidos. Cargaba dentro del cuerpo 18 cicatrices de cirugías médicas previas, 16 tatuajes religiosos repartidos por el torso, ocho fracturas óseas mal soldadas por las dos décadas de carrera profesional al interior del cuadrilátero internacional.
El boxeador caminó hasta la cocina familiar a las 10:22 minutos de la mañana. Se preparó un café americano sin azúcar dentro de la cafetera eléctrica del comedor principal. comió dos tortillas de harina con frijoles refritos sobre la mesa de pino del comedor. Encendió la grabadora portátil de la marca Sony del 2008 que tenía sobre la cómoda principal del cuarto y empezó a grabar un mensaje específico para el cineasta estadounidense Eddie Alcázar Domínguez, productor del documental autobiográfico Tapia, financiado por el rapero Curtis 50
Centavos Jackson a lo largo de la primavera del 2012. lo que el cinco veces campeón mundial grabó dentro de la cinta magnética interna de la Sony esa mañana del 27 de mayo durante 26 minutos y 14 segundos continuos. Fue el testimonio final del boxeador antes del paro cardíaco definitivo del cuerpo desnutrido del muchacho.
Johnny habló sobre la madre Virginia, sobre la blusa blanca y los pantalones azules de la noche del 23 de mayo del 75. sobre el abuelo Miguel y los 5 km de carrera diaria por las calles del barrio bajo. Contó la historia de la primera bolsita de cocaína esnifada en el baño del gimnasio Wells Park durante el verano del 90.
mencionó la cartera perdida del asesino Aen, el bar El sombrero negro de la calle Central Avenue. Recordó la noche de bodas del Mariot del centro de Albuquerque. Repasó las cuatro muertes clínicas del cuerpo dentro de los cuatro hospitales del condado de Bernalillo. Describió el cuchillo Henkels clavado en el abdomen sobre la lápida materna del cementerio Mount Calvary.
Repitió en voz baja el funeral doble del cuñado Robert y el sobrino Junior. en el mismo panteón católico y al final de los 26 minutos de grabación, el cinco veces campeón mundial, Johnny Lee Anthony Tapia, hijo único de Virginia María Tapia Gallegos, nieto del exboxeador amateur Miguel Anthony Tapia, campeón del norte de Nuevo México en los años 30 del siglo XX, autor de la autobiografía deportiva titulada Mi vida loca, publicada por la editorial Triumph Books por el 2006, pronunció en la cinta magnética de la Sony. Una frase específica que iba a
quedar grabada dentro del documental. Tapia, estrenado el 14 de septiembre del 2012 dentro del festival internacional de cine de Toronto. Mi mayor logro no fueron los cinco cinturones mundiales. Mi mayor logro fue llegar a los 45 años después de todo lo que mi cuerpo aguantó. Vivir 45 años completos ya es un milagro del Sagrado Corazón de Jesús.
Si llego mañana, lo voy a contar otra vez. Si no llego, ya conté suficiente. A las 6:09 minutos de la tarde del mismo domingo, 27 de mayo, exactamente 8 horas 22 minutos después del inicio de la grabación final dentro de la habitación principal de la casa familiar. El corazón del cinco veces campeón mundial del peso supermosca, del peso gallo y del peso pluma dentro de las organizaciones internacionales más importantes del boxeo profesional, dejó de latir definitivamente sobre la cama matrimonial del barrio sur de Albuquerque.
Un sobrino paterno del boxeador llamado Daniel Anthony Tapia Salazar, residente del barrio norte del condado de Bernalillo, encontró el cuerpo del cinco veces campeón mundial sobre la cama matrimonial a las 7:45 minutos de la tarde del domingo. El cuerpo estaba completamente vestido con la sudadera gris de algodón del gimnasio Wells Park y los pantalones deportivos negros de la marca Adidas, que Johnny había usado durante el último entrenamiento amateur del sábado anterior.
La cara del muchacho miraba hacia el techo del cuarto. Los ojos estaban cerrados. La grabadora Sony de la cómoda principal seguía encendida con la luz roja del indicador de funcionamiento intermitente. La causa oficial de la muerte, dictaminada por el médico forense del condado de Bernalillo el 29 de mayo del 2012, fue insuficiencia cardíaca aguda derivada de las secuelas físicas acumuladas en las cuatro muertes clínicas previas, las dos décadas de consumo de cocaína intravenosa, las 18 cicatrices quirúrgicas internas del
cuerpo desnutrido del cinco veces campeón mundial, 45 años, 3 meses, y 14 días al interior del cuerpo más castigado del boxeo profesional internacional del siglo XXI. El cinco veces campeón mundial Johnny Lee Anthony Tapia fue enterrado el jueves 31 de mayo del 2012 adentro del cementerio Mount Calvary del barrio sur de Albuquerque, al lado de la lápida materna de Virginia María Tapia Gallegos, exactamente al lado de la lápida del cuñado Robert Gutiérrez Mendoza, al lado de la lápida del sobrino Roberto Junior Gutiérrez
Olivares, las cuatro tumbas alineadas en filas sobre la grava seca del panteón católico del barrio sur del condado de Bernalillo. El nombre del cinco veces campeón mundial, el boxeador más tatuado del mundo, el hijo único de la madre soltera asesinada con 26 puñaladas dentro de la esa cantera de graba del cerro Mesa del Sol durante una madrugada del mes de mayo del 75.
Sigue grabado dentro de la lápida principal del cementerio Mount Calvary hasta el día de hoy. John Lee Anthony Tapia. 13 de febrero del 67. 27 de mayo del 2012. Mi vida loca. La historia del muchacho de Albuquerque dice tres cosas específicas sobre los hombres que pierden a la madre durante la infancia temprana del estado de Nuevo México.
dice que el dolor del niño nunca se va completamente del pecho del hombre adulto, que el cuerpo termina pagando lo que la cabeza no logra cerrar, que los cinturones mundiales del peso supermosca, los 5 km de carrera diaria con el abuelo materno, los tatuajes religiosos sobre los pectorales del torso, las cuatro resurrecciones clínicas dentro de las salas de urgencia de los hospitales del condado de Bernalillo no logran sustituir nunca el último beso de una madre.
soltera sobre la frente del hijo de 7 años durante una noche de mayo del 75. Si esta historia te hizo pensar en un padre que no estuvo, en una madre que se fue antes de tiempo, en un hijo que sigue cargando una herida vieja dentro del pecho de un hombre adulto, comparte este video esta misma noche con esa persona. Nota final del canal.
Este documental narrativo está basado en reportes policiales del departamento de policía de Albuquerque del condado de Bernalillo en la autobiografía Mi vida loca, publicada por Triumph Books por el 2006 en el documental cinematográfico Tapia, financiado por Curtis 50 centavos Jackson y estrenado a lo largo del 2012 en el reportaje de la revista Sports Illustrated del 4 de noviembre del 2002, firmado por el periodista Gary Smith en los registros de la agencia Associated Press del 6 de septiembre del 83 sobre la muerte de Richard Espinoza y en los
reportes forenses del condado de Bernalillo del 28 de mayo del 75. Algunos diálogos personales, horarios específicos y detalles sensoriales del relato fueron reconstruidos dramáticamente con fines narrativos a partir de las fuentes públicas disponibles dentro del dominio del periodismo deportivo estadounidense del siglo XXI.