La primera puerta que se abrió fue la de un grupo coreófico dirigido por una mujer llamada Chelo Larrué, bailarina, instructora, figura menor del mundo del espectáculo de la capital. Irma entró al grupo como bailarina de cuerpo de baile, ganaba lo suficiente para comer y pagar el cuarto y aprovechaba cada presentación para observar, para aprender, para entender cómo funcionaba ese mundo desde adentro.
Fue en ese contexto, presentándose en cabarets y salones de la Ciudad de México, donde la vida le presentó al primer hombre poderoso, el primero de una larga lista. Su nombre era Fernando Casas Alemán, gobernador del estado de Veracruz, político del PRI, hombre casado, 4ent y tantos años. Irma tenía 17, el año era 1950.
Recuerda esto porque es clave. La relación de Irma Serrano con Fernando Casas Alemán no fue su gran amor, fue su primera lección sobre el poder. Fue la primera vez que Irma entendió algo que definiría toda su vida, que en el México del siglo XX, para una mujer sin familia, sin dinero y sin apellido, la única moneda de cambio real era la atención de un hombre con poder.
No porque Irma fuera ingenua, todo lo contrario, porque Irma era perfectamente lúcida sobre las reglas del juego y decidió jugar, pero jugar a su manera, no como las demás, no guardando silencio, no siendo discreta, no comportándose como se supone que se deben comportar las amantes de los hombres importantes, sino hablando, cantando, haciendo exactamente lo que ella quería hacer, sin pedirle permiso a nadie.
La relación con Casas Alemán duró poco, pero enseñó mucho. Y después de ella, Irma Serrano no volvió a ser la chica de Chiapas con maleta de cartón. Volvió a hacer otra cosa. Volvió a ser alguien que había estado cerca del poder y que sabía cómo se respiraba ese aire. Y ese conocimiento, esa experiencia la catapultó hacia delante. En 1952 firmó contrato con Columbia Records como cantante de música ranchera.
En 1962 debutó en el cine con Santo contra los zombies y en los años siguientes entre canciones, películas y obras de teatro, Irma Serrano se convirtió en una figura reconocida del espectáculo mexicano. No del tipo de figura que iba a misa los domingos y hablaba de sus valores, del tipo de figura que llenaba los teatros precisamente porque decía lo que nadie más se atrevía a decir, que se reía de lo que nadie más se atrevía a reír, que vivía como nadie más se atrevía a vivir.
En los años 60 el apodo todavía no había llegado. La tigresa vino después, en 1970, cuando José Guadalupe Cruz Díaz creó una historieta popular con ese nombre y decidió que la protagonista tenía que tener el rostro y el carácter de Irma Serrano. El cómic fue un éxito inmediato y el apodo quedó para siempre.
Pero en 1968, cuando Irma entró a aquella reunión del Hotel del Prado y vio a Gustavo Díaz Ordaz por primera vez, ella todavía era simplemente Irma Serrano, la cantante, la actriz, la chiapaneca que había llegado con maleta de cartón y que había construido su lugar en el mundo a fuerza de carácter.
La primera conversación entre Irma y Díaz Ordaz duró, según ella misma relató en su libro, poco más de 20 minutos. El presidente le preguntó de dónde era. Ella le dijo que de Chiapas. Él le dijo que le gustaba Chiapas. Ella le dijo que a ella también le gustaba Chiapas, pero que uno no podía quedarse en Chiapas si quería ser alguien.
El presidente se rió y Irma, que llevaba toda su vida leyendo a los hombres en segundos, entendió en ese momento algo que escribiría décadas después con una franqueza que dejó sin palabras a sus lectores. Entendió que el hombre más poderoso del país la estaba mirando no como a una artista, no como a una figura pública, sino como a una mujer.
Y que esa mirada viniendo de donde venía tenía un precio y una promesa al mismo tiempo. Aquí viene lo que casi nadie veía porque la versión oficial de aquella relación, la versión que la historia oficial del PRI y del gobierno prefería, era la versión del escándalo superficial, la actriz escandalosa y el presidente débil que cayó en su trampa.
Pero la realidad, según los propios testimonios de Irma, era más compleja. Díaz no era un hombre que cayera en ninguna trampa. Era un político de la vieja escuela priista, calculador, duro, acostumbrado a manejar el poder con precisión quirúrgica. Si inició una relación con Irma Serrano, fue porque quiso, porque eligió, porque algo en esa mujer directa, sin pelos en la lengua, sin miedo al que dirán, representaba exactamente lo contrario de todo lo que rodeaba al presidente en Los Pinos.
Irma Serrano le decía lo que él quería escuchar, le decía la verdad. Y para un hombre acostumbrado a estar rodeado de aduladores, eso era adictivo. La relación empezó a desarrollarse a lo largo de 1968 y 1969. Se veían en casas discretas la casa de las lomas que Irma ya tenía y una casa nueva en el pedregal de San Ángel que el presidente le obsequió.
No de su patrimonio personal, del estado, una casa pagada con recursos públicos entregada a su amante. Junto con la casa llegaron otros regalos. Un comedor que había pertenecido al emperador Maximiliano de Absburgo, la cama en la que dormían Maximiliano y la emperatriz Carlota, bienes históricos del patrimonio nacional mexicano entregados por el presidente de la República a la mujer con la que se acostaba en secreto.
Y Díaz Ordaz, según Irma, nunca le pidió discreción, nunca le dijo que callara, nunca le prohibió hablar del tema, como si la enormidad del escándalo hiciera paradójicamente invisible, como si nadie fuera a creerle a una actriz de cabaré que el presidente le había regalado la cama de Carlota de Absburgo.
Recuerda esto porque es clave. 1968 no fue un año cualquiera en la historia de México. Fue el año de la matanza de Tatelolco. El 2 de octubre de 1968, 10 días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de México, el ejército mexicano abrió fuego contra estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. El número exacto de muertos nunca se estableció con certeza.
Los registros hablan de decenas, los testimonios de sobrevivientes hablan de cientos. Y el hombre que dio la orden de disparar fue Gustavo Díaz Ordaz, el mismo hombre que esa noche o en noches cercanas iba a casa de Irma Serrano en el Pedregal a cenar, a conversar, a alejarse del peso de lo que había hecho y Irma, que lo sabía que no podía no saberlo, siguió con él.
No por complicidad, según ella misma declaró en entrevistas posteriores, sino porque la línea entre amar a un hombre y juzgar sus decisiones de estado era una línea que ella en ese momento no supo o no quiso cruzar. Y ese detalle, esa convivencia íntima con el hombre de Tlatelolco fue una de las sombras más oscuras que la historia le guardó a Irma Serrano para siempre.
Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo. La esposa se enteró. Guadalupe Borja de Díaz Ordaz era un tipo específico de mujer, el tipo de mujer que el México prista de los años 60 producía en los niveles más altos del poder. Discreta formal, educada en la idea de que la esposa de un político importante existe para ser invisible en público y para sostener el sistema en privado.
una mujer que sabía, como sabían todas las esposas de los hombres poderosos de esa generación, que los hombres de poder tienen vidas paralelas, que los secretos son parte del protocolo, que mirar hacia otro lado es a veces la única manera de mantener la dignidad en un mundo que no te dejó otra opción. Guadalupe Borja había mirado hacia otro lado muchas veces.
Había aguantado, había sonreído en las fotografías oficiales. Había aparecido del brazo de su marido en las ceremonias del estado. Había sido, en todos los sentidos formales de la palabra la primera dama de México. Pero Guadalupe Borja tenía un límite y ese límite, ese punto exacto donde la discreción terminaba y la reacción comenzaba, tenía un nombre.
Se llamaba Irma Serrano porque Irma Serrano no era como las otras. Las otras amantes de los hombres poderosos del PRI operaban bajo un código no escrito que todo el mundo conocía y nadie nombraba. El código del silencio, el código de la discreción absoluta, de la invisibilidad estratégica, de la presencia que existe, pero que nunca se confirma ni se desmiente.
Las obras amantes entendían que su posición dependía precisamente de eso, de no existir oficialmente, de ser un secreto que el sistema toleraba porque permanecía secreto. Irma Serrano no entendía ese código o lo entendía perfectamente y decidía ignorarlo, que en su caso venía a hacer lo mismo porque Irma Serrano hablaba. Irma Serrano cantaba canciones que todos podían descifrar.
Irma Serrano aparecía en los lugares donde la veían con el presidente. Irma Serrano no solo no se escondía, sino que parecía disfrutar de la incomodidad que causaba. Y Guadalupe Borja, que había aprendido a tolerar el silencio de otras, no supo cómo tolerar el ruido de esta. La tensión entre la primera dama y la amante se fue construyendo a lo largo de 1969 y 1970.
No fue un conflicto declarado. Fue en los términos del poder mexicano de aquella época algo mucho más sutil y mucho más peligroso. Fue una guerra de palancas. Guadalupe Borja empezó a mover contactos, a hablar con personas en el gabinete, a activar las redes que toda primera dama del PRI tenía disponibles, aunque nunca las nombrara en voz alta.
Y el instrumento principal de esa campaña fue el secretario de Gobernación, la Secretaría de Gobernación del México priista era, en términos prácticos, la dependencia que controlaba los medios de comunicación, los permisos de espectáculos, los contratos con las televisoras, los canales por los que fluía el trabajo en la industria del entretenimiento.
Y cuando Guadalupe Borja activó ese instrumento contra Irma Serrano, los efectos fueron inmediatos. Contratos que se cancelaban sin explicación, llamadas que ya no se devolvían, proyectos que de repente encontraban otro nombre para el papel principal. La industria del espectáculo mexicano de principios de los 70 era en gran medida un instrumento del Estado y el Estado en ese momento había decidido que Irma Serrano no debía trabajar.
Irma lo notó, por supuesto que lo notó. era demasiado inteligente y demasiado conocedora del medio como para no entender qué estaba pasando y quién estaba detrás. Confrontó a Díaz Oordaz, le preguntó directamente si su esposa estaba bloqueando sus contratos. El presidente, según el relato de Irma en sus memorias, no lo negó del todo, pero tampoco hizo nada para detenerlo.
Y ahí, en esa respuesta evasiva, en ese silencio cómplice del hombre más poderoso del país, Irma Serrano entendió algo que cambió todo. entendió que Díaz Oordaz no iba a protegerla, que cuando se trataba de elegir entre ella y la estabilidad de su matrimonio, entre ella y la imagen pública de su gobierno, entre ella y el sistema que lo sostenía, Díaz Sordaz iba a elegir el sistema siempre.
Y esa comprensión brutal y clarísima fue lo que empujó a Irma a hacer lo que hizo a continuación. Lo que hizo no fue llorar en privado, no fue aceptar el veto en silencio, no fue comportarse como se supone que se comportan las mujeres a las que el sistema descarta. Irma Serrano hizo lo único que ella sabía hacer cuando la situación se ponía insostenible.
Montó un espectáculo. Aquí viene lo que casi nadie veía. La serenata en Los Pinos no fue un acto impulsivo. No fue el gesto de una mujer desbordada por los celos que actúa sin pensar. Fue, según todo lo que se puede reconstruir de la historia, un acto calculado, premeditado, ejecutado con la precisión teatral de una actriz que lleva 20 años en los escenarios y que sabe exactamente qué efecto va a producir cada movimiento.
Irma eligió el día eligió el cumpleaños de Guadalupe Borja, el día en que toda la atención del sistema Pristá estaba enfocada en la primera dama, el día en que aparecer en Los Pinos era el insulto más preciso y más público que se podía concebir. eligió el vestuario. Un traje folclórico lleno de colores con listones y bordados, el tipo de vestimenta que hace imposible no verla.
Contrató a un grupo de mariachis y se presentó en la puerta de Los Pinos. Lo que ocurrió después está documentado en su propio libro con una precisión cinematográfica que ningún novelista habría podido inventar. Los guardias de seguridad de la residencia oficial del presidente de México la vieron llegar con los mariachis y en lugar de impedirle el paso, lo que hizo que lo dejaran entrar fue decirles que iba a dar una serenata.
Una serenata en el cumpleaños de la señora. Los guardias, quizás confundidos, quizás creyendo que era una sorpresa oficial, la dejaron pasar. Irma caminó hasta el punto donde calculó que estaba la ventana de la habitación de Guadalupe Borja. señaló a los mariachis y empezaron a tocar. Y Irma, con la voz que había llenado cabarets y teatros por dos décadas, cantó.
La canción no fue elegida al azar. La canción decía en sus versos algo que todo el país iba a entender cuando la historia se contara. Decía que ella había estado saliendo con un hombre casado, pero que eso ya se había acabado, que con todas, con la esposa, con todas las demás, con el sistema entero había podido ese hombre. Con ella no.
La escena que siguió fue, según los testimonios que Irma dejó por escrito, de una intensidad que pocas escenas de las películas en las que ella actuó llegaron a superar. Gustavo Díaz Ordaz, presidente en funciones de los Estados Unidos Mexicanos, bajó a la entrada de Los Pinos. Los mariachis callaron. Irma lo miró y el presidente, sin entender todavía del todo la magnitud de lo que estaba ocurriendo o quizás entendiéndola perfectamente y eligiendo el gesto diplomático, le agradeció la serenata.
Le dijo, “Gracias por la música, Irma.” Y entonces Irma Serrano, la niña pobre de Chiapas, la bailarina de cuerpo de baile que había construido su lugar en el mundo a fuerza de carácter, hizo lo que nadie en toda la historia del espectáculo y de la política mexicana había hecho antes ni haría después.
levantó la mano derecha y le dio una bofetada al presidente de la República. Una bofetada limpia, seca, que, según ella misma, describió con la economía de palabras que tenía para los momentos más dramáticos, le voló los lentes. Los mariachis, que habían callado cuando llegó el presidente siguieron callados. Los guardias de seguridad que habían visto lo que nadie podía creer que estaban viendo, se movieron hacia delante.
Y Día Zordaz, el hombre que había ordenado la matanza de Tlatelolco, el hombre más poderoso del país, levantó una mano para detener a los guardias y no dijo nada. Recuerda esto porque es clave. Esa cachetada no fue solo un gesto, fue una declaración. Una declaración que decía con más claridad que cualquier libro o cualquier entrevista.
Lo que Irma Serrano pensaba de los hombres que usaban a las mujeres y después las descartaban cuando ya no eran convenientes. Fue la respuesta de una mujer sin poder institucional a un hombre con todo el poder del Estado. Y la respuesta por su propia naturaleza física directa incontestable fue la única que ese sistema no podía procesar ni controlar porque el sistema prista sabía cómo silenciar las palabras, sabía cómo cancelar contratos y bloquear proyectos y hacer que los periodistas miraran para otro lado.
Pero no sabía qué hacer con una cachetada. No había protocolo para una cachetada. Y Día Zordaz, que había gobernado México con el miedo como herramienta principal, se encontró en la entrada de su propia residencia oficial, completamente sin respuesta. Lo que siguió fue previsible en sus líneas generales, aunque extraordinario en sus detalles.
La relación entre Irma Serrano y Gustavo Díaz Ordaaz terminó esa noche, no de manera inmediata, no de manera limpia, sino con el proceso lento y burocrático con que terminan todas las cosas en el México priista. El presidente llamó días después. Hubo una conversación. Hubo, según Irma, un momento en que los dos hicieron las paces de manera verbal, sin rencor declarado, pero la relación como tal, los encuentros en el Pedregal, las conversaciones en las lomas, los regalos del patrimonio nacional, todo eso terminó. Y la campaña de Beto de
Guadalupe Borja, lejos de terminar junto con la relación, se intensificó porque ahora la primera dama tenía razón adicional para actuar. Ahora no era solamente la amante que había que ignorar. Ahora era la mujer que había abofeteado al presidente de México en la entrada de Los Pinos. El veto de Guadalupe Borja, ejecutado a través de la Secretaría de Gobernación, tuvo efectos concretos y documentables en la carrera de Irma Serrano durante los primeros años de la década de los 70. Proyectos que no llegaban, contratos
que se enfriaban, apariciones en televisión que se cancelaban. El sistema Prista, que en aquella época controlaba buena parte de la industria del entretenimiento, usó ese control para hacer que el nombre de Irma Serrano fuera cada vez menos conveniente para las empresas que dependían del favor del gobierno.
Pero aquí es donde la historia da el giro que Guadalupe Borja no había calculado, porque Irma Serrano no era una figura que dependía solo de los contratos institucionales, era una figura que dependía del público. Y el público, ese público que llenaba los cabarets y los teatros y compraba los discos, no se dejaba controlar por la Secretaría de Gobernación.
El público quería a Irma y mientras el público la quería, el veto tenía un techo. En 1970, Día Zordaz terminó su mandato. Entró Luis Echeverría a Los Pinos y con el cambio de administración, el veto de Guadalupe Borja perdió su instrumento principal. Irma Serrano volvió a trabajar, volvió al cine, volvió a los teatros y volvió con una historia a cuestas que lejos de hundirla la había convertido en algo que pocas figuras del espectáculo mexicano podían reclamar.
La había convertido en una leyenda. Porque en México, un país donde el poder aplasta a casi todo el que se le pone en frente, la mujer que le dio una cachetada al presidente y sobrevivió para contarlo, no es una escandalosa, es un icono. Los años 70 y 80 fueron décadas prolíficas para Irma Serrano. Hizo más de 25 películas en total a lo largo de su carrera.
Cantó en los escenarios más importantes del país, publicó libros, dio entrevistas que eran eventos en sí mismos, porque nadie sabía nunca qué iba a decir Irma Serrano cuando se sentaba frente a un micrófono. Y lo que decía siempre era más honesto y más brutal que lo que cualquier otro personaje público mexicano se atrevía a expresar.
Fue en esas décadas cuando el apodo La tigresa se consolidó como algo más que un mote. Se convirtió en una identidad, en una descripción perfecta de una mujer que atacaba cuando la atacaban, que no guardaba rencor innecesario, pero que tampoco olvidaba, que vivía con una intensidad que asustaba a los cobardes y fascinaba a los valientes.
Y fue también en esas décadas cuando apareció el hombre que, según todos los testimonios de quienes conocieron a Irma de cerca, fue el amor verdadero de su vida. No el presidente, no el gobernador de Veracruz de cuando tenía 17 años, no los amantes ocasionales que la prensa documentó a lo largo de los años. El amor verdadero se llamaba Alejo Peralta, empresario mexicano, uno de los hombres más ricos del país durante varias décadas, fundador de empresas que todavía existen, hombre de mundo de carácter fuerte de inteligencia aguda. Alejo
Peralta era el tipo de hombre que podía pararse frente a Irma Serrano de igual a igual. No la miraba hacia arriba ni hacia abajo, la miraba de frente. Y eso para una mujer que llevaba la vida entera siendo subestimada o sobreestimada, pero rara vez vista con precisión, fue algo que no se parecía a nada de lo que había conocido antes.
La relación entre Irma Serrano y Alejo Peralta duró décadas. No fue una relación convencional, no fue un matrimonio, no fue la relación estable y visible que la prensa del corazón habría querido fotografiar. fue algo más complejo, más intermitente, con periodos de cercanía y periodos de distancia, con peleas y reconciliaciones, con la tensión natural de dos caracteres igualmente poderosos que cuando se encontraban generaban una energía que podía ser amor o guerra dependiendo del día, pero era, según Irma misma, lo
declaró en múltiples ocasiones, lo más cercano que ella había estado en su vida del tipo de amor que vale la pena, el tipo de amor en que el otro te conoce de verdad, El tipo de amor en que no tienes que fingir ni simplificarte ni reducirte a una versión más fácil de ti misma para que el otro pueda manejarte.
Recuerda esto porque es clave. Irma Serrano nunca se casó formalmente, aunque sí tuvo una unión ceremonial en 2004 con un cantante de ranchero llamado José Julián, que terminó en escándalo a los pocos días cuando ella lo acusó de no haberle cumplido como hombre. Pero esa unión, que duró menos que la luna de miel, era ya una señal desesperada de algo más profundo.
La señal de una mujer que había llegado a sus 70 años sin el hombre que quería, sin el hijo que había buscado y que estaba dispuesta a intentar cualquier cosa, por escalosa que pareciera, para llenar ese vacío. Porque Alejo Peralta había muerto en 1997 y con él, según las personas que conocieron a Irma en los años que siguieron, murió algo que ella nunca volvió a recuperar del todo.
La muerte de Alejo Peralta en 1997 fue un golpe que Irma Serrano procesó de la única manera que sabía procesar los golpes grandes. En público siguió adelante, siguió dando entrevistas, siguió siendo la tigresa. Pero en privado, según los testimonios que emergen de quienes estuvieron cerca, algo cambió.
El rancho Las Querendas en Chapas, donde Irma pasaba cada vez más tiempo, dejó de ser un retiro y se fue convirtiendo en una residencia permanente. La Ciudad de México, que había sido su escenario durante 50 años, empezó a quedarle grande o quizás pequeña de una manera que ya no le interesaba resolver. Y el deseo de tener un hijo que había estado presente toda su vida, pero que había convivido con una carrera y una manera de vivir que no dejaban espacio para la maternidad, se volvió en esos años algo más urgente, más físico, más desesperado. Fue
entonces cuando Irma Serrano hizo algo que en cualquier otra persona habría parecido una locura y que en ella, conociendo quién era, resulta perfectamente coherente. se enteró de que Alejo Peralta, antes de morir había preservado material genético y Irma, a sus 70 años contactó a una clínica de reproducción asistida.
Pidió información sobre la posibilidad de un embarazo a esa edad. Exploró los procedimientos no como un capricho pasajero, sino como una posibilidad real que investigó con la seriedad con que había investigado todas las decisiones importantes de su vida. El intento no llegó a término. Los procedimientos de reproducción asistida a esa edad tienen tasas de éxito muy bajas y el cuerpo de Irma, después de décadas de una vida sin contesiones, no estaba en las condiciones ideales para ese proceso.
Pero el intento, el solo hecho de haberlo intentado, dice más sobre quién era Irma Serrano que cualquier película que haya filmado o cualquier canción que haya cantado. dice que era una mujer que hasta el final creyó que los imposibles se intentan, que rendirse no era una opción, que si la vida te niega algo que quieres, la respuesta correcta es buscar la manera de obtenerlo.
De todos modos, aunque la manera sea extraordinaria, aunque la manera haga que la gente voltee y se pregunte si estás bien. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque mientras Irma Serrano lidiaba con la pérdida de Alejo Peralta y con el final de su posibilidad de ser madre, el país seguía moviéndose y el país que se movía en los años 90 era un país diferente al de los 60 y los 70.
Era un país donde el PRI estaba siendo cuestionado, donde los movimientos ciudadanos ganaban fuerza, donde la figura del político prista de la vieja escuela empezaba a volverse incómoda y anacrónica. Y fue en ese contexto, en ese momento de transformación política, cuando Irma Serrano tomó la decisión que nadie esperaba de ella, la decisión que coronó de una manera que ni sus más férreos enemigos podían desmentir, la revancha más larga y más perfecta de la historia del espectáculo mexicano.
En 1994, Irma Serrano se postuló como candidata a diputada federal por el Partido Revolucionario Institucional. ganó y en el año 2000 se postuló como candidata a senadora de la República, ahora por el Partido de la Revolución Democrática y ganó de nuevo. La amante a la que Guadalupe Borja había intentado destruir usando la Secretaría de Gobernación, terminó sentada en el mismo Senado de la República al que pertenecían los hombres que habían firmado las órdenes de bloquearla.
La niña pobre de Chiapas, que había llegado a la Ciudad de México con maleta de cartón, terminó legislando en el edificio más importante del poder mexicano. Y la mujer a la que el sistema prista había intentado hacer invisible terminó siendo irónicamente más visible que cualquiera de sus verdugos. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque el Senado no fue el final de la historia de Irma Serrano, fue apenas el penúltimo capítulo.
El último capítulo empezó cuando ella volvió a Chiapas. El rancho Las Querendas está en las afueras de Chiapas de Corzo, a unos kilómetros del pueblo donde Irma Serrano nació en 1933. Es un lugar de tierra roja y árboles altos, de calor húmedo y silencio interrumpido por los pájaros de la selva chiapaneca.
Irma lo compró en los años 80, cuando ya tenía dinero suficiente para permitirse el tipo de propiedad que una niña pobre de ese pueblo nunca habría podido imaginar. lo compró no como inversión, sino como declaración, como la declaración de una mujer que había salido de ese estado sin nada y que volvía a él con todo, que había construido con sus propias manos, en el sentido más literal de la expresión, un lugar al que pertenecer, porque una de las pocas cosas que el dinero puede comprar de verdad es la Tierra.
Y la tierra de Chiapas, esa tierra específica que la había formado y que ella nunca dejó de llevar adentro, aunque pasara décadas en la capital. Era la única cosa en el mundo que le daba a Irma Serrano lo que ningún hombre, ningún contrato, ningún premio había podido darle. Raíces. Cuando Irma Serrano se retiró progresivamente de la vida pública en los años que siguieron a su mandato como senadora, lo hizo de una manera que era perfectamente consistente con quien había sido toda su vida, sin anuncio formal, sin rueda de prensa de
despedida, sin el tipo de retiro ordenado y decoroso que las instituciones esperan de sus figuras. Simplemente empezó a aparecer menos, a viajar menos, a dar menos entrevistas. Y cuando daba entrevistas, las daba desde el rancho, rodeada de sus perros, con el grijalba visible a lo lejos, vestida ya sin los trajes espectaculares de los escenarios, sino con la ropa sencilla de quien vive en el campo y no le debe nada a ningún fotógrafo.
La prensa iba a buscarla y ella a veces la recibía, a veces no. Dependía del día y del humor y de si le parecía que el periodista en cuestión merecía su tiempo. Ese criterio, el criterio de si alguien merecía su tiempo, fue siempre uno de los más importantes de su vida. Los últimos años de Irma Serrano en el rancho Las Querendas fueron, según los testimonios de quienes la visitaron en ese periodo, años de una serenidad que contrastaba con la intensidad de todo lo que había vivido antes.
No era la serenidad de alguien que se ha resignado, ni la de alguien que ha perdido el fuego. Era la serenidad de alguien que ha peleado todas sus batallas, que ha ganado las que importaban y que ha aprendido a hacer las paces con las que perdió y que finalmente puede permitirse el lujo de descansar sin sentir que el descanso es una derrota.
Irma Serrano descansaba sin sentir que era una derrota. Eso para una mujer con su historia era en sí mismo un logro extraordinario. Recuerda esto porque es clave. La vida de Irma Serrano, vista en su totalidad, es la vida de una mujer que desafió sistemáticamente cada una de las reglas que el México del siglo XX le impuso a las mujeres de su origen y de su condición.
Le impusieron la regla de que las mujeres pobres de provincia no llegan a ninguna parte y ella llegó a la Ciudad de México y la conquistó. Le impusieron la regla de que las amantes de los hombres poderosos deben ser invisibles y ella fue la más visible que se podía hacer. le impusieron la regla de que las mujeres que se meten con políticos casados terminan destruidas y ella terminó siendo legisladora.
Le impusieron la regla de que las actrices de cabaret no tienen respetabilidad y ella publicó tres libros, llenó teatros durante cuatro décadas y se convirtió en un referente cultural que las universidades mexicanas estudian hoy como ejemplo de una forma específica de feminismo intuitivo, no declarado construido a golpes de experiencia real.
Pero la historia de Irma Serrano tiene también sus sombras, sombras que ella misma nunca negó, pero que tampoco siempre enfrentó con la misma claridad con que enfrentaba todo lo demás. La sombra más oscura, la que el tiempo no borra y que la historia no puede ignorar, es la sombra de Tatelolco, porque Irma Serrano fue amante de Gustavo Díaz Ordaf, fue amante de él durante el año en que el 2 de octubre de 1968 ocurrió.
siguió siendo amante de él después. Y aunque nunca fue cómplice directa de nada, aunque su posición como actriz y cantante no le daba poder ni responsabilidad sobre las decisiones de estado del presidente, la convivencia íntima con el hombre de la matanza es una realidad que su historia carga para siempre. Irma habló de ello en sus libros con más honestidad de la que muchos esperaban.
dijo que en aquel momento era joven, que no medía las consecuencias, que la línea entre amar a un hombre y juzgar sus actos políticos era una línea que ella no había sabido cruzar. y dijo también algo que resultó ser quizás su reflexión más honesta sobre ese periodo. Dijo que si pudiera volver, no sabe si haría lo mismo.
Y esa duda, esa incertidumbre expresada por una mujer que raramente dudaba de nada es la forma más honesta de reconocer que hay cosas en la vida que no se pueden defender del todo, aunque tampoco se puedan deshacer. Hay otro aspecto de la historia de Irma Serrano que merece atención a que rara vez se menciona cuando se habla de ella.
el aspecto de lo que nunca tuvo. Porque Irma Serrano tuvo fama, tuvo dinero, tuvo poder, en sus propios términos, una forma de poder que pocas mujeres de su generación lograron. Tuvo escándalos que se convirtieron en leyendas. tuvo la admiración de millones de personas que veían en ella algo que querían tener y que no sabían cómo obtener.
Pero Irma Serrano no tuvo hijos y no los tuvo. No porque no los quisiera, los quiso. Los quiso con una intensidad que se hace evidente en la sola imagen de una mujer de 70 años contactando una clínica de reproducción asistida para intentar quedar embarazada con el esperma guardado del hombre que amó y que murió. Esa imagen, más que cualquier escándalo, más que la cachetada al presidente, más que los libros y las canciones y los mariachis en Los Pinos, dice quién era Irma Serrano en el fondo, debajo de la tigresa, debajo de la bravura y el
maquillaje recargado y la voz que no bajaba para nadie, había una mujer que quiso ser madre y que no pudo serlo y que nunca hasta el final dejó de dolerse por eso. Aquí viene lo que casi nadie veía. La carrera política de Irma Serrano, que el mundo del espectáculo vio siempre como una excentricidad, como una extensión de su talento para el escándalo, fue en realidad algo más serio y más calculado de lo que parecía.
Irma Serrano entró a la política en 1994, no solo por revancha, aunque la revancha era parte de ello. entró también porque entendió con la claridad política que había desarrollado durante tres décadas de convivencia con el poder, que el único lugar desde donde una mujer como ella podía verdaderamente protegerse era desde adentro del sistema, que mientras estuviera afuera, el sistema podía vetarla, podía bloquearla, podía usar sus instrumentos contra ella, pero desde adentro, desde un escaño en el Congreso o en el Senado, tenía inmunidad, tenía
voz, tenía un lugar en la mesa que nadie podía quitarle sin seguir el proceso formal que el propio sistema exigía. Y eso, esa protección institucional era exactamente lo que Guadalupe Borja y la Secretaría de Gobernación le habían negado en 1970. Su paso por el Congreso y el Senado fue, según los registros disponibles, un mandato activo, pero no transformador en términos legislativos.
Irma Serrano no pasó a la historia como una gran legisladora. No hay leyes importantes asociadas a su nombre. No hay reformas constitucionales que lleven su firma. Lo que hay es un registro de presencia, de participación, de una voz que siguió siendo incómoda dentro del recinto legislativo, como lo había sido en los escenarios y en los cabarets.
Hubo momentos de confrontación con colegas, hubo declaraciones que generaron polémica, hubo, sobre todo, la imagen de una mujer que no cambió quién era porque hubiera cambiado el escenario, que siguió siendo la tigresa en el Senado de la República con la misma naturalidad con que había sido la tigresa en los teatros de la Ciudad de México.
Después del Senado, el regreso definitivo a Chiapas fue gradual. Entre 2000 y 2010, Irma redujo progresivamente su presencia pública. El rancho Las Querendas absorbió cada vez más de su tiempo y de su energía. Los proyectos en la capital se espaciaron. Las entrevistas se volvieron menos frecuentes, aunque no menos explosivas cuando ocurrían.
Y la figura de Irma Serrano, que durante décadas había sido omnipresente en la cultura popular mexicana, empezó a adquirir la calidad específica que adquieren las grandes figuras cuando se alejan del centro sin desaparecer del todo. La calidad de la leyenda viva, del mito que todavía respira. En los últimos años de su vida, Irma Serrano dio algunas entrevistas que se convirtieron en documentos invaluables, no porque revelaran nuevos escándalos, aunque siempre había algo nuevo que decir, sino porque en ellas habló de su vida con una
perspectiva que solo da el tiempo. Habló de Díaz Sordaz, sin el rencor de la ruptura y sin la nostalgia del amor, con la distancia de quien ya procesó todo y puede mirarlo como lo que fue. una relación entre dos personas con demasiado poder y demasiado carácter, que nunca podía haber terminado de otra manera que no fuera con un escándalo.
Habló de Alejo Peralta con la única forma de amor que el tiempo no puede deformar. La forma en que uno habla de alguien que ya no está pero que sigue presente. Habló de sus años en el Congreso con la ironía de quien conoce bien la diferencia entre lo que las instituciones prometen y lo que entregan.
y habló de Chiapas con el amor sin complicaciones, de quien vuelve al principio y encuentra que el principio era lo mejor de todo. En una de las últimas entrevistas que dio, publicada en El Universal en noviembre de 2024, apenas 3 meses antes de su muerte, Irma Serrano dijo una frase que resume su vida mejor que cualquier biografía. Le preguntaron cómo se definiría a sí misma y ella después de un silencio breve respondió con cuatro palabras.
Una mujer muy cabrona. y se rió. Se rió con la risa de quien ha vivido 90 años con intensidad total y no tiene ningún arrepentimiento que valga la pena mencionar. El primero de marzo de 2023, a las pocas horas de la mañana, el corazón de Irma Serrano se detuvo en el rancho Las Querendas. La causa fue un infarto fulminante. Tenía 89 años.
Su sobrina María del Carmen Serrano fue quien informó al mundo. La Asociación Nacional de Intérpretes publicó un mensaje de condolencias y en las horas que siguieron, mientras la noticia se extendía por los medios y las redes sociales, ocurrió algo que dice más sobre el legado de Irma Serrano que cualquier obituario oficial.
Las personas que la recordaban no hablaban de sus películas, no hablaban de sus canciones, hablaban de la cachetada, hablaban del mariachi en Los Pinos, hablaban de la mujer chiapaneca que llegó con maleta de cartón y terminó siendo senadora. Hablaban de quién fue, no de lo que hizo. Y esa distinción, la distinción entre ser y hacer, entre identidad y obra, es la marca de las figuras que verdaderamente importan, las que dejan no un catálogo, sino un carácter.
Poncho de Nigris, el influencer con quien Irma había tenido una amistad cercana en sus últimos años, publicó en redes sociales un mensaje que sintetizó lo que millones sentían. le dijo que era una fregona de sus tiempos, que volara alto, que a recordarla con un tequila como le gustaba. Y ese mensaje en su informalidad, en su calor directo y sin protocolos, era exactamente el tipo de despedida que Irma Serrano habría elegido si hubiera podido elegirla, sin discursos, sin solemnidad forzada, con tequila y con la certeza de que la persona que se fue lo hizo
habiendo vivido todo lo que quiso vivir y un poco más. El cuerpo de Irma fue trasladado a la ciudad de México para los homenajes. Se veló en su teatro el teatro Fru Fru que ella misma había comprado en los años de esplendor. El teatro que llevaba su nombre en el sentido más profundo porque era el lugar que ella había elegido como suyo.
Existieron figuras del espectáculo, figuras de la política, personas que la habían conocido y personas que simplemente la habían visto de lejos durante décadas y sentían, sin haberla tratado nunca, que algo en su propia vida terminaba con ella. Ese sentimiento, esa sensación de pérdida personal ante la muerte de alguien a quien no se conoce es el sello de las figuras que trascienden su propio oficio y se convierten en algo más grande, en símbolos, en espejos, en la prueba viviente de que ciertos tipos de vida
son posibles, aunque el mundo diga que no lo son. ¿Qué queda de Irma Serrano? Queda la cachetada no como anécdota, sino como símbolo. El símbolo de una mujer que vivió en un sistema diseñado para silenciarla y que respondió al silencio con el gesto más físico, más directo, más incontestable. ¿Qué existe, queda el rancho en Chiapas, la tierra que compró con su propio dinero, la tierra que fue al mismo tiempo su origen y su destino.
Quedan los libros a calzón amarrado y los que siguieron. documentos extraordinarios de una vida sin filtro que deberían estudiarse en cualquier curso sobre la historia de las mujeres. En México, en el siglo XX, queda la imagen de una senadora con maquillaje de tigresa sentada en el recinto legislativo más importante del país, ocupando un espacio que la historia intentó negarle.
Y queda una pregunta, una pregunta que la historia de Irma Serrano plantea con una claridad que pocas historias alcanzan. ¿Qué habría pasado si Irma Serrano hubiera obedecido? ¿Qué habría pasado si hubiera sido la amante discreta que el sistema esperaba? Si hubiera guardado silencio cuando Guadalupe Borja la vetó, si hubiera aceptado el descarte sin respuesta, si hubiera bajado los brazos en lugar de levantar la mano en la entrada de Los Pinos.
La respuesta es simple y brutal, nadie la recordaría. habría sido una actriz más delfine de los años 60, un nombre en los créditos de películas que nadie ve, una nota al pie en la historia del espectáculo mexicano. La obediencia la habría hecho invisible, la desobediencia la hizo inmortal. Y esa paradoja, la paradoja de que en ciertos sistemas la única manera de sobrevivir con dignidad es negarse a obedecer.
No es solo la paradoja de Irma Serrano, es la paradoja de millones de mujeres que vivieron en ese mismo sistema, en ese mismo México, en esa misma época, y que no tuvieron ni el carácter, ni la suerte, ni la voz para hacer lo que ella hizo. Firma Serrano fue la excepción, pero las excepciones existen para recordarnos que las reglas no son inevitables, que se pueden romper, que se pueden cachetear y que a veces, cuando la cachetada está bien dada, los lentes del poder vuelan por el aire y la historia cambia para siempre.
Mm. M.