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HARFUCH SACUDE ACAPULCO: cae la mano derecha de la alcaldesa

HARFUCH SACUDE ACAPULCO: cae la mano derecha de la alcaldesa

Hay un papel que lo explica todo. Una hoja con un nombre, un cargo y una firma, un nombramiento que decía que ese hombre era el asesor jurídico de la alcaldesa de Acapulco, el hombre de su confianza, el que entraba al despacho sin tocar. Imagina ese documento membrete oficial, sello del ayuntamiento, el nombre escrito con todas sus letras, un papel que en cualquier oficina del país significa respaldo, confianza, acceso, la llave para moverse en el primer círculo del poder municipal.

 Ese mismo hombre acaba de ser detenido, señalado como el presunto cabecilla de una red de extorsión. El papel que le abría las puertas del palacio es hoy una de las piezas que más lo señalan, porque cuenta dónde estaba parado, a quién tenía cerca, hasta dónde llegaba su acceso. Y quien puso su nombre sobre la mesa frente a todo el país fue Omar García Harfuch, el secretario de seguridad federal, la cara de la estrategia de seguridad del gobierno, el hombre que rara vez se involucra en un asunto local y que esta vez decidió hacerlo con

nombre y firma. Antes de que sigamos, hazme un favor rápido. Si te interesa entender qué está pasando de verdad en Guerrero, deja tu like. Toca el botón de hype aquí en el móvil junto al like y suscríbete, porque lo que viene tiene capas que casi nadie te va a contar completas.

 Vamos por partes, porque esta historia se entiende mejor si la armamos paso a paso. Acapulco lleva años con una herida abierta, la extorsión, el cobro de piso, esa palabra que en otros lugares suena lejana y que en el puerto es parte de la conversación diaria de quien vende, sirve, renta o cocina para vivir.

 El cobro de piso es eso, una cuota que un grupo criminal impone a un negocio a cambio de dejarlo trabajar, a cambio de no quemarlo, a cambio de no tocar a su familia. Suena abstracto cuando lo cuentas así en frío. Deja de sonar abstracto cuando te lo imaginas en una persona concreta. Piensa en una señora que vende mariscos en un puesto frente al mar. Lleva 30 años ahí.

 Conoce a cada cliente y una mañana llega alguien que no viene a comer, viene a cobrar. le pone una cifra. Le dice, “¿Cuándo?” Le recuerda sin gritar que tiene hijos, esa señora paga y al día siguiente sonríe y sirve como si nada, porque el miedo se aprende a esconder. Multiplica esa escena por miles. Ese es el tamaño real.

En un destino que vive del turismo, esa cuota se convierte en un impuesto criminal que recae sobre el último eslabón, el que renta una sombrilla, el que maneja una lancha, el que pone sillas en la arena. Y lo más cruel del cobro de piso es que casi nunca se denuncia, porque denunciar significa exponerse, significa confiar en una autoridad que muchas veces ha fallado, significa apostar tu seguridad a que el sistema esta vez sí va a responder.

 La mayoría no apuesta, la mayoría paga y calla. Por eso, la extorsión es un delito que vive en la sombra. Las cifras oficiales siempre se quedan cortas frente a la realidad, porque por cada caso denunciado hay muchos que jamás llegan a un expediente. Lo que se ve es la punta. Debajo hay un volumen que nadie mide con precisión y en medio de ese mundo apareció una red, una organización que, de acuerdo con la información oficial, se dedicaba a exprimir justo a esos prestadores de servicios turísticos. Detente a pensar

en quiénes son esos prestadores de servicios. No son empresarios poderosos, son el muchacho que renta motos acuáticas, la familia que tiene un restaurante de pescado a la orilla, el que vende collares en la arena, el que ofrece paseos en lancha, el que pone una hilera de camastros y cobra por la sombra.

 Gente que vive el día, que si no trabaja hoy, no come mañana. Sobre esa gente caía la cuota, sobre el que menos podía pagarla. Y la mecánica del miedo es siempre parecida. Primero llega la advertencia amable. Después el tono sube. Si alguien se resiste, aparece el daño, un negocio quemado, una golpiza, una desaparición que sirve de ejemplo para todos los demás.

 No hace falta castigar a muchos. Basta castigar a uno para que el resto entienda y pague sin chistar. Así se construye el silencio del que vive una ciudad extorsionada, un silencio hecho de miedos individuales que se suman hasta volverse paisaje. Por eso, cuando cae una red que operaba sobre ese sector, la noticia toca una fibra muy onda en el puerto, porque le pone nombre y rostro a algo que mucha gente sufría en privado sin poder decirlo en voz alta y abre una rendija de esperanza peligrosa.

 esperanza porque por fin alguien actuó peligrosa porque si el caso no llega hasta el final, esa esperanza se convierte en una desilusión que cuesta años reparar. Hay algo que conviene decir aquí sin sermón. La extorsión se alimenta del silencio. Cada cuota que se paga en secreto, cada amenaza que no se reporta le da oxígeno a la red.

 Romper ese silencio es difícil y da miedo con toda razón. Pero los casos que avanzan, los que terminan en detenciones como esta, casi siempre empezaron con alguien que se atrevió a hablar. La denuncia, con todos sus riesgos, sigue siendo la grieta por donde entra la luz. Las autoridades insisten en que existen canales para denunciar la extorsión de forma anónima.

Si la estrategia nacional quiere resultados, va a depender en buena medida de que la gente confíe lo suficiente para usarlos. Y esa confianza solo se gana con casos que sí lleguen al final. Por eso este expediente importa más allá de Acapulco. Es una prueba de si el sistema cumple lo que promete. El operativo cayó sobre Acapulco con nueve órdenes de cateo ejecutadas casi al mismo tiempo.

 Un cateo es la entrada legal de la autoridad a un domicilio autorizada por un juez para buscar pruebas o detener a alguien. Nueve. Simultáneos. Eso no se improvisa en una tarde. Para que nueve cateos ocurran a la vez, hace falta inteligencia previa. Hace falta saber dónde está cada blanco, a qué hora, con quién.

 Hace falta que un juez haya revisado y firmado cada orden y hace falta coordinar a decenas de elementos para que entren al mismo tiempo antes de que uno avise a los demás por teléfono. Esa simultaneidad es la firma de una investigación que llevaba semanas, quizá meses, armándose en silencio. Nadie improvisa nueve cateos como respuesta a una denuncia de última hora.

 Detrás hubo planeación, paciencia y trabajo previo de inteligencia. 11 personas detenidas, siete de ellas con órdenes de aprensión ya libradas por delincuencia organizada con fines de extorsión. Detente en esa diferencia porque importa. Siete con orden de aprensión previa significa que un juez ya había analizado pruebas en su contra antes del operativo.

 Los otros cuatro habrían sido detenidos en el momento, por lo que se haya encontrado durante los cateos. Son dos situaciones legales distintas y conviene no confundirlas. Y entre todas un nombre que cambió el tono de la noticia, Jesús Zamora Cervantes. Aquí es donde aquel papel vuelve a la mesa, porque Zamora Cervantes no era un desconocido del bajo mundo.

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