Frida Kahlo: Por ESTO Diego le Negó a Sus Cenizas el Último Deseo Que Pidió Antes de Morir
17 de septiembre de 1925, 5:30 de la tarde, una calle del centro de Ciudad de México que olía todavía a pólvora vieja de las fiestas patrias del día anterior, con la luz tibia de un septiembre que no acaba de despedirse del verano, en la calzada de San Antonio Abaz, un autobús de madera pintada de azul y crema cruza una intersección con la torpeza de los vehículos de la época.
Los cristales abiertos, el conductor silvando una canción que nadie recuerda hoy. Adentro va una muchacha de 18 años con falda larga y trenzas, sentada al fondo junto a su novio, el muchacho más prometedor de su generación, el que iba a ser abogado, el que iba a ser todo. Va riéndose.
acaba de comprar un juguete de barro que apretaba contra el pecho con esa felicidad de las chicas, que todavía no saben que la felicidad puede romperse en mil pedazos en menos de 3 segundos. Y entonces aparece el tranvía. viene de Shochimilko recorriendo su línea de todos los días con esa lentitud aparente que tienen las cosas que después de la tragedia siempre parecen haber venido despacio.
Aunque en realidad iban más rápido de lo que el cerebro humano puede procesar, el tranvía golpea el autobús de madera por el costado. El choque, según ella misma escribió años después con sus propias manos, fue extraño, sordo, lento, como si en lugar de un impacto normal hubiera sido una larga presión que doblaba el autobús desde adentro.
Maltrató a todos y a ella mucho más. El autobús se dobla como una caja de cartón. La madera cruje. Los pasajeros salen despedidos contra los cristales, contra las paredes, contra el techo. Y en algún lugar de ese caos, un pasamanos de metal arrancado de su lugar por la fuerza del impacto entra por la cadera izquierda de la muchacha y sale por su sexo.
Le atraviesa el cuerpo de lado a lado. La columna vertebral se le fractura en tres puntos distintos. La clavícula se le quiebra, dos costillas se le rompen, la pelvis se le perfora, la pierna derecha, esa misma pierna que la poliomielitis había dejado más delgada cuando era niña, se le fractura en 11 lugares diferentes. El pie derecho queda aplastado, el hombro izquierdo se le sale de su sitio y entonces ocurre la imagen más extraña de todo el accidente.
En el mismo autobús viajaba un hombre que llevaba a cuestas una bolsa con polvo de oro, ese polvo que los pintores de murales usaban en los acabados de los edificios públicos. La bolsa se rompió en el impacto y el polvo de oro cayó sobre el cuerpo desnudo de la muchacha, mezclado con su sangre, sobre la piel arrancada, sobre las heridas abiertas.
Y según contaron los testigos que se acercaron entre los gritos de la calle, alguien señaló hacia ella con el dedo y dijo en voz alta, sin entender lo que estaba viendo. Miren, una bailarina. Miren, una bailarina. A esa muchacha tendida sobre el asfalto nadie la conocía esa tarde. El mundo del arte todavía no sabía cómo se llamaba, pero llegó el día en que el planeta entero supo su nombre, Frida Calo.
Y lo que viene en los próximos minutos es la historia de lo que le costó ser exactamente esa mujer. La mujer cuyo rostro hoy aparece en los billetes mexicanos de 500 pesos. La mujer que cuelga en las paredes del lubre y del Pompidú y del Museum of Modern Art de Nueva York. La mujer cuya casa azul de Coyoacán recibe 25,000 visitantes al mes.
La mujer que el mundo entero conoce. Mi gente, el mundo vio los cuadros. Nadie quiso ver el precio que le costaron. Esta historia no es la que aparece en los documentales bonitos con música de violín y colores brillante. Esa versión ya existe mil veces en mil canales contada por mil voces que confunden la admiración con el conocimiento.
Esta historia se hace una sola pregunta, una pregunta que tienen que llevarse pegada al pecho hasta el final del video. ¿Cuánto le costó ser Frida Calo? Y ya les adelanto que la respuesta no es justa. No es bonita, no es de poster motivacional, pero es la única respuesta verdadera y esa es la única que importa. En el próximo rato vamos a descubrir cuatro cosas sobre Frida Calo que los libros de arte de su época no se atrevieron a poner por escrito.
Cuatro cosas les voy a avisar cuando llegue cada una para que no se pierdan ninguna. La primera, lo que ese accidente del tranvía le cobró durante el resto de su vida en operaciones, en corsés de yeso y de acero, en hora extendida en una cama mirando un techo blanco mientras el mundo seguía afuera. La segunda, la traición más brutal que una mujer puede sufrir.
Una traición que vino de la persona más amada por Frida después de su padre. Una traición que ocurrió en su propia casa, en su propia cama. mientras ella estaba en el cuarto de al lado. La tercera las condiciones humillantes que un hombre poderoso le impuso a Frida para volver a casarse con ella después del divorcio.
Condiciones que muchas mujeres aceptarían hoy todavía y que les van a doler porque las van a reconocer. Y la cuarta, lo que ese mismo hombre pidió desde la tumba que nunca le concedieron. La última traición póstuma, la justicia torcida que llegó tarde, pero llegó. Antes de seguir, comadres, yo les pido una cosa. Si están escuchando esto, si llegaron hasta aquí, sienten que esta historia las jala, déjenme un comentario contándome qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven una foto de Frida Calo, si fue una revista vieja en casa de su
mamá, si fue una pintura que vieron de niñas y no entendieron, si fue una clase en la escuela, cualquier cosa. Leo todos los comentarios. Para entender cómo llegamos hasta el polvo de oro sobre el cuerpo de Frida en aquella tarde de septiembre. Hay que volver al principio. Hay que volver a la casa pintada de azul añil en Coyoacán, ese azul tan específico de México que tenía un nombre y una función, porque se decía que ese color ahuyentaba a los espíritus y marcaba la frontera entre lo de adentro y lo de afuera. Esa casa azul existe
todavía. Hoy es museo. Hoy entran ahí turistas japoneses y mexicanas y francesas y americanas con la cámara del celular lista. Pero en 1907, cuando nació Magdalena Carmen Frida Calo Calderón, era simplemente la casa de una familia, una casa donde se hacía mole los domingos y se casan canciones a las niñas chiquitas y se rezaba el rosario porque la mamá, doña Matilde Calderón, era oasaqueña y católica y no concebía la vida sin Dios. El papá era otra cosa.
El papá era Guillermo Calo, un hombre que había llegado a México desde Alemania siendo todavía joven, huyendo de algo que nunca nombró del todo, con un acento que nunca terminó de perder, con esa precisión cuidadosa de quien aprendió el español de adulto y no podía darse el lujo de la aproximación. Era fotógrafo, no de retratos de familia, no de bodas, no de bautizos.
Guillermo Calo fotografiaba edificios, iglesias coloniales, conventos, haciendas, monumentos. El presidente Porfirio Díaz lo había contratado para documentar el patrimonio arquitectónico de México. Y don Guillermo recorría el país con su cámara aparatosa, con sus placas de vidrio, con esa paciencia de los fotógrafos antiguos que tenían que esperar minutos enteros para captar una sola imagen.
Y Guillermo Calo tenía un secreto que en aquella época no se hablaba en voz alta. Tenía epilepsia. Los ataques le llegaban sin aviso: en mitad de la calle, en mitad de la mesa, en mitad de una sesión fotográfica. Caía al suelo, convulsionaba, regresaba a sí mismo confundido y avergonzado. En el México de principios del siglo XX, un hombre con epilepsia era un hombre marcado.
La sociedad lo veía con piedad y con miedo a partes iguales. Pero Guillermo Calo no lo escondía dentro de su propia casa. Y esa honestidad de su padre sobre la fragilidad del cuerpo. Esa honestidad, mi gente, fue la primera lección que Frida aprendió antes de saber que la estaba aprendiendo. Frida fue la tercera de cuatro hijas, Matilde y Adriana, las mayores.
Frida en medio y Cristina, la más chiquita, la consentida, la que iba a hacerle pesar a Frida durante toda la vida la palabra hermana. Guarden ese nombre, comadres. Cristina Calo, porque vamos a volver a ella en un rato y lo que va a pasar les va a quitar el aliento. Cuando Frida tenía 6 años, le llegó la primera factura, la poliomielitis.
La enfermedad que mataba niños en aquella época, la enfermedad para la que todavía no existía vacuna, la enfermedad que se llevaba por delante a unos y dejaba a otros marcados para siempre. Afrida la dejó marcada. sobrevivió, pero la pierna derecha nunca se desarrolló igual que la izquierda.
Quedó más delgada, quedó ligeramente más corta. La diferencia no era enorme, no le impedía caminar, no le impedía correr. Pero los niños notan y los niños no son piadosos cuando notan. En la escuela le decían Frida la coja, le decían pata de palo, dos palabras nada más, sin adorno, sin compasión, con esa crueldad sin imaginación que tienen los niños cuando deciden que algo distinto significa algo defectuoso.
Y Frida aprendió desde muy temprano lo que significa que el mundo decida señalarla, lo que significa que su cuerpo, lo más suyo de todo lo suyo, se convierta en motivo de risa para personas a quienes ella no les ha hecho nada. A lo mejor ustedes también se acuerdan de eso, comadres, si fueron a la escuela en los años 50 o 60, si crecieron en un pueblo o en un barrio donde todos se conocían, si fueron las chaparras o las gorditas o las que tenían lentes o las que tenían acento.
A lo mejor ustedes también se acuerdan de lo que es que te miren como algo que no salió del todo bien. Esa herida no cierra. La persona a quien señalaron por su cuerpo cuando tenía 6 años se lleva esa señal hasta el último día. Y Frida Calo la cargó toda la vida. Pero su padre, ese hombre que había llegado de Alemania con la maleta de los cuidadosos, ese hombre que había visto el mundo desde detrás de una cámara, hizo algo que ningún padre de aquella época hacía con sus hijas.
La trató exactamente igual que si fuera su hijo varón. La llevaba con él a los museos, no de paseo, no a mirar cuadros bonitos, a aprenderlos. Le explicaba lo que veían, le hacía preguntas y esperaba respuestas reales, no respuestas de niña chiquita. le enseñó filosofía cuando los maestros de las niñas de su edad estaban enseñando bordado.
Le explicó cómo la luz entra a una cámara y se convierte en imagen, como la realidad se vuelve fotografía. Cómo una piedra puede contar una historia si uno sabe mirarla. y la metió al deporte, a nadar, a montar bicicleta, a boxear, boxear, comadres, boxear en 1915 a una niña mexicana con una pierna más delgada que la otra.
Esto era el escándalo del barrio de Coyoacán. Las señoras se persignaban cuando veían pasar a la hija del fotógrafo alemán con guantes de boxeo. Pero Guillermo Calo no veía a una niña a la que había que proteger. Veía a una niña a la que había que enseñar que el cuerpo que tenía era el cuerpo que era y que ese cuerpo podía mucho más de lo que el mundo esperaba.
Guillermo Calo fue el único amor de toda la vida de Frida que nunca la traicionó. Eso es importante decirlo porque todo lo que viene después tiene más sentido cuando se entiende que Frida supo desde muy joven lo que era ser vista de verdad, no como adorno, no como apéndice, no como hija o esposa o modelo, sino como alguien con cabeza propia y con derecho a esa cabeza.
Su padre le dio eso y ningún otro hombre en su vida iba a poder sostenerse a esa altura. A los 15 años, Frida consiguió una de las cosas más difíciles que podía conseguir una muchacha en el México de 1922, una beca en la Escuela Nacional Preparatoria, la institución más prestigiosa y más exigente del país. Para que se hagan a la idea, en esa escuela había 2000 estudiantes matriculados.
De esos 2000, solo 35 eran mujeres. 35. Y una de esas 35 era Frida. Llevaba el pelo cortado al agarzón. Esa moda que las señoras decentes consideraban escandalosa. Fumaba cigarrillos en los pasillos. Discutía de política con los muchachos con esa frontalidad que descolocaba a quienes esperaban que una chica de 15 años se callara y bajara la mirada.
se metió en un grupo de estudiantes que se hacían llamar los cachuchas, jóvenes que leían filosofía europea, que debatían sobre comunismo y nacionalismo mexicano, que hacían bromas que a veces cruzaban la línea y que lo sabían y les daba risa cruzarla y quería ser médica. Ese era el plan, la medicina. El cuerpo humano entendido desde adentro, Frida iba a ser doctor hasta que el 17 de septiembre de 1925, a las 5:30 de la tarde un pasamanos de metal le atravesó el cuerpo de lado a lado y el plan de ser médica se convirtió en yeso, dolor y techo. Ahora
sí, comadres, aquí viene lo primero que les prometí, lo que ese accidente del tranvía le cobró durante el resto de su vida. Las primeras semanas fueron un milagro y una agonía simultáneos. Los médicos del hospital de la Cruz Roja no esperaban que sobreviviera. Tenía 18 años y 30 puntos de daño en un cuerpo que era el de una muchacha que apenas estaba empezando a ser mujer.
Hicieron lo que podían hacer en 1925, que era muchísimo menos de lo que se podría hacer hoy. Le pusieron yesos, le pusieron correas, la inmovilizaron por completo y cuando consideraron que ya no podía morir más, la mandaron a su casa. 9 meses en cama, piénsenlo, comadres, 9 meses tendida, boca arriba en esa cama, sin poder levantarse, sin poder sentarse, sin poder voltear el cuerpo a la izquierda o a la derecha, dependiendo de su madre y de sus hermanas para todo lo que requería estar en posición vertical, mirando el techo, mirando
solamente el techo, mientras afuera de esa habitación el mundo seguía existiendo. Los amigos de los cachuchas seguían en los cafés del centro de Ciudad de México discutiendo de Marx y de Lenin. Su novio, Alejandro Gómez Arias seguía estudiando para abogado. Las otras 34 mujeres de la preparatoria seguían en sus clases y ella mirando el techo.
Doña Matilde, su madre, no sabía qué hacer. Era una mujer práctica, religiosa, de las que cuando no podían hacer nada rezaban y cuando podían hacer algo lo hacían sin preguntar. Rezó muchísimo en esos 9 meses y también hizo algo que ninguna de las dos sabía que iba a cambiar la historia del arte del siglo XX. le mandó instalar un espejo en el techo, un espejo de los que se ponen en el dosel de las camas, para que quien está tendido boca arriba se vea sin esfuerzo, para que el techo deje de ser solo techo, un espejo, una idea pequeña, casi humilde, sin pretensión
artística de ningún tipo, un gesto de madre que no sabe cómo ayudar de verdad y hace lo que puede con lo que tiene. y Frida, que llevaba meses viendo nada más que un techo blanco, que tenía 18 años y el cuerpo cosido por dentro, agarró un pincel. Las pinturas eran de su padre, las que él usaba para colorear algunas de sus fotografías.
Le pidió que se las prestara. También le pidió otra cosa. Le pidió que le construyera un caballete especial, uno que pudiera funcionar en posición horizontal, con el lienzo colgado encima de la persona acostada y no enfrente de la persona de pie. y Guillermo Calo, el fotógrafo de las haciendas y los conventos, el hombre que llevaba a su hija a los museos desde los 6 años, el único amor que nunca la traicionó, agarró sus herramientas y le construyó ese caballete con sus propias manos.
Frida empezó a pintarse a sí misma porque era lo único que veía. El espejo en el techo le devolvía su rostro y ella decidió que ese rostro era suficiente para empezar. Quédense con esa imagen, comadres. Una muchacha de 18 años a quien el mundo le había arrancado el plan de su vida entera en 3 segundos. Una muchacha que no podía caminar, que no podía sentarse, que no podía ir a la escuela, que no podía salir de esa habitación por sus propios medios.
Agarra un pincel y empieza a pintarse a sí misma porque es lo que tiene, porque el espejo del techo le devuelve su cara. Y ella decide que esa cara merece ser pintada, que ese cuerpo roto, ese cuerpo enyesado, ese cuerpo defectuoso sigue siendo suyo y lo suyo se puede convertir en arte si una decide mirarlo de esa manera.
Cuando por fin pudo ponerse de pie 9 meses después, ya no era la misma muchacha. se levantó con la espalda torcida, con dolor en cada movimiento, con un corsé de cuero que desde ese momento iba a ser parte permanente de su vida, pero salió de esa habitación con un puñado de autorretratos bajo el brazo. los autorretratos que había pintado mirándose en el espejo del techo, los primeros cuadros de una mujer que iba a redefinir lo que significaba pintarse a una misma.
Y el cuerpo, que había firmado la primera factura ese septiembre de 1925, no había hecho más que empezar a cobrar. Las operaciones fueron llegando una por una con esa paciencia de las cosas que saben que tienen todo el tiempo del mundo. Tres en los siguientes 5 años, cinco en la década de los 30, más en los 40, más en los 50.
Cuando los médicos terminaron de contar al final de su vida, le habían hecho más de 30 intervenciones quirúrgicas, algunas en México, otras en Estados Unidos, donde los médicos tenían técnicas más nuevas, operaciones de columna, operaciones de pelvis, operaciones del pique, injertos óseos, reducciones, fusiones, cada operación con su recuperación, con su nuevo corsé, con sus semanas de inmovilización, con su rehabilitación.
Y entre operación y operación, dolor. Dolor todos los días. Dolor cuando se levantaba, dolor cuando se sentaba, dolor cuando caminaba más de unos cuantos metros. Dolor cuando hacía el amor, dolor cuando reía con fuerza, dolor crónico, constante, sordo. Ese dolor que no llega en oleadas dramáticas, sino que está ahí siempre como un compañero al que una se acostumbra a la fuerza, porque la alternativa es volverse loca.
Y los corsés, los corsés acompañaron a Frida desde 1925 hasta el día de su muerte. Primero los de yeso, esos pesados y sofocantes que le pusieron durante los 9 meses de recuperación. Después los de cuero más manejables, hechos a la medida por un ortopedista de la Ciudad de México, que se los confeccionaba con el cuero más resistente y se los abrochaba con correas atrás.
Más tarde los de acero, en los años finales, cuando la columna ya no podía sostener su propio peso sin un esqueleto exterior, se los ponía cada mañana con la ayuda de una enfermera. llevaba 16 horas al día, 16 horas con el torso encerrado en un armazón que era necesario para poder estar de pie, pero que al mismo tiempo le impedía exactamente la libertad de movimiento que una persona necesita para sentirse en su propio cuerpo.
que los quitaba por la noche con esa mezcla de alivio físico y humillación silenciosa que solo conocen las personas cuyo cuerpo depende de algo externo para existir en posición vertical. Hay uno en particular que está hoy en una vitrina del museo Frida Calo en Coyoacán, iluminado desde abajo con luz de nue y la gente que visita ese museo se para a mirarlo mucho más tiempo del que se para a mirar cualquier otra cosa.
Es un corsé de yeso blanco de los del periodo en que el cuerpo todavía estaba intentando reconstruirse. Y sobre esa superficie blanca, sobre el instrumento de su sujeción, sobre la cosa que la mantenía encerrada, Frida pintó. Pintó oces y martillos porque creía en ciertas cosas con la misma convicción con que respiraba. Pintó flores tropicales con esos colores intensos que solo ella podía usar sin que parecieran excesivos.
Pintó un feto, pintó un caracol, pintó una horquilla, pintó el corsé como si el corsé fuera un lienzo. Convirtió la jaula en el instrumento de su expresión al mismo tiempo que la jaula seguía siendo la jaula, sin contradicción. Las dos cosas eran ciertas a la vez. Y eso, comadres, eso es lo que significa que el artista siempre gana.
Frida sufrió todo lo que está documentado y con toda probabilidad también muchísimo más que solamente ella conoció. Pero hay una capacidad que tienen las grandes artistas y que muy pocas personas tienen. Agarran lo que les hacen y lo convierten en algo suyo de manera irrevocable. Para siempre. La enfermedad seguía siendo enfermedad.
El corsé seguía siendo corsé. Pero el corsé pintado, eso ya era completamente suyo y de nadie más, nadie se lo podía quitar. ¿Cuánto le costó ser Frida Calo? Por el momento llevamos un cuerpo destrozado, 32 cirugías acumuladas, tres décadas de dolor crónico, una vocación de médica truncada para siempre.
y los corsés, los corsés que se ponía cada mañana con ayuda, los corsés que se quitaba cada noche con esa humillación pequeña y diaria que nadie nombra en los libros de arte. Y todavía no llegamos a Diego. Cuando Frida estaba pintando esos primeros autorretratos en la cama, mirando el espejo del techo, había un hombre en Ciudad de México cuya sola sombra cubría buena parte del arte mexicano.
Diego Rivera, 42 años, más de 130 kg de presencia física que ocupaba el espacio de una habitación entera sin que tuviera que hacer nada. comunista declarado, militante, sin la menor intención de suavizar sus posiciones políticas en ninguna conversación. Pintor de murales, famoso en México y famoso en Europa y famoso en los Estados Unidos.
Sus murales cubrían las paredes de los edificios públicos más importantes del país, con esa paleta de rojos y amarillos y verdes que contaba la historia de México completa en una sola pared, con esa técnica del fresco que requería velocidad y seguridad simultáneas, porque la pintura se aplica mientras el yeso todavía está húmedo y no hay margen para dudar.
Diego Rivera era también otras cosas. Era un hombre que se había acostado con prácticamente todas las mujeres que habían cruzado alguna vez la puerta de su taller con modelos, con estudiantes, con actrices, con esposas de amigos. Todo el mundo lo sabía. Nadie fingía que no lo sabía. En los pasillos de las galerías de Ciudad de México se aseguraba que ninguna mujer que quisiera entrar al círculo del arte escapaba del ojo de Diego y Diego no escondía nada.
Diego había tenido dos esposas antes y a la segunda Guadalupe Marín todavía estaba casado con ella legalmente cuando Frida apareció en el andamio donde él estaba trabajando. Era 1928. Frida tenía 21 años. Llevaba un puñado de cuadros bajo el brazo y le pidió a Diego que bajara. Diego Rivera no era un hombre al que le pedían cosas.
Diego Rivera era un hombre que decidía cuándo bajaba del andamio, pero esta muchacha de 21 años con el corsé de cuero debajo de la ropa y los cuadros bajo el brazo, le habló desde abajo con esa frontalidad que tenía cuando sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y Diego bajó. Frida le extendió los cuadros y le dijo mirándolo a los ojos, “No he venido a que me hagas un cumplido.
He venido a que me digas si mis cuadros tienen algún valor, porque si no lo tienen, prefiero saberlo ahora y dedicarme a otra cosa antes de perder más tiempo.” Diego miró los cuadros y los miró bien, porque Diego, con todo lo que era, tenía buen ojo y lo sabía y le dijo que eran extraordinarios. No era flirteo, o al menos no era solo flirteo.
En esos cuadros había algo que el mundo del arte mexicano no había visto antes. Una mujer que se miraba a sí misma con la precisión de un cirujano y sin ninguna de las cortesías que la cultura de la época ponía entre una mujer y su propio cuerpo. Frida pintaba el cuerpo que tenía, no el cuerpo que el mundo le habría recomendado. Y eso.
En 1928, en un mundo del arte dominado por hombres que pintaban mujeres como objetos decorativos o como símbolos, era algo que Diego Rivera reconoció de inmediato. Empezaron a verse. El noviazgo fue intenso y corto. Doña Matilde, la madre de Frida, la mujer práctica y religiosa de Oaxaca, describió el asunto sin rodeos al verlos juntos.
Es el matrimonio entre un elefante y una paloma, dijo. Y era exactamente lo que parecía desde afuera. El 21 de agosto de 1929 se casaron. Una boda sencilla en el Palacio Municipal de Coyoacán ante el alcalde con los amigos cercanos y poco protocolo. Diego se divorció de Guadalupe Marín para casarse con Frida y don Guillermo Calo, el padre que había llevado a Frida a los museos desde niña, el padre que le había construido el caballete horizontal con sus propias manos, le dijo a Diego Rivera algo que en boca de un padre de la época sonaba casi imposible. Tenga en
cuenta”, le dijo, que mi hija es una persona enferma y que lo va a hacer toda su vida, pero también es la persona más inteligente que conozco. Los primeros años fueron los mejores años que tuvo ese matrimonio. Y eso ya dice mucho, porque ni siquiera los mejores años fueron fáciles. Diego seguía siendo Diego, lo cual quería decir los viajes interminables, los compromisos políticos que devoraban el tiempo privado, la escala pública que era imposible de ignorar, aunque una se lo propusiera, pero había algo genuino debajo. Diego
admiraba a Frida como artista, cosa que muy pocos hombres de su época podían hacer con sus parejas sin que les temblara el pulso. La presentaba a los críticos y a los coleccionistas. la animaba a seguir pintando. Y en esos primeros viajes a San Francisco, a Detroit, a Nueva York, empezó a pasar algo que nadie había anticipado.
El mundo empezó a verla a ella, no como la esposa de Rivera, como Frida Caló, la mujer mexicana que llevaba trajes de teuana, los wipiles bordados de las mujeres del Ismo, las faldas largas que en México representaban la tradición matriarcal anterior a la conquista. La mujer que pintaba su propio cuerpo roto con flores en el pelo y con la mirada de quien ha visto más de lo que la mayoría de la gente ve en toda una vida.
Pero Diego era Diego y las infidelidades empezaron pronto, no como sorpresa para nadie que lo conociera, mi gente. Era exactamente lo que había hecho en todos sus matrimonios anteriores y en todos los periodos entre matrimonios y probablemente también durante los matrimonios. Modelos jóvenes que llegaban al taller a aprender y salían habiendo aprendido más de lo que esperaban.
estudiantes americanas, pintoras de talento que entraban al círculo de Rivera y aceptaban el precio que ese círculo cobraba. Frida lo sabía. No era tonta. No vivía en un universo paralelo donde la reputación de su marido era distinta de la que era. Vivía en Ciudad de México, donde todo el mundo sabía lo que Diego Rivera hacía y con quién, y donde esa información llegaba por 1000 canales que no se podían cerrar, aunque una se lo propusiera, y eligió quedarse porque lo amaba con esa clase de amor que no escucha argumentos razonables,
por muy razonables que sean. quedó embarazada tres veces, tres veces. Y las tres veces el cuerpo, ese cuerpo que ya llevaba la firma del pasamanos de metal en cada cicatriz, se negó a sostener un embarazo a término. La primera vez fue en 1930, la segunda en 1932 en Detroit, donde Frida sufrió una hemorragia que casi le cuesta la vida y de la cual nació paradójicamente uno de los cuadros más devastadores de toda su carrera, el hospital Henry Ford, en el que se pintó a sí misma tendida en la cama del hospital con seis cordones
rojos que la unían a un feto perdido, a una flor, a una pelvis fracturada. a un caracol que era la imagen del aborto lento. La tercera vez fue en 1934 y esa vez, además, le tuvieron que amputar dos dedos del pie derecho. Frida supo entonces, en una sola tarde que no iba a ser madre nunca y que el cuerpo seguía cobrando facturas que ella no había firmado.
Y entonces llegó 1934, el año que rompió todo lo que se podía romper. Frida y Diego se habían instalado en San Ángel en dos casas gemelas diseñadas por el arquitecto Juano Gorman, dos cubos modernos pintados de azul y de rojo, unidos por un puente que iba de la terraza de él a la terraza de ella. La idea era hermosa sobre el papel.
Cada uno tenía su espacio. Cada uno podía trabajar en privado y cruzar el puente cuando quisiera estar con el otro. Era la arquitectura de una pareja moderna. de dos artistas que se admiraban mutuamente y se respetaban mutuamente. Y debajo de esa arquitectura, mientras Frida se recuperaba de la operación de los dedos del pie en su casa azul, mientras estaba acostada en su cama tomando los medicamentos que los médicos le habían recetado, mientras pintaba poco porque el dolor no la dejaba.
En la casa de al lado cruzando el puente dentro del taller de Diego estaba pasando algo que iba a cambiarlo todo. Aquí viene lo segundo que les prometí, comadres. Y este es el momento del video donde si están en el carro mejor estacionen, si están en la cocina mejor siéntense. Porque lo que viene es la traición más brutal que una mujer mexicana ha sufrido en la historia de este país.
Y la hizo el hombre al que ella más amaba con la mujer a la que ella más quería. Cristina Calo, la hermana menor, la Benjamina, la que tenía un año menos que Frida, la que había sido su confidente desde niña, la que había compartido habitación con ella en la casa azul de Coyoacán, la que había sido su modelo en sus primeros cuadros, la que se había casado con un hombre que la había abandonado al poco tiempo de tener al segundo hijo, dejándola sola con dos criaturas y sin un peso. Cristina necesitaba dinero.
Frida quería ayudarla. Y aquí, comadres, atención, aquí es donde la historia se parte en dos. Frida fue la que lo propuso. Frida fue la que le dijo a Diego, “Oye, mi hermana necesita un trabajo. Contrátala como modelo y como asistenta en el taller. Así nos ayudamos todos.” Diego dijo que sí. Cristina empezó a posar para Diego.
Posó vestida, posó para el mural llamado el conocimiento y la pureza que Diego estaba pintando en la antigua Secretaría de Salubridad. Posó para otros estudios y en algún momento, mientras posaba, dejó de posar vestida. Diego empezó a pintarla desnud. La pintó como símbolo de la pureza femenina, una mujer joven sin ropa con flores que representaban la fertilidad.
con esa ironía, cruel arte que convierte en alegoría lo que en la vida real es deseo. Lo que pasó después no se supo de inmediato. Los pasillos de San Ángel hablan desde hace 90 años de la tarde en que Frida cruzó el puente y abrió la puerta del taller de Diego. Algunas versiones dicen que los encontró en la cama, otras dicen que se enteró por una amiga, otras dicen que lo supo porque algún detalle, alguna ropa, algún gesto, algún cuaderno olvidado se lo gritó a la cara sin necesidad de ver nada.
Las más lenguas de la farándula mexicana se han contradicho durante décadas en los detalles, pero hay una cosa que ningún biógrafo de Frida discute. En algún momento de 1934, Frida Calo supo que su marido se estaba acostando con su hermana y se rompió. se cortó el pelo. Ese pelo largo y negro que Diego adoraba, que aparecía en todos los retratos de aquellos primeros años, que era parte de su firma visual, ese pelo lo agarró con unas tijeras y lo cortó hasta el cuero cabelludo.
Pintó después un autorretrato con el pelo corto, sentada en una silla amarilla, vestida con un traje masculino que parecía robado del armario de Diego. rodeada del pelo cortado tirado en el suelo como si fueran serpientes muertas. Y arriba del cuadro escribió un fragmento de una canción mexicana. Mira que si te quise fue por el pelo.
Ahora que estás pelona, ya no te quiero. Era una declaración de guerra. Era un mensaje directo al hombre que la había traicionado. Si lo que él quería era el pelo, ella se quedaba sin pelo. Si lo que él quería era la mujer mexicana de las trenzas y las flores, ella se vestía de hombre. Guardó los vestidos de teuana, esos wipiles bordados que se había puesto cada día desde la boda, los metió al armario y cerró la puerta.
Se vistió con ropa de hombre. se mudó a un departamento moderno en la avenida Insurgentes, lejos de la casa con el puente, lejos del taller de Diego, lejos de la casa azul de Coyoacán, donde Cristina seguía existiendo como si nada hubiera pasado. Empezó a beber coñac principalmente, a veces tequila. A los amigos que la visitaron en aquellos meses, Frida les decía algo que se ha quedado en la historia del dolor mexicano.
Quise ahogar mis penas en alcohol. Pero las condenadas aprendieron a nadar y se ha quedado porque esa frase, comadres, esa frase la conocen todas las mujeres de este país, que han intentado alguna vez tapar con licor un dolor que no se tapa con licor. Y un año entero, todo 1934, no pintó ni un solo cuadro, nada. La pintora que se había salvado del techo blanco a los 18 años pintando.
La pintora, cuya identidad entera ese pincel que su padre le había puesto en la mano, no pudo agarrar un pincel durante un año. Cuando por fin volvió a pintar en 1935, lo primero que salió fue un cuadro que la gente que lo ve por primera vez no olvida nunca. Se llama Unos cuantos piquetitos.
Y la historia de ese título es tan brutal como el cuadro mismo. Frida había estado leyendo el periódico durante esos meses oscuros y un día encontró una nota. Un hombre borracho había asesinado a su mujer en una cama. Le había dado 20 puñaladas, 20. Cuando la policía lo detuvo y los periodistas lo entrevistaron antes del juicio, el hombre respondió con una frase que reflejaba con precisión lo que pensaba de la vida de esa mujer.
Pero si solo le di unos cuantos piquetitos, esa frase, esas palabras, 20 puñaladas reducidas a unos cuantos piquetito, como si la mujer que él había matado no valiera ni el reconocimiento de su propia muerte. Frida agarró esa frase y la convirtió en el título del cuadro más honesto que pintó en toda su vida.
Una mujer desnuda tendida sobre una cama cubierta de heridas, sangre por todas partes, la cama empapada, el piso manchado, las paredes salpicadas y el asesino de pie junto al cuerpo con el cuchillo todavía en la mano, con el sombrero puesto, con esa expresión específica de los hombres que hacen daño y no entienden por qué habría de importarle a alguien mirando al espectador, sonriendo, limpiándose la sangre de las manos con un pañuelo y el detalle que parte el corazón.
Frida pintó incluso el marco del cuadro de sangre, no nada más el lienzo, el marco también. La sangre se desbordaba del arte, no cabía dentro de los límites de lo que se puede encuadrar. El dolor tenía que salirse hacia fuera porque adentro ya no había espacio. ¿De qué hablaba realmente ese cuadro? Frida nunca lo dijo en voz alta.
nunca dio una entrevista explicando que ese cuadro era el grito que no había podido sacarle a Diego ni a Cristina. Pero los críticos de arte que han estudiado su obra durante décadas, los historiadores que han recorrido sus diarios y sus cartas, los que han trazado la línea entre lo que pasó en 1934 y lo que apareció en el lienzo en 1935, todos llegan a la misma conclusión.
Esa mujer apuñalada 20 veces en una cama era Frida. Ese asesino que limpiaba la sangre con cara de inocencia era Diego. Y los unos cuantos piquetitos eran exactamente lo que Diego Rivera pensaba de lo que le había hecho a su mujer con su propia hermana dentro de su propia casa, mientras ella se recuperaba de la operación que le había dejado el pie con dos dedos menos.
Hagamos una pausa aquí, mi gente, porque sé lo que están sintiendo. A muchas de ustedes esta historia les está tocando algo. Quizá una amiga, quizá una hermana, quizá ustedes mismas en otra época. La traición que viene desde adentro de la casa siempre duele más que la traición que viene desde afuera. Porque la de afuera se puede explicar como la maldad del mundo.
La de adentro obliga a preguntarse qué tan ciega estuvo una y cuánto vio sin ver. Y esa pregunta no termina nunca de cerrar. Si esta historia las está agarrando, si sienten que tienen que contársela a alguien, si conocen a una mujer que necesita escucharla, este canal existe exactamente para eso, para contar las historias que el mundo del entretenimiento envuelve en glamour, para hacerlas digeribles y que nosotras desempacamos para devolverles la verdad.
Suscríbanse, no cuesta nada. Compartan este video con esa amiga, esa hermana. esa comadre. Y déjenme en los comentarios qué fue lo que más les dolió de esta parte. Yo las leo todas. Volvamos con Frid. El matrimonio sobrevivió a Cristina, pero quedó marcado para siempre. Frida regresó a Diego un año después con esa fuerza incomprensible que tienen los amores que ningún razonamiento puede explicar.
Pero ya no era el mismo matrimonio. Frida se permitió otras relaciones con hombres y con mujeres, porque había decidido que si Diego iba a vivir su vida en sus términos, ella también iba a vivir la suya. tuvo un romance breve con León Trosky en 1937, mientras el revolucionario ruso vivía refugiado en la casa azul de Coyoacán, huyendo de Stalin, tuvo un romance con el fotógrafo Nicolas Muray, con quien intercambió cartas que todavía hoy se leen como literatura amorosa de primer nivel.
tuvo otros amores, otros encuentros, otras complicidades y Diego se ponía celoso. Diego, el hombre que había tenido relaciones con la mitad de las mujeres del círculo artístico de Ciudad de México se ponía celoso cuando Frida hacía exactamente lo mismo. Era el código del macho mexicano del siglo XX. Lo que el hombre hace es naturaleza, lo que la mujer hace es traición.
Y ese código, comadres, ese código lo siguen escribiendo todavía hoy en casas que ustedes y yo conocemos. En 1938 llegó a México el francés Handre Bretón, el papa del surrealismo europeo, el hombre que había escrito los manifiestos del movimiento surrealista en París. El que tenía la llave del reconocimiento internacional para cualquier artista que quisiera entrar a las galerías de Europe.
Bretón vio el trabajo de Frida y se quedó pasmado. dijo que sus cuadros eran como una cinta alrededor de una bomba. Le organizó una exposición en la galería Julien Levy de Nueva York. Después le organizó otra en París. Quería incorporar a Frida al movimiento surrealista. Quería ponerle la etiqueta que él controlaba desde Europa.
Y Frida le dijo que no. Lo dijo con calma, sin hostilidad, pero con la claridad de quien sabe exactamente lo que hace. le dijo a Bretón y se lo dijo después al mundo entero. La frase más importante que pronunció en toda su vida, más importante que cualquier cosa que pintó. Pensaron que yo era subrealista, pero no lo era.
Nunca pinté mis sueños, pinté mi propia realidad. Esa frase es un muro. Frida le dijo al movimiento más influyente del arte occidental de su época, que ella no pintaba desde el inconsciente, que no pintaba desde Freud, que no pintaba desde ninguna teoría que ellos hubieran escrito en sus manifiestos europeos. Ella pintaba desde el cuerpo, desde la columna fracturada en tres puntos, desde los corsés que se ponía cada mañana, desde el pasamanos de metal que la había atravesado a los 18 años, desde el amor que la había traicionado con su propia
hermana y que ella había elegido de todas formas. Eso era su realidad, no sueño, realidad, y ningún manifiesto europeo iba a contenerla dentro de sus categorías. Más tarde, en una carta privada de 1952, Frida fue todavía más directa. Escribió: “Odio el surrealismo. Me parece una manifestación decadente del arte burgués.
Déjenlo asentar un momento, comadres. Una mujer mexicana con un cuerpo destrozado por la realidad más cruda que se pueda imaginar le dijo al movimiento de arte más prestigioso del mundo europeo, que era una manifestación decadente del arte burgués. Eso en 1952 lo decían pocos hombres y casi ninguna mujer.
Lo dijo Frida, pero el matrimonio con Diego no aguantó. En noviembre de 1939, después de 10 años de matrimonio, después de las infidelidades innumerables, después de la traición con Cristina, después de los abortos y las operaciones y las peleas que tuvieron que haber sido espectaculares, porque los dos eran personas que cuando sentían algo lo sentían sin filtro.
Se divorciaron. Frida se quedó sola en Ciudad de México. Bebía más. Pintaba con esa intensidad clínica que los amigos cercanos describían como compulsiva, como si el pincel fuera lo único que la mantenía del lado de los vivos. Pintó las dos Fridas, ese autorretrato doble en el que se pintó dos veces. Una vestida con el traje europeo de su padre y otra con el traje de teuana de su madre.
dos versiones de sí mismas sentadas en un banco con los corazones expuestos conectados por un solo tubo de sangre que goteaba sobre el vestido blanco hasta llegar al suelo. Y entonces ocurrió el evento que cambió otra vez todo. En agosto de 1940, un militante español llamado Ramón Mercader entró a la casa de León Trosky en Coyoacán y le clavó un violete en la cabeza.
El mundo entero supo de inmediato y la policía mexicana, sabiendo que Frida había tenido un romance con Trosky años antes, sabiendo que el asesino había estado en la casa azul cenando con ella semanas antes, la detuvo. La interrogaron durante días, la presionaron, la trataron como sospechosa de complicidad en el asesinato político más sonado de la década.
Frida salió libre porque no tenía nada que ver, pero salió hecha pedazos. El cuerpo, que ya cargaba con todo lo que cargaba, no aguantó más. Diego, que estaba en San Francisco, pintando un mural y manteniendo en paralelo dos relaciones con otras mujeres, recibió noticias de México y llamó por teléfono. Ahora sí, comadres, aquí viene lo tercero que les prometí.
Lo que ese hombre le impuso a Frida para volver a casarse con ella. Pongan atención, porque esto es lo que va a doler. Diego le pidió a Frida que volviera con él. le dijo que la quería de regreso, que la salud de ella necesitaba estabilidad, que un médico amigo de ambos en San Francisco, el Dr. Leo Eloer, podría atenderla mejor que cualquier médico mexicano.
Frida tomó un avión y se fue. Llegó a San Francisco enferma, débil, con el cuerpo en un estado peor del que había estado nunca. El doctor eloesser la examinó y le dijo dos cosas. le dijo que físicamente se podía recuperar y le dijo también, como amigo de la pareja algo que pocos médicos se atreven a decir. Le dijo, “Diego te quiere mucho y tú a él.
” Pero Diego tiene dos grandes amores aparte de ti, la pintura y las mujeres en general. Nunca ha sido monógamo y nunca lo va a ser. Reflexiona Frida. ¿Qué es lo que quieres hacer? Frida reflexionó y eligió volver con Diego, pero esta vez puso ella las condiciones. Y aquí, comadres, aquí es donde se ve quién era Frida Calo cuando le tocaba poner el precio.
Condición uno. Ella se iba a sostener económicamente por su cuenta con la venta de sus propios cuadros. No iba a depender de Diego para nada en el plano del dinero. Condición dos. Diego iba a pagar solamente la mitad de los gastos comunes de la casa. La otra mitad la iba a pagar ella.
Iban a ser dos personas adultas con responsabilidades equivalentes. Condición tres. Y esta es la que duele de verdad. No iba a haber relaciones sexuales entre ellos. Cero. Nunca más. Frida se lo explicó a Diego con una frase que se ha quedado en la historia del amor mexicano. Al imaginarme a todas tus otras mujeres, se produce una barrera psicológica que no puedo superar.
Diego aceptó las tres condiciones y el 8 de diciembre de 1940, el día en que Diego cumplía 54 años, se casaron de nuevo en una corte municipal de San Francisco, que abrieron especialmente un domingo para ellos. Una boda sin invitados, sin banquete, sin celebración. Diego firmó, Frida firmó y volvieron juntos a México.
Quédense un momento con esto, comadres. Quédense un momento con lo que significa para una mujer aceptar volver a vivir con su marido bajo esas condiciones. Frida no era una jovencita ingenua de 18 años. Era una mujer de 33 años, una artista reconocida internacionalmente, una mujer que había salido en periódicos de Nueva York y de París, una mujer que sabía perfectamente lo que estaba firmando y firmó de todas formas pagar la mitad de los gastos sin sexo y a cambio tener a Diego cerca.
Esa fue la ecuación. Eso fue lo que decidió que valía la pena. Y aquí mis comadres quiero que me escuchen con atención porque seguramente en su propia vida, en la vida de sus madres, en la vida de sus hermanas, en la vida de alguna amiga, han visto a una mujer aceptar condiciones parecidas, quedarse con un hombre que la ha traicionado mil veces porque la alternativa de estar sola pesa más que el dolor de estar acompañada por quien una sabe que no la merece.
Renunciar a partes de una misma para conservar lo que queda. Pagar de su propio bolsillo lo que el marido se gasta en las otras. Quedarse en una recámara sola sabiendo que el hombre con quien se casó nunca va a volver a esa cama. Eso no lo inventó Frida Calo, comadres. Eso lo han hecho millo millones de mujeres mexicanas y lo siguen haciendo hoy en este día en algún lugar de este país, en este mismo momento, mientras yo les hablo y ustedes me escuchan.
La diferencia con Frida es que ella lo hizo con los ojos abiertos. Lo hizo con la dignidad de quien pone sus condiciones por escrito. Lo hizo sabiendo que estaba pagando un precio y siguió pintando. Mientras pagaba la mitad de los gastos comunes con la venta de sus cuadros, mientras dormía sola, mientras veía a Diego salir con otras y volver con otras, ella seguía pintando.
Y cada cuadro que pintó en esos 14 años fue un cuadro más para el futuro que el mundo todavía no sabía que iba a venir. ¿Cuánto le costó ser Frida Calp? Por el momento llevamos un cuerpo destrozado a los 18 años. Más de 30 operaciones acumuladas, tres décadas de dolor crónico, una vocación de médica truncada, tres abortos, dos dedos del pie amputados, una traición con su propia hermana, un divorcio, una detención policial por el asesinato de Trosky y un rematrimonio con condiciones que cualquier mujer de hoy reconocería
como humillantes y que ella aceptó porque la alternativa vivir sin Diego era peor. Y todavía no llegamos al final. Todavía falta lo que el cuerpo iba a hacer en 1953 y lo que Diego le iba a hacer desde la tumba dos años después. El cuerpo, que había firmado la primera factura en septiembre de 1925, llevaba ya casi 30 años cobrando intereses.
Los corsés se habían vuelto cada vez más rígidos, más constrictivos, más quirúrgicos. La columna ya no sostenía su propio peso sin un esqueleto exterior de acero. Los analgésicos que tomaba para dormir habían ido aumentando en dosis y en frecuencia hasta llegar a niveles que preocupaban a los médicos. La morfina entró a su vida en algún punto de los años 50 y nunca se fue.
Pintaba todavía. Cada mañana se ponía el corsé con la ayuda de Cristina. Sí, Cristina, la misma hermana de 1934, porque al final del día las hermanas son hermanas y el tiempo perdona algunas cosas, aunque no todas. Cristina se había convertido en la enfermera y la asistente de Frida en los últimos años. Y eso, según las biografías más rigurosas, era la única manera que Cristina había encontrado de pagar la deuda que tenía con su hermana mayor.
Frida la perdonó a Cristina, hasta donde se puede perdonar algo así. Frida nunca perdonó a Diego del todo. Pintaba 16 horas al día, sentada con el corsé puesto, con el caballete inclinado para que pudiera trabajar sin tener que mover demasiado la columna. Cuando el dolor era demasiado grande, pintaba acostada.
Cuando ni acostada podía, dibujaba en el diario que había empezado a escribir a los 35 años. Es cuaderno lleno de letras temblorosas y dibujos hechos directamente con los dedos, cuando los pinceles ponían demasiada distancia entre los dedos y el papel. En 1949, Diego se enamoró de María Félix. María Félix, la doña, la actriz más bella de México, la mujer cuyos ojos verdes se proyectaban en pantalla gigante en todos los cines del país.
Diego se enamoró perdidamente. Le pidió a Frida que se divorciara para él poder casarse con María. María Félix dijo que no a Diego, pero siguió siendo amiga de Frida. Frida le pintó un retrato a María Félix sabiendo perfectamente lo que estaba pasando. Y María nunca aceptó ese retato y nunca lo porque hasta la doña con todo su poder, entendía que había líneas que ni ella se atrevía a cruzar.
En 1953 llegó algo que Frida había soñado durante toda su vida. su primera exposición individual en México. La fotógrafa Lola Álvarez Bravo, una amiga cercana de Frida, había organizado la muestra en la galería de arte contemporáneo de la Ciudad de México. Era la primera vez que una galería mexicana le dedicaba una exposición solo a ella, sin compartirla con Diego, sin compartirla con los demás muralistas, ella sola.
Pero el cuerpo había decidido que esa exposición no la iba a ver de pie. Los médicos le prohibieron asistir. Le dijeron que su estado de salud no aguantaba una noche entera de inauguración con cientos de invitados con el desgaste físico que eso implicaba. Le dijeron que mandara a alguien en su nombre. Frida escuchó a los médicos con esa atención cortés que ponía cuando le iban a dar una indicación que no pensaba seguir.
El día de la inauguración, los invitados empezaron a llegar a la galería. La sala se llenó, los críticos, los pintores, los coleccionistas, los amigos. Lola Álvarez Bravo miraba el reloj con esa tensión que se le pone a una organizadora cuando la protagonista no aparece. Y entonces, desde afuera llegó un ruido que nadie esperaba. Sirenas, las sirenas de una ambulancia.
La gente salió de la galería a la calle y vieron lo que iban a recordar el resto de sus vidas. Una ambulancia con escolta de motocicletas se detenía frente a la puerta. Los paramédicos abrían las puertas traseras y adentro venía Frida Calo, acostada en una cama de hospital, vestida con su traje de teguana, las flores en el pelo, los aretes largos, las joyas en los dedos, los labios pintados de rojo.
Bajaron la cama con ella encima, la metieron a la galería. Habían movido los cuadros antes para hacer espacio en el centro de la sala. Pusieron la cama de Frida ahí, justo en medio de su propia exposición, como si la última frontera entre la vida de la artista y su obra hubiera dejado de existir.
Y Frida desde esa cama recibió a todos los invitados de la noche. Contó chistes, cantó canciones rancheras con la voz un poco temblorosa. Bebió tequila. estuvo despierta hasta tarde. La exposición fue tal éxito que la galería tuvo que prolongarla un mes más allá de lo previsto. Y Frida, en esa cama, en el centro de su exposición, vivió probablemente el momento más feliz de los últimos 10 años de su vida.
4 meses después, en agosto de 1953, le amputaron la pierna derecha por debajo de la rodilla. Gangrena, la misma pierna que la polio había marcado a los 6 años, la misma pierna que el accidente del autobús había fracturado en 11 lugares a los 18, la misma pierna que había sobrevivido todo hasta que ya no pudo más y los tejidos empezaron a morirse porque la sangre no llegaba.
45 años tenía cuando le quitaron la pierna y en su diario ese cuaderno que llenaba con colores que ponía con los dedos cuando los pinceles eran demasiada distancia, escribió una de las frases más citadas de toda su obra escrita: “Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar.
” La gente lee esa frase y la cita como ejemplo de valentía, de resiliencia, de la mujer fuerte que no se deja vencer. Y todo eso es cierto, pero también hay otra manera de leerla. La manera de leerla como lo que era cuando Frida la escribió en ese diario que nadie más leía, la frase de una mujer que llevaba 28 años perdiendo pedazos de sí misma.
Una mujer que había aprendido de la única manera en que se aprende eso, que el cuerpo puede quitarle cosas, pero no puede quitarle lo que pinta. una mujer que ya estaba mirando hacia el final con la calma de quien ha entendido que el final también puede ser un alivio. La depresión llegó después de la amputación. Frida se negó al principio a usar la pierna de palo que le habían preparado con su bota roja decorada y sus cascabeles. Le repugnaba.
La sentía ajena, pero al final la usó porque no había alternativa y se la decoró ella misma con bordados chinos, con hilos de oro, porque si tenía que llevar una pierna que no era suya, al menos esa pierna iba a ser obra de arte. El 19 de abril de 1954 fue ingresada al hospital inglés por un intento de suicidio.
Los médicos la atendieron, la estabilizaron, le hicieron prometer que no lo iba a volver a intentar. Frida prometió el 6 de mayo del mismo año la volvieron a ingresar por el mismo motivo. Esta vez ya no prometió nada. Aquí viene lo cuarto que les prometí, comadres, lo que Diego pidió desde la tumba y que sus propias hijas le negaron.
La última traición, la justicia torcida que llegó tarde, pero llegó. El 2 de julio de 1954, Frida salió de la casa azul por última vez. Era una mujer ya muy enferma, con bronconeumonía, con el cuerpo sostenido por morfina y por voluntad. Pero ese día había una marcha en Ciudad de México contra la intervención de los Estados Unidos en Guatemala, contra el derrocamiento del presidente Jacobo Arvens por la CIA.
Y Frida, comunista hasta el último día, comunista cuando la moda era ser comunista y comunista cuando la moda dejó de serlo, no se iba a perder esa marcha. Diego la llevó en una silla de ruedas, sostuvo una pancarta con la mano que le quedaba libre. marchó, volvió a casa con fiebre. El 6 de julio cumplió 47 años. Hubo una fiesta en la Casa azul, más de 100 invitados.
Las mañanitas mole de pavo, tamales con atole. Frida sentada en la cabecera de la mesa con su traje de teguana, con los aretes largos, con las flores en el pelo, con los labios pintados, recibiendo a todos como si fuera una despedida. Y probablemente sí lo era, porque seis días después, el 12 de julio, Frida le entregó a Diego una caja pequeña con un anillo adentro, un regalo de aniversario.
El 25 aniversario de bodas estaba programado para el 21 de agosto. Todavía faltaban 17 días. Diego abrió la caja, vio el anillo y le preguntó a Frida por qué se lo daba tan pronto. Frida lo miró con esa calma que había aprendido a sostener desde los 18 años mirando el espejo del techo, y le contestó, “Porque siento que te voy a dejar muy pronto.
” Esa noche durmieron en habitaciones separadas, como llevaban 14 años durmiendo desde que firmaron las condiciones del segundo matrimonio. La enfermera se quedó con Frida hasta las 2:30 de la madrugada. A las 6 de la mañana del 13 de julio de 1954, la enfermera regresó al cuarto. Frida tenía los ojos abiertos. Estaba fría.
La causa oficial que escribieron en el acta de defunción fue en bolia pulmonar, un coágulo que viajó hasta el pulmón y detuvo lo que todavía quedaba por detenerse. Pero los pasillos de Coyoacán Han ha hablado durante 70 años de que esa no fue la historia completa. Comadres, las dosis de analgésicos que tomaba Frida en esos últimos meses eran preocupantemente altas.
La última entrada de su diario, escrita pocos días antes de morir, decía claramente, “Espero alegre la salida y espero no volver jamás.” Su último dibujo en ese diario fue un ángel negro que la biógrafa Heiden Herrera interpretó como el ángel de la muerte. Al cuerpo de Frida nunca se le practicó una autopsia porque Diego se opuso.
Y según la propia hija de Cristina y Solda Pinedo Calo, en sus memorias publicadas décadas después, había moretones extraños en el cuerpo de Frida que nadie quiso explicar. Las malas lenguas insistieron durante décadas en que Frida eligió irse esa madrugada, que dejó la dosis exacta sobre la mesita, que la enfermera, que vio algo se cayó para siempre, que Diego sabía que por eso se negó a la autopsia.
Esa versión nunca se confirmó oficialmente y a estas alturas, casi 70 años después, ya no se va a confirmar. Pero también es cierto que muchos de los biógrafos serios de Frida la dan probable. Quizá esté bien que nunca se sepa. Frida Calo tuvo en vida pocas cosas que fueran completamente suyas, sin que nadie pudiera explicárselas desde afuera.
Quizá tiene derecho a que ese último momento sea uno de ellos. El velatorio fue en el palacio de bellas artes. Le rindieron honores los pintores más importantes del país. David Alfaros y Queiros, Juan Gorman, Carlos Pellicer, el expresidente Lázaro Cárdenas, pero alguien cubrió el ataúdista Mexicano con la OZ y el martillo bordados sobre Fondo Rojo.
Y eso, comadres, en 1954, en un Instituto Nacional de Bellas Artes, fue un escándalo internacional. El director del Limba, Andrés y Duarte, fue cesado del puesto por haber permitido la bandera roja. Pero Frida ya no estaba ahí para opinar. Frida había hecho lo último que iba a hacer en su vida, que era irse rodeada exactamente de los símbolos en los que creía, sin pedirle permiso a nadie.
La cremaron el 14 de julio en el Panteón Civil de Dolores. Diego recogió las cenizas con sus propias manos, las envolvió en una tela roja, las guardó en una caja de cedro y se las llevó a la casa azul de Coyoacán. Las depositó en una urna prehispánica de barro oaxaqueño con forma de sapo. Y el detalle del sapo, mi gente, es lo que parte el corazón del final de esta historia.
Porque Frida le decía a Diego cariñosamente saporrana le decía mi saporrana querido. Era el apodo íntimo que solo entre ellos se entendía. Y Diego, sabiendo eso, eligió una urna con forma de sapo para que las cenizas de Frida descansaran dentro de la figura del apodo que ella le había puesto a él. En ese mismo gesto, en esa misma tarde de julio de 1954, Diego anunció en voz alta delante de los que estaban presentes que cuando él muriera quería que lo cremaran a él también y que sus cenizas se mezclaran con las de Frida dentro de esa misma
urna de sapo, que los dos quedaran juntos para siempre en la casa azul de Coyoacán. Lo dijo con esa voz quebrada de los hombres que se dan cuenta tarde de lo que tenían cuando ya no lo tienen. Y un año después, en julio de 1955, Diego Rivera lo puso por escrito en un testamento formal, en una carta dirigida a sus dos hijas, Guadalupe y Rut Rivera Marín, las hijas que había tenido con su segunda esposa, Lupe Marín, antes de casarse con Frida.
Diego escribió palabra por palabra cuál era su última voluntad. Deben trasladarse mis restos directamente del lugar del deceso, sea hospital, mi domicilio u otro lugar cualquiera, al horno crematorio y de ahí a mi casa de Cyacán, y mezcladas mis cenizas a las de Frida, que quedarán a perpetuidad en esa casa, que según nuestro plan será convertirla en lugar museo memorial de Frida Calo, a perpetuidad para siempre. junto a Frida.
Esa fue la última voluntad escrita y firmada del muralista más famoso de México. Diego Rivera murió el 24 de noviembre de 1957, 3 años después que Frida, de un cáncer que lo había estado consumiendo en silencio. Tenía 70 años y aquí, comadres, aquí es donde llega la justicia torcida, que llegó tarde pero llegó.
Las hijas de Diego, Guadalupe y Rut Rivera Marín, junto con la cuarta y última esposa de Diego, una mujer llamada Emma Hurtado, con quien Diego se había casado un año antes de morir, se reunieron para decidir qué hacer con las cenizas y decidieron que no. decidieron contrariar la última voluntad escrita y firmada del hombre que las había engendrado, las había criado y las había puesto en su testamento.
Decidieron que las cenizas de Diego Rivera no irían a la casa azul de Coyoacán. Decidieron que no se mezclarían con las de Frida. Decidieron que el muralista más famoso del país merecía un lugar más elevado, más oficial, más nacional. Lo enterraron en la rotonda de las personas ilustres del Panteón Civil de Dolores junto a presidentes, militares y otros artistas e intelectuales.
Otra versión dice que la idea no fue de las hijas, sino del presidente Adolfo Ruiz Cortínez, quien consideraba que Diego merecía ese reconocimiento nacional como gloria mexicana. Probablemente las dos versiones tengan algo de cierto. Probablemente las hijas estuvieron de acuerdo porque les venía bien que el padre quedara como gloria nacional y no como el marido de Frida.
probablemente Emma hurtado. La cuarta esposa que duró tan poco que casi nadie la recuerda, tampoco quería que su marido, recién muerto quedara para la eternidad pegado a las cenizas de la mujer anterior. Pero lo que importa, lo que es seguro, lo que está documentado en los archivos del Panteón Civil de Dolores es que la última voluntad de Diego Rivera fue contrariada por las personas que él mismo había designado para cumplirla.
Diego Rivera, el hombre que durante 25 años nunca supo cumplir lo que Frida necesitaba de él. El hombre que la traicionó con su hermana en 1934. El hombre que le impuso condiciones humillantes para volver a casarse con ella en 1940. El hombre que se enamoró de María Félix mientras Frida se moría poco a poco de su cuerpo roto.
Ese hombre al final tampoco logró tener lo que pidió desde la muerte. Sus hijas le dijeron que no. Sus hijas, la sangre de su sangre le aplicaron a Diego exactamente la lección que Diego nunca aprendió a aplicarse en vida, que cuando una persona pide algo grande, otra persona tiene el derecho de decirle que no.
Y ahí, en una rotonda de hombres ilustres, rodeada de presidentes muertos y de militares muertos y de muralistas muertos, descansa hoy Diego Rivera a varios kilómetros de la casa azul de Coyoacán, lejos de la urna de Sapo, lejos de Frida, las cenizas de Frida Calo siguen en esa urna dentro de su cuarto de noche sobre un tocador que hace las veces de altar en la habitación donde se vistió cada mañana durante Los últimos años de su vida, 25,000 personas al mes pasan delante de esa urna, la fotografian.
Algunos lloran, otros no entienden bien qué están viendo y se les explica en voz baja que ahí adentro está ella, solamente ella. Frida sola, dentro de la figura del sapo, que era el apodo cariñoso de un hombre cuyas cenizas nunca llegaron a esa habitación. Y ahí está, comadre, la única justicia de toda esta historia.
Diego Rivera quiso que sus cenizas se mezclaran con las de Frida para fundirse con ella en la eternidad y compensar lo que no había sabido sostener en vida. Le dijeron que no. Y al final, después de todo lo que había pasado, después de todas las facturas que Frida había pagado por amar a ese hombre, después de los 25 años de matrimonios y divorcios y traiciones y reconciliaciones, Frida Calo siguió siendo solamente de ella misma.
Hoy la Casa Azul de Coyoacán recibe 25,000 visitantes al mes, según las cifras del propio museo. 25,000 personas que vienen de Japón, de Francia, de Argentina, de Italia, de Alemania, de Estados Unidos. A ver, ¿dónde nació Frida? ¿Dónde pintó Frida? ¿Dónde sufrió Frida? ¿Dónde murió Frida? La casa de Diego Rivera en San Ángel, esa casa con el puente de la traición de 1934, también es museo.
Casi nadie va. En los billetes mexicanos de 500 pesos está el rostro de Frida Calo, con las cejas juntas que la moda de la época habría depilado, con el pelo recogido con flores, con esa mirada que no pide permiso para existir ni espera que nadie le conceda el permiso. Ese rostro en el bolsillo de cada mexicano cada día, en cada transacción que ocurre en este país.
y Diego Rivera no está en ningún billete. En los museos más importantes del mundo, en el Museum of Modern Art de Nueva York, en el centre Pompid París, en la TED Modern de Londres está Frida Calo, las dos Fridas, la columna rota. El hospital Henry Ford, el venado herido, autorretrato con collar de espinas. Cuando alguien pregunta hoy por Diego Rivera en el contexto de una conversación sobre arte mexicano del siglo XX, la respuesta más común es la misma en cualquier idioma.
Así el marido de Frida, el hombre que durante años fue la sombra bajo la que Frida tuvo que pintar para que el mundo finalmente la viera a ella. Ese hombre hoy es conocido en buena parte del mundo como el marido de ella. La historia tiene esa clase de justicia retorcida que no se puede planificar y que, sin embargo, llega siempre tarde después de que ya no hay forma de reparar el daño original, pero llega de todas formas con una precisión casi calculada.
Los corsés pintados están en vitrinas del museo Frida Calo. Son considerados obras de arte en el sentido más estricto del término. Los curadores de los museos más importantes del mundo los clasifican junto a los lienzos. Los investigadores los estudian con el mismo rigor que estudian las pinturas. Los visitantes se paran a mirarlos mucho más tiempo del que se paran a mirar cualquier otra cosa en el museo.
Los instrumentos de su sujeción convertidos en obras maestras. La jaula transformada en el gesto más libre de toda su vida. ¿Cuánto le costó ser Frida Calo? Lleguemos al precio final, comadres. 32 operaciones quirúrgicas, una pierna amputada por debajo de la rodilla, tres décadas de dolor crónico que ningún corsé pudo detener, tres embarazos perdidos, dos dedos del pie amputados, una vocación de médica truncada para siempre a los 18 años, un hombre que la amaba con todo lo que tenía y todo lo que tenía nunca fue suficiente para ser
el hombre que ella merecía. Una hermana que la traicionó cuando Frida le había abierto la puerta de su propia casa con buena intención, un movimiento artístico europeo que intentó reducirla a una etiqueta que no le pertenecía, una época que durante décadas la quiso conocer solamente como la esposa de Rivera y una vida entera gastada en construir un lenguaje propio en lienzos, en corsés pintados, en diarios llenos de colores puestos directamente mente con los dedos sobre el papel para decir lo que ningún otro
idioma podía decir. Ella nunca tuvo la opción de elegir si pagar ese precio o no. El accidente no se eligió. La poliomielitis no se eligió. Diego Rivera tomó sus decisiones y ella vivió en el interior de las consecuencias de decisiones que no había tomado. Cristina hizo lo que hizo y Frida tuvo que aprender a vivir con un dolor que no había firmado.
La pregunta de si valió la pena no tiene una respuesta. La respuesta es que ella nunca tuvo la opción de elegir si pagarlo o no. Y eso es lo que importa entender cuando se mira un corsé pintado en una vitrina o un cuadro en la pared de un museo o un billete de 500 pesos con ese rostro que mira sin pedir permiso. Lo que se ve no es solamente arte, es el precio exacto de haberlo creado.
Centavo por centavo, operación por operación, traición por traición. Diego Rivera quiso que sus cenizas se mezclaran con las de Frida. Le dijeron que no. Y eso en cierto modo es la única justicia poética de toda esta historia. Al final Frida Calo siguió siendo solamente de ella misma. 17 de septiembre de 1925, 5:30 de la tarde.
Una calle del centro de Ciudad de México, un autobús de madera, un trambía de shochimilco, una muchacha de 18 años con falda larga y un juguete de barro apretado contra el pecho, y un pasamanos de metal, y el polvo de oro de un pintor de murales que cae sobre el cuerpo desnudo, mezclado con la sangre sobre la piel arrancada. sobre las heridas abiertas y alguien que señala desde la cera y dice en voz alta sin entender lo que está viendo.
Miren, una bailarina. Miren, una bailarina. A esa muchacha tendida sobre el asfalto nadie la conocía esa tarde, pero el mundo iba a conocerla. Se llamaba Frida Calo. Y ahora ya saben lo que le costó. Mi gente, si llegaron hasta el final de este video, ya saben por qué existe este canal.
No estamos aquí para repetir lo que ya saben. No estamos aquí para poner música bonita sobre fotos viejas. Estamos aquí para devolverle la verdad a las historias que el mundo se quedó. Si este video las conmovió, déjenme en los comentarios qué es lo que más les dolió de la historia de Frida. Si conocen a una amiga, una hermana, una madre, una hija, una comadre que necesita escuchar esta historia tal como es, compártanlo.
Y si todavía no están suscritas a este canal, este es el momento. Cada semana hay una mujer nueva aquí. Cada semana hay una historia que el mundo simplificó y que nosotras volvemos a contar entera. Suscríbanse, no nos pierdan. Nos vemos en el siguiente vídeo.