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Frida Kahlo: Por ESTO Diego le Negó a Sus Cenizas el Último Deseo Que Pidió Antes de Morir 

Frida Kahlo: Por ESTO Diego le Negó a Sus Cenizas el Último Deseo Que Pidió Antes de Morir 

17 de septiembre de 1925, 5:30 de la tarde, una calle del centro de Ciudad de México que olía todavía a pólvora vieja de las fiestas patrias del día anterior, con la luz tibia de un septiembre que no acaba de despedirse del verano, en la calzada de San Antonio Abaz, un autobús de madera pintada de azul y crema cruza una intersección con la torpeza de los vehículos de la época.

Los cristales abiertos, el conductor silvando una canción que nadie recuerda hoy. Adentro va una muchacha de 18 años con falda larga y trenzas, sentada al fondo junto a su novio, el muchacho más prometedor de su generación, el que iba a ser abogado, el que iba a ser todo. Va riéndose.

 acaba de comprar un juguete de barro que apretaba contra el pecho con esa felicidad de las chicas, que todavía no saben que la felicidad puede romperse en mil pedazos en menos de 3 segundos. Y entonces aparece el tranvía. viene de Shochimilko recorriendo su línea de todos los días con esa lentitud aparente que tienen las cosas que después de la tragedia siempre parecen haber venido despacio.

 Aunque en realidad iban más rápido de lo que el cerebro humano puede procesar, el tranvía golpea el autobús de madera por el costado. El choque, según ella misma escribió años después con sus propias manos, fue extraño, sordo, lento, como si en lugar de un impacto normal hubiera sido una larga presión que doblaba el autobús desde adentro.

 Maltrató a todos y a ella mucho más. El autobús se dobla como una caja de cartón. La madera cruje. Los pasajeros salen despedidos contra los cristales, contra las paredes, contra el techo. Y en algún lugar de ese caos, un pasamanos de metal arrancado de su lugar por la fuerza del impacto entra por la cadera izquierda de la muchacha y sale por su sexo.

 Le atraviesa el cuerpo de lado a lado. La columna vertebral se le fractura en tres puntos distintos. La clavícula se le quiebra, dos costillas se le rompen, la pelvis se le perfora, la pierna derecha, esa misma pierna que la poliomielitis había dejado más delgada cuando era niña, se le fractura en 11 lugares diferentes. El pie derecho queda aplastado, el hombro izquierdo se le sale de su sitio y entonces ocurre la imagen más extraña de todo el accidente.

 En el mismo autobús viajaba un hombre que llevaba a cuestas una bolsa con polvo de oro, ese polvo que los pintores de murales usaban en los acabados de los edificios públicos. La bolsa se rompió en el impacto y el polvo de oro cayó sobre el cuerpo desnudo de la muchacha, mezclado con su sangre, sobre la piel arrancada, sobre las heridas abiertas.

 Y según contaron los testigos que se acercaron entre los gritos de la calle, alguien señaló hacia ella con el dedo y dijo en voz alta, sin entender lo que estaba viendo. Miren, una bailarina. Miren, una bailarina. A esa muchacha tendida sobre el asfalto nadie la conocía esa tarde. El mundo del arte todavía no sabía cómo se llamaba, pero llegó el día en que el planeta entero supo su nombre, Frida Calo.

 Y lo que viene en los próximos minutos es la historia de lo que le costó ser exactamente esa mujer. La mujer cuyo rostro hoy aparece en los billetes mexicanos de 500 pesos. La mujer que cuelga en las paredes del lubre y del Pompidú y del Museum of Modern Art de Nueva York. La mujer cuya casa azul de Coyoacán recibe 25,000 visitantes al mes.

 La mujer que el mundo entero conoce. Mi gente, el mundo vio los cuadros. Nadie quiso ver el precio que le costaron. Esta historia no es la que aparece en los documentales bonitos con música de violín y colores brillante. Esa versión ya existe mil veces en mil canales contada por mil voces que confunden la admiración con el conocimiento.

 Esta historia se hace una sola pregunta, una pregunta que tienen que llevarse pegada al pecho hasta el final del video. ¿Cuánto le costó ser Frida Calo? Y ya les adelanto que la respuesta no es justa. No es bonita, no es de poster motivacional, pero es la única respuesta verdadera y esa es la única que importa. En el próximo rato vamos a descubrir cuatro cosas sobre Frida Calo que los libros de arte de su época no se atrevieron a poner por escrito.

 Cuatro cosas les voy a avisar cuando llegue cada una para que no se pierdan ninguna. La primera, lo que ese accidente del tranvía le cobró durante el resto de su vida en operaciones, en corsés de yeso y de acero, en hora extendida en una cama mirando un techo blanco mientras el mundo seguía afuera. La segunda, la traición más brutal que una mujer puede sufrir.

 Una traición que vino de la persona más amada por Frida después de su padre. Una traición que ocurrió en su propia casa, en su propia cama. mientras ella estaba en el cuarto de al lado. La tercera las condiciones humillantes que un hombre poderoso le impuso a Frida para volver a casarse con ella después del divorcio.

 Condiciones que muchas mujeres aceptarían hoy todavía y que les van a doler porque las van a reconocer. Y la cuarta, lo que ese mismo hombre pidió desde la tumba que nunca le concedieron. La última traición póstuma, la justicia torcida que llegó tarde, pero llegó. Antes de seguir, comadres, yo les pido una cosa. Si están escuchando esto, si llegaron hasta aquí, sienten que esta historia las jala, déjenme un comentario contándome qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven una foto de Frida Calo, si fue una revista vieja en casa de su

mamá, si fue una pintura que vieron de niñas y no entendieron, si fue una clase en la escuela, cualquier cosa. Leo todos los comentarios. Para entender cómo llegamos hasta el polvo de oro sobre el cuerpo de Frida en aquella tarde de septiembre. Hay que volver al principio. Hay que volver a la casa pintada de azul añil en Coyoacán, ese azul tan específico de México que tenía un nombre y una función, porque se decía que ese color ahuyentaba a los espíritus y marcaba la frontera entre lo de adentro y lo de afuera. Esa casa azul existe

todavía. Hoy es museo. Hoy entran ahí turistas japoneses y mexicanas y francesas y americanas con la cámara del celular lista. Pero en 1907, cuando nació Magdalena Carmen Frida Calo Calderón, era simplemente la casa de una familia, una casa donde se hacía mole los domingos y se casan canciones a las niñas chiquitas y se rezaba el rosario porque la mamá, doña Matilde Calderón, era oasaqueña y católica y no concebía la vida sin Dios. El papá era otra cosa.

El papá era Guillermo Calo, un hombre que había llegado a México desde Alemania siendo todavía joven, huyendo de algo que nunca nombró del todo, con un acento que nunca terminó de perder, con esa precisión cuidadosa de quien aprendió el español de adulto y no podía darse el lujo de la aproximación. Era fotógrafo, no de retratos de familia, no de bodas, no de bautizos.

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