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¡FEMINICIDIO EN BRASIL! EXALCALDE MAT4 A SU ESPOSA DURANTE DIVORCIO EN UN DESPACHO JURIDICO

¡FEMINICIDIO EN BRASIL! EXALCALDE MAT4 A SU ESPOSA DURANTE DIVORCIO EN UN DESPACHO JURIDICO

La silla quedó marcada por el último movimiento de una mujer que no estaba huyendo. Y si Cleya Alvoso, conocida como Leya, había llegado a un despacho de abogados en urilandia do Norte, en el estado de Pará, Brasil, para cerrar una separación. No era una cita clandestina, no era una calle oscura, no era una emboscada en una carretera, era una oficina jurídica, un lugar donde se supone que los conflictos se traducen en papeles, firmas, acuerdos, reglas.

 Pero ese día el trámite de divorcio se convirtió en una escena de horror. El hombre que estaba frente a ella no era un desconocido, era Romildo Veloso Es Silva, exalcalde, médico, concejal en funciones, conocido en la ciudad como Dr. Veloso. Y según la investigación pidió un momento a solas con ella. Ese detalle cambia todo, porque cuando el abogado salió, la puerta no solo se cerró detrás de una conversación privada, se cerró detrás de Leya.

 Y minutos después, el sonido que rompió la oficina no fue una discusión, fue un disparo. Antes de seguir, suscríbete a Alerta Roja, porque aquí vamos caso por caso, pista por pista, hasta donde otros no quieren mirar. Lo confirmado hasta ahora ya es brutal. Y Cicleya tenía 41 años.

 Romildo tenía 69, aunque algunos reportes locales lo ubicaron alrededor de los 70. Su registro electoral lo identifica como nacido en 1956. Ella era empresaria, ex primera dama municipal, madre de tres hijos. Dos de ellos eran producto de su relación con Romildo. Él había sido alcalde de Urilandia Norte durante cuatro mandatos, 16 años en el poder local y después volvió a la vida pública como concejal por el partido Progresistas.

 En la boleta aparecía como doctor Veloso. Para muchos era una figura fundadora del municipio, para otros un hombre de enorme influencia. Pero ese día toda esa trayectoria quedó sepultada por una pregunta. ¿Qué ocurre dentro de una relación cuando uno de los dos decide irse y el otro no acepta perder el control? Según información atribuida a la policía militar, la pareja llevaba cerca de 3 meses separada.

 estaban en el despacho para concluir trámites de divorcio y popos y reparto de bienes y ahí aparece una de las primeras líneas incómodas del caso. De acuerdo con esos reportes, Romildo no aceptaba el fin de la relación. Esto no prueba por sí solo un motivo, pero sí abre una puerta, porque muchos feminicidios no nacen en un instante de furia repentina.

 nacen antes en silencios, en advertencias, en frases disfrazadas de amor, en la idea enferma de que una mujer no puede tomar su propia decisión sin pagar un precio. Y aquí viene lo extraño. Los investigadores no hablan de una pelea fuerte previa, no hablan de una discusión descontrolada dentro de la sala.

 Lo que el delegado Elio de Jesus dijo, según reportó la prensa brasileña, es todavía más frío. Las cámaras habrían captado el momento en que Romildo se coloca detrás de la silla donde Leya estaba sentada y dispara en la nuca. Un solo disparo. No una escena caótica, no una lucha visible, no un forcejeo confirmado.

 Una mujer sentada, un hombre detrás, una decisión en segundos. La policía civil informó que abrió investigaciones por feminicidio y suicidio y señaló que existen indicios de premeditación. Ese detalle parte la historia en dos, porque si se confirma la premeditación, ya no estaríamos hablando de una tragedia improvisada, sino de una ejecución dentro de un espacio legal.

 Un lugar diseñado para separar bienes, no para separar una vida de su cuerpo. Un lugar donde se firman acuerdos, no donde una mujer recibe un disparo por intentar cerrar un capítulo. Después del disparo, Leya no murió inmediatamente. Cuando llegaron los agentes, aún presentaba signos vitales.

 Fue llevada primero al Hospital Municipal de Uilandia Don Norte y luego trasladada al hospital regional de la P a 279. llegó grave, muy grave. Permaneció en cuidados intensivos, pero el cuerpo no resistió. La muerte fue confirmada después con un traumatismo cráneoencefálico provocado por proyectil de arma de fuego. Según reportes publicados por medios que siguieron el caso.

 Mientras ella pudiera atendida, la policía encontró a Romildo sin vida dentro del baño del mismo despacho. Junto a él apareció un arma de fuego. Algunos reportes mencionan incluso dos armas localizadas en el lugar. La línea principal apunta a un feminicidio seguido de suicidio, pero la investigación continúa porque hay que reconstruir cada minuto.

 ¿Qué dijo antes de pedir privacidad? ¿Qué sabía el abogado? ¿Que muestran todas las cámaras? ¿Qué armas había? ¿Si estaban registradas? ¿Si hubo mensajes previos? Si hubo amenazas, si existían antecedentes, si alguien cercano había escuchado señales de alarma. Y ese es el punto que más indigna, porque Leya no estaba sola en una casa aislada, estaba en una oficina, estaba en medio de un proceso formal, estaba en el último tramo de una separación y aún así la violencia entró como si tuviera permiso. Pero hay más.

El caso no solo estremeció por el crimen, también por la respuesta institucional. La prefectura de Orilandia Don Norte decretó luto oficial de 3 días por la muerte de Romildo Veloso. Después, ante la repercusión, también emitió una nota y decretó luto por Leya Veloso. Esa secuencia provocó molestia porque para muchos ciudadanos la primera reacción pública pareció homenajear la trayectoria del agresor antes de nombrar con fuerza a la víctima.

 Y cuando una comunidad llora primero al hombre poderoso y después a la mujer asesinada, algo se rompe. Algo revela cómo opera la memoria pública. A veces el cargo pesa más que la herida. A veces el apellido político tapa el grito. Romildo no era un hombre cualquiera en Aurilandia, médico por décadas, exalcalde en cuatro ocasiones, concejal electo, figura conocida.

 Uno de esos personajes que en municipios pequeños parecen estar en todas partes. En la política, en los eventos, en las decisiones, en los favores, en las historias familiares. Ese tipo de poder produce una sombra larga. Y cuando un hombre así es, señalado por matar a su esposa, la pregunta ya no es solo qué pasó dentro del despacho.

 La pregunta es, ¿qué tanto miedo? ¿Qué tanto silencio? ¿Y qué tanta tolerancia se acumuló alrededor de esa relación antes de que el crimen ocurriera? Leya también tenía historia, no era la esposa de, era empresaria. Fue primera dama en distintas administraciones municipales. Era conocida en la región. deja tres hijos.

 Y aquí duele una parte que no siempre se dice. Cuando una mujer es asesinada en un contexto de pareja, no solo muere ella. Quedan hijos con una imagen imposible de procesar. Queda una familia preguntándose si había señales. Quedan amistades recordando conversaciones que quizá ahora suenan distintas. Queda una ciudad entera obligada a mirar una verdad incómoda.

 La violencia no siempre llega con rostro de criminal de calle, a veces llega con bata de médico, con cargo público, con foto de campaña, con discurso de servicio, con una vida entera de prestigio detrás. Esto no cierra como una tragedia de pareja, eso es demasiado cómodo. Tampoco debería reducirse a la vieja frase de crimen pasional, porque llamarlo pasión puede suavizar lo insoportable.

 La pasión no coloca a un hombre detrás de una silla para disparar. La pasión no convierte un divorcio en una sentencia. Lo que aparece aquí, si las líneas de investigación se sostienen, es control, posesión, poder. La idea mortal de que una mujer que se va está desafiando una autoridad privada. Y lo más inquietante vino después.

 Mientras el mundo conocía la historia, empezaron a circular detalles que dibujan un patrón. Separación reciente, reparto de bienes, petición de hablar a solas, cámara dentro del despacho, un disparo por la espalda, hallazgo del agresor en el baño, luto oficial, dos narrativas peleando por el mismo espacio, la del político que sirvió al municipio y la de la mujer que fue asesinada cuando intentaba firmar su libertad.

 La pregunta central es esta, ¿cuántas señales había antes de ese momento? Y si existían, ¿quién las vio y no supo leerlas? ¿Quién las escuchó y las minimizó? ¿Quién pensó que era un problema de pareja? Hasta que se volvió un expediente de feminicidio. Para reconstruir este caso, hay que entrar al despacho antes del disparo.

 Hay que imaginar el ambiente sin morvo, pero con precisión. Un trámite de divorcio tiene una tensión particular. No es solo firmar, es cerrar una historia frente a terceros. es hablar de bienes, acuerdos, hijos, dinero, responsabilidades. Es convertir años de vida íntima en cláusulas. Para algunas personas ese proceso significa alivio, para otras significa pérdida de control.

 Y ahí precisamente está una de las líneas más delicadas de la investigación. Según versiones periodísticas, Romildo y Leya estaban tratando la formalización del divorcio y la división de bienes familiares. [música] El Heraldo de México, citando medios locales, señaló que el tema de la repartición de bienes habría generado molestia en el exalcalde.

 Esto todavía debe tomarse como una versión periodística, no como una conclusión judicial. Pero si esa línea se confirma, entonces el crimen no solo estaría conectado con la separación emocional, sino con el poder económico y patrimonial. ¿Qué estaba en juego? Propiedades, empresas, cuentas, acuerdos familiares, el peso simbólico de que una mujer saliera del matrimonio con derechos reconocidos.

 Ese detalle cambia todo, porque en demasiados casos de violencia contra la mujer, el momento más peligroso no es cuando la relación está mal, es cuando ella decide irse, cuando pide divorcio, cuando reclama pensión, cuando exige custodia, cuando busca repartir bienes, cuando deja de pedir permiso. La separación no siempre termina la violencia, a veces la detona.

 Romildo había construido una imagen pública enorme. Fue alcalde cuatro veces, 16 años acumulados en el poder municipal. En la elección de 2024 llegó al legislativo local como concejal. En su perfil electoral aparecía como Dr. Veloso, candidato del PP con número de urna 11,279. Metrópoles reportó que fue electo con 3,73% y que además de su carrera política ejerció la medicina por más de 40 años.

Es decir, no era un personaje marginal, era alguien que caminaba por Aurilandia con un hombre reconocido, con historia, con redes, con memoria pública. Y eso abre otra pregunta incómoda. ¿Cómo se investiga un hombre poderoso cuando el hombre poderoso ya no está vivo? Pero su influencia todavía respira en la ciudad.

Porque el feminicidio no termina con el hallazgo del [música] agresor. Falta explicar el contexto, falta entender si hubo amenazas. Falta saber si Leya pidió ayuda. Falta revisar teléfonos, mensajes, audios, cámaras, testimonios. Falta determinar si el arma fue llevada al despacho con anticipación. Falta saber si alguien sabía que Romildo estaba armado.

 Falta reconstruir por qué se permitió que la pareja quedara solas en un trámite tan sensible. No se trata de culpar al abogado sin pruebas. Se trata de preguntar qué protocolos existen cuando hay separación conflictiva, diferencia de poder y posible riesgo. La cámara es un objeto clave, una cámara fría, una cámara que no siente, pero recuerda.

 Según lo reportado por Fla y Wall, las imágenes de la sala fueron fundamentales para que la policía civil confirmara la mecánica del ataque. Romildo se habría colocado detrás de Leya y habría disparado en la nuca. La misma cámara que quizá nadie miraba con atención antes del crimen se volvió testigo principal después y ahí aparece la diferencia entre una versión y una prueba.

 Sin esa grabación podrían haber nacido excusas, dudas, relatos acomodados. Con esa grabación, según las autoridades, la secuencia empieza a tomar forma. Pero esa explicación deja una pregunta abierta. Si la cámara estaba ahí, Romildo sabía que estaba siendo grabado. Y si lo sabía, ¿qué significa que aún así haya actuado? Una posible explicación sería que no le importó.

 Otra que en ese momento ya no pensaba en consecuencias. Pero hay una lectura más inquietante. A veces el feminicida no busca escapar. Busca castigar, borrar, cerrar la escena con su propia muerte y dejar a todos los demás cargando con las ruinas. Esto no es romanticismo, es violencia final, es control hasta el último segundo. Y si quieres seguir entendiendo cómo se conectan estas piezas, [música] suscríbete a Alerta Roja, porque esta historia todavía no termina y cada nuevo dato puede cambiarlo todo.

 La palabra suicidio aparece en la investigación, pero no debe robarle el centro al feminicidio. Porque durante años muchos casos así fueron narrados como dramas familiares donde el agresor terminaba convertido en un hombre desesperado. No, la desesperación no explica por sí sola un disparo contra una mujer sentada.

 La desesperación no borra la responsabilidad. La muerte del agresor puede cerrar el camino penal contra él, pero no cierra el deber social de decir lo que pasó. Leya fue atacada cuando intentaba divorciarse. También hay que mirar la distancia de edad y poder. Leya tenía 41 años. Romildo 69. Ella doctor era 28 años menor, según reportes.

Durante años fue primera dama en un municipio donde él mandaba. Esa diferencia no significa automáticamente abuso, pero sí obliga a mirar la relación con Lupa. ¿Quién tenía más poder económico? ¿Quién tenía más influencia política, quién conocía a más autoridades, quién podía controlar la narrativa local? ¿Quién podía convertir una [música] separación en una guerra de prestigio? Lo confirmado ya es grave.

 Lo que falta por confirmar podría ser peor, porque cuando una mujer intenta salir de una relación con un hombre influyente, no solo enfrenta el final de la pareja, a veces enfrenta al entorno del hombre, a los amigos que justifican, a los familiares que minimizan, a los conocidos que dicen él no sería capaz, a los medios locales que prefieren recordar obras de gobierno antes que nombrar violencia, a las instituciones que tardan en llamar feminicidio a lo que parece feminicidio desde el primer minuto. Por eso indignó tanto el luto

oficial, no porque una institución no pueda expresar condolencias por una muerte, sino porque el orden y el tono importan. La primera nota sobre Romildo destacó su contribución al desarrollo del municipio. Luego vino la nota por Leya, reconociendo su papel como ex primera dama y empresaria. Pero para mucha gente la señal ya estaba dada.

 El poder recibe homenaje automático. La víctima recibe reconocimiento después de la presión pública. Ahí es donde la versión empieza a romperse, porque una sociedad que honra primero al agresor y explica después a la víctima no está entendiendo la magnitud del feminicidio. No basta con decir, “Lamentamos los hechos.” Hay que nombrar la violencia.

Hay que decir que una mujer murió en medio de un divorcio. Hay que decir que la separación es un momento de alto riesgo. Hay que decir que el prestigio político no puede funcionar como anestesia moral. Las autoridades brasileñas siguen recopilando evidencias. La policía civil asumió la investigación, analiza imágenes, escucha testigos y reconstruye los momentos previos al ataque.

 La principal hipótesis apunta a feminicidio seguido de suicidio. Pero todavía hay preguntas técnicas. El arma, la posición, las cámaras, los testimonios del personal del despacho, la ruta de llegada, la ruta de salida que nunca [música] existió, los mensajes previos, la existencia o no de amenazas, la situación patrimonial, el historial de la pareja y cada una de esas preguntas importa, porque si no se responde, el caso corre el riesgo de quedar reducido a una frase fácil.

 Exalcalde mata a la esposa durante divorcio, pero detrás de esa frase hay una estructura entera. Un hombre con poder, una mujer intentando separarse, una oficina que debía ser segura, una cámara que grabó, un arma dentro de un trámite civil, hijos que quedan sin madre, una ciudad obligada a mirarse al espejo.

 La parte más dolorosa es que Leya llegó viva ese despacho. Llegó con una intención concreta, terminar legalmente una relación. Nadie firma un divorcio pensando que ese documento puede convertirse en el último acto de su vida. Nadie entra a su una oficina jurídica imaginando que su silla colab terminará como escena criminal. Pero así ocurrió y el giro más fuerte no está solo en cómo murió, está en dónde murió.

 Leya no fue asesinada en una pelea doméstica escondida, fue atacada en el corazón de un procedimiento legal. Eso significa que ni siquiera el sistema formal de separación logró protegerla. Y si un despacho de abogados no es un lugar seguro para una mujer que busca divorciarse, entonces la pregunta es mucho más grande.

 ¿Dónde sí lo es? Ahora hay que unir las piezas sin confundir hechos con hipótesis. Lo confirmado hasta ahora es que Isicleya Alvez Veloso, Leya, de 41 años, fue atacada con arma de fuego durante una reunión vinculada a su divorcio en Aurilandia Don Norte. Lo confirmado por reportes basados en la policía civil es que Romildo Veloso Silva, exalcalde y concejal, fue señalado como autor del disparo y fue encontrado muerto después en el baño del despacho.

 Lo confirmado por medios brasileños es que se abrieron investigaciones por feminicidio y suicidio, que las cámaras del lugar son parte clave del caso y que la policía ve indicios de premeditación. Lo que todavía debe investigarse a fondo es el contexto previo. Amenazas, mensajes, armas, bienes, testigos, protocolos y responsabilidades institucionales.

 El primer escenario posible es el más simple en apariencia, pero no por eso menos grave que Romildo haya actuado solo en una decisión tomada antes de entrar al despacho, aprovechando el momento de privacidad para atacar a Leya. En ese escenario, la clave sería demostrar premeditación. si llevó el arma con ese objetivo, si pidió quedarse a solas para ejecutar el ataque, si eligió el momento del divorcio porque sabía que ella estaba cerrando legalmente la relación.

 Si esta línea se confirma, el caso sería el retrato brutal de un feminicidio íntimo, un hombre que no acepta la separación y decide convertir el final de la relación en la muerte de la mujer. El segundo escenario no lo absuelve, al contrario, apunta a una cadena de omisiones. Quizá no hubo un plan sofisticado, pero sí un riesgo evidente que nadie logró contener.

 Una pareja separada recientemente, un trámite de bienes, un hombre influyente que según reportes no aceptaba el fin de la relación, una reunión donde se le permitió quedarse a solas con la mujer, un arma que entró al espacio. Si esta lectura se confirma, entonces el caso no solo hablaría del agresor, sino de los vacíos que rodean a las mujeres en procesos de separación, falta de evaluación de riesgo, falta de protocolos en divorcios conflictivos, falta de acompañamiento y falta de medidas para impedir que el último encuentro se convierta en el último día.

El tercer escenario es el más oscuro, que el crimen haya sido una forma de castigo final, no un arrebato, no un instante, una decisión de borrar a Leya porque Leya estaba saliendo, porque estaba firmando, porque estaba reclamando su parte, porque estaba poniendo límites. Esa hipótesis no puede presentarse como hecho, pero sí como una pregunta que la investigación debe responder. La mató porque ella se iba.

La mató porque la división de bienes le resultaba intolerable. la mató porque pensó que si no era de él no sería de nadie. Si esa línea se confirma, entonces el caso deja de ser solo una tragedia local y se convierte en un símbolo de la violencia posesiva que atraviesa América Latina, porque esto no ocurre en el vacío.

 La violencia contra las mujeres en la región no es una suma de casos aislados. Es una epidemia social con cifras que deberían avergonzar a gobiernos, fiscalías, jueces, policías, partidos, iglesias, familias y comunidades completas. La OPS dice que una de cada tres mujeres de 15 años o más en las Américas ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida y que la violencia de pareja es la forma más común de violencia contra las mujeres.

 También señala que a nivel mundial hasta 38% de los asesinatos de mujeres son cometidos por su pareja masculina. CEPAL reportó que en 2024 al menos 3,770 mujeres fueron víctimas de femicidio, feminicidio o muerte violenta por razón de género en 26 países y territorios de América Latina y el Caribe. Eso significa al menos 11 muertes violentas de mujeres por razones de género cada día. 11, una cada pocas horas.

 Y en los últimos 5 años el acumulado regional supera los 19,000 feminicidios registrados. Esa cifra no es una estadística fría, es una fila interminable de sillas vacías, madres, hijas, hermanas, amigas, mujeres que muchas veces pidieron ayuda antes de que las mataran. En Brasil el contexto es igual de alarmante.

 El anuario brasileiro de seguranza pública reportó 1492 feminicidios en 2024, el mayor número desde la tipificación del crimen, además de 3,870 tentativas. Ocho de cada 10 víctimas fueron asesinadas por compañero o excompañero. El 64% murió en su propies en su propia casa y el país registró más de 1 millón de llamadas al 190 por violencia doméstica ese mismo año, lo equivalente a dos llamadas por minuto.

Dos llamadas por minuto. Mientras alguien desayuna, mientras alguien firma documentos, mientras una mujer junta valor para irse, Brasil también alcanzó récords recientes de feminicidio. Datos citados por Agencia Brasil indican 1518 víctimas en 2025 y 1458 en 2024, según el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública.

 Y aunque las cifras pueden variar según la metodología, el mensaje de fondo no cambia. Las leyes existen, las campañas existen, las medidas protectoras existen, pero las mujeres siguen muriendo cuando intentan escapar de relaciones violentas. Por eso hay que tener cuidado con las palabras. Crimen pasional suena a impulso romántico deformado, pero muchas veces lo que hay es una lógica de propiedad.

La maté porque era mía. La maté porque se iba, la maté porque no aceptó. La maté porque me dejó. Eso no es pasión, es dominación. Es machismo armado. Es una cultura donde algunos hombres entienden el amor como posesión y la separación como humillación. Y aquí el caso de Leya se vuelve una advertencia. Si una mujer está en proceso de divorcio y existe tensión, la pregunta no debe ser, ¿están exagerando? La pregunta debe ser, ¿qué riesgo hay? Si hay reparto de bienes, si hay hijos, si hay diferencia de poder, si hay antecedentes de

control, si el hombre no acepta la separación, si insiste en hablar a solas, si aparece armado, si quiere cerrar la puerta, si pide un último momento privado, entonces hay que activar todas las alarmas. Porque muchas mujeres no mueren cuando nadie sabía nada, mueren cuando todos pensaban que todavía era un asunto de pareja.

 Si quieres que sigamos investigando este caso y todos los que sacuden al país, suscríbete a Alerta Roja, activa la campana y déjame en comentarios qué pista crees que cambia toda la historia. Lo que tendría que investigarse ahora es claro. La ruta del arma, el contenido de los teléfonos, los mensajes previos al encuentro, el historial de separación, las condiciones del divorcio, las cláusulas de bienes, los testimonios de familiares, la declaración completa del abogado, las cámaras del despacho, las notas de la prefeitura, las razones por

las que el luto oficial se comunicó como se comunicó la red política de Romildo. Y sobre todo si Leya había expresado miedo antes de llegar a esa oficina. Porque cuando una mujer muere de esta forma, la investigación no debe limitarse al segundo del disparo. Debe retroceder. Debe preguntar qué pasó 3 meses antes? ¿Qué pasó 3 semanas antes? ¿Qué pasó 3 días antes? ¿Qué pasó en las llamadas? ¿Qué pasó en los silencios? ¿Qué pasó en las miradas de quienes convivían con ellos? ¿Qué pasó para que una mujer que buscaba firmar su

separación terminara herida de muerte en una silla? El caso de Aurilandia Don Norte duele porque muestra una verdad que América Latina conoce demasiado bien. Muchas mujeres no son asesinadas por desconocidos, sino por hombres que alguna vez dijeron amarlas. Hombres que compartieron casa, hijos, fotos, campañas, misas, fiestas, negocios.

Hombres que frente al público podían parecer respetables y en privado podían convertirse en amenaza. Lo confirmado ya es grave. Una mujer fue atacada [música] durante su divorcio. El señalado era un exalcalde con enorme influencia local. La cámara, según la investigación, registró un ataque por la espalda.

 El cuerpo de él apareció en el baño. El municipio primero tuvo que enfrentar el peso político del nombre Romildo y después el grito moral del nombre Leya. Lo que falta por confirmar podría ser peor, porque si hubo señales previas, si hubo miedo, si hubo amenazas, si hubo omisiones, entonces no basta con cerrar el expediente diciendo que el agresor murió.

 La justicia para Leya no puede ser solo una conclusión forense, tiene que ser memoria, tiene que ser prevención, tiene que ser una pregunta incómoda puesta en la mesa de cada despacho donde se firma un divorcio. ¿Qué protocolos protegen a una mujer cuando el hombre que se niega a perderla está sentado al otro lado? Y ahora la pregunta es para ti.

 Cuando una mujer llega a firmar su libertad y sale en una ambulancia, cuando un hombre poderoso puede convertir una oficina legal en una escena de feminicidio cuando una ciudad duda entre homenajear al político o nombrar a la víctima. Estamos frente a un caso aislado o frente a la prueba de que todavía no entendemos que el momento más peligroso para muchas mujeres empieza exactamente cuando deciden irse.

 

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