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Enrique Peña Nieto: Su Doble Vida… El ASQUEROSO Secreto del Hijo que Ocultó por PODER

Enrique Peña Nieto: Su Doble Vida… El ASQUEROSO Secreto del Hijo que Ocultó por PODER

11 de enero de 2007. Hospital AC de Santa Fe, Ciudad de México. En un pasillo frío, blanco, silencioso, Mónica Pretelini, esposa del gobernador del Estado de México, era declarada con muerte cerebral después de una crisis convulsiva que, según la versión oficial, derivó en un paro cardiorrespiratorio. Afuera, la maquinaria política ya estaba despierta.

 Al día siguiente, 469 esquelas aparecieron en nueve periódicos nacionales. 469. No era solo duelo, era poder impreso en tinta negra. El hombre que quedaba viudo se llamaba Enrique Peña Nieto, joven, fotogénico, disciplinado. El rostro perfecto del PRI que quería regresar a Los Pinos. Para millones de mexicanos era el padre de familia que había perdido a su esposa y seguía adelante con tres hijos pequeños.

 Pero detrás de esa fotografía perfecta había otra vida, otra mujer, otro hijo, otro nombre que no cabía en la imagen oficial, Diego Alejandro. Guarda ese nombre en tu mente porque esta no es solo la historia de un político que llegó a la presidencia. Esta es la historia de cómo un hombre convirtió su vida privada en asunto de estado.

 Como un niño nacido el 25 de junio de 2004 quedó durante años fuera del retrato público. Como su madre, Maritza Díaz tuvo que enfrentarse a jueces, instituciones, silencios y presiones para reclamar lo más básico. Un apellido, seguridad, presencia, justicia. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, ¿cómo se fabricó la imagen del esposo perfecto mientras, según informes ya existía una doble vida en las sombras? Segundo, ¿quién era Maritza Díaz? ¿Y por qué Diego Alejandro se convirtió en el secreto que podía destruir la campaña presidencial?

Tercero, ¿qué ocurrió cuando una madre decidió llevar la verdad a los tribunales y al país entero? Y cuarto, la acusación más oscura, el uso de una herramienta de espionaje como Pegasus, presuntamente dirigida contra la madre del propio hijo del presidente. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender algo.

 El hijo que no cabía en la fotografía del poder no nació como escándalo, nació como sangre. Y la sangre, tarde o temprano, siempre reclama su lugar. Todo comenzó mucho antes de Los Pinos, antes de Angélica Rivera, antes de La Casa Blanca, antes de que el nombre de Diego Alejandro se convirtiera en una herida pública.

 Todo comenzó con una imagen cuidadosamente fabricada. Una de esas imágenes que en la política mexicana no se construyen por accidente, sino con fotógrafos, asesores, apellidos, silencios y una maquinaria entera trabajando para que el país vea solo lo que conviene. Enrique Peña Nieto no apareció ante México como un hombre común, apareció como producto, como promesa, como rostro, como el muchacho impecable que el PRI necesitaba después de años de desgaste, derrotas y sospechas.

 Era joven, era fotogénico, sonreía bien, hablaba con calma, vestía como si cada traje hubiera sido elegido para decir una sola cosa. Aquí hay futuro. Pero guarda esta frase en tu mente, la perfección también puede ser una máscara. En 2003, cuando fue postulado como diputado local por el distrito 13 en el Estado de México, Peña Nieto ya no era solo un político en ascenso, era una pieza colocada dentro de un tablero mucho más antiguo, más profundo, más difícil de explicar, sin mirar hacia el grupo Atlacomulco, esa red de poder mexiquense donde los apellidos pesan,

los favores se heredan y las carreras no siempre nacen en las urnas, sino en los pactos Desde ahí empezó a levantarse la figura del hombre destinado a llegar lejos. Dos años después, en 2005, alcanzó la gubernatura del Estado de México y ahí la imagen se volvió más importante que nunca. No bastaba con gobernar, había que parecer limpio, no bastaba con tener poder, había que parecer familiar, estable, católico, confiable.

México no estaba viendo solo a un gobernador, estaba viendo al posible presidente del futuro. Y para esa película la familia era indispensable. Mónica Pretelini estaba a su lado. Se habían casado en 1994. Tres hijos completaban la fotografía. Paulina, Alejandro y Nicole. Cinco rostros.

 Una familia ordenada, una portada perfecta. En los actos públicos, Peña Nieto aparecía como el esposo joven, el padre responsable, el político que podía hablar de valores sin que la escena se quebrara. Esa era la versión que el país debía mirar. Pero mientras la cámara enfocaba a la familia oficial, otra historia empezaba a moverse fuera del cuadro.

 Según informes, hacia los años en que su carrera política comenzaba a tomar fuerza, la vida privada de Peña Nieto ya mostraba grietas profundas, no grietas pequeñas, no rumores pasajeros, una doble vida, una estructura de silencios levantada con la misma disciplina con la que se levanta una campaña electoral. Por un lado, el esposo de Mónica.

 Por otro, el hombre que mantenía una relación con Maritza Díaz Hernández, una mujer vinculada al entorno político mexiquense. Y más tarde, según distintas versiones periodísticas, otra relación con Jessica de la Madrid, cercana al ambiente de su campaña. Tres escenarios, tres versiones del mismo hombre, una pública, dos escondidas.

 Piensa en eso un momento. Mientras ante los reflectores se vendía la imagen del político de familia tradicional. En la sombra se estaba gestando el secreto que años después lo perseguiría con más fuerza que cualquier discurso de oposición. Porque una mentira privada puede parecer pequeña cuando nadie la conoce. Pero si esa mentira amenaza una candidatura presidencial, deja de ser un asunto íntimo.

 Se vuelve estrategia, se vuelve riesgo, se vuelve expediente y ahí nace el mecanismo más peligroso. Peña Nieto no parecía obsesionado solamente con ascender, parecía obsesionado con controlar, controlar la narrativa, controlar la fotografía, controlar quién entraba en la historia y quién debía quedarse fuera. Mónica representaba el orden.

 Los tres hijos oficiales representaban continuidad. El grupo Atlacomulco representaba poder, el PRI representaba regreso. Todo tenía un lugar preciso, pero Diego Alejandro no tenía lugar. Todavía no llegamos a su nacimiento, pero recuerda esto. El hijo que no cabía en la fotografía del poder comenzó a ser expulsado incluso antes de que México supiera su nombre.

Porque para que un hombre pudiera presentarse como el rostro perfecto del nuevo PRI, había que esconder todo aquello que manchara la portada. La tragedia de Peña Nieto no empezó cuando perdió popularidad, no empezó cuando terminó su matrimonio con Angélica Rivera, no empezó cuando se fue a Madrid.

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