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El tío soltero

El olor del despacho del notario siempre es el mismo en toda España.

Es una mezcla asfixiante de madera de caoba pulida, papel viejo, colonia cara y avaricia. Sobre todo, avaricia.

Esa mañana de noviembre, el aire en la sala de firmas número tres de la notaría de Don Roberto del Valle, en pleno centro de Madrid, se podía cortar con un cuchillo de carnicero. Estábamos todos allí. La familia al completo. O, mejor dicho, los buitres que llevaban años sobrevolando en círculos, esperando a que el viejo león cerrara los ojos para siempre.

Estaba mi hermana Silvia, sentada al borde de la silla de cuero, tamborileando los dedos con las uñas pintadas de rojo carmesí sobre la mesa de cristal. Estaba su marido, un tipo que apenas había cruzado dos palabras con mi tío en los últimos diez años, pero que hoy llevaba el traje de los domingos. Y estaba yo, sosteniendo una copia del documento con las manos ligeramente sudadas.

Mi tío Arturo había fallecido hacía apenas un mes. Ochenta y dos años. Soltero, sin hijos.

Y, lo más importante para los que estábamos en esa sala: era el propietario de un piso de doscientos metros cuadrados en la calle Velázquez, una cartera de acciones en el IBEX 35 que daba vértigo y una cuenta bancaria con más ceros de los que cualquiera de nosotros había visto juntos en su vida.

El notario, un hombre calvo con gafas de media luna que parecía haber presenciado esta misma escena mil veces antes, se ajustó las gafas y nos miró por encima del papel timbrado. Carraspeó.

Ese pequeño ruido de garganta fue el preludio del fin del mundo.

Cuando terminó de leer la cláusula tercera del testamento, el silencio que cayó sobre la sala fue tan absoluto, tan pesado, que sentí que los tímpanos me iban a estallar.

Silvia dejó de tamborilear los dedos. Su rostro, normalmente bronceado por sus escapadas a Marbella, se volvió del color de la ceniza. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en el notario, como si el pobre hombre acabara de hablar en arameo antiguo.

—Perdone, Don Roberto… —dijo mi hermana, con una voz que temblaba tanto que parecía a punto de romperse—. Creo que no le he entendido bien. ¿Puede repetir eso último?

El notario suspiró. Un suspiro cargado de esa paciencia profesional que te da el ver a familias destrozarse por dinero todos los martes por la mañana.

—Como he dicho, doña Silvia. Su tío, don Arturo, nombra como heredera universal de todos sus bienes, derechos y acciones a doña Rosa María Jiménez, con DNI…

—¿A la vecina? —le interrumpió Silvia, poniéndose en pie de un salto. La silla de cuero chirrió contra el suelo de mármol.

Me giré hacia ella. Estaba fuera de sí. Parecía que le acababan de inyectar adrenalina pura en el corazón. Luego, clavó sus ojos en mí.

—¿Me estás diciendo a la cara que el tío dejó su fortuna a la vecina de enfrente y a nosotros, su sangre, no nos dejó nada?

Bajé la mirada hacia el papel que sostenía entre las manos. Las letras negras impresas sobre el folio blanco bailaban ante mis ojos. Busqué el párrafo exacto, la justificación que el notario acababa de leer.

Tragué saliva.

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