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El reloj del horno digital marca las veintidós cincuenta y ocho de la noche.

El reloj del horno digital marca las veintidós cincuenta y ocho de la noche.

Sus números rojos brillan en la penumbra del salón madrileño con una intensidad casi radiactiva.

Fuera, la M-30 es un murmullo constante, un río de asfalto y neumáticos que nunca se detiene.

Dentro del piso de setenta metros cuadrados, el silencio es absoluto.

O casi absoluto.

Hay un sonido rítmico, grave y deliberadamente exagerado que domina la estancia.

Es la respiración de Carlos.

Carlos está tumbado en el sofá de tres plazas que compraron en las rebajas de enero.

Ha conquistado la zona del chaise longue, extendiendo sus piernas cubiertas por un pantalón de chándal gris.

Ese chándal que tiene las rodilleras tan dadas de sí que parecen dos bolsas de plástico colgando.

Lleva puesta una camiseta descolorida de una carrera popular de hace cinco años a la que nunca llegó a presentarse.

Tiene los ojos cerrados a cal y canto.

Su pecho sube y baja con la cadencia perfecta de un monje tibetano en pleno trance meditativo.

Pero Carlos no está meditando.

Carlos tampoco está durmiendo.

Carlos está ejecutando una de las maniobras tácticas más antiguas de la convivencia en pareja.

La siesta falsa.

El coma inducido por voluntad propia.

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