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El reloj de pared del comedor marca las ocho y cuarto de la tarde.

El reloj de pared del comedor marca las ocho y cuarto de la tarde.

Es uno de esos relojes de cocina que hacen demasiado ruido al mover el segundero.

Tic.Tac.Tic.Tac.

Es día veintiocho.

Una fecha que en la gran mayoría de los hogares españoles significa una sola cosa.

La llegada de la nómina.

El ansiado, esperado y siempre insuficiente mensaje push de la aplicación del banco.

Carlos está sentado a la mesa del comedor.

La mesa es de madera de pino macizo, comprada en Ikea hace siete años, pero él la siente hoy como un altar de sacrificios.

Frente a él, su teléfono móvil descansa sobre el mantel antimanchas con estampado de limones.

La pantalla está encendida.

El brillo al máximo.

Muestra la interfaz azulada de la aplicación del BBVA.

En el centro de la pantalla, un número en color verde brilla con una intensidad casi mística.

Mil seiscientos cuarenta y dos euros con treinta y cinco céntimos.

Es el resumen numérico de ciento sesenta horas de su vida.

Ciento sesenta horas de madrugones gélidos en enero.

Ciento sesenta horas de aguantar al subnormal de su jefe de sección.

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