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El regreso interesado

El regreso interesado

PARTE 1: El Olor a Rosas y a Hipocresía

El reloj de diseño que colgaba en la pared de recepción marcaba las ocho y media de la tarde de un viernes lluvioso en pleno centro de Madrid. Mi clínica de medicina estética, un local de doscientos metros cuadrados en el mismísimo Barrio de Salamanca, estaba por fin en silencio. El olor a peonías frescas, mezclado con ese inconfundible aroma a desinfectante quirúrgico caro y cremas de ácido hialurónico, flotaba en el ambiente.

Acababa de despedir a mi última clienta del día, una presentadora de televisión que venía a hacerse su retoque mensual. Estaba apoyada sobre el mostrador de mármol blanco, haciendo el cierre de caja en el iPad. Los números en la pantalla brillaban con una luz verde reconfortante. Había sido una semana brutal. La facturación de esos cinco días superaba lo que antes solía ganar en un año entero.

Respiré hondo, sintiendo cómo la tensión abandonaba mis hombros. Estaba a punto de quitarme la bata blanca impecable y apagar las luces cuando la campanilla de la puerta de cristal tintineó.

Fruncí el ceño. Ya no esperaba a nadie.

Levanté la vista y sentí que el estómago se me desplomaba. Por un microsegundo, el aire abandonó mis pulmones.

Allí estaba él. Marcos.

Llevaba un abrigo de lana azul marino que le quedaba perfecto, el pelo ligeramente mojado por la lluvia y, entre las manos, sostenía un ramo de rosas rojas tan grande y obsceno que casi le tapaba la cara.

Hacía tres años que no le veía en persona. Tres putos años desde aquella noche en la que me dejó tirada en el suelo del salón de nuestro minúsculo piso de alquiler en Vallecas, rodeada de facturas impagadas y con un aviso de desahucio sobre la mesa.

Me quedé petrificada. El corazón me empezó a latir con tanta fuerza que me zumbaban los oídos. Pero el pánico inicial duró apenas dos segundos. Fue rápidamente sustituido por una rabia hirviente, espesa y oscura. Una rabia que llevaba tres años masticando y tragando.

Marcos avanzó por la clínica pisando la alfombra de diseño con cuidado, como si estuviera entrando en un templo. Sus ojos escanearon el lujo del local: las lámparas de cristal, los sofás de terciopelo rosa empolvado, las vitrinas con productos que costaban más de trescientos euros el tarro. Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo sus ojos se iluminaban con esa codicia miserable que siempre intentaba ocultar bajo su sonrisa de “niño bueno”.

Se detuvo frente al mostrador de mármol. Me miró a los ojos. Tenía la misma cara de siempre, pero yo ya no era la misma mujer aterrorizada y rota que él abandonó.

—Elena… —susurró, poniendo una cara de cordero degollado que me dio unas ganas físicas de vomitar.

—¿Qué haces aquí, Marcos? —Mi voz sonó metálica, gélida. Cortó el aire de la clínica como un bisturí afilado.

Él dio un paso más, apoyando las manos, y las flores, sobre el mostrador.

—Sé que ha pasado mucho tiempo. Sé que te hice daño. Pero no he dejado de pensar en ti ni un solo puto día. He estado siguiendo tu trabajo. Es increíble lo que has logrado, Elena. Siempre supe que ibas a llegar lejos.

Solté una carcajada seca. Una risa carente de cualquier tipo de humor que resonó contra las paredes de cristal.

—¿Ah, sí? ¿Siempre supiste que iba a llegar lejos? —Me apoyé en el mármol, acercando mi rostro al suyo—. Quieres volver conmigo llorando ahora que mi negocio de estética factura miles, pero me dejaste tirada cuando estaba en la puta ruina.

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