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El regalo revendido

La pantalla del móvil me iluminaba la cara en la oscuridad de la habitación, pero el frío que sentí me caló hasta los huesos, como si me hubieran inyectado hielo directamente en las venas. Era un martes cualquiera, casi medianoche. Estaba haciendo scroll infinito en la aplicación, buscando una gabardina de entretiempo, sumida en ese estado de duermevela donde tu cerebro funciona en piloto automático tras un largo día de trabajo.

De repente, el algoritmo, ese ente perverso que parece leerte la mente (o en este caso, destruirte la vida), me sugirió un artículo promocionado. “Reloj Cartier Tank Must, mujer. Perfecto estado. Con caja original y certificado.” Precio: 3.200 euros.

La miniatura me llamó la atención porque yo tenía uno exactamente igual. Me lo había regalado Marcos hacía apenas tres meses, por nuestro décimo aniversario. Qué casualidad, pensé, con una sonrisa ingenua, casi compasiva por la persona que tenía que deshacerse de una joya así. Pulsé la foto para ver los detalles.

Y entonces, el mundo se detuvo.

No era un reloj parecido. Era mi reloj. Lo supe por el pequeño arañazo casi imperceptible en el lateral de la correa de cuero negro, fruto de un roce tonto con la cremallera de mi bolso el mismo día que lo estrené. Pero lo que me provocó una arcada física, un nudo en el estómago que me dejó sin respiración, fue el fondo de la fotografía. El reloj estaba apoyado sobre una mesa de madera de roble macizo. Mi mesa de roble del salón. Al fondo, desenfocada, se intuía claramente la maceta de cerámica azul cobalto que compramos en nuestro viaje a Lisboa el verano pasado.

Con los dedos temblando, bajé hasta el perfil del vendedor. “Marc_Ventas88”. Ubicación: Madrid. Valoración: 5 estrellas. Mi marido.

Salté de la cama como si las sábanas estuvieran ardiendo. El corazón me latía con tanta violencia que me pitaban los oídos. Caminé descalza por el pasillo, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. La luz del salón estaba encendida. Allí estaba él, espatarrado en el sofá, iluminado por el parpadeo del televisor viendo un partido de fútbol en diferido, completamente ajeno al apocalipsis que estaba a punto de desatarse en su propio hogar.

Me paré frente al televisor, tapándole la pantalla. Llevaba el móvil apretado en la mano derecha, como si fuera un arma cargada.

—¿Se puede saber qué haces? Quita, que están repitiendo la jugada del penalti —murmuró, frunciendo el ceño con esa desidia que últimamente impregnaba nuestra relación.

Lo miré desde arriba.

—El reloj de lujo que me regalaste por nuestro décimo aniversario lo he encontrado a la venta en Vinted desde tu propia cuenta.

BAM. El silencio que siguió a esa frase fue el más espeso y pesado de mi existencia. Vi, casi a cámara lenta, cómo la sangre abandonaba su rostro en cuestión de milisegundos. Sus ojos pasaron de la molestia al aburrimiento, y del aburrimiento al pánico más primitivo y absoluto. La máscara del marido perfecto, del triunfador, del hombre que me había llevado a cenar a uno de los restaurantes más elitistas de la capital para celebrar una década de amor, se hizo añicos contra el suelo de nuestro salón.

Se incorporó torpemente, casi atragantándose con su propia saliva. Empezó a balbucear, moviendo las manos. —Elena, yo… espera. Tranquilízate. Puedo explicarlo, te lo juro. No es lo que parece.

—¿Ah, no? —Mi voz sonaba peligrosamente tranquila, pero por dentro era un volcán en erupción de furia y asco—. ¿No es mi reloj? ¿Ese que dijiste que habías mandado a “limpiar al taller de la joyería” hace dos semanas porque querías que estuviera impecable para la boda de mi hermana?

Él se pasó las manos por el pelo, acorralado. Miró hacia la mesa de roble, la escena del crimen, y luego agachó la cabeza, incapaz de sostener mi mirada.

—Necesitaba liquidez rápida, te iba a comprar otro igual en cuanto cerrara un negocio. Era solo un par de semanas.

Esa excusa. Esa maldita excusa.

Sinceramente, hay palabras que deberían estar tipificadas como delito en las relaciones de pareja, y usar “liquidez rápida” para justificar un robo es una de ellas. Lo miré de arriba abajo, escaneando al hombre con el que había compartido diez años de mi vida, y sentí que estaba frente a un perfecto desconocido.

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