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El Hacendado Rescató a la Joven Humillada Del Cafetal… Sin Imaginar quién Era… 

El Hacendado Rescató a la Joven Humillada Del Cafetal… Sin Imaginar quién Era… 

La lluvia cayó sobre los cafetos de Cuatepec con la fuerza de las tardes que llegan sin aviso. A su cena revueltas terminó de rodillas en el barro, humillada frente a todos, acusada de un robo que jamás cometió. Nadie habló, nadie se atrevió a mirarla siquiera, porque en hacienda la niebla todos sabían que enfrentarse al capataz podía destruir una vida.

 Pero aquel día alguien decidió intervenir y sin imaginarlo el asendado acababa de abrir la puerta del secreto más peligroso de su propia familia. Si alguna vez sintió que el mundo decidió volverlo invisible, esta historia es para usted. Deje su like ahorita, suscríbase a Cuentos del Viejo Campo y active la campanita para no perderse ningún relato de los que vienen.

 Cuéntenos en los comentarios, ¿alguna vez alguien salió a defenderle cuando usted ya había dejado de esperar que alguien lo hiciera? ¿Desde qué rincón del mundo nos acompaña hoy? A su cenas revueltas, había llegado a Hacienda la niebla a los 7 años de la mano de una mujer que no era su madre, aunque todos le decían que sí. Refugio Canseco, cocinera de los jornaleros, la había recogido después de que Lucía revueltas muriera de una fiebre que recorrió el pueblo en el invierno de 1891.

Lucía había sido la bandera decía refugio, una mujer buena y trabajadora que se quedó sola demasiado pronto y no tuvo a nadie que la ayudara cuando llegó la enfermedad. Y cuando alguien preguntaba más, refugio cambiaba el tema con la habilidad de quien lleva años practicando ese mismo giro, poniendo las manos a acomodar algo, una olla, un trapo, cualquier cosa que le diera excusa para no sostener la mirada del que preguntaba.

 Azucena había aprendido a leer esa señal desde niña. Cuando refugio acomodaba cosas con las manos, era porque no quería hablar de algo. Y con el tiempo dejó de preguntar, no porque hubiera dejado de querer saber, sino porque la única respuesta disponible era el silencio de refugio. Y el silencio de refugio siempre dolía más que no preguntar. Creció entre cafetos.

Aprendió a leer el cielo para saber cuándo venía la lluvia. observando el color de las nubes sobre la sierra. Aprendió a distinguir por el color exacto de la cereza en qué momento el grano estaba en su punto óptimo de madurez, ese rojo oscuro que tira al vino que los coledores experimentados reconocen de lejos.

Aprendió a hablar poco en presencia de los capataces y a escuchar mucho cuando ellos no sabían que alguien escuchaba. Aprendió que en una hacienda hay dos tipos de personas, las que tienen nombre que importa y las que tienen nombre que sirve para que las llamen cuando se necesita algo.

 Aprendió sobre todo que ella pertenecía al segundo grupo y que cuestionarlo no servía de nada porque las categorías de una hacienda son más sólidas que las paredes de adobe y más difíciles de mover que las piedras del barranco. Y sin embargo, nunca aprendió a encorvarse. Eso era lo que desconcertaba a la gente desde que era niña y seguía desconcertando ahora que tenía 24 años.

Las otras coledoras, que habían aprendido a hacer invisible el cuerpo en presencia de quienes tenían más poder, miraban a Sucena con una mezcla de admiración y miedo, porque esa espalda recta era un tipo de provocación involuntaria, una presencia que no pedía permiso para existir. Y las presencias que no piden permiso son peligrosas en los lugares donde el permiso lo controla todo. Sus manos contaban la historia.

Eran pequeñas y oscuras en los nudillos y ásperas en las palmas. Manos que 20 años de cosechas habían formado en su propia forma, distintas a cualquier otra cosa que hubieran podido ser. Cuando trabajaba, esas manos se movían con una eficiencia que no tenía nada de mecánico, sino de deliberado, como si cada cereza que arrancaba de la rama fuera una decisión y no un reflejo.

Había algo en el modo en que trabajaba a su cena que siempre incomodó un poco a Cepeda, aunque él nunca lo habría sabido explicar. Era como si trabajara para ella misma y no para la hacienda, como si el motivo de hacerlo bien no tuviera nada que ver con el pago del sábado, sino con algún estándar interno que nadie le había pedido que tuviera.

 El medallón era lo único que le quedaba de Lucía. Era de plata trabajada, ovalado, del tamaño de la yema de un pulgar, con una virgen grabada en el frente, tan desgastada por el tiempo que apenas se distinguía la figura. un contorno de mujer con un halo y algo que podría ser un manto o podría ser el borde de una nube.

 En el reverso no había nada visible, solo una raspadura larga y deliberada, como si alguien hubiera pasado un objeto afilado por la superficie para borrar lo que estuviera grabado ahí. A su cena lo había llevado escondido toda su vida contra la piel, no porque tuviera valor que en manos de una coledora un medallón de plata era una invitación al robo y a la acusación de haberlo robado, sino porque era el único objeto del mundo que la conectaba con algo anterior a sí misma, con algo que había existido antes de que ella existiera y que tenía que ver con ella

de una manera que no podía nombrar, pero tampoco podía podía ignorar. Cuando se sentía más sola, que era seguido, aunque no siempre de la misma manera, lo apretaba entre los dedos y dejaba que el frío del metal se fuera calentando contra la palma. Y en ese calentarse lento había algo que no era consuelo exactamente, pero se le parecía.

 La mañana del día en que cayó en el cafetal, a su cena había amanecido con un mal presentimiento. Lo había ignorado, porque los presentimientos son un lujo que no puede pagarse cuando hay trabajo que hacer. Se había envuelto el rebozo, había recogido el morral y había subido a las parcelas altas, donde la niebla de octubre todavía no se disolvía a esas horas, donde los cafetos cargados olían a tierra húmeda y a esa promesa específica del fruto maduro que en Coatepec se mezclaba siempre con el olor de la niebla bajando de la sierra. Había

trabajado sola esa mañana. Las otras mujeres se habían agrupado más abajo en la ladera de los cerezos que mejor rendían esa semana. Y a su cena había subido más, porque las matas de arriba llevaban dos días sin que nadie las tocara y estaban cargadas. Subió sola porque eso no le molestaba. Prefería trabajar sola cuando podía, no por antipatía hacia las demás, sino porque en la soledad no había que calcular nada, no había que medir las palabras, ni el silencio, ni la distancia con el cuerpo. No había nadie cuyo miedo

tuviera que respetar. Trabajó callada durante 3 horas. No pensó en nada que no fuera el siguiente puñado de cerezas. Esa era la técnica que había desarrollado con los años para sobrevivir dentro de su propia cabeza. vaciarse de todo lo que no fuera el momento presente, las manos en las ramas, los ojos en el color del fruto, el cuerpo moviéndose entre las matas con el automatismo de quien conoce ese movimiento desde antes de recordar haberlo aprendido.

 Era una especie de meditación que nadie le había enseñado y que ella no habría sabido llamar meditación, solo la costumbre de no pensar para no doler. novio cuando llegó Cepeda. El capataz de la niebla, llevaba 10 años en el cargo, heredado de su padre Ignacio Salvatierra, quien lo había tenido antes otros 15. Era una línea de capataces que se pasaban el puesto como se pasan los secretos, de mano en mano, sin escribirlos, con la certeza de que lo que no está escrito no puede usarse en contra.

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