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El calendario de pared en la cocina marca mediados de noviembre.

El calendario de pared en la cocina marca mediados de noviembre.

Una fecha que, para cualquier persona cuerda, debería significar simplemente otoño avanzado.

Pero en la mente de Carlos, esa fecha es el detonante de una cuenta atrás apocalíptica.

La Navidad se acerca con la sutileza de un tren de mercancías descarrilando.

Carlos está en el salón, rodeado de folletos de supermercados que ni siquiera ha pedido.

Tiene un bolígrafo en la mano y una expresión de alguien que está planificando una operación militar en territorio enemigo.

Su mujer, Elena, entra en la habitación con una taza de café humeante y esa mirada que reserva exclusivamente para las negociaciones de alto riesgo.

Elena no necesita hablar para que Carlos sepa que el tema del día es el calendario festivo.

Carlos deja el bolígrafo sobre la mesa de centro con un gesto deliberadamente lento.

Ya ha perdido esta batalla antes incluso de empezar a pelearla.

CARLOS: Nochebuena con mis padres y Nochevieja con los tuyos, como todos los años.

Es una afirmación, una propuesta, casi un ruego desesperado por mantener el status quo de la paz civilizada.

Elena se queda inmóvil en el umbral, con la taza a medio camino de sus labios.

Una pequeña sonrisa, fría y afilada como el hielo, aparece en su rostro.

ELENA: De eso nada, Carlos.

ELENA: De eso nada absoluto.

ELENA: Que el año pasado nos chupamos tres horas de coche bajo una ventisca de nieve para ir con tu familia.

ELENA: Tres horas de atasco en la autovía, con el niño llorando porque se le había perdido el muñeco del Capitán América.

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