Una fecha que, para cualquier persona cuerda, debería significar simplemente otoño avanzado.
Pero en la mente de Carlos, esa fecha es el detonante de una cuenta atrás apocalíptica.
La Navidad se acerca con la sutileza de un tren de mercancías descarrilando.
Carlos está en el salón, rodeado de folletos de supermercados que ni siquiera ha pedido.
Tiene un bolígrafo en la mano y una expresión de alguien que está planificando una operación militar en territorio enemigo.
Su mujer, Elena, entra en la habitación con una taza de café humeante y esa mirada que reserva exclusivamente para las negociaciones de alto riesgo.
Elena no necesita hablar para que Carlos sepa que el tema del día es el calendario festivo.
Carlos deja el bolígrafo sobre la mesa de centro con un gesto deliberadamente lento.
Ya ha perdido esta batalla antes incluso de empezar a pelearla.
CARLOS: Nochebuena con mis padres y Nochevieja con los tuyos, como todos los años.
Es una afirmación, una propuesta, casi un ruego desesperado por mantener el status quo de la paz civilizada.
Elena se queda inmóvil en el umbral, con la taza a medio camino de sus labios.
Una pequeña sonrisa, fría y afilada como el hielo, aparece en su rostro.
ELENA: De eso nada, Carlos.
ELENA: De eso nada absoluto.
ELENA: Que el año pasado nos chupamos tres horas de coche bajo una ventisca de nieve para ir con tu familia.
ELENA: Tres horas de atasco en la autovía, con el niño llorando porque se le había perdido el muñeco del Capitán América.
ELENA: Este año toca repetir con la mía, y no acepto ni una sola réplica al respecto.
Carlos siente cómo una gota de sudor frío comienza a descender por su sien.
La lógica de Elena es como un martillo neumático golpeando el asfalto: constante, ruidosa y devastadora.
CARLOS: Pero Elena, es que con tu madre no hay quien cene tranquilo.
CARLOS: Cada vez que abro la boca para decir algo, termina soltando alguna pulla sobre cómo cocino o sobre lo poco que me esfuerzo en el trabajo.
ELENA: ¿Ah, sí? ¿Y qué me dices de tu padre?
ELENA: Tu padre se pasa toda la cena de Nochebuena analizando mis niveles de colesterol como si fuera mi cardiólogo personal.
ELENA: El año pasado, cuando me serví la segunda ración de gambas, me preguntó si tenía pensado empezar el año con una urgencia médica en el hospital.
Carlos baja la mirada hacia la alfombra, buscando apoyo en los patrones abstractos del tejido.
Es una guerra de desgaste.
Una guerra donde el terreno de juego es el comedor de unos suegros y la munición son los comentarios pasivo-agresivos entre plato y plato de cordero asado.
CARLOS: Al menos mi padre tiene un sentido del humor peculiar.
ELENA: Tu padre tiene un sentido de la educación que brilla por su ausencia, cariño.
ELENA: Y si vamos a Nochebuena con los tuyos, el 24 de diciembre es una jornada laboral para mí, porque me toca aguantar a tu hermana explicando por qué su perro es un animal emocionalmente superior a cualquier humano.
Carlos se levanta del sofá y camina hacia la ventana.
Fuera, los escaparates ya empiezan a llenarse de luces parpadeantes que, para él, ahora mismo parecen señales de socorro.
La tensión en la casa es casi física, un campo magnético que hace que los objetos se sientan más pesados.
CARLOS: Es que si vamos a los tuyos, mi madre va a pasar toda la noche preguntándome por qué no la quiero ver.
CARLOS: Ya sabes cómo se pone ella, empieza con los suspiros audibles y a decir que “el hijo siempre se olvida de la madre cuando se casa”.
ELENA: La manipulación emocional es un arte en tu familia, lo admito.
ELENA: Pero yo no tengo por qué pagar las facturas de la falta de madurez de tu madre.
ELENA: La Navidad es una época para disfrutar, y yo quiero disfrutarla sin tener que estar justificando mi existencia ante una mujer que todavía cree que mi mayor logro vital es saber planchar camisas.
Carlos se gira, apoyándose contra el marco de la ventana.
El salón parece haberse encogido durante los últimos cinco minutos.
CARLOS: ¿Entonces qué sugieres?
CARLOS: ¿Nos quedamos solos en casa comiendo pizza congelada?
ELENA: No sería una mala idea, sinceramente.
ELENA: Al menos no tendríamos que ver a nadie fingiendo que todo va bien mientras nos lanzamos cuchillos a través de la mesa.
CARLOS: Sabes que no podemos hacer eso.
CARLOS: Si no vamos a ver a nadie, las dos familias van a montar un bloque de oposición conjunta.
CARLOS: Nos llamarán a todas horas, se harán los mártires, nos enviarán fotos de cenas solitarias para hacernos sentir culpables.
Elena deja la taza de café en la mesa con un ruido metálico que resuena como un disparo.
ELENA: Pues que llamen.
ELENA: Estoy harta, Carlos.
ELENA: Estoy harta de organizar nuestras vidas alrededor de las expectativas de otras personas.
ELENA: De si este año toca en tu casa o en la mía, de si tenemos que ir primero a ver a tu abuela, de si a mi padre le molesta que traigamos vino porque él ya ha comprado tres cajas de Rioja que sabe a vinagre.
Carlos suspira, cerrando los ojos por un momento.
Recuerda vagamente una época en la que la Navidad no era un campo de minas.
Una época de polvorones que no tenían un regusto amargo a tensión familiar acumulada.
CARLOS: El problema es que, como cedamos en esto, sentamos un precedente.
CARLOS: Si este año nos salimos de la norma, el año que viene la guerra será todavía peor.
ELENA: ¿Y qué?
ELENA: La guerra ya es inevitable.
ELENA: La diferencia es que esta vez, quizá, podamos ganar alguna batalla por nosotros mismos.
Carlos mira a Elena.
Ve su determinación, esa fuerza implacable que tanto le atrae y, en momentos como este, tanto le aterra.
Ella está cansada, igual que él.
Pero ella ha decidido que ya no quiere esconderse detrás de los modales.
CARLOS: Si vamos con los tuyos en Nochebuena, prometes que si tu madre vuelve a decirme algo sobre mi trabajo, la frenas tú.
CARLOS: Porque yo ya no puedo más, Elena.
CARLOS: La última vez estuve a punto de decirle que, si tanto le preocupaba mi carrera, podría haberme ayudado ella a pagar la matrícula de la carrera en lugar de comprarse esa colección de figuritas de porcelana que acumula polvo.
ELENA: No vas a decirle nada parecido a eso.
ELENA: Pero sí, si vuelve a empezar, yo me encargaré.
ELENA: Pero a cambio, nada de ir a visitar a tu tía Pepi el día de Navidad por la mañana.
CARLOS: ¿Qué tienes contra la tía Pepi?
CARLOS: Es la única de la familia que no me hace preguntas incómodas.
ELENA: La tía Pepi nos obliga a ver un álbum de fotos de sus viajes a Benidorm durante tres horas mientras nos sirve un licor de hierbas que te deja ciego.
ELENA: Eso no es Navidad, eso es una forma de tortura avalada por la Convención de Ginebra.
Carlos ríe, una risa tensa y nerviosa.
Es la risa del que sabe que está negociando los términos de su propia rendición, pero intenta que parezca un pacto de caballeros.
CARLOS: Está bien.
CARLOS: Nochebuena con los tuyos, nada de tía Pepi el 25.
CARLOS: Pero Nochevieja con mis padres, y nada de que tu hermano venga a contar sus problemas de criptomonedas durante las campanadas.
Elena se acerca a él y le pone una mano en el brazo.
Su expresión ha cambiado.
Ya no hay ira, sino un cansancio compartido, una camaradería de soldados que intentan sobrevivir a la trinchera.
ELENA: Hecho.
ELENA: Pero vamos a tener que ser muy fuertes, Carlos.
ELENA: Porque nos van a bombardear desde todos los frentes.
CARLOS: Lo sé.
CARLOS: Lo sé muy bien.
Carlos vuelve a mirar el bolígrafo que había dejado sobre la mesa.
El salón sigue igual, pero algo ha cambiado en el aire.
Ya no es solo tensión; ahora hay un plan.
Un plan precario, frágil, lleno de agujeros y con altísimas probabilidades de fracasar estrepitosamente.
Pero, al menos, es un plan.
Carlos se sienta de nuevo en el sofá.
Siente que ha envejecido cinco años en los últimos diez minutos.
CARLOS: ¿Crees que existe alguna familia en España que organice esto sin acabar a tortas?
ELENA: Eso es un mito, Carlos.
ELENA: Como los Reyes Magos o la gente que dice que el turrón sin azúcar está bueno.
ELENA: Es una leyenda urbana diseñada para que nos sintamos mal cuando nosotros terminamos gritando por el pasillo.
Carlos sonríe, esta vez con algo más de sinceridad.
CARLOS: Pues brindemos por nuestra leyenda urbana particular.
CARLOS: Por la Navidad de la trinchera.
Elena se sienta a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
La taza de café ya está fría, pero el momento se siente extrañamente cálido.
La guerra de las cenas de Navidad ha comenzado oficialmente, y el frente de batalla promete ser largo y agotador.
Carlos observa las luces de la calle y, por primera vez, no le parecen señales de socorro.
Ahora le parecen las luces de una ciudad que, al igual que ellos, está intentando sobrevivir al invierno.
CARLOS: Mañana llamaremos a mi madre.
CARLOS: Será el primer bombardeo.
ELENA: Déjamelo a mí.
ELENA: Yo le diré que el coche se nos ha roto y que no podemos viajar a dos sitios distintos.
CARLOS: ¿Mentir?
CARLOS: ¿Esa es nuestra estrategia?
ELENA: No es mentir, es gestión de daños, Carlos.
ELENA: En la Navidad, la verdad es un lujo que nadie puede permitirse si quiere conservar la cordura.
Carlos asiente, resignado.
La guerra ha empezado, y ya no hay vuelta atrás.
Se prepara para las llamadas, las excusas, las miradas asesinas y las cenas llenas de silencios incómodos.
Pero mientras Elena esté a su lado, siente que quizás, solo quizás, saldrán vivos de esta.
O al menos, con la dignidad suficiente para llegar al día 7 de enero.