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EDWIN VALERO: SUS MANAGERS PAGARON PARA OCULTAR LO QUE PASÓ EN ESA CELDA

EDWIN VALERO: SUS MANAGERS PAGARON PARA OCULTAR LO QUE PASÓ EN ESA CELDA

Hay una habitación en el Hotel Intercontinental de Valencia, Venezuela, que el personal nunca olvidó. Era la madrugada del 19 de abril de 2010, tercer piso, habitación 309. Adentro había un hombre esposado a la cama. Los policías que entraron esa noche encontraron a Jennifer Viera tirada en el suelo con una herida de cuchillo en el pecho. Estaba muerta.

 Y el hombre esposado a la cama era Edwin Valero, campeón mundial de boxeo en dos categorías, uno de los pegadores más temidos del planeta, con 27 peleas, 27 victorias, 27 knockouts. 27. un récord que ningún otro boxeador en la historia había logrado mantener intacto durante tanto tiempo. Y esa noche, en esa habitación, el hombre que lo tenía acababa de matar a su esposa.

 Tres días después, Edwin Valero apareció muerto en su celda, ahorcado con su propia ropa. “Caso cerrado, dijeron, suicidio.” Pero hay demasiadas cosas en esta historia que no cierran. Demasiadas preguntas que la gente que rodeaba a Valero prefirió no responder. Demasiados silencios donde debería haber habido gritos.

 Este no es el cuento del boxeador que se volvió loco. Esta es la historia de un hombre al que el sistema deportivo, su entorno y sus propios demonios fueron destruyendo durante años, mientras todo el mundo miraba para otro lado porque el negocio iba bien y porque mientras ganaba nadie quería saber la verdad. Edwin Valero nació el 3 de diciembre de 1981 en Mérida, Venezuela.

 Una ciudad de montaña a más de 16 m sobre el nivel del mar, rodeada de los Andes y de una pobreza que en esa época era tan habitual que nadie se molestaba en contarla. Su familia vivía en el barrio El Llano, padre ausente, madre que sacaba adelante a sus hijos como podía. Edwin fue el mayor de tres hermanos. Desde chico tuvo dos cosas que se notan desde lejos.

 energía que no tenía donde meterse y una capacidad física que los otros niños del barrio percibían antes de que él mismo lo entendiera. Empezó a pelear en la calle antes de hacerlo en un ring. Eso no es una metáfora. En el barrio El Llano, las peleas entre jóvenes eran parte del paisaje y Edwin participaba con una intensidad que a veces asustaba a los que estaban alrededor.

 Un vecino que lo conoció de niño declaró años después a un reportero del diario venezolano, El Nacional, que Edwin pegaba distinto. No pegaba para ganar, pegaba para que el otro no se levantara. Con 12 años entró al gimnasio Mérida Boxing Club. El entrenador que lo recibió esa primera tarde fue Juvenal Rondón, un exboxeador amateur que llevaba 15 años formando chicos del barrio.

 Rondón contó en una entrevista de 2008 que cuando vio a Valero por primera vez, lo que le llamó la atención no fue la velocidad ni la técnica, fue la mirada. Ese niño tenía algo adentro que daba respeto y miedo a partes iguales. Edwin progresó rápido, demasiado rápido para un entorno que no tenía los recursos para mantenerlo. En Venezuela, el boxeo amater de los años 90 funcionaba con lo que había: guantes prestados, cuerdas remendadas, bolsas de arena cocidas a mano, pero esas condiciones no frenaron a Valero.

 En 1999, con 17 años ganó el campeonato nacional amater venezolano en la categoría Super Pluma. Al año siguiente representó a Venezuela en los Juegos Panamericanos y llegó hasta los cuartos de final. Tenía futuro. Todo el mundo lo decía. El problema fue que el futuro que le esperaba venía con condiciones que nadie le explicó.

 Aquí empieza la primera gran injusticia de esta historia y hay que contarla bien porque mucha gente no la conoce o la conoce a medias que a veces es peor. En el año 2000, Edwin Valero tenía un tatuaje en la cara, un tatuaje que llevaba desde los 16 años. La cara de Hugo Chávez estampada en la mejilla derecha.

 Era una declaración política en un país donde la política lo dividía todo y era también, aunque él no lo supiera todavía, la razón por la que la Asociación Mundial de Boxeo le iba a cerrar una puerta. El reglamento del boxeo profesional establece que los boxeadores con tatuajes en la cara, el cuello o partes visibles no pueden pelear bajo ciertas jurisdicciones.

La AMB en ese momento aplicó esta norma de forma inflexible. Edwin Valero no pudo obtener licencia para pelear en Estados Unidos durante años y Estados Unidos en el boxeo es donde está el dinero, la televisión, los contratos grandes. Esto lo empujó a construir su carrera por otro camino. Japón fue su primer destino.

 Entre 2002 y 2005 peleó en Tokio, Osaka y Nagoya en una serie de combates que en Latinoamérica casi nadie vio porque no había transmisión. Ganaba, siempre ganaba, pero lo hacía en el anonimato de un mercado donde era una curiosidad exótica, un venezolano que pegaba como un camión y que terminaba sus peleas antes del sexto asalto en la mayoría de los casos.

 En esos años en Japón, la gente de su entorno más cercano empezó a notar algo que no encajaba con la imagen del guerrero invicto. Valero bebía. Bebía mucho. Las noches en Tokio, lejos de su familia, lejos de Venezuela, en un país cuyo idioma no hablaba y cuya cultura le resultaba completamente ajena. Edwin encontraba en el alcohol una forma de manejar algo que por entonces todavía no tenía nombre claro.

 Un miembro de su equipo de aquella época que pidió anonimato en una entrevista publicada en 2011 por el portal venezolano Boxeo de Venezuela, dijo que en esos años en Japón ya había señales. Tomaba hasta que no podía más y al día siguiente entrenaba como si nada, pero las noches eran malas. Edwin Valero tenía 21 años. y ya cargaba con cosas que el boxeo no iba a curar.

 Pero lo que pasó en 2003 en ese gimnasio de Osaka nadie lo supo hasta mucho tiempo después y cuando salió a la luz cambió completamente la forma de entender todo lo que vino después. Quédate porque esto se pone mucho más oscuro. El 15 de noviembre de 2003, Edwin Valero tuvo un accidente de moto en Osaka. Iba sin casco. El impacto fue contra un poste de señalización.

 a aproximadamente 60 km/h. Los médicos del hospital Osaka Minato Wer lo llevaron de urgencia. Encontraron fractura craneal en el lóbulo frontal derecho, hemorragia subdural leve y traumatismo facial severo. Estuvo tres días en observación, le dieron el alta y volvió a entrenar en menos de dos semanas. Dos semanas.

 Para entender por qué esto importa, hay que entender cómo funciona el daño en el lóbulo frontal. El lóbulo frontal controla, entre otras cosas, la regulación de impulsos, el control de la ira, la toma de decisiones en situaciones de estrés y la capacidad de inhibir conductas agresivas. Un traumatismo en esa zona, si no se trata y no se monitorea, puede dejar secuelas que no se ven en una radiografía, pero que se manifiestan en el comportamiento durante años.

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