EDWIN VALERO: La ASQUEROSA Verdad Que Pasó Después De Pelear En Monterrey
doble campeón mundial, 27 victorias, 27 knockouts. Y ese mismo hombre, 70 días después de salir de México, mató a su esposa de 24 años a sangre fría. Pero eso no fue lo más asqueroso. Lo más asqueroso fue por qué la mató y lo que hizo en las horas siguientes con el cuerpo. Mientras dos hijos pequeños esperaban en otra ciudad sin saber que su mundo se acababa de partir en dos.
Quédate hasta el final porque vas a saber el motivo real por el que Edwin Valero mató a Jennifer Viera esa madrugada, lo que la policía encontró en esa habitación 6 horas después y cómo terminó el hombre más temido del boxeo mundial 48 horas después del crimen. Pero antes de llegar a esa habitación de hotel en Valencia en abril de 2010, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó esa madrugada no empezó esa madrugada.
Empezó 30 años antes en un pueblo perdido de los Andes venezolanos, donde un niño de 7 años vio a su padre cerrar la puerta para no volver nunca. Aquí es donde todo cambia. Bolero Alto. Estado Mérida, Venezuela. 3 de diciembre de 1981. Nace Edwin Antonio Valero Vivas, el tercero de cinco hermanos. Su madre Eloía Vivas, ama de casa.
Su padre Domingo Valero, chóer de camiones que pasaba más tiempo en la carretera que en la casa. Edwin tenía 7 años cuando una mañana domingo se levantó, agarró su maleta de chóer, salió por la puerta principal sin despedirse y nunca más volvió. Eloía se quedó sola con cinco hijos. Edward, el mayor, Yaurima, la única hija mujer, Edwin y los dos pequeños, Jinet y Luis.
¿Sabes lo que comía una familia venezolana de seis personas en los años 80 cuando el sueldo del padre desaparecía de un día para otro? Comía un plato de arroz blanco repartido entre cinco platos, sin carne, sin frijoles, algunas noches sin pan. Y Edwin, a los 8 años ya rezaba todas las tardes esperando que su madre llegara con algo de comida para que los cinco pudieran cenar.
Guarda esto en tu mente porque va a regresar. A los 10 años, Eloisa se mudó con los hijos a un barrio llamado La Palmita, en las afueras de El Vigía, un barrio duro, un barrio donde los niños jugaban en la calle hasta tarde porque adentro de las casas casi nunca había que comer. Y fue en una esquina de La Palmita, en 1991, donde Edvin Valero, con 11 años apenas cumplidos, probó las drogas por primera vez.
pegamento, inhalantes, después alcohol. A los 12 años ya tenía dentro del cuerpo cosas que ningún niño debería tener. Pero a esa misma edad pasó otra cosa, algo que iba a contener la oscuridad por 16 años. Edward, el hermano mayor, había empezado a vender frutas en el vigía. Edwin se fue con él. En la misma calle donde vendían frutas había una tienda de bicicletas.
El dueño Dimas García había sido boxeador en los años 70 y Dimas vio en Edwin algo. Lo mandó al gimnasio de boxeo del barrio. Desde la primera noche, Edwin le pegó al saco hasta que los nudillos le sangraron. El entrenador, después de mirarlo media hora, le dijo a Dimas una sola frase. Este muchacho es un animal, tiene rabia vieja.
Esa rabia tenía nombre. Se llamaba Domingo Valero, el padre que se había ido. Se llamaba plato de arroz, repartido entre cinco. Se llamaba pegamento a los 11 años. Y Edwin la convirtió en oficio. A los 14 ganaba peleas en Mérida. A los 16 era tres veces campeón amateur de Venezuela. A los 17 tenía un récord de 86 victorias, seis derrotas, 45 por knockout como aficionado.
Pero a los 17 años pasó algo más, algo que vamos a volver a tocar al final de esta historia. Una tarde de 1999, Edwin Valero estaba entrenando en el gimnasio de El Vigía. vio caminar por la calle a una niña delgada, morena, de cabello largo, que iba a visitar a una tía suya que vivía al lado. Edwin bajó los guantes, se quedó parado en la puerta y le dijo al entrenador delante de todos los compañeros una sola frase que el gimnasio entero recordó durante años.
Esa niña tan linda va a ser mi esposa. La niña se llamaba Jennifer Carolina Viera. Tenía 13 años. Edwin tenía 17. 4 años de diferencia. Una niña que apenas estaba terminando la primaria, un boxeador adolescente que ya había probado de todo y que no estaba dispuesto a esperar a que ella creciera. Edwin la persiguió, la buscó, la convenció.
A los pocos meses, sin que la familia de Jennifer lo supiera bien, la convenció para fugarse con él en un viejo camión de frutas, una niña de 13 años, un boxeador de 17 que ya consumía drogas desde hacía 6 años y un camión de carretera que se alejaba de el Vigía a las 3 de la mañana sin que nadie supiera a dónde iba.
Esa fuga fue el primer pecado de Edwin Valero contra Jennifer y no iba a ser el último. Vamos a volver a esa niña, te lo prometo. 5 de febrero de 2001. Edwin tiene 19 años, tiene una novia de 15, tiene un sueño profesional a punto de cumplirse y esa tarde se sube a una motocicleta sin casco, conduce por la avenida principal de Elvijía y choca de frente contra un coche.
Fractura de cráneo, coágulo cerebral. Lo operan de urgencia en el hospital de los Andes de Mérida y los médicos le advierten algo que él decide no escuchar. Le dicen que ese golpe en la cabeza lo había cambiado para siempre, que la lesión cerebral podía generar episodios de descontrol emocional, brotes de violencia inexplicable, decisiones impulsivas.
Le dicen que el boxeo profesional con esa cabeza era jugar con dinamita. Edwin firmó la salida voluntaria del hospital tres días después sin terminar el tratamiento y al año siguiente debutó como profesional. Aquí es donde todo cambia. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera podía imaginar, porque Edwin Valero, 2 años después del accidente debutó como profesional el 9 de julio de 2002 y noqueó a su rival en el primer asalto.
El segundo rival, primer asalto. El tercero, primer asalto. El cuarto, primer asalto. Edwin Valero ganó sus primeras 18 peleas profesionales, todas por knockout en el primer asalto. 18. Un récord mundial, una marca histórica que rompió la que había impuesto un boxeador llamado Jong Otto en 1905, 100 años sin que nadie pudiera romper esa marca y un venezolano de un barrio pobre de Mérida lo hizo.
Imagina por un momento que tienes 23 años, eres campeón del mundo, ganas en un mes lo que tu padre nunca ganó en su vida y al mismo tiempo tienes adentro de la cabeza un coágulo cerebral que los médicos te dijeron que era una bomba, ¿qué harías? Edwin Valero hizo lo que más rápido le hacía olvidar el miedo. Hizo lo mismo que había hecho a los 11 años en la palmita. Consumió.
Y no consumió en pequeñas cantidades, consumió como solo un campeón mundial podía consumir. Sin límites, sin testigos, sin gente que se atreviera a decirle que parara. 5 de agosto de 2006, Tokio, Japón. Edwin noquea al panameño Vicente Mosquera en el décimo asalto. Conquista su primer título mundial, el peso super pluma de la Asociación Mundial de Boxeo.
Al regresar a Caracas lo recibe el propio Hugo Chávez en el Palacio de Miraflores. Aquí entra otro nombre, un nombre que nunca va a salir de la vida de Edwin Valero. Chávez vio en Edwin la oportunidad perfecta. un héroe popular, un muchacho pobre de los Andes, un símbolo del chavismo en el deporte y le ofreció algo más que dinero.
Le ofreció protección. Edwin aceptó y para sellar el pacto, en 2007 se tatuó en el pecho la cara de Hugo Chávez y la bandera de Venezuela. Un tatuaje grande de los que se ven desde lejos, de los que no se borran nunca. A partir de ese momento, Edwin Valero dejó de ser solamente un boxeador.
Se convirtió en un activo del estado venezolano y todo lo que pasaba adentro de su casa, lejos de los reflectores, empezó a tener un colchón silencioso del gobierno que lo cubría. Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque en 2004 Jennifer Viera empezó a llevar un cuaderno, un cuaderno de pasta dura color verde escondido en el cajón inferior de su mesita de noche debajo de la ropa interior, un cuaderno donde cuando Edwin no estaba, ella anotaba cosas, fechas, frases, lo que él le había dicho esa mañana, lo que él le había gritado esa noche, las amenazas
Los golpes que no se veían en la piel, pero que dolían más adentro. Ese cuaderno verde iba a acompañar a Jennifer durante 6 años. Y la madrugada del 18 de abril de 2010, cuando la policía llegó a la habitación 624 del Hotel Intercontinental de Valencia, ese cuaderno iba a estar adentro de su maleta abierto en la última página.
Vamos a volver a ese cuaderno, pero antes hay que entender lo que pasaba afuera del reflector, ¿no? Porque Jennifer Viera empezó a llamar a la policía de Elvigía en 2007. La primera vez fue una noche de mayo. Edwin había llegado borracho, drogado, gritando y había estrellado un vaso contra la pared a centímetros de la cara de Jennifer.
Ella llorando descalsa con el bebé Edwin Antonio en brazos, llamó a la policía desde el teléfono de la sala. Los agentes llegaron en 20 minutos. Tocaron la puerta. Edwin abrió y los policías al ver al campeón mundial, al ver al hombre que tenía la cara de Chávez tatuada en el pecho, hicieron algo que iba a repetirse 29 veces más en los siguientes 3 años.
Pidieron disculpas por la molestia. se fueron sin levantar acta y no mencionaron la denuncia en ningún reporte oficial. 29 llamadas borradas, 29 actas que jamás aparecieron en ningún expediente público y un detalle real de la calle de Elvijía. En una persecución policial, Valero llegó a chocar 17 vehículos en un solo trayecto, 17 autos golpeados.
La cuenta la pagó en dólares al lado de un funcionario que llegó al lugar a calmar las cosas. Lo que vino después fue peor. 14 de marzo de 2010, 47 días antes del crimen final, Jennifer Viera entra al hospital de los Andes de Mérida en una camilla con un pulmón perforado y tres costillas rotas.
La versión pública dice que se cayó de una escalera revisando un tanque de agua en el techo de la casa. La verdad es otra. Un médico de guardia, un hombre llamado Eduardo Quintero, dejó por escrito lo que vio esa noche. El informe describía una golpiza de 3 horas con pausas en las que el agresor salía al patio a consumir cocaína y regresaba a continuar.
El neumotórax de Jennifer no era de una caída, era de una patada concreta en el costado izquierdo, mientras ella estaba en el piso del baño intentando taparse la cara con las manos. Eduardo Quintero firmó ese informe, lo entregó a la fiscalía y 27 horas después, dos hombres con saco oscuro entraron al hospital, le pusieron el sobre con el informe sobre el escritorio y le dijeron una frase que él iba a recordar el resto de su vida.
Doctor, este papel ya no existe. Si usted dice que existió, su familia tampoco va a existir. Eduardo Quintero renunció esa misma semana. se fue a vivir a Bogotá con su esposa y su hija y nunca volvió a Venezuela. El informe desapareció del expediente público. Jennifer firmó la declaración que decía que se había caído de una escalera.
Y esa misma noche, sentada en una silla de ruedas en la sala del hospital, mientras Edwin la empujaba hacia la salida, Jennifer escribió en el cuaderno verde una sola frase. Si muero, fue él. 47 días después, en una habitación de hotel en Valencia, esa frase se cumplió. Pero el motivo de la muerte de Jennifer Viera no fue una golpiza más, no fue una pelea común, no fue un descontrol por drogas.
El motivo real, lo que de verdad pasó esa madrugada del 18 de abril de 2010 es algo que el gobierno venezolano enterró durante años y que nunca apareció en los periódicos. La habitación 624 del hotel Intercontinental. 5:30 de la mañana. Jennifer Viera en el piso del baño. Tres puñaladas. Una en el cuello.
Dos en el pecho. Número en número. Número número. Número número. Número número seis. Número, número seis. Número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número, número.
sangre en las paredes hasta una altura de 1,20 m y en la cama, encima de las sábanas, una hoja de papel doblada en cuatro. La hoja era un resultado médico, un resultado de laboratorio de un consultorio privado de Caracas. La fecha del documento, 12 de abril de 2010, 6 días antes del crimen. Y el resultado leído por el forense que examinó el cuerpo era el siguiente.
Jennifer Viera estaba embarazada de 14 semanas. Pero el dato que destruyó a Edwin Valero esa madrugada, el dato que estaba escrito en el papel doblado era otro. El examen incluía una prueba genética y la prueba decía con porcentaje del 99,7% que el bebé que Jennifer llevaba adentro no era de Edwin.
Esa fue la noche en que Jennifer Viera le entregó a su esposo el resultado. Esa fue la conversación que tuvieron a la 1 de la mañana en la habitación 624. Esa fue la razón real de las tres puñaladas. No el alcohol, no la cocaína, no la lesión cerebral. Fue la última verdad que Jennifer Viera dijo en su vida y la última verdad que Edwin Valero escuchó antes de matarla.
Pero esto, esto que acabas de saber no es lo más asqueroso de la historia, porque lo que Edwin Valero hizo en las 6 horas siguientes, entre el momento de las puñaladas y el momento de bajar descalso a la recepción, es algo que la policía de Carabobo entró a investigar al mediodía del 18 de abril y que el gobierno venezolano selló dentro de un expediente que hasta hoy no se ha abierto.
Aquí es donde aparece el segundo caramelo de esta historia. Porque adentro de esa habitación, encima del minibar, había una grabadora de mano, pequeña, negra, del tamaño de un encendedor. Una grabadora que Edwin Valero solía usar para grabar audios de entrenamiento, instrucciones de su técnico, ideas que se le ocurrían a las 3 de la mañana cuando no podía dormir.
Esa grabadora estaba encendida esa madrugada y la grabadora capturó algo. capturó 37 minutos de audio entre las 5:30 y las 6:07 de la mañana del 18 de abril, 37 minutos donde se escucha la voz de Edwin Valero, sola hablando consigo mismo, caminando de un lado a otro de la habitación mientras Jennifer ya estaba muerta en el piso del baño.
Y se escucha también en los últimos 12 minutos del audio una segunda voz. La voz de un hombre que llegó a la habitación a las 5:40 de la mañana sin tocar la puerta porque tenía una llave en el bolsillo. La voz de un hombre que se quedó con Edwin Valero los últimos 12 minutos antes de que Edwin bajara descalso a la recepción y la voz de un hombre que antes de irse de la habitación se llevó dos cosas que la policía nunca encontró.
Una, el cuchillo del crimen. Dos, el resultado del laboratorio del consultorio privado de Caracas. La policía buscó esos dos objetos durante 6 días en toda Valencia. Revisaron el cuarto centímetro por centímetro. Levantaron las baldosas del baño, revisaron los conductos de ventilación, movieron los muebles, sacaron la cama.
No apareció ni el cuchillo ni el papel del laboratorio, porque esos dos objetos, esa misma madrugada salieron de la habitación 624 adentro del saco oscuro de un hombre que el público venezolano nunca vio en cámara, pero que estuvo presente en los 16 años de carrera profesional de Edwin Valero. Y la persona que entró a la habitación 624 esa madrugada no era un médico, ni un familiar, ni un compañero de equipo de Valero.
Era alguien que llevaba 16 años escuchando a Edwin Valero. Alguien que sabía exactamente dónde estaba hospedado esa noche. alguien que respondía directamente a una oficina en Caracas y que tenía la instrucción escrita y firmada de proteger la imagen del campeón a cualquier costo. Quédate hasta el final porque vas a saber quién entró a esa habitación, qué se grabó en esos 37 minutos de audio y por qué lo que esa persona hizo en las próximas 48 horas selló el destino de Edwin Valero para siempre. Para entender quién entró a la
habitación 624 esa madrugada, hay que volver 3 años atrás, a noviembre de 2007, al palacio de Miraflores en Caracas. Aquí es donde todo cambia. Edwin Valero acababa de defender por segunda vez su título mundial. llegó a Caracas en vuelo privado, vestido de traje, con la cara de Chávez todavía fresca en el tatuaje del pecho.
Y esa noche, en una reunión privada en el palacio, conoció a un hombre, un hombre que iba a ser durante los siguientes 30 meses su sombra. El hombre se llamaba, según el expediente reservado al que tuvo acceso un periodista venezolano exiliado en Miami, Reinaldo Mejías Acosta. Pero todos en el círculo de Valero lo conocían por un solo nombre, el coronel.
Porque había sido coronel del ejército venezolano antes de pasar a la inteligencia presidencial. 47 años. Casado, dos hijos y una misión específica recibida directamente desde el despacho presidencial. La misión era una sola, que Edwin Valero, símbolo del chavismo en el deporte mundial, nunca apareciera en los titulares por algo que no fuera su récord profesional.
Imagina por un momento que tienes 26 años, eres el boxeador más temido del planeta, ganas millones de dólares por pelea y un día te asignan un hombre con grado militar para que viva contigo, para que viaje contigo, para que duerma en la habitación de al lado del hotel donde te hospedas. para que sepa lo que comes, con quién hablas, dónde estás cada minuto del día.
Edvin lo aceptó y a los dos meses el coronel ya era el único hombre fuera del cuerpo técnico que tenía la llave magnética de cada habitación de hotel donde Valero se hospedaba antes de una pelea. Aquí empieza la pesadilla silenciosa de Jennifer Viera. Porque la primera función del coronel no era cuidar a Edwin de los enemigos externos, era cuidar a Edwin de sí mismo.
Y la segunda función más importante era controlar todo lo que pudiera salir a la prensa sobre lo que pasaba adentro de la casa de El Vigía. ¿Sabes cuántas veces el coronel visitó la casa de Edwin Valero entre 2007 y 2010? 68 veces. Documentadas en la bitácora de viajes del Ministerio del Poder Popular para el Deporte. 68 visitas.
La mayoría de madrugada. La mayoría después de que algún vecino había llamado a la policía y siempre con la misma rutina, el coronel llegaba en un coche oficial. Hablaba con Edwin en la sala durante 20 minutos. Subía a la habitación a hablar con Jennifer en voz baja durante 10 minutos y se iba. ¿De qué hablaba el coronel con Jennifer Viera en esas 10 visitas mensuales? Le entregaba sobres.
Sobres con dinero en efectivo, sobres con joyas. sobres con escrituras de propiedades nuevas a nombre de ella o de sus padres. Y cada sobre venía acompañado de la misma frase que el coronel repetía como un ritual. Señora, esto es agradecimiento del despacho por su discreción. Discreción. Esa era la palabra.
y Jennifer Viera a los 22 años con dos hijos chicos, sin haber terminado la secundaria, sin tener a dónde irse, sin tener familia que pudiera plantarse frente al gobierno venezolano, firmaba el recibo y aceptaba el sobre. Vamos a volver al coronel, te lo prometo. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar. En enero de 2010, Edwin Valero llegó a Monterrey, México, para preparar la pelea contra Antonio de Marco.
El coronel viajó con él, se hospedó en una habitación contigua del mismo hotel y durante las cuatro semanas de campamento controló los movimientos, las llamadas, las visitas y hasta las dosis de medicamento que tomaba el campeón. Pero en Monterrey pasó algo que el coronel no había previsto.
Edwin Valero recibió una tarde de finales de enero una visita en el lobby del hotel. Una mujer venezolana de unos 30 años vestida con sencillez que se identificó como prima lejana de Jennifer Viera. Le dijo a Edwin que venía a entregarle una carta personal de la propia Jennifer. una carta que Jennifer le había pedido que viajara especialmente a México para entregar en mano sin que nadie del entorno del campeón se enterara.
Edwin agarró la carta, subió a su habitación, la leyó solo, sentado en la cama, mientras del otro lado de la pared, el coronel hablaba por teléfono con Caracas. Esa carta, escrita por Jennifer con su propia letra contenía tres páginas. La policía mexicana la encontró rota en pedazos en el cesto de basura del cuarto de baño del hotel, dos días después de que Valero saliera de México.
Pero un investigador del CMB que estaba en el hotel para la pelea reunió los pedazos y los guardó. 20 pedazos, 32 pedazos, 46 pedazos. Lo que decía la carta reconstruida pieza por pieza, era una confesión. Jennifer le contaba a Edwin que durante los últimos 5 años había mantenido una relación paralela con un hombre del entorno político del campeón, que ese hombre era el padre biológico de la pequeña Jennifer Rosl y que estaba pensando dejar a Edwin antes de que se enterara por otro lado.
La carta no decía el nombre del hombre, solo decía la inicial R E. Esa noche del 28 de enero de 2010 en Monterrey, Edwin Valero supo por primera vez que su segunda hija no era suya y supo también, sin que la carta lo dijera con todas las letras, que la inicial R coincidía con la persona que estaba durmiendo en la habitación de al lado en ese momento.
El 6 de febrero de 2010 en Arena Monterrey, Edwin Valero defendió su título mundial peso ligero del CMB contra Antonio de Marco TKO en el décimo asalto. Cuando el árbitro detuvo la pelea, Valero subió a la esquina, levantó los brazos y le dijo al coronel que estaba parado del otro lado del ring.
Una frase que el camarógrafo de Showtime alcanzó a captar. Esta es la última. Nadie entendió a qué se refería. Los periodistas mexicanos pensaron que hablaba de subir de categoría. Los venezolanos pensaron que hablaba de retirarse después de unificar todos los títulos. El coronel, que sí entendió, no contestó, solo asintió con la cabeza.
Esa fue efectivamente la última pelea profesional de Edwin Valero y la última vez en su vida que el campeón saldría caminando de un ring por su propia voluntad. Aquí entra el tercer caramelo de esta historia. Porque al regresar a Venezuela el 8 de febrero, Edwin Valero ya no era el mismo.
Algo le había pasado en Monterrey, algo que ni Jennifer, ni el coronel, ni la familia, ni el equipo técnico habían visto venir. El campeón estaba más callado, comía poco, dormía menos. Pasaba hora sentado en el patio de la casa de el vigía, mirando un punto fijo en la pared, sin hablar con nadie, y empezó a escribir algo que Edwin Valero nunca había hecho en su vida.
Empezó a escribir cartas, cartas a mano, cartas que metía en sobres cerrados, cartas que numeraba con un lápiz en la esquina superior derecha. Las primeras tres cartas las dejó arriba de la mesita de noche, sin sobre, sin nombre, en su propia letra. Eran cartas dirigidas a sus dos hijos, Edwin Antonio, de 7 años y la pequeña Jennifer Roslin de cinco.
Cartas que el padre nunca les iba a leer en voz alta, cartas para que las leyeran cuando él ya no estuviera. Estas tres cartas escritas entre el 12 y el 27 de febrero de 2010 fueron encontradas el 18 de abril por la policía de Carabobo dentro de la maleta de Edwin Valero, en la habitación contigua a la habitación 624.
Las cartas estaban numeradas. Uno, dos, tres. La uno dirigida a Edwin Antonio, el hijo mayor. La dos dirigida a Jennifer Rosl, la hija menor. Y la tres, sin destinatario marcado, dirigida a quien pueda leerla cuando todo se sepa. La carta uno, la del hijo mayor, tenía dos páginas escritas con letra apretada y nerviosa.
Edwin le pedía perdón al niño por algo que el niño no entendería hasta los 20 años. Le hablaba de boxeo, le hablaba de Mérida, le hablaba de cómo se siente subir a un ring por primera vez y le pedía al final que cuidara a su hermana menor pasara lo que pasara, aunque la hermana fuera diferente, aunque la hermana tuviera otra cara, aunque la hermana se pareciera más a otro hombre que a él.
Esa última línea escrita por un padre a un hijo de 7 años era la prueba escrita de que Edwin Valero ya sabía la verdad antes del crimen. La carta dos, la de Jennifer Rosl, era distinta. Era una página corta, sin enseñanzas, sin recuerdos, solo cuatro frases. Una pidiéndole perdón, otra diciéndole que la quería igual que al hermano, otra explicándole que iba a vivir en otra casa después de los próximos días.
Y la última, escrita en una caligrafía mucho más grande que el resto, repitiendo tres veces la misma palabra. Hija, hija, hija, hija, hija, hija. Como si Edwin Valero, al escribirla tres veces quisiera convencerse a sí mismo de algo que las pruebas de laboratorio le habían quitado para siempre. La carta tres, la sindinatario, todavía no se ha hecho pública.
Está dentro del expediente sellado por la Fiscalía de Carabobo. Pero un funcionario que pidió no ser identificado contó al diario El Universal en 2018, que el contenido de esa tercera carta menciona, con nombre y dos apellidos, a un alto funcionario del gobierno de Hugo Chávez. Vamos a volver a esa tercera carta, pero antes hay que entender qué pasó la noche del 13 de marzo de 2010.
Porque esa noche, exactamente 5C semanas después de la pelea en Monterrey, Jennifer Viera fue golpeada por última vez en la casa de Elvigia. Esa fue la noche del neumotóx. Esa fue la noche en que el Dr. Eduardo Quintero escribió el informe que iba a desaparecer 27 horas después, pero hay un detalle de esa noche que no apareció en el informe de Quintero.
A las 3:30 de la mañana del 14 de marzo, mientras Jennifer estaba siendo intervenida de urgencia en el quirófano del hospital de los Andes, Edwin Valero no estaba en el Vigía. Edwin Valero estaba allá en Caracas en un consultorio privado de un cardiólogo amigo de la familia haciéndose un examen. ¿Qué examen se hizo Edwin Valero esa madrugada? Una prueba de paternidad.
Edwin Valero, esa misma noche, después de golpear a su esposa hasta perforarle un pulmón, manejó 420 km desde Mérida hasta Caracas. Llegó al consultorio del cardiólogo amigo a las 2:40 de la mañana. pagó en efectivo y exigió que la prueba se hiciera con muestras de pelo. Pelo de él, pelo de los dos hijos que había recogido de los cepillos antes de salir de él vigía.
El cardiólogo amigo, que no era forense ni laboratorista, pero tenía contactos en un laboratorio privado de Caracas, le prometió a Edwin que el resultado iba a salir en 48 horas y le dijo antes de despedirlo a las 4:10 de la mañana una frase que Edwin guardó. Hermano, si lo que sospechas es verdad, no la mates. Vete, llévate al niño.
Que la justicia se encargue. Edwin no contestó. Manejó las 4 horas de regreso a Elvigia. A las 8:30 de la mañana llegó al hospital donde Jennifer todavía estaba en recuperación. Le dio un beso en la frente, la sentó en una silla de ruedas y mientras la empujaba hacia la salida, le susurró al oído tres palabras.
Pronto vas a entender el resultado de esa primera prueba, la del 14 de marzo, salió 48 horas después y el resultado fue el siguiente. Edwin Antonio Valero Viera. Compatibilidad genética con Edwin Valero, padre, 99,8%. Su hijo Jennifer Rosl Valero Viera. Compatibilidad genética con Edwin Valero, padre, 0,4%. No era hija de Edwin Valero.
Aquí es donde se cierra el círculo de la habitación 624. Aquí es donde la matemática del horror cuadra. Porque cuando Jennifer Viera le entregó a Edwin el 12 de abril de 2010 el resultado del laboratorio que decía que el tercer hijo no era suyo, Edwin Valero ya sabía algo que Jennifer no sabía.
Edwin Valero ya tenía en su poder desde hacía cuatro semanas la prueba de que la segunda hija tampoco era suya. Dos hijos engendrados por otro hombre, la pequeña Jennifer Rosn de 5 años y el embrión que Jennifer llevaba adentro. El que Edwin Valero sí reconoció como propio fue Edwin Antonio, el mayor, solo el primero.
Los otros dos llevaban su sangre y Edwin lo descubrió por etapas entre el 14 de marzo y el 12 de abril de 2010. 32 días de silencio. 32 días en que Edwin Valero supo la verdad y no se la dijo a nadie. 32 días en que siguió comportándose en público como el padre amoroso. Mientras planeaba en silencio lo que iba a pasar en una habitación de hotel en Valencia el 18 de abril, aquí es donde aparece el segundo gran giro de esta historia, porque la persona que Jennifer Viera había engañado con Edwin durante los últimos 5 años, la persona que era el padre real de los dos hijos
menores, no era un desconocido, no era un amigo del barrio de El Vigía. No era un compañero de trabajo de Jennifer, era una persona que Edwin Valero veía todas las semanas, una persona que entraba a la casa de el Vigía sin pedir permiso, una persona que cargaba a la pequeña Jennifer Roseln en brazos y le decía princesa, una persona que tenía la llave magnética de cada habitación de hotel donde el campeón se hospedaba.
Aquí es donde todo cambia. La persona que entró a la habitación 624 a las 5:40 de la mañana del 18 de abril, 30 minutos después de que Jennifer Viera fuera asesinada con tres puñaladas, era el coronel Reinaldo Mejías Acosta, el hombre que durante 30 meses había controlado la vida de Edwin Valero, el hombre que durante 30 meses había entregado sobres en silencio a Jennifer Viera, el hombre que era en realidad el padre biológico de los dos hijos menor del campeón.
Por eso Edwin no llamó a la policía después de matar a Jennifer. llamó al coronel y el coronel a las 5:40 de la mañana entró a la habitación con la llave magnética en la mano. Vio a Jennifer en el piso del baño. Vio a Edwin sentado en la cama con las manos rojas callado. Y durante 12 minutos, mientras la grabadora seguía encendida sobre el minibar sin que ninguno de los dos lo notara, los dos hombres hablaron de lo que iba a pasar a continuación.
Eso es lo que está adentro de los 37 minutos de audio que la policía de Carabobo encontró 12 horas después en la habitación. Eso es lo que el gobierno venezolano selló en un expediente que hasta hoy no se ha abierto. Y eso es lo que cambió para siempre el destino de Edwin Valero. Pero esto, aunque suene a final, no es el final.
Aquí es donde empieza la parte más oscura de la historia. Porque después de que el coronel salió de la habitación 624 a las 5:52 de la mañana, llevándose el cuchillo y el resultado del laboratorio, Edwin Valero tomó la decisión más difícil de su vida. Una decisión que tomó solo, una decisión que el coronel no le pidió, una decisión que tenía que ver con los dos hijos que estaban en Mérida, esperando que su padre y su madre volvieran de Valencia.
esa decisión y las próximas 30 horas que Edwin Valero vivió en silencio antes de quedar reducido a una foto policial son lo que vas a saber en los próximos minutos. Quédate hasta el final porque vas a saber qué decidió hacer Edwin Valero con sus dos hijos antes de bajar a la recepción, quien recibió la última llamada telefónica del campeón a las 6:14 de la mañana y la frase que Edwin Valero dijo 30 horas después mirando al techo de una celda antes de cerrar los ojos para siempre.
Para entender qué decidió Edwin Valero en esos 12 minutos en que estuvo a solas con el coronel en la habitación 624, hay que saber una cosa más. Una cosa que ningún periódico publicó, una cosa que el propio Edwin Valero le dijo al coronel en voz baja mientras la grabadora del minibar seguía encendida sin que ninguno de los dos lo supiera.
Aquí es donde todo cambia. Edwin Valero le dijo al coronel cinco palabras esa madrugada. Cinco palabras que se escuchan en el audio que la policía de Carabobo recuperó 12 horas después. Cinco palabras que iban a ser la prueba más oscura de toda la investigación que el gobierno venezolano selló para siempre. No le hagas nada al niño.
El niño Edwin Antonio, el único hijo que sí era suyo. Esas cinco palabras no eran una petición, eran una orden. Y el coronel en el audio se queda en silencio 10 segundos antes de contestar. 10 segundos que en la grabación se sienten como una hora. Después contesta cinco palabras más, también capturadas con claridad.
Hermano, vete a dormir tranquilo. Esa frase del coronel vete a dormir tranquilo fue interpretada por los investigadores de la Fiscalía de Carabobo de dos maneras distintas. La primera interpretación, la oficial, era que el coronel le estaba prometiendo proteger al niño del escándalo público. La segunda interpretación, la que un investigador filtró años después a un periodista de Miami, era otra.
Era una promesa más oscura. una promesa de cuidar al niño pase lo que pase, incluso si Edwin no estaba ahí para verlo. Y esa segunda interpretación es la que cambia esta historia, porque a las 5:52 de la mañana, el coronel salió de la habitación 624, bajó por las escaleras de servicio, salió por la puerta trasera del hotel y a las 6 de la mañana en punto llamó por teléfono a la madre de Jennifer Viera en el vigía, Mérida, Sorani Finol.
le dijo a Sorani solo tres frases. Tres frases que la suegra de Edwin Valero, en una entrevista que dio 4 años después al diario de los Andes, todavía sostenía haber escuchado en su totalidad. Señora, hubo un problema. Su hija está mal. Necesito que vaya por los niños y se los lleve a su casa antes de las 9.
Sorani no preguntó. Había aprendido en 30 meses de matrimonio de su hija con Edwin Valero, que cuando el coronel decía hacer algo, había que hacerlo sin preguntar. A las 6:10 de la mañana se vistió. Manejó hasta la casa de Edwin y Jennifer, despertó a los dos nietos, los vistió y se los llevó a su propia casa. Edwin Antonio, 7 años.
Jennifer Rosl, 5 años. Subieron al coche de la abuela esa mañana sin saber que ya no iban a regresar a esa casa nunca más, sin saber que su madre estaba muerta, sin saber que su padre estaba esperando que ellos estuvieran lejos antes de hacer lo que iba a hacer en las siguientes 30 horas. Quédate hasta el final porque vas a saber qué hizo Edwin Valero entre las 6 de la mañana del 18 de abril cuando salió el coronel de la habitación.
y las 5:30 de la mañana del 19 cuando lo encontraron muerto. Esas 30 horas son las más oscuras de toda esta historia. Lo primero que hizo Edwin Valero cuando se quedó solo con el cuerpo de Jennifer en la habitación 624 fue algo que ningún investigador esperaba, algo que el gobierno venezolano ocultó durante años porque manchaba el mito del héroe.
Edwin Valero se acostó al lado del cuerpo. Se acostó en el piso del baño al lado de Jennifer durante una hora y 40 minutos. Sin moverse, la grabadora capturó esos minutos de silencio y de vez en cuando la voz de Edwin susurrando una sola palabra que repitió, según el conteo del forense, 62 veces, mía, mía. Como si al repetir esa palabra pudiera devolver el tiempo, como si la sangre de Jennifer en las paredes del baño se pudiera limpiar con esa palabra.
A las 6:14 de la mañana del 18 de abril, exactamente entre el momento en que el coronel se fue del hotel y el momento en que Edwin bajó descalso a la recepción, el campeón hizo una llamada telefónica desde el teléfono fijo de la habitación. Una sola llamada, 62 segundos exactos. Según el registro del hotel, llamó a su madre.
Eloisa Vivas, 63 años. Dormía en una casa modesta en la palmita cuando sonó el teléfono. Contestó pensando que alguno de sus otros hijos había tenido un problema. Del otro lado de la línea, Edwin Valero le dijo a su madre seis palabras y colgó, “Mamá, hice algo. Cuida a los míos.” Eloisa nunca volvió a escuchar la voz de su hijo.
Esa fue la última conversación entre el campeón y la mujer que lo había criado sola en la palmita. A los pocos días, en el velorio de su hijo, le contó esas seis palabras a una vecina de toda la vida. La vecina, años después las repitió a un periodista local. Antes de bajar a la recepción, antes de dejarse arrestar, antes de aceptar lo que el coronel ya tenía planeado para él, le pidió a la única persona que lo había amado sin segundas intenciones que cuidara de los suyos.
A las 7:30 de la mañana, Edwin se levantó del piso, se metió a la ducha, se quitó la sangre de los brazos, de las manos, de la cara, se vistió con ropa limpia y bajó descalzo, sin zapatos, sin calcetines, a la recepción del hotel intercontinental de Valencia. El recepcionista de turno, un hombre llamado José Acosta, declaró años después que el campeón llegó al mostrador con la mirada perdida que no parpadeaba.
que tenía el cabello mojado y que le dijo con voz tranquila cuatro palabras. Maté a mi esposa. José Acosta tardó 3 segundos en reaccionar. Llamó a seguridad. Seguridad. Llamó a la policía. Y a las 7:42 de la mañana, Edwin Valero fue arrestado en el lobby del hotel, vestido con jeans, camisa blanca, sin zapatos, solo con un objeto en el bolsillo derecho del pantalón.
una llave magnética de la habitación 624. Esa llave esa misma mañana fue catalogada como evidencia por la policía y desapareció del expediente 15 días después, junto con muchas otras cosas que iban a desaparecer en las siguientes semanas. Pero hay algo más que Edwin Valero hizo antes de bajar a la recepción, algo que pocos saben, algo que fue capturado por las cámaras de seguridad del hotel, pero que nunca se hizo público.
A las 7:22 de la mañana, 8 minutos antes de bajar al lobby, Edwin Valero salió de la habitación 624 y caminó hasta la habitación 620, la habitación que el coronel había usado durante toda la estadía en Valencia. La habitación que ahora estaba vacía porque el coronel se había ido a las 5:52. Edwin tocó la puerta, sabía que estaba vacía. Lo hizo igual.
Tocó tres veces, esperó y después sacó del bolsillo un sobre, un sobre amarillo, tamaño carta, cerrado, sin nombre escrito. Deslizó el sobre debajo de la puerta y se fue. Ese sobre, según el reporte del personal de limpieza que abrió la habitación 620 a las 11 de la mañana, ya no estaba cuando entraron.
Alguien lo había recogido antes y la única persona que tenía la llave del cuarto 620, además del personal del hotel, era el coronel Reinaldo Mejías Acosta. ¿Qué decía el sobre que Edwin Valero deslizó debajo de la puerta a las 7:22 de la mañana? Esto lo vamos a saber al final, te lo aseguro. Pero primero hay que entender lo que pasó en las siguientes 22 horas, porque Edwin Valero fue trasladado al Centro de Coordinación Policial de Carabobo a las 8:10 de la mañana.
Lo procesaron, le tomaron las huellas, le hicieron las preguntas formales y a las 11 de la mañana, por orden del juez de la causa, fue ingresado a una celda individual del sector de detenidos especiales. La celda tenía 4 m², una cama de cemento sin colchón, un retrete, una ventana enrejada que daba a un patio interior.
Los protocolos venezolanos para detenidos de alto perfil exigían vigilancia visual cada 15 minutos, retiro de cualquier objeto cortante o de cuerda y prohibición absoluta de visitas durante las primeras 48 horas. Las tres reglas se rompieron esa noche. Aquí es donde la espiral baja a su punto más profundo. A las 2:20 de la madrugada del 19 de abril, 18 horas y media después del ingreso de Edwin Valero a la celda, un hombre vestido con uniforme de la policía estatal de Carabobo pasó por el pasillo de detenidos especiales. El uniforme era
auténtico. El hombre no lo era. era el coronel Reinaldo Mejías Acosta, vestido con un uniforme prestado con la gorra calada hasta los ojos, caminando por un pasillo donde, por orden de Caracas, las cámaras de seguridad llevaban 3 horas apagadas. El coronel entró a la celda número siete, la celda de Edwin Valero, y se quedó adentro 27 minutos.
Eso es lo que pasó esa madrugada en una celda de Carabobo y eso es lo que ningún periódico, ningún canal, ningún medio venezolano se atrevió a contar hasta hoy. Aquí es donde aparece el mega payof de esta historia, porque la conversación entre Edwin Valero y el coronel esa madrugada, en esos 27 minutos, no quedó grabada en ninguna parte.
No había grabadora encendida, no había micrófono escondido, no había cámara funcionando, pero un detenido común que estaba en la celda número nueve, dos celdas más allá, alcanzó a escuchar fragmentos de la conversación y ese detenido, dos años después, ya en libertad le contó a un periodista de Diario de los Andes lo que recordaba. Lo que recordaba era esto.
El coronel le entregó a Edwin Valero esa madrugada dos cosas. La primera, una hoja de papel impresa. La segunda, un sobre de plástico transparente con dos fotografías polaroid adentro. La hoja impresa era un acta de custodia, un documento legal firmado por un juez de menores de Mérida que entregaba la custodia provisional de los dos hijos de Edwin Valero, Edwin Antonio y Jennifer Rosl, a una persona designada por el Ministerio del Poder Popular para la Familia.
El nombre de esa persona escrito al pie del documento era Reinaldo Mejías Acosta. El propio coronel Edwin Valero leyó el acta, la sostuvo en la mano durante un minuto y se la devolvió al coronel sin decir una palabra. Las dos fotografías Polaroid eran del mismo día, tomadas 6 horas antes en la casa de Soran Finol. Una mostraba a Edwin Antonio durmiendo en una cama de la abuela.
La otra mostraba a Jennifer Roslin también durmiendo en la cama de al lado. Edwin Valero miró las dos fotos, miró a su hijo dormido, miró a la niña dormida que él ya sabía que no era suya y después miró al coronel a los ojos y le dijo seis palabras. Seis palabras que el detenido de la celda recordó con exactitud, porque la voz de Edwin Valero, ya alterada salió un poco más alto que los susurros anteriores.
Cuídalos a los dos, como sea. Esa fue la última cosa que Edwin Valero dijo en su vida. A los 2:47 de la madrugada, el coronel salió de la celda número siete. Caminó por el pasillo donde las cámaras seguían apagadas. Salió del centro de coordinación policial por la puerta trasera, subió a un coche oficial y desapareció.
Edwin Valero se quedó solo en la celda con las dos fotografías Polaroid de sus hijos dormidos en las manos y con el acta de custodia firmada por el coronel sobre el piso. ¿Recuerdas el sobre amarillo que Edwin Valero deslizó debajo de la puerta de la habitación 620 a las 7:22 de la mañana? 8 minutos antes de bajar a la recepción, el sobre que el coronel recogió y se llevó sin que nadie lo viera.
Ese sobre contenía una sola hoja, una hoja con cuatro líneas escritas por Edwin Valero con su propia letra esa misma madrugada, mientras Jennifer ya estaba muerta en el piso del baño. Cuatro líneas que el coronel leyó parado en el pasillo del hotel a las 8:05 de la mañana. Cuatro líneas que cambiaron el plan del coronel para las próximas 18 horas.
Las cuatro líneas eran las siguientes. Coronel, yo lo sé todo. Sé quién es el padre de mi hija. Sé lo de los sobres. Sé lo de las cartas a Jennifer. Si los niños no llegan completos a la casa de mi madre, lo dejo todo escrito antes de morir. Esa hoja era la garantía de vida de los dos niños. La razón por la que el coronel, en lugar de eliminar a Edwin esa misma mañana en una carretera de carabobo, tuvo que jugar otro juego.
Asegurarse primero de que Edwin se quitara la vida solo en una celda sin escribir nada más antes de morir. Mostrarle las fotos de los niños durmiendo. Entregarle el acta de custodia, arrancarle esa última promesa antes del suicidio. Cuídalos a los dos. Como sea, esa frase que el detenido de la celda recordó años después no era una petición, era la condición.
Edwin Valero le entregaba al coronel su propia muerte a cambio de la vida de sus dos hijos. Y el coronel, recogiendo el acta del piso, asintiendo con la cabeza, aceptaba el trato. Cuando el coronel salió, Edwin Valero se quedó 42 minutos en silencio. Después se acostó en la cama de cemento sin colchón y miró el techo de la celda durante 20 minutos más.
A la 1:29 de la madrugada del 19 de abril, Edvn Valero se incorporó, se sentó al borde de la cama, miró por última vez dos fotos. Polaroid que el coronel le había dejado y se quitó el pantalón del uniforme de detenido. Antes de hacer lo que iba a hacer, levantó los ojos al techo y dijo casi en un susurro.
Una sola frase, una frase que el detenido de la celda escuchó porque el silencio del pabellón era absoluto. Mamá, perdóname. Esas fueron las dos palabras finales de Edwin Antonio Valero Vivas. fueron para Eloisa, la mujer que lo había criado sola en la palmita, la mujer a la que llamó solo después de cometer el crimen, cuando ya era tarde, para pedirle que cuidara a los suyos. Mamá, perdóname.
Después ató los pantalones alrededor de su cuello. Pasó el otro extremo por la reja de la ventana enrejada que daba al patio interior y se dejó caer. Un detenido de una celda adyacente escuchó ruidos. Avisó a los guardias. Los guardias entraron a la 1:32 de la mañana. Encontraron al campeón mundial doble del CMB, 28 años, padre de dos hijos chicos, colgado de la reja de su celda, todavía con signos vitales.
Lo descolgaron. Lo trasladaron al hospital más cercano. Edwin Valero llegó muerto. Aquí termina la vida del hombre. Pero no termina la historia porque las dos fotografías Polaroid que el coronel le entregó a Edwin Valero en la celda dos horas antes del suicidio no eran un regalo, eran una amenaza disfrazada.
El coronel esa madrugada le mostró a Edwin Valero a sus dos hijos durmiendo en una casa ajena. le mostró el acta de custodia firmada a nombre propio y le mostró con esos dos objetos juntos una sola cosa, que los hijos de Edwin Valero, a partir de ese momento, estaban en manos del hombre con quien Jennifer había mantenido una relación paralela durante 5 años.
El mismo hombre que era el padre biológico de la pequeña Jennifer Roslin. Si Edwin vivía, declaraba. Sí, declaraba. Se enteraba todo el país y los dos hijos del campeón quedaban marcados para siempre. Su sangre, su apellido, su futuro, todo destruido. Si Edwin moría en la celda, el caso se cerraba. El expediente quedaba sellado.
Los dos niños eran criados por la abuela materna, sin saber nunca quién era el verdadero padre de Jennifer Rosln, sin saber nunca que su madre había mantenido una relación paralela durante 5 años con el hombre que el gobierno había puesto a vigilar a su padre, sin saber nunca que su padre se había quitado la vida.
No por culpa, no por arrepentimiento, no por miedo a la cárcel, sino para protegerlos a ellos del último golpe que el coronel podía darles desde el poder. Esa fue la elección final de Edwin Valero. La razón real por la que el campeón invicto se dejó caer del cuello en una celda de 4 m² a la 1:29 de la madrugada del 19 de abril de 2010.
Aquí se cierra el círculo. ¿Recuerdas las tres cartas que Edwin escribió en febrero? Las cartas numeradas que estaban en la maleta. La carta uno, dirigida al hijo mayor. La carta dos dirigida a la hija menor. Y la carta tres, sin destinatario, dirigida a quien pudiera leerla cuando todo se supiera.
Esa tercera carta nunca llegó a manos de un periodista. Esa tercera carta fue retirada del expediente por un funcionario judicial de Carabobo el 22 de abril de 2010, 3 días después del suicidio, junto con el cuaderno verde de Jennifer y la grabadora negra con los 37 minutos de audio, las tres pruebas físicas más importantes del caso desaparecieron del expediente público.
¿Quién las retiró? El funcionario judicial firmó el acta de retiro con un nombre y dos apellidos. Reinaldo Mejías Acosta, el coronel, el mismo hombre que había entrado a la habitación. 624. La madrugada del crimen. El mismo hombre que había entrado a la celda de Edwin la madrugada del suicidio.
El mismo hombre que recibió a los dos niños huérfanos en su casa. Pero antes de que las tres pruebas desaparecieran, un asistente del juez de la causa, un muchacho de 26 años recién egresado de la universidad llamado Hernán Pacheco, hizo algo que el coronel no había previsto. Hernán Pacheco fotocopió las tres cartas, fotocopió el cuaderno verde de Jennifer, página por página, y grabó los 37 minutos de audio en un cassette que se metió en el bolsillo de la chaqueta antes de salir de la oficina S22 de abril.
Hernán Pacheco se llevó esa copia a su casa esa misma noche. La guardó en una caja de zapatos en el armario de su madre, detrás de unas frasadas viejas que nadie tocaba y se prometió a sí mismo que iba a contarlo todo cuando llegara el momento. El momento, según el propio Hernán Pacheco, todavía no ha llegado.
Pacheco vive hoy en Bogotá, exiliado desde 2015, huyendo de amenazas de muerte que recibió en Valencia. sigue esperando el momento en que el régimen venezolano caiga para hacer pública toda la documentación, pero un dato sí lo entregó a un periodista de Miami. El contenido aproximado de la carta número tres, la sin destinatario.
La carta número tres tenía un propósito muy distinto al de las otras dos. Estaba escrita en forma de denuncia formal con nombres y dos apellidos. Edwin Valero en esa carta escribía lo siguiente, que el coronel Reinaldo Mejías Acosta había mantenido una relación con su esposa Jennifer Viera durante los últimos 5 años, que el coronel era el padre biológico de Jennifer Rosn, que el coronel le había entregado a Jennifer durante meses, sobres con dinero del herario venezolano a cambio de su silencio y que si algún día Edwin moría
en circunstancias extrañas, La responsabilidad era del coronel y de quien lo había puesto en su vida. Quien lo había puesto en su vida tenía nombre y dos apellidos también en la carta. Pero ese nombre hasta hoy no se ha hecho público. Es un funcionario del despacho presidencial venezolano que sigue activo en política.
¿Recuerdas el cuaderno verde de Jennifer? el que ella escondía en el cajón inferior de la mesita de noche, debajo de la ropa interior, el que ella anotaba durante 6 años en silencio. Las copias que Hernán Pacheco hizo de ese cuaderno verde revelan algo que cambia toda la lectura de esta historia. El cuaderno no era solo un diario de los maltratos.
El cuaderno tenía en las últimas 30 páginas otra cosa, otra letra, otra mano, cartas que Jennifer Viera le había escrito al coronel Reinaldo Mejías Acosta durante los últimos dos años. Cartas que ella nunca le entregó, cartas que le servían a Jennifer para procesar lo que estaba viviendo. Las copias que Hernán Pacheco hizo de ese cuaderno verde revelan algo que cambia toda la lectura de esta historia.
El cuaderno no era solo un diario de los maltratos. El cuaderno tenía en las últimas 30 páginas otra cosa, otra letra, otra mano. Cartas que Jennifer Viera le había escrito al coronel Reinaldo Mejías a costa durante los últimos dos años. Cartas que ella nunca le entregó, cartas de miedo, no de amor. Jennifer le rogaba al coronel, página tras página, que dejara de presionarla, que dejara de exigirle que se fugara con él, que dejara de amenazarla con contarle todo a Edwin si ella no aceptaba dejar al campeón.
El coronel durante los últimos dos años había estado planeando algo, quitarle Jennifer a Edwin, quedarse con ella y con la hija de 5 años y aprovechar la lesión cerebral del campeón para forzar una decisión final. El coronel llevaba 2 años esperando el momento exacto para destruir a Edwin desde adentro. Y ese momento, según la última carta de Jennifer escrita el 15 de abril de 2010, tr días antes del crimen, era inminente.
El coronel le había dado a Jennifer un ultimátum. Si ella no se fugaba con él antes del 20 de abril, él mismo se encargaría de mostrarle a Edwin los resultados del laboratorio. Jennifer eligió enfrentar a Edwin sola en la habitación de un hotel con el resultado del laboratorio en la mano, sin saber que el coronel ya estaba esperando del otro lado del pasillo el resultado de esa conversación.
El verdadero asesino de Jennifer Viera no fue Edwin Valero. Edwin solo fue el cuchillo. El coronel fue la mano que sostuvo el cuchillo desde hacía 5 años. Y ese fue el último movimiento documentado del coronel Reinaldo Mejías Acosta en territorio venezolano. Porque tres semanas después del entierro de Edwin Valero, el coronel desapareció, no murió, no fue arrestado, no fue investigado, simplemente dejó de aparecer en los registros públicos del Estado venezolano.
Su ficha del Ministerio de Defensa fue archivada como retirada. Su dirección de Elvigía quedó vacía. Su número de teléfono dejó de funcionar. Algunos periodistas venezolanos exiliados aseguran que el coronel vive hoy en algún lugar del Caribe, posiblemente bajo otro nombre, con una pequeña fortuna que se llevó del herario venezolano antes de salir del país.
Y los dos hijos de Edwin Valero, Edwin Antonio y Jennifer Rosl, fueron criados por la abuela Soran Finol en una casa humilde de El Vigía, en condiciones difíciles, sin saber jamás la verdad de lo que pasó esa madrugada en el hotel intercontinental. Edwin Antonio tiene hoy 22 años, Jennifer Rosling tiene 20, pero hay un detalle final que ningún medio venezolano ha contado en estos 15 años.
Jennifer Roslin empezó a boxear a los 14 años en el mismo gimnasio de El Vigía, donde su padre había empezado a los 12 con el mismo saco con la sombra del padre en las paredes. A los 16 años, en 2022, ganó su primer campeonato a Mateo Regional de Mérida. Los entrenadores que la han visto pelear dicen que tiene la misma agresividad de Edwin Valero, los mismos movimientos, la misma mirada antes del campanazo.
Un parecido genético tan fuerte que dos entrenadores veteranos que conocieron al padre han dicho que es imposible que esa muchacha no sea hija de Edwin. ¿Qué pasó con la prueba de paternidad del cardiólogo de Caracas? aquella que dijo con 99,6 de certeza que Jennifer Rosleyn Edwin Valero, Hernán Pacheco reveló otro dato en una entrevista de radio de 2022.
La prueba de paternidad del 14 de marzo de 2010 había sido manipulada por el coronel. El coronel se había enterado durante un viaje de Edwin a Caracas a finales de febrero de que el campeón planeaba hacerse una prueba y contactó al laboratorio privado que iba a procesar las muestras. pagó, amenazó, garantizó que el resultado iba a decir lo que tenía que decir, que la pequeña Jennifer Roslin no era hija de Edwin Valero, aunque sí lo fuera, porque ese era el plan del coronel desde el principio, quebrar a Edwin Valero desde
adentro, convencerlo de que su hija no era suya, llevarlo al límite, forzarlo a una decisión irreversible y quedarse en medio del escándalo con la mujer que él llevaba 2 años persiguiendo. Pero el plan se rompió en una habitación de hotel en Valencia la madrugada del 18 de abril, cuando Edwin Valero, en lugar de aceptar perder a la mujer, decidió matarla.
Aquí se cierra el último círculo. Edwin Valero mató a la madre de sus hijos, creyendo que esos hijos no eran suyos, cuando los dos sí lo eran. La prueba estaba manipulada. La hija que él pensó que era de otro hombre, la pequeña Jennifer Rosn de 5 años era en realidad su propia hija. Y Edwin Valero murió sin saberlo.
Murió en una celda de Carabobo, convencido de que estaba protegiendo a un niño que era suyo y a una niña que no lo era. Cuando los dos eran suyos. El mensaje que el coronel le dejó esa madrugada. Las dos fotos Polaroid de los niños durmiendo era el último cuchillo del plan. La última apuñalada al hombre que se había convertido en marioneta sin saberlo.
Aquí termina la historia de Edwin Valero Vivas, el niño pobre de bolero alto, el campeón doble del mundo, el padre que se quitó la vida en una celda creyendo que estaba protegiendo a sus hijos sin saber que los dos eran suyos, sin saber que el plan que lo había destruido había sido construido durante 2 años por la única persona en quien confiaba.
Pero no termina su lección porque Edwin Valero no fue derrotado por ningún rival. 27 peleas. 27 victorias, 27 knockouts en el ring. Nadie pudo con él. El que pudo con él, el que lo destruyó por completo, era un hombre que llevaba uniforme militar, que respondía a un palacio presidencial y que entró a la vida de Edwin Valero con una sonrisa y una mano extendida.
Aquí está la lección que ningún libro de boxeo te va a contar y que el público que está viendo este video esta noche en su sala de estar después de un día de trabajo, necesita escuchar con claridad. Cuando un hombre se vende al poder a cambio de protección, el poder se queda con todo, con la fama, con el dinero, con los hijos y al final también con la verdad.
La protección del poder siempre tiene una factura silenciosa y esa factura la cobra siempre en el peor momento de la vida del hombre, en la cárcel, en el funeral, en la celda, cuando ya no queda quien pueda escuchar la versión correcta. Edwin Valero perdió porque creyó que podía controlar a un hombre más poderoso que él y nadie controla al poder.
El poder usa, exprime, descarta siempre, sin excepción. Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un hombre que se metió donde no debía, en un padre que perdió la cabeza tarde, en una mujer que aguantó en silencio cosas que no debería haber aguantado nunca, en dos niños que crecieron sin saber la verdad de su sangre.
Comparte este video esta noche porque mañana en alguna casa, en algún país hay un hombre como Edwin Valero firmando un pacto que va a costarle la vida y la única manera de detenerlo es que alguien le cuente lo que pasó en la habitación 624 del Hotel Intercontinental de Valencia la madrugada del 18 de abril de 2010. Suscríbete si quieres que sigamos contando historias que nadie se atreve a contar.