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EDWIN VALERO: LA ASQUEROSA VERDAD QUE ACABÓ CON ÉL Y QUE VENEZUELA Y EL BOXEO OCULTARON 15 AÑOS

EDWIN VALERO: LA ASQUEROSA VERDAD QUE ACABÓ CON ÉL Y QUE VENEZUELA Y EL BOXEO OCULTARON 15 AÑOS

era campeón del mundo invicto. Tenía el tatuaje de Chávez en el pecho. México lo amaba como si fuera de aquí. Y una noche de abril de 2010 en una habitación de hotel en Valencia, Venezuela, hizo algo que ningún cinturón, ningún récord y ningún knockout puede borrar. Lo que pasó en ese cuarto de hotel lo saben todos.

 Lo que nadie ha contado es lo que pasó en los 12 años anteriores. Las señales que estaban ahí desde el principio, los que lo vieron hundirse y miraron para otro lado porque el negocio era demasiado rentable para pararlo. Edwin Valero ganó todas sus peleas, todas. Perdió todo lo demás. Y la pregunta que nadie se ha atrevido a responder en 15 años es esta.

 ¿Quién sabía que iba a terminar así? Edwin Valero Morán nació el 3 de diciembre de 1980 y uno en Mérida, Venezuela. Una ciudad de montaña fría para ser Venezuela, con una universidad grande y calles empinadas que suben y bajan, como la vida de cualquiera que nace pobre en América Latina. Su papá se llamaba Edwin también. Trabajaba en lo que hubiera.

 Su mamá, Nancy, era la que sostenía la casa cuando el papá no estaba, que era seguido. Edwin creció con hermanos, con hambre, no de la que mata, pero sí de la que forma el carácter y con una energía en el cuerpo que no tenía donde ir. A los 12 años empezó a boxear. Hay una foto de ese tiempo.

 Un niño flaco con guantes que le quedan grandes en un gimnasio que tiene el techo de zinc y una bolsa de arena remendada con cinta adhesiva. La cara del niño no sonríe. Mira la cámara con una seriedad que da un poco de miedo, como si ya supiera algo. El entrenador que lo vio por primera vez se llamaba Omar Morales. Muchos años después, diría en una entrevista que Edwin era el peleador más naturalmente dotado que había visto en 40 años de gimnasio, que tenía una velocidad en las manos que parecía antinatural, que el gancho de izquierda

de Edwin, ya a los 14 años era el arma más peligrosa que había visto en un amateur venezolano. También diría que desde el principio había algo en Edwin que lo preocupaba. ¿Qué era ese algo? Morales nunca lo explicó bien. Decía que era la intensidad, que Edwin peleaba con una rabia que iba más allá de lo que requiere el boxeo, que cuando entrenaba no parecía estar entrenando, parecía estar castigando algo que tenía adentro.

Edwin creció, siguió boxeando y Venezuela empezó a hablar de él. campeón nacional amateur, representante en torneos internacionales, un chico que prometía tanto que el gobierno venezolano, que en esa época estaba construyendo la narrativa del socialismo del siglo XXI y necesitaba héroes deportivos, empezó a mirar hacia Mérida y entonces ocurrió lo que cambia todas las historias de boxeadores venezolanos de esa generación.

 Hugo Chávez lo descubrió. Eso es un cliffhanger, pero hay que entenderlo bien para entender todo lo que viene después, porque la relación entre Edwin Valero y Hugo Chávez no fue solo la de un presidente con un atleta. Fue algo más complicado, más tóxico y mucho más destructivo de lo que la historia oficial quiere admitir.

Edwin Valero tiene 20 años y Venezuela está en llamas. El intento de golpe de estado contra Chávez en abril, el paro petrolero en diciembre, el país partido en dos, con una mitad que quería matar al presidente y otra mitad que estaba dispuesta a morir por él. En ese contexto, el gobierno necesitaba victorias, necesitaba símbolos y Edwin Valero era el símbolo perfecto.

 Chávez empezó a hablar de él en sus discursos, lo llamaba en televisión, le dedicaba victorias. Edwin, por su parte, correspondía con una lealtad que no tenía límites. Se tatuó el nombre de Chávez en el pecho, grande en letras negras, sobre una imagen de la bandera venezolana. En el otro brazo, el nombre de Simón Bolívar, por si quedaba alguna duda de dónde estaban sus lealtades.

 La relación le abrió puertas. El gobierno venezolano financió su carrera a Mateur, le consiguió entrenadores cubanos, lo mandó a competir al exterior, pero también hizo algo que ningún atleta debería permitir. Le metió política en el cuerpo. Edwin Valero ya no era solo un boxeador, era un proyecto ideológico, un instrumento de propaganda en forma de puños.

 Los que lo conocían de cerca en esa época cuentan una cosa que resulta difícil de ignorar, que Edwin, cuando hablaba de Chávez cambiaba, que la reverencia que sentía por el presidente rozaba algo que parecía más fe religiosa que admiración política, que si alguien criticaba a Chávez delante de Edwin, la conversación se ponía tensa de inmediato.

 Y también cuentan otra cosa, que Edwin desde los 20 años consumía cocaína. Nadie lo dijo en voz alta durante años, pero estaba ahí. Las señales, el comportamiento errático en algunos momentos, los ojos en ciertas fotos, los relatos de compañeros de entrenamiento que hablan de noches donde Edwin desaparecía y aparecía al día siguiente con la energía disparada y la mirada ida.

 El boxeo venezolano lo sabía, los entrenadores lo sabían, el gobierno lo sabía y siguieron adelante porque Edwin ganaba. Ganaba de manera brutal, demoledora, con una eficiencia que hacía que los rivales parecieran de otro deporte. En sus primeros años como profesional, entre 2002 y 2006, acumuló 20 victorias, 16 por knockout, la mayoría antes del sexto asalto.

 Había uno que terminó en el primer minuto del primer asalto. El rival cayó y no sabía exactamente qué lo había golpeado. La prensa venezolana lo llamaba el inca, también lo llamaban la dinamita. Los promotores latinoamericanos lo llamaban con insistencia creciente porque Edwin era exactamente lo que el negocio del boxeo necesita, alguien que llena arenas y termina peleas rápido.

 Pero había un problema. En 2006, Edwin Valero tuvo un accidente de motocicleta en Venezuela. Se golpeó la cabeza fuerte. Los médicos que lo atendieron registraron un traumatismo cráneoencefálico, no un golpe menor, un golpe que en cualquier otra persona habría significado el fin de la carrera deportiva y meses de reposo obligatorio.

Edwin tenía 24 años, estaba invicto y la Comisión de Boxeo de California, que era en ese momento la referencia para las peleas internacionales de mayor nivel, le negó la licencia para pelear en su territorio. El motivo oficial, el traumatismo craneal. El historial médico levantaba banderas que los reguladores de California no estaban dispuestos a ignorar.

 Y aquí viene algo que hay que decir sin rodeos. Lo que hizo entonces el equipo de Valero, con el apoyo tácito del gobierno venezolano, fue buscar jurisdicciones que no hicieran tantas preguntas. Japón primero, luego México. Lugares donde los controles médicos eran menos rigurosos o directamente flexibles cuando había dinero y voluntad política de por medio.

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