México aceptó y México fue donde Edwin Valero se convirtió en leyenda. Las peleas en el Distrito Federal, en Monterrey, en Guadalajara, llenaban arenas. El público mexicano lo adoptó como propio, quizás porque peleaba con esa mezcla de rabia y elegancia que los aficionados mexicanos conocen bien. Quizás porque llevaba el tatuaje de Chávez con el mismo orgullo, con que los mexicanos llevan la Virgen de Guadalupe, quizás simplemente porque era imposible no mirar cuando Edwin Valero estaba en el ring.
En 2008 ganó el cinturón de la W en peso superpluma noqueando a Antonio Pitalúa en el tercer asalto. Rodó por el suelo y tardó varios minutos en ponerse de pie. En 2009 ganó el cinturón de peso ligero, también de la W, derrotando a Antonio de Marco, un mexicano del que todos esperaban que fuera el primero en pararle los pies a Edwin.
De Marco cayó en el octavo asalto. 35 peleas. 35 victorias, 34 por knockout. El número da vértigo. En toda la historia del boxeo mundial se pueden contar con los dedos de una mano los peleadores que llegaron a ese nivel de eficiencia y la mayoría de ellos se llaman Julio César Chávez, Wilfredo Gómez, Ricardo López. Edwin Valero estaba en esa conversación, pero detrás del número había una historia que nadie quería contar.
Jennifer Viera, su esposa, había presentado denuncias por violencia doméstica que fueron archivadas, retiradas o ignoradas, según quién cuente la historia. Los episodios de furia de Edwin fuera del ring eran conocidos en su entorno. Los que viajaban con él a las peleas contaban de noches donde el campeón del mundo desaparecía hasta el amanecer y llegaba con el aspecto de alguien que había estado muy lejos de cualquier gimnasio.
Y la cabeza de Edwin, la cabeza que se había golpeado en 2006, la cabeza que ningún médico independiente había examinado con la profundidad suficiente desde entonces. La comisión de California seguía sin darle licencia. El negocio seguía adelante. Jennifer Viera tenía 19 años cuando conoció a Edwin Valero.
Era de Valencia, Venezuela, la misma ciudad donde Edwin terminó sus días. Bonita, joven, con esa combinación de ingenuidad y fuerza que tienen las mujeres venezolanas de familia trabajadora, se enamoró de un boxeador famoso que le prometía el mundo y que en los primeros tiempos probablemente lo cumplía. Tuvieron dos hijos, Edwin Andrés y Jennifer Carolina, dos niños que hoy tienen más de 15 años y que crecieron sin papá ni mamá por razones que ningún niño debería tener que entender.
Lo que Jennifer vivió con Edwin está documentado en reportes policiales, testimonios de familiares y entrevistas que ella dio en los años previos a su muerte, pero el retrato completo rara vez se cuenta junto, en orden, de manera que se entienda la magnitud. Los primeros episodios de violencia fueron en 2007.
Edwin llevaba 5 años como profesional, ya era figura, ya empezaba a estar en la conversación grande del boxeo latinoamericano y ya golpeaba a su esposa. La dinámica que describían los que los conocían era la de un hombre que dentro del ring tenía control absoluto de su cuerpo y fuera del ring perdía ese control con una facilidad que asustaba, que la misma velocidad de reacción, la misma explosividad muscular que hacía que sus rivales cayeran sin entender qué había pasado se activaba también en la intimidad del hogar, sin aviso, sin motivo aparente que el resto del mundo
pudiera identificar. Jennifer lo denunció más de una vez. En Venezuela, donde la maquinaria alrededor de Edwin Valero tenía conexiones con el gobierno, las denuncias se diluían. Retiradas, archivadas, cerradas. A veces porque Jennifer, bajo presión las retiraba ella misma, a veces porque el sistema encontraba la manera de hacer que desaparecieran.
El entorno de Edwin lo sabía, los promotores lo sabían, la Federación Venezolana lo sabía, la Wa, que es la organización que le había dado dos cinturones, lo sabía. Nadie paró la máquina porque Edwin seguía ganando. Y aquí hay algo que vale la pena decir con cuidado, porque es fácil caer en la simplificación.
Edwin Valero tenía una enfermedad. Las lesiones cerebrales que había sufrido, sumadas a años de golpes en el ring, sumadas al consumo de cocaína, habían producido en su cerebro un deterioro que los neurólogos, que revisaron su caso años después, ya muerto, describieron como una combinación de daño estructural y alteración química que hacía que el control de impulsos fuera progresivamente más difícil.
Eso no absuelve lo que hizo, pero explica por qué las personas que lo rodeaban, si hubieran querido ayudarlo de verdad, habrían tenido que sacarlo del boxeo años antes. Habrían tenido que enfrentar el problema médico que tenía, no solo la mina de oro que representaba. No lo hicieron. Edwin Valero tenía 28 años. Desde afuera la imagen era la de un campeón en la cima.
Dos cinturones mundiales invicto. El próximo rival, según los rumores, iba a ser Manny Pacquiao, el mejor boxeador del mundo en ese momento. Una pelea que habría sido uno de los eventos deportivos más grandes del año, probablemente del siglo. Desde adentro, Edwin se estaba cayendo. Los que lo vieron en los meses finales de 2009 y comienzos de 2010 cuentan de un hombre que ya no era el mismo, más callado o más explosivo, sin término medio, con episodios de paranoia, con momentos donde miraba a personas conocidas de una manera que
ponía incómodos a todos, con una relación con la cocaína que había dejado de ser un secreto y se había convertido en una emergencia que solo los que querían mantener los ojos cerrados podían ignorar. Su cuerpo seguía siendo el de un atleta de élite. Los entrenamientos de esos meses, según los sparrings que trabajaron con él, eran brutales.
Edwin golpeaba con una fuerza y una velocidad que intimidaban, pero entre una sesión y la siguiente había abismos de comportamiento que nadie podía explicar bien. Jennifer y los niños seguían en Venezuela mientras Edwin viajaba para entrenar y pelear. La distancia no ayudaba, las llamadas eran tensas. Los reencuentros también.
El 20 de marzo de 2010, Edwin regresó a Venezuela. Lo que pasó en los días siguientes tiene versiones distintas, según quien las cuente. La versión oficial, la que quedó en los registros judiciales venezolanos, es la siguiente. El 5 de abril de 2010, en el hotel Cberland de Valencia, Venezuela, Edwin Valero mató a su esposa Jennifer Viera. Tenía 27 años.
Los hijos de ambos, de 4 y 2 años estaban en la misma ciudad. Edwin llamó a la policía él mismo. Cuando llegaron, estaba sentado junto al cuerpo de Jennifer. No intentó huir. Dijo que lo había hecho él. Lo arrestaron. El 7 de abril de 2010, dos días después de matar a su esposa, Edwin Valero apareció muerto en su celda en el Centro Penitenciario de Rodeo Iero en el estado de Caracas.
La versión oficial dijo suicidio. Encontraron una cinta usada para colgarse. Tenía 28 años, 35 peleas, 35 victorias, 34 por knockout y dos hijos sin papá ni mamá. Aquí viene lo que el boxeo no quiere hablar. Cuando Edwin Valero murió, la narrativa que se instaló con rapidez fue la del genio autodestructivo, el gran talento que no pudo con sus propios demonios.
La historia de siempre, la que le ponemos a los hombres violentos, que también fueron brillantes, porque mezclar las dos cosas resulta más cómodo que hacer preguntas. Pero hay preguntas que no se hicieron y siguen sin respuesta 15 años después. La primera, ¿qué sabía la W sobre el historial de violencia doméstica de Edwin Valero? ¿Y por qué le renovaron los cinturones de manera rutinaria mientras las denuncias de Jennifer eran de conocimiento público en Venezuela? La segunda, los médicos que examinaron a Edwin para sus peleas
en México y Venezuela revisaron el historial del traumatismo de 2006. ¿Alguien hizo estudios neurológicos serios entre 2006 y 2010? Los documentos disponibles sugieren que no. sugieren que los controles médicos previos a cada pelea eran superficiales, diseñados para aprobar y no para detectar. La tercera, la relación entre Edwin y el gobierno venezolano, creó una burbuja de impunidad alrededor de él que hizo imposible que nadie lo frenara, aunque hubiera querido.
Hay declaraciones de personas del entorno de Edwin que apuntan a que sí, que intentar intervenir en la vida del campeón que Chávez había adoptado como símbolo nacional habría tenido costos. La cuarta y la más incómoda, los promotores que ganaron dinero con Edwin Valero entre 2006 y 2010. Alguno de ellos se levantó de una reunión y dijo que ese hombre necesitaba ayuda médica antes que otra pelea.
La respuesta que da la historia es que no. El boxeo tiene un problema que lleva décadas negando. El deporte produce riqueza con cuerpos que también produce daño. Y cuando el daño y la riqueza coexisten en el mismo atleta, el negocio encuentra formas de mirar hacia otro lado, mientras el atleta sigue siendo rentable. Edwin Valero era rentable hasta el final.
Edwin Andrés y Jennifer Carolina Valero Viera, dos niños que en abril de 2010 tenían 4 y 2 años respectivamente, que en una semana perdieron a los dos únicos adultos que debían protegerlos, que crecieron con el apellido de un hombre que fue campeón del mundo y que también fue el hombre que mató a su madre. Los abuelos maternos, los padres de Jennifer, se hicieron cargo de ellos.
una familia trabajadora de Valencia que de la noche a la mañana asumió criar a dos niños con una historia que es imposible explicarle a un niño de 4 años y que sigue siendo difícil de procesar a los 17. No hay mucha información pública sobre ellos y eso probablemente sea lo correcto. Merecen privacidad, merecen la oportunidad de construir una identidad que no esté dominada por lo que hicieron sus padres, pero existen.
Y cuando se habla de Edwin Valero como leyenda del boxeo, como el invicto venezolano que pudo haber llegado más lejos que nadie, conviene acordarse de que hay dos personas que llevan su apellido y que no pueden separar esa herencia de todo lo demás. En 2018, un periodista venezolano publicó un reportaje breve sobre los hijos de Valero.
Los abuelos de Jennifer no quisieron dar entrevistas. El periodista solo pudo confirmar que los niños estaban en Venezuela, que iban a la escuela, que los abuelos habían pedido que los dejaran vivir en paz. Eso es todo lo que se sabe. A veces lo más honesto es reconocer que hay partes de esta historia que no tienen resolución y que no deberían tenerla.
Hay una imagen de Edwin Valero que se repite en todas las crónicas. En el ring sin camiseta, el cinturón en la cintura, los puños levantados y en el pecho bien visible el nombre de Hugo Chávez sobre la bandera venezolana. El tatuaje se lo hizo en 2003. Tenía 21 años. En muchas entrevistas de esa época, Edwin explicaba que lo hacía porque Chávez era para él lo que Simón Bolívar había sido para Venezuela.
un libertador, alguien que les devolvía la dignidad a los pobres. Los discursos de Edwin sobre política cuando los daba, eran los discursos de alguien que había absorbido la retórica oficial sin filtros y Chávez lo usó. Hay grabaciones de Aló, presidente, el programa de televisión semanal del mandatario venezolano, donde Chávez menciona a Edwin en varios episodios.
Lo llama El orgullo de Venezuela. lo celebra como ejemplo de lo que puede lograr un joven del pueblo con disciplina y con la revolución detrás. La relación entre ambos nunca fue completamente pública. Edwin y Chávez no se fotografiaron juntos con frecuencia, aunque hubo algunos encuentros documentados, pero la influencia era real.
El apoyo del gobierno venezolano a la carrera de Edwin, el acceso a recursos que otros boxeadores venezolanos no tenían, la protección implícita que venía de ser el boxeador favorito del presidente. Cuando Edwin murió, el gobierno venezolano guardó silencio durante días. No hubo declaración oficial, no hubo palabras del presidente.
La muerte de Jennifer Viera y el suicidio de Edwin en la celda fueron noticias que el gobierno venezolano prefirió no tocar y los medios oficiales tampoco las amplificaron. Era difícil celebrar al símbolo nacional cuando el símbolo había matado a su esposa. Chávez nunca habló públicamente de Edwin Valero después de su muerte. Ese silencio dice algo, no todo, pero algo.
En 2014, 4 años después de la muerte de Valero, la W publicó nuevas directrices sobre controles médicos neurológicos para sus campeones. El documento mencionaba la importancia de hacer seguimiento a traumatismos craneales previos. Nadie mencionó a Edwin Valero en ese documento. En 2019, un estudio publicado en una revista médica especializada en neurología del deporte analizó los casos de varios boxeadores que habían mostrado conductas violentas fuera del ring en los últimos 30 años.
Edwin Valero aparecía en la lista. Los autores concluían que había una correlación documentada entre el daño cerebral acumulativo en boxeadores profesionales y los trastornos del control de impulsos. El estudio fue citado 23 veces en la literatura científica posterior. Cambió muy poco en cómo el boxeo profesional maneja estos casos.
Porque el boxeo no tiene incentivos para cambiar mientras el negocio funcione y el negocio sigue funcionando. Sigue habiendo campeones que suben al ring con historiales médicos que si alguien los revisara con honestidad levantarían las mismas banderas que levantó el historial de Edwin en 2006. Sigue habiendo promotores que miran para otro lado.
Sigue habiendo organizaciones que renuevan títulos sin hacer preguntas incómodas. No todos los boxeadores con daño cerebral se convierten en lo que se convirtió Edwin Valero. La mayoría no. Pero hay una pregunta que el deporte debería hacerse y no se hace. ¿Cuántos llevan esa carga sin que nadie los ayude a entenderla? La respuesta.
Si alguien se tomara el tiempo de buscarla, sería incómoda. Enero de 2010, 3 meses antes de que todo terminara, los promotores de Manny Pacquiao y los promotores de Edwin Valero estaban en conversaciones avanzadas. La pelea tendría lugar en algún momento del verano de ese año, probablemente en Las Vegas, posiblemente en el MGM Grand.
Paquiao venía de destruir a Miguel Coto en noviembre de 2009. era el número uno libra por libra del mundo. Era también el boxeador más popular del planeta en ese momento. Valero era el invicto que podía complicarle las cosas. El gancho de izquierda de Edwin era el único golpe que los analistas señalaban como capaz de cambiar el resultado de una pelea contra Pacquiao.
En las conversaciones técnicas previas, varios entrenadores veteranos decían que Edwin tenía el poder para hacer daño donde otros simplemente habían caído. Bobarum, el promotor de Pacquiao, reconoció años después que la pelea estuvo cerca de formalizarse, que había fechas tentativas, que las negociaciones iban bien, nunca se firmó nada.
Arum siempre dijo que fue por diferencias contractuales. Otros, los que estaban más cerca del entorno de Edwin en esos meses, dicen que la razón era diferente, que el estado de Edwin en los primeros meses de 2010, su comportamiento, los episodios que su equipo reportaba con creciente preocupación hacían que incluso los que querían la pelea empezaran a dudar de que Edwin pudiera llegar al ring en condiciones.
Si esa pelea se hubiera hecho, nadie puede saber qué habría pasado. Quizás Edwin ganaba, quizás Paquiau lo noqueaba y la historia de Edwin Valero terminaba de otra manera. Quizás el resultado no importaba tanto como el hecho de que otra persona hubiera puesto los ojos en él y que eso hubiera cambiado algo, pero la pelea nunca fue.
Y la historia terminó como terminó. En Mérida, la ciudad donde Edwin creció, hay un gimnasio de boxeo que lleva su nombre. Lo bautizaron así varios años después de su muerte. Una iniciativa municipal que contó con el apoyo de la comunidad local, de los entrenadores que lo conocieron de niño, de los aficionados venezolanos que guardan el recuerdo del campeón y prefieren no guardar el recuerdo de lo demás.
En ese gimnasio entrenan niños de entre 8 y 16 años. Muchos de ellos no conocieron a Edwin Valero en vida. Solo lo conocen por los videos de sus peleas que circulan en YouTube, por las historias que cuentan los entrenadores mayores, por el cartel que tiene su cara y que cuelga sobre el ring.
El cartel tiene una foto de Edwin con el cinturón de campeón del mundo, la cara de un hombre de 27 años con los ojos brillantes y el cuerpo en la cima de lo que puede ser un cuerpo humano después de años de disciplina y sacrificio. El cartel no dice nada de Jennifer Viera. En el pueblo de Mérida, la historia de Edwin Valero tiene dos versiones.
La versión que se enseña en el gimnasio y la versión que se susurra en las casas. La primera habla de un campeón invicto que llegó más lejos que nadie de esa ciudad. La segunda habla de un hombre que se rompió y rompió a otros en el proceso. Las dos son verdad. El problema es que en el gimnasio solo cuelga una.
Hay algo que los que vieron pelear a Edwin Valero en vivo en la arena sin televisión de por medio cuentan con una consistencia que no deja de llamar la atención. Dicen que verlo era diferente de verlo por televisión. Por televisión se veía el resultado. Un hombre golpeaba a otro y el otro caía. Por televisión se veía la velocidad, la precisión, la potencia.
Por televisión se veía el knockout. Pero en la arena, dicen los que estuvieron ahí, había algo más, una vibración que salía del ring antes del primer golpe. Algo en la manera en que Edwin miraba a su rival durante las instrucciones del referie, algo en la postura de los hombros, en la tensión de la mandíbula, que hacía que la gente que llevaba décadas viendo boxeo se callara de una manera diferente a como se callaba con otros peleadores.
No era emoción del espectáculo, era otra cosa. Un hombre que fue a ver a Edwin pelear en Monterrey en 2008, un aficionado de toda la vida que había visto a Chávez en sus mejores momentos, lo describió así. Cuando Edwin subía al ring, el ambiente era el de algo que iba a pasar, no el de algo que podía pasar.
La certeza de la violencia antes de que la violencia ocurriera, una densidad en el aire que le ponía los vellos de punta, aunque ya supiera el resultado. Esa cualidad que tenía Edwin para transmitir algo así era excepcional, rara, de las que aparecen una vez por generación en el boxeo mundial. Y era también, con toda probabilidad, una expresión de lo mismo que lo destruyó.
La rabia que el boxeo canalizó durante años era real. Los rivales que cayeron la recibieron en dosis medidas y reglamentadas por un árbitro y un reglamento. Jennifer Viera la recibió sin árbitro, sin reglamento, sin que nadie pusiera el cuerpo para pararla. El ring le dio a Edwin Valero un lugar para hacer lo que era.
Fuera del ringún lugar así. 35 peleas, 35 victorias. Ese número lo sabrán de memoria los que siguen el boxeo latinoamericano. Ese número aparece en las listas de los récords históricos del deporte. Ese número es la razón por la que el nombre de Edwin Valero sigue circulando en conversaciones sobre los grandes de todos los tiempos.
Pero hay otro número, dos. Dos hijos que crecieron sin padre ni madre en Valencia, Venezuela. dos niños que hoy son adolescentes y que llevan el apellido Valero y que tendrán que decidir en algún momento de sus vidas qué hacen con eso. La historia de Edwin Valero se puede contar de muchas maneras. Se puede contar como la historia del campeón invicto, que el boxeo perdió demasiado pronto.
Se puede contar como la historia de un hombre que tenía una enfermedad que nadie trató. Se puede contar como la historia del negocio del boxeo que prefirió la rentabilidad a la responsabilidad. Todas esas historias son verdad, pero hay una que pocas veces se cuenta y que quizás es la más importante. La historia de Jennifer Viera, que tenía 27 años y dos hijos pequeños, y que murió en una habitación de hotel porque el sistema que debía haberla protegido a ella y también a él, decidió que el negocio era más importante. Eso es lo que el boxeo
vendió a $40 la butaca. Eso es lo que las organizaciones mundiales renovaron en forma de cinturones. Eso es lo que el gobierno venezolano puso en un cartel y llamó orgullo nacional. Si les quedó algo de todo lo que escucharon hoy, que sea esto. Detrás del número que nadie olvida, hay dos niños que nadie menciona.
Si quieren conocer otra historia que el boxeo prefirió enterrar, la tienen en el video que aparece arriba, la de Púa Solivares. El hombre que peleó 30 años para que otros se quedaran con su dinero. Está ahí. No se la pierdan. Yeah.