Posted in

Edith Piaf: La Bebé Que Dejó Sola Para Cantar en la Calle. Lo Que Pasó Después la Persiguió Siempre

Edith Piaf: La Bebé Que Dejó Sola Para Cantar en la Calle. Lo Que Pasó Después la Persiguió Siempre

París. Invierno de 1933. Un cuarto de hotel barato en la Rui Andreant, en el distrito 18. El papel pintado de las paredes está manchado de humedad y descascarado en las esquinas. Hace frío. Hace mucho frío. Hay una cuna improvisada con un cajón de madera forrado con un trapo viejo y dentro de ese cajón, una bebé de meses llora.

Lleva llorando 6 horas. Las venas del cuello se le marcan del esfuerzo, la cara roja hinchada, la voz ya ronca, no tiene a nadie. La puerta del cuarto está cerrada con llave por fuera. La vela de sebo que la madre dejó encendida sobre la mesa se ha consumido hace rato. La leche que había en el biberón se enfrió hace 4 horas.

 La pequeña ha llorado tanto que ya no le quedan lágrimas. Solo el sonido seco de un animalito agotado que no entiende por qué su mundo entero ha desaparecido. ¿Tú tienes hijos, nietos, bisnietos? ¿Te puedes imaginar lo que es dejar a un bebé de meses solo encerrado en una habitación helada durante una noche entera? Esa bebé se llama Marcele Dupong Gasion.

Tiene apenas meses de vida y a tres calles de ese cuarto, su madre canta bajo una farola en la plaz pigalle con la boina extendida en el suelo para recoger las monedas que le tiran los borrachos que salen de los cabarets. Su madre tiene 18 años, mide 1, met42 de estatura y se llama Edith Giovanna Gasion.

 El mundo entero la conocerá pronto como Edith Piaf, la voz más grande del siglo XX. La gloria de Francia, la mujer cuya canción La Legión extranjera francesa todavía hoy canta antes de entrar en combate. Esa misma mujer es la que esa noche, mientras canta la Marsella, por unas monedas, ha dejado a su hija encerrada en el cuarto y ha tirado la llave en el bolsillo del abrigo para que la pequeña no pueda salir, gatear, caerse, complicarle la vida.

 Pero antes de que la juzgues, antes de que te encojas el corazón de horror, hay algo que necesitas saber. Esa mujer, esa madre que acaba de hacer lo que acaba de hacer, fue abandonada por su propia madre a los dos meses de nacida. Fue alimentada con vino rebajado en agua en lugar de leche, porque su abuela materna era demasiado pobre, demasiado cansada y demasiado vencida para conseguir lo otro.

 Fue criada en un burdel de Normandía por mujeres que el mundo despreciaba. Quedó ciega a los 3 años por una infección que nadie quiso tratar. Cantó por hambre desde los siete. Huyó de su padre alcohólico a los 14. Y ahora a los 18 tiene una hija, un cuarto helado, un amante que no aguanta más, una hermanastra que la arrastra a los peores cabarets de París y una voz, una voz que es lo único que tiene, una voz que vale más que su propia hija, una voz que ella eligió antes que nadie.

 La pequeña Marcele morirá dos años después. Su madre no estará a su lado cuando ocurra. Y lo que tendrá que hacer una noche de 1935 para poder pagar el funeral de la hija que dejó llorando sola en aquel cuarto, lo cargará Edit Piajaf durante los 28 años que le quedan de vida, sin contarlo a nadie, sin escribirlo en ninguna autobiografía, sin pronunciar el nombre de la niña ni una sola vez en ninguna entrevista.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas que los biógrafos de DPF prefirieron dejar entre líneas porque obligan a señalar demasiado. Primero, las horas exactas que la bebé Marcele pasaba encerrada y sola en el hotel Euclun, mientras su madre cantaba en la calle, según el testimonio de la mujer que estuvo ahí, la hermanastra Momone, que vio todo y lo contó 40 años después.

 Segundo, la noche más oscura de toda la vida de Edit Piaf. La noche que ella nunca contó, pero que su propia permanastra confirmó en sus memorias. La noche que vendió lo único que le quedaba para poder enterrar a su hija de 2 años en una tumba digna. Tercero, el nombre exacto, el apodo cariñoso que Edith Piaff cayó durante 28 años en cada entrevista, en cada concierto, en cada autobiografía, hasta el día que murió en una villa del sur de Francia con 47 años y 28 kg de peso.

 Y cuarto, ¿dónde la enterraron? Y por ese fue el único acto de redención que pudo permitirse demasiado tarde frente a la pequeña que la había estado esperando bajo tierra durante 28 años. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Mi gente, antes de seguir, si alguna vez tú has perdido a alguien, si alguna vez has cargado una culpa que no se le puede contar a nadie, si alguna vez has sentido que tu vida se partió en dos un día y tuviste que seguir caminando como si nada, quédate hasta el final.

 Esta historia te va a tocar de un modo que no esperas. Y al cierre del video voy a pedirte algo que tiene que ver contigo, no conmigo. Para entender lo que pasó en aquel cuarto del hotel Ocler de Lun, hay que retroceder 18 años. Hay que retroceder a otra noche helada de París, una noche de guerra, una noche en la que otra mujer joven sola parió a una bebé en condiciones tan miserables que el mito que se construyó alrededor de ese parto se contó durante décadas como verdad oficial.

 Se cuenta que Edith Piaf nació en la calle bajo la luz de una farola. Frente al número 72 de la RU de Belville, se cuenta que su madre, Aneta Mayar, una cantante ambulante de cabarets baratos, salió a la calle a buscar ayuda en plena noche y dio a luz allí mismo porque no llegó a tiempo a ningún hospital.

 Esa es la versión que la propia Edit repitió toda su vida. Esa es la versión grabada en la placa conmemorativa que todavía hoy puedes ver en la fachada de ese edificio en París. Y esa versión, con el acta de nacimiento original archivada en los registros municipales, no es del todo cierta. Edith Giovan Nagasion nació el 19 de diciembre de 1915 en plena Primera Guerra Mundial en el Hospital Tenon del distrito 20 de París.

Lo que es absolutamente cierto, lo que sí está documentado con frialdad de archivo, es que su padre Luis Alfons Casión, acróbata callejero que medía 1,52, recibió la noticia del nacimiento de su hija. emborrachó hasta no poder hablar y desapareció durante semanas. Y que la madre Anetta, una mujer de 21 años que cantaba bajo el nombre artístico de Line Marsa en los antros más oscuros de París, miró a la bebé recién nacida durante un tiempo que nadie documentó y luego se fue.

 Se fue sin dejar nota, sin dejar dirección, sin dejar promesa de volver. La bebé Edith Giovan quedó al cuidado de la abuela materna. una mujer llamada Emma Said Ben Mohamed, de origen argelino, que vivía en el barrio de Barbés y que tenía sus propios problemas. Ahora presta atención a lo que te voy a decir, porque lo que ocurrió en ese primer año de vida de la niña explica todo lo que pasó después.

Emma no tenía dinero, Emma no tenía leche. Emma no tenía paciencia con los llantos de un bebé que no era suyo. Y entonces Emma hizo lo que hacían algunas mujeres pobres de los barrios bajos de París en 1916 para que un bebé dejara de llorar de hambre. Le daba vino. Vino rebajado en agua, en biberones que olían a bodega.

Vino porque el vino es barato. Vino porque el vino calma. Vino porque cuando un bebé toma vino, el bebé se duerme y mientras el bebé está dormido, la abuela puede seguir con lo suyo. Esa fue la primera dieta de la mujer que se convertiría en la voz más grande del siglo XX. Vino antes que leche, soledad antes que cariño, abandono antes que canción.

Read More