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BETO ÁVILA: el INFIERNO familiar… la TRAGEDIA brutal que lo dejó DESTROZADO 

BETO ÁVILA: el INFIERNO familiar… la TRAGEDIA brutal que lo dejó DESTROZADO 

de gloria eterna sombra olvidada. Eso dice el imaginario colectivo de muchos países latinoamericanos cuando piensan en sus héroes deportivos. Pero hay casos que no encajan en ese molde. Casos donde la gloria llegó completa, donde los aplausos nunca cesaron del todo, donde el nombre quedó grabado en piedra y en estadios.

 Y aún así, la vida encontró la manera de cobrar su precio. No en el terreno de juego, no en las estadísticas, no en las portadas de los periódicos deportivos. El precio lo cobró en silencio, en lo íntimo, en lo que no aparece en ningún libro de récords y que ninguna efeméride deportiva va a recordar. Roberto Francisco Ávila González.

 Beto Ávila, el único mexicano que ha ganado un título de bateo en las grandes ligas de béisbol. El primer latinoamericano en lograr esa hazaña [música] en toda la historia del deporte profesional norteamericano. Un hombre que llegó al templo más alto del béisbol mundial desde un puerto del Golfo de México cargando el peso de toda una nación sobre los hombros.

 Un hombre que lo ganó todo dentro del diamante, que construyó un legado que lleva su nombre en dos estadios, en libros de historia, en la memoria de millones de mexicanos que nunca lo vieron jugar en persona, pero saben quién fue y un hombre cuya familia, años después de que él ya no estuviera para protegerla, fue golpeada por una de las tragedias más brutales y silenciosas que puede vivir cualquier ser humano, independientemente de los títulos que tenga o del apellido que cargue.

 Esta no es una historia de escándalos deportivos. No hay dopaje ni suspensiones. No hay arrestos ni procesos judiciales. No hay bancarrota ni contratos incumplidos. Esta es la historia de algo mucho más profundo y mucho más difícil de contar con honestidad. La distancia que siempre existe entre la figura pública perfecta y el ser humano completo que vive detrás de ella.

 La historia de un héroe de carne [música] y hueso y la historia del dolor que el destino, que no lee enciclopedias de béisbol ni consulta estadísticas antes de actuar. le reservó a su sangre. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que pocas veces se juntan en la misma conversación sobre Beto Ávila.

 Primera, cómo un niño del puerto de Veracruz rompió todas las barreras imaginables, culturales, raciales, económicas y físicas para llegar a ser campeón de bateo en las Grandes Ligas [música] con un pulgar roto en 1954. Segunda, lo que significa cargar el peso de ser leyenda cuando los reflectores se apagan y la vida cotidiana no tiene árbitros, ni aplausos, ni marcadores en el tablero.

Tercera, la tragedia que golpeó el apellido Ávila en 2019, 15 años después de que Beto ya había partido de este mundo y lo que ese golpe dice sobre los límites reales de cualquier gloria humana. Cuarta, la lección se esconde detrás de todo esto y ¿por qué importa entenderla hoy? En este momento, mientras recordamos a un hombre extraordinario, te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. ¿Por qué la historia de Beto Ávila no termina el día que él murió? y cómo el destino le puso una sombra encima de su legado que ningún título deportivo [música] pudo anticipar ni prevenir. Pero antes necesita saber cómo empezó todo, porque todo empezó en Veracruz un 2 de abril de 1924 en una familia donde el béisbol no era solo un juego, [música] sino una forma de entender el mundo.

 Imagínate Veracruz en los años 20 del siglo pasado, un puerto vivo, [música] caliente, con olor a mar, a café y a historia mezclados en el aire del Golfo. una ciudad que había visto pasar conquistadores, imperios y revoluciones sin perder su carácter. Una ciudad acostumbrada a ser el punto de entrada y salida de todo lo que llegaba a México desde el mundo exterior y todo lo que [música] salía de México hacia ese mundo.

 En ese puerto, en ese ambiente de mezcla y de movimiento [música] constante, nació Roberto Francisco Ávila González el 2 de abril de 1924 en un hogar donde los hermanos eran el primer equipo y los primeros rivales. Juan, el mayor, jugaba fútbol [música] con la seriedad de quien ya ha decidido qué deporte le pertenece. Pedro, el menor, ya empuñaba el bate con esa naturalidad de los que nacen para el béisbol.

 Y Roberto, el del medio, miraba todo con ojos que procesaban cada movimiento, cada jugada, cada posibilidad que el deporte podía ofrecer a alguien dispuesto a trabajar por ella. Desde pequeño, Beto demostró tener una coordinación y una lectura del juego que no se enseñan en ninguna academia y que no se compran con ningún dinero.

 Se aprenden o no se aprenden. Y él las tenía de manera natural. El béisbol y el fútbol soccer competían por su atención durante esos años de formación, pero el diamante ganó la disputa. Algo en la geometría precisa de ese deporte, en la exigencia técnica que demandaba cada turno al bate, en el duelo íntimo y psicológico entre piter [música] y bateador.

 Conectaba con algo dentro de él que el fútbol no alcanzaba a despertar de la misma manera. Cuentan las [música] historias de aquella época que Beto tenía una posición muy particular respecto al fútbol, expresada con el humor directo que lo caracterizaría siempre. En alguna conversación que quedó registrada entre viejos peloteros veracruzanos, alguien le preguntó [música] cuánto dinero se ganaba en el fútbol y la respuesta de Beto fue tan directa como su swing.

 El fútbol hay que practicarlo descalso porque uno rompe los zapatos. Así era Beto, con humor, con convicción absoluta y con la certeza de que el béisbol era el camino correcto para él. En 1942 con 18 años comenzó a jugar con las abejas de Córdoba en la Liga invernal veracruzana, desempeñándose como tercera base.

 Ese fue su primer paso formal en el béisbol organizado más allá del barrio y las canchas [música] improvisadas. El béisbol de ligas infernales en Veracruz era competitivo, físico, [música] sin contemplaciones para los jóvenes que querían abrirse paso entre peloteros más experimentados. Beto se [música] adaptó sin problema visible.

 Más que adaptarse, destacó de una manera que empezó a llamar la atención de personas con conexiones más allá del béisbol veracruzano. Y en 1943 llegó la llamada que cambiaría el rumbo de toda su vida. Los pericos de Puebla de la Liga Mexicana de Béisbol le abrieron las puertas. Roberto Ávila tenía 19 años. Al terminar esa primera temporada con los pericos, la organización le entregó el reconocimiento de novato del año, el premio más importante que un jugador puede recibir en su primera temporada en cualquier liga profesional del mundo.

Grábate ese detalle. 19 años, novato del año, en el [música] circuito más competitivo del béisbol mexicano. Esto no era un niño con talento jugando en el parque del barrio de Veracruz. Esto era una promesa que ya estaba cumpliendo lo que prometía y que estaba a punto de demostrar que el techo de su carrera era mucho más alto de lo que cualquiera en México podía imaginar en ese momento de 1943.

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