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Así vive Edgar Valdez Villarreal “La Barbie” en la prisión Y lo que está haciendo para no morir ahÍ

Así vive Edgar Valdez Villarreal “La Barbie” en la prisión Y lo que está haciendo para no morir ahÍ

Hubo un tiempo en que Edgar Valdés Villarreal dormía en casas de millones de dólares, manejaba camionetas blindadas, llevaba relojes que valían más que el sueldo de 10 años de un trabajador mexicano y ordenaba ejecuciones desde la comodidad de su despacho. Hoy duerme en una cama de metal pegada a la pared de una celda de apenas unos metros cuadrados en una penitenciaría federal de alta seguridad en el centro de Florida.

 rodeado de cámaras, guardias y muros que no tienen ninguna intención de dejarlo salir. Hoy vas a conocer cómo es exactamente la vida de la Barbie dentro de esa prisión. ¿Qué come cada mañana cuando lo despiertan antes de que salga el sol? ¿Cómo pasa las horas que no se acaban? Si su cuerpo aguanta o ya empieza a ceder.

 ¿Qué piensa cuando se queda solo en silencio? ¿Qué ha hecho para intentar salir antes? ¿Y qué tan probable es que muera exactamente ahí? encerrado sin que casi nadie lo note. Pero para entender cómo un hombre termina viviendo así, hay que entender cómo llegó a ese punto, porque nadie nace siendo lo que Edgar Valdés Villarreal se convirtió.

 La caída siempre empieza mucho antes de que ocurra y en su caso empezó en una ciudad fronteriza con un joven que tenía pasaporte americano. Hablaba dos idiomas y miraba hacia el sur con una ambición que ningún trabajo legal iba a satisfacer. Edgar Valdés Villarreal nació el 11 de agosto de 1973 en Laredo, Texas.

 Ciudadano estadounidense desde el primer día de su vida, hijo de familia de origen mexicano, creció en esa franja fronteriza, donde las dos culturas, los dos idiomas y los dos mundos conviven de una manera que no existe en ningún otro lugar. Laredo en los 70 y 80 era una ciudad donde muchos jóvenes crecían viendo que el dinero real, el que cambiaba vidas de un día para el otro, no llegaba por el camino correcto.

 Su apodo, la Barbie, decía todo sobre su aspecto físico y nada sobre su carácter real. La piel clara, el cabello castaño claro, tirando a rubio, los ojos azules. Era más gringo que mexicano en la foto y más mexicano que gringo en la mentalidad. Esa combinación lo volvía raro en el mundo del narco mexicano, donde los heros de Texas no eran lo habitual, pero también lo hacía útil.

 Podía moverse entre dos mundos con una naturalidad que pocos en ese negocio tenían. Comenzó por lo pequeño, como casi todos en ese mundo. Tráfico de marihuana de Tamaulipas a Memphis, Tennessee. A principios de los años 2000. No era nada espectacular todavía, pero era suficiente para entender las reglas del negocio.

 ¿Quién mandaba? ¿Quién pagaba? ¿Quién traicionaba? ¿Y qué le pasaba al que traicionaba? Aprendió rápido, demasiado rápido para quedarse en niveles bajos. Pero lo que estaba a punto de hacer no solo iba a cambiar su lugar dentro de ese mundo, iba a cerrarle cualquier posibilidad de volver atrás. Cuando las autoridades empezaron a acercarse, en lugar de esconderse, cruzó el río en la dirección contraria.

 se fue a Nuevo Laredo, al lado mexicano, y comenzó a trabajar con estructuras del cártel del Golfo. Ese movimiento lo definió todo, porque en ese mundo, cuando entras con los grandes, ya no puedes salir con una renuncia y unas cajas de cartón. Entrar a ese nivel tiene una sola salida y casi nunca es tranquila. Su ascenso dentro del crimen organizado fue rápido y brutal.

 se convirtió en operador de Arturo Beltrán Leiva, el Barbas, uno de los capos más sanguinarios del México de los 2000. Y dentro de esa organización, la Barbie no era un administrador ni un contador, era el hombre que resolvía los problemas que no se resuelven con dinero. Era el que enviaba el mensaje cuando las palabras ya no alcanzaban.

Lideró los negros el escuadrón de cumplimiento del cártel de los Beltrán Leiva, un grupo encargado de la violencia más explícita, de los ajustes de cuentas, de mantener el miedo funcionando como herramienta de control. Bajo su mando se cometieron decenas de ejecuciones, cuerpos descuartizados, cabezas dejadas como mensajes, videos de torturas distribuidos como advertencias.

Era el rostro más brutal de una organización. que no escatimaba en brutalidad. Al mismo tiempo tenía una vida paralela que contrastaba de manera casi obscena con ese lado del negocio. Las fiestas de lujo en propiedades privadas, los autos deportivos, la ropa de diseñador, los relojes que se compraban por docenas, llegó a gastar $200,000 en la producción de una película basada en su propia vida, aunque finalmente decidió no estrenarla porque revelaría demasiada información sobre él. Ese detalle dice mucho sobre

quién era, incluso en el exceso, calculaba. Su nombre empezó a aparecer en los reportes de inteligencia de Estados Unidos antes de que muchos en México supieran quién era. La DEA lo tenía identificado desde tiempo atrás. Sus movimientos, sus contactos, sus rutas. Era uno de esos casos en que las agencias americanas saben más sobre un criminal que opera en suelo mexicano que las propias autoridades mexicanas.

 O al menos eso decían, porque la historia de la Barbie con las autoridades de ambos lados de la frontera no es una historia simple de perseguido y perseguidor. Es una historia mucho más complicada que involucra información compartida, acuerdos no escritos y una relación que desde muy temprano tenía más capas de las que cualquier comunicado oficial estaba dispuesto a reconocer.

 Y esa complejidad, esa doble vida de criminal y de fuente de inteligencia que llevó durante años sería exactamente lo que definiría no solo su captura, sino todo lo que vino después. Porque cuando la Barbie cayó, cayó de una manera que hasta sus propios aliados encontraron sospechosa. Y las circunstancias de esa caída abrieron preguntas que todavía hoy nadie ha respondido del todo.

 Fue capturado el 30 de agosto de 2010 en una casa de campo en los límites del Estado de México y Morelos, cerca del desierto de los Leones en la Ciudad de México. Lo detuvo la policía federal. Lo llamativo no fue la captura en sí, sino cómo ocurrió, sin un solo disparo, sin resistencia, sin el caos que normalmente acompaña a la detención de alguien de su nivel.

 Para un hombre que tenía armada a su alrededor una estructura de seguridad permanente, esa captura fue demasiado limpia. Llegó ante las cámaras de los medios con el uniforme institucional que le pusieron. Tranquilo, sin los moretones ni las marcas físicas que suelen aparecer en estas presentaciones, respondiendo preguntas, admitiendo cosas.

 Demasiado tranquilo para alguien que acababa de ser capturado con toda la maquinaria del estado encima. Y esa calma tenía una razón, una razón que la Barbie ya conocía desde antes de que las esposas se cerraran en sus muñecas. Algo que cambiaría para siempre la naturaleza de su relación con el gobierno de México y con el de Estados Unidos, algo que lo convertiría en un arma de doble filo durante los años que siguieron.

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