la Decencia. Precisamente porque no era la naturalidad de la provocación, sino la naturalidad de quien simplemente no ve el problema. Yo había practicado mucho la pintura, diría años después en una entrevista. Tenía el concepto del desnudo como lo que se ha tenido siempre. Su llegada al mundo del cine no fue planificada con la precisión de quien diseña una carrera desde la adolescencia.
Fue más bien el resultado de ese tipo de accidente productivo que caracteriza las historias de las personas que tienen algo que la cámara quiere capturar. En 1948, siendo todavía muy joven, consiguió un papel secundario en una producción estadounidense que se filmaba en México. La película se llamaba Tarzan and the Mermaids.
Era un papel pequeño, de fondo, el tipo de participación que en los créditos aparece como extra y que en la memoria de quien la protagoniza es principalmente la prueba de que el camino empezó antes de lo que la historia oficial suele registrar. Pero fue suficiente. Fue suficiente para que Ana Luisa Pelufo entendiera que ese era su territorio, que la cámara la buscaba con una insistencia que ella no tenía que forzar y que el cine mexicano, que en esos años vivía el momento más brillante de su historia, tenía espacio para una mujer con su cara y con su
disposición a no pedir permiso para existir. Recuerda esto porque es clave. Ana Luisa Pelufo entró al cine mexicano en el momento exacto en que ese cine era la segunda industria cinematográfica más importante del mundo de habla hispana. Era el México de Pedro Infante y Jorge Negrete y María Félix y Dolores del Río.
El México de Luis Buñuel filmando Los Olvidados. El México de Gabriel Figueroa fotografiando la luz con una precisión que los críticos europeos describían como incomparable. Y en ese universo de grandeza y de exceso y de talento concentrado, Ana Luisa Pelufo fue construyendo su lugar con la metodología específica, de quien sabe que la mejor manera de llamar la atención es hacer algo que nadie más ha hecho.
Debutó en México con la venenosa en 1949. Filmó sin parar durante los años siguientes y en 1955 llegó el momento que la historia del cine mexicano no iba a olvidar. La película se llamaba La fuerza del deseo. El director era Miguel M. Delgado. Y la escena que Ana Luisa Pelufo filmó en esa película, una escena de apenas unos segundos donde aparecía de pie sin ropa, posando para un grupo de estudiantes de arte mientras un profesor la cubría parcialmente con una tela.
Desató el escándalo más grande que el cine mexicano había vivido desde la llegada del sonido. La Liga de la Defencia la llamó impúdica. la tachó de faltar a los principios de la buena moral. Organizó protestas, pidió que la película fuera retirada de los cines y Ana Luisa Pelufo, que había crecido pintando desnudos en Brasil con la tranquilidad de quien estudia anatomía, respondió con una calma que irritó a sus detractores, más que cualquier provocación directa, habría podido irritarlos.
dijo que lo había hecho con respeto y profesionalmente, que para ella era algo natural, que un desnudo con respeto no era un escándalo, sino arte, y siguió filmando. Aquí viene lo que casi nadie veía, porque el escándalo del desnudo de 1955, que desde afuera parecía el momento más peligroso de la carrera de Ana Luisa Pelufo, fue en realidad el momento que la lanzó hacia delante con una fuerza que ninguna película convencional le habría dado.
La liga de la decencia la llamó impúdica. Los productores de Italia la llamaron para filmar. Los de España la llamaron. Los de Inglaterra la llamaron. El escándalo le abrió los mercados que el cine mexicano más ambicioso intentaba conquistar desde hacía años y que ningún actor o actriz del país había podido abrir de esa manera.
Ana Luisa Pelufo, la actriz que la moral conservadora del México de los 50 quería cancelar, se convirtió en la primera figura del cine nacional en tener una carrera europea real y volvió a México más grande de lo que se había ido, con más poder, con más libertad, con la certeza de quien ha aprendido que el escándalo, cuando viene de algo genuino y no calculado, produce exactamente el resultado contrario al que sus promotores esperaban.
Los años que siguieron fueron años de producción intensa y de una vida privada que la prensa cubría con el interés específico que producen las mujeres que no encajan en ninguna de las categorías disponibles. No era la esposa de Bota, no era la estrella inaccesible, no era la víctima romántica, era una mujer que filmaba, que viajaba, que se casaba y se divorciaba con una frecuencia que escandalizaba a los mismos sectores que seguían comprando entradas para sus películas, que vivía con la intensidad de quien ha decidido que la vida es
demasiado corta para pedirle permiso a nadie. Seis matrimonios a lo largo de su vida. El primero con Octavio Arias en 1957, que duró exactamente el mismo año en que empezó porque los horarios de trabajo de los dos hacían imposible la convivencia. Y los que vinieron después, cada uno con su propia historia, cada uno con su propio final, cada uno añadiendo una capa más a la imagen pública de una mujer que el mundo del espectáculo mexicano no sabía del todo cómo clasificar.
Y entonces, en 1965, cuando Ana Luisa Pelufo tenía 35 años y estaba en el punto más alto de su carrera, ocurrió algo que ninguno de sus matrimonios, ninguno de sus escándalos, ninguna de sus películas controvertidas había podido producir. Ocurrió algo que la acompañaría durante 61 años, algo que guardaría en un cajón con recortes de periódico amarillentos, algo que el poder del gobierno mexicano enterró antes de que los tribunales pudieran decir su última palabra.
Algo que empezó con una fiesta en su casa de Cuernavaca un domingo de junio y que terminó con un hombre de 29 años flotando en su alberca con el cráneo fracturado y el hígado estallado. Hay un tipo específico de poder que no necesita amenazar directamente, que no necesita decir en voz alta lo que va a hacer si alguien habla, que simplemente mueve las piezas correctas en los momentos correctos y deja que el silencio haga el trabajo que las palabras habrían hecho de manera demasiado visible.
El poder de los apellidos, que en el México de 1965 todavía pesaban lo suficiente como para hacer que un Ministerio Público fuera cesado, que un jefe de servicios médicos legales fuera cesado y que un expediente comenzara a diluirse en los archivos con la suavidad específica de las cosas que alguien muy poderoso no quiere que permanezcan.
Y ese poder, ese tipo específico de poder invisible y devastador, entró en la vida de Ana Luisa Pelufo el domingo 27 de junio de 1965. No porque ella lo hubiera buscado, no porque tuviera ninguna relación con él, sino porque entre sus invitados esa tarde estaba un hombre cuya esposa llevaba el apellido correcto. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo.
El domingo 27 de junio de 1965 amaneció en Cuernavaca con el calor húmedo de los veranos morelenses, que se instala desde temprano y que no cede hasta bien entrada la noche. La casa que Ana Luisa Pelufo tenía en esa ciudad era el tipo de residencia que una actriz exitosa del cine mexicano de los años 60 podía permitirse cuando la carrera iba bien, grande, con jardín, con alberca, con el espacio suficiente para recibir a amigos, a colegas, a personas del medio que llegaban desde la capital a pasar el fin de semana, lejos del ruido de la Ciudad de México. Cuernavaca era en esa
época lo que había sido durante décadas y lo que seguiría siendo durante décadas más. El lugar donde la gente con dinero y con contactos iba a descansar, a beber, a tener las conversaciones que no podían tenerse en la capital con la misma libertad. El lugar donde la guardia bajaba, donde los apellidos circulaban con menos protocolo, donde las reuniones tenían la informalidad específica de los espacios que están lo suficientemente lejos del centro del poder, como para que la gente se relaje, pero lo suficientemente cerca como para
que el poder siga presente en la sala, aunque nadie lo nombre directamente. Esa tarde llegaron los invitados. No era una fiesta grande en el sentido de las recepciones formales con lista de asistentes y protocolo establecido. Era una reunión, el tipo de reunión que en los círculos del espectáculo mexicano de los años 60 ocurría con frecuencia en las casas de fin de semana de los que tenían casas de fin de semana.
Había invitados, había botellas, había conversaciones dispersas en el jardín. El ambiente era relajado hasta que dejó de serlo. Entre los asistentes estaba un hombre joven. Tenía 29 años. Se hacía llamar Rafael Romero Sánchez, aunque ese no era su nombre real. Su nombre real era Arturo Carl Sánchez.
Trabajaba como periodista. Había sido novillero en otra etapa de su vida, de ahí que en los círculos del espectáculo lo conocieran con esa doble identidad de hombre de prensa y figura menor del mundo taurino. Estaba casado, o más precisamente estaba separado de una mujer que se llamaba Gloria Ávila Richardi. Y ahí en ese nombre, en ese apellido, estaba la primera pieza del rompecabezas que nadie quería armar en voz alta.
Recuerda esto porque es clave. Gloria Ávila Richardi no era cualquier mujer en el México de 1965. Era la hija del general Maximino Ávila Camacho. Era la sobrina del expresidente Manuel Ávila Camacho, que había gobernado México entre 1940 y 1946. El apellido Ávila Camacho era en el México de esa época a uno de esos apellidos que no necesitan presentación porque su peso específico dentro del sistema político priista era conocido por todos los que se movían en los círculos donde ese tipo de cosas importan. No era el presidente en
funciones, no era el poder del momento, pero era el tipo de apellido que en el México del partido único, del sistema prista que gobernaba sin interrupción desde hacía décadas, seguía teniendo las palancas correctas en los lugares correctos. El tipo de apellido que cuando algo amenaza a la familia activa una red de contactos que funciona con la eficiencia de los mecanismos bien engrasados.
El tipo de apellido que hace que los ministerios públicos sean cesados y que los expedientes comiencen a diluirse sin que nadie tenga que dar ninguna orden explícita. Rafael Romero Sánchez, separado de Gloria Ávila Richardi, llegó a la casa de Ana Luisa Pelufo en Cuernavaca esa tarde de junio con otros colegas para lo que algunos describieron como cuestiones laborales y otros describieron simplemente como una visita social.
Las versiones sobre lo que ocurrió exactamente durante las horas previas al momento en que su cuerpo fue sacado de la alberca, nunca hubo un relato consensuado de los hechos que todos los presentes confirmaran. Lo que sí está documentado, lo que sí aparece en los registros de la prensa de la época es la secuencia de lo que ocurrió después de que alguien notó que Rafael se había alejado del grupo.
Alguien lo vio dirigirse hacia la alberca. Minutos después, su cuerpo fue encontrado en el agua. ya no respondía. Se intentó la respiración artificial, se llamó a un médico particular, más tarde a los bomberos, más tarde a la Cruz Roja, demasiado tarde para todo. La primera versión que circuló fue la versión del accidente.
El periodista se había excedido en su forma de beber, había caído a la alberca y se había ahogado. Era una explicación limpia. Era el tipo de explicación que en el México de 1965, cuando la prensa de espectáculos y la prensa policiaca convivían con la prensa política, en un ecosistema donde los límites entre información y conveniencia eran permanentemente negociables.
Podría haber cerrado el caso sin mayores consecuencias, pero había un problema con esa versión, un problema que los médicos legistas documentaron con la precisión fría de quienes hacen su trabajo independientemente de las consecuencias de lo que encuentran. El cuerpo de Rafael Romero Sánchez no tenía las marcas de quien se ahoga, tenía las marcas de quien recibe golpes.
La autopsia fue devastadora en sus conclusiones. Fractura de cráneo, herida profunda en la región parietal, estallamiento de hígado y bíseras, múltiples escoriaciones, lesiones que los forenses describieron con una frase que quedó registrada en los documentos que sobrevivieron al proceso de dilusión del expediente y que es imposible interpretar de otra manera.
Lesiones incompatibles con un accidente acuático. Un hombre no se fractura el cráneo al caer a una alberca de la manera en que el cráneo de Rafael Romero Sánchez estaba fracturado. Un hombre no tiene el hígado estallado por un ahogamiento. Un hombre no presenta el patrón de lesiones que los médicos legistas describieron si lo que ocurrió fue simplemente que bebió demasiado y cayó al agua.
Lo que el cuerpo de Rafael Romero Sánchez contaba era otra historia, una historia de violencia física, una historia de golpes recibidos antes de entrar al agua, una historia que el parte médico forense documentó con la objetividad específica de los documentos que se convierten en evidencia cuando alguien decide usarlos como tal.
Aquí viene lo que casi nadie veía, porque el periodista Jorge Herrera del diario La Prensa, que llegó a la escena esa misma noche del 27 de junio, no vio lo que la versión oficial quería que viera. Vio otra cosa. Vio una escena que describió en su crónica con el detalle específico de quien sabe que está documentando algo que alguien va a intentar borrar.
Vio sillas rotas, vio botellas rotas, vio los signos físicos de lo que en el lenguaje periodístico de la nota roja se llamaba señales de violencia. y que en términos más directos significaba que algo había ocurrido en esa propiedad que no era compatible con una tarde tranquila que terminó en un accidente. La escena que Jorge Herrera describió en la prensa no era la escena de una casa donde un invitado había bebido demasiado y había tenido un accidente desafortunado.
Era la escena de un lugar donde algo se había salido de control de una manera que el orden doméstico no había podido contener. padre de Ana Luisa Pelufo, Manuel Tránsito Pelufo, salió a dar declaraciones. Dijo que no había habido ninguna pelea en el domicilio, que Rafael Romero Sánchez probablemente había sufrido un accidente mientras nadaba debido a su condición en ese momento.
Las lesiones, dijo, pudieron producirse durante los intentos desesperados por salvarle la vida. Era una explicación. Era la explicación que la familia de Ana Luisa necesitaba que el mundo creyera. Y en otro contexto, en una historia protagonizada por personas sin los apellidos correctos ni los contactos correctos, esa explicación podría haber encontrado resistencia, podría haber habido una investigación más persistente, podría haber habido un proceso judicial que llegara a alguna conclusión, pero Rafael Romero Sánchez no era un periodista cualquiera muerto
en la casa de una actriz cualquiera. Era el esposo separado de Gloria Ávila Richardi. Y Gloria Ávila Richard era familia de los Ávila Camacho y los Ávila Camacho tenían las palancas. Lo que ocurrió a continuación con la investigación es uno de los episodios más documentados de encubrimiento institucional en la historia del México priista del siglo XX, aunque su documentación esté dispersa en archivos periodísticos y expedientes parciales en lugar de en sentencias judiciales que nunca llegaron, el Ministerio Público
que había sostenido la tesis del crimen, el funcionario que había tomado las conclusiones de la autopsia y las había convertido en la base de una investigación por homicidio fue cesado, removido. de su cargo, sin explicación pública, sin proceso disciplinario formal, simplemente cesado. El jefe de los servicios médicos legales que había dictaminado muerte por golpes, el profesional de la medicina forense, cuyo trabajo había producido el documento más comprometedor de todos, el parte que describía las lesiones incompatibles con
el ahogamiento fue también cesado, también removido, también sin explicación formal. Las versiones comenzaron a suavizarse. La tesis del accidente recuperó terreno. El expediente comenzó a diluirse en los archivos con la lentitud específica de los documentos que nadie está procesando activamente, pero que tampoco nadie está resolviendo.
Y Ana Luisa Pelufo, que no fue acusada formalmente en ningún momento del proceso, que nunca fue llamada a declarar ante un juez que nunca tuvo que enfrentar ningún cargo, porque el proceso que habría llevado a esos cargos fue desmantelado pieza a pieza. Antes de llegar a ninguna conclusión, quedó atrapada en el único tipo de condena que el sistema que la protegió no pudo evitar, la condena del rumor permanente.
La condena de ser la persona cuyo nombre aparece inevitablemente asociado a un caso que nunca se cerró, la condena de cargar durante 61 años con la pregunta que nadie le hizo oficialmente, pero que todos se hacían en privado. Recuerda esto porque es clave. Ana Luisa Pelufo no fue condenada por ningún tribunal. No hubo sentencia, no hubo proceso, no hubo ni siquiera una acusación formal que ella tuviera que refutar públicamente.
Lo que hubo fue algo más difícil de manejar que una condena formal. Lo que hubo fue el silencio. El silencio del expediente que se diluyó. El silencio de los funcionarios que fueron cesados y que no volvieron a hablar del tema, el silencio de la prensa que cubrió el caso durante unos días y que después dejó de cubrirlo cuando quedó claro que la cobertura no iba a ningún lado, porque la investigación no iba a ningún lado, y el silencio de Ana Luisa Pelufo, que durante 61 años nunca dio una sola entrevista donde hablara de lo que había
ocurrido en su casa de Cuernavaca el 27 de junio de 1965, con la claridad que el caso requería. Nunca lo negó con la contundencia de quien no tiene nada que ocultar. Nunca lo explicó con el detalle de quien quiere que la verdad salga a la luz. Guardó ese silencio específico e incómodo de quien carga algo que no puede soltar, pero que tampoco puede mostrar.
Lo que sí hizo Ana Luisa Pelufo en los años que siguieron a junio de 1965 fue seguir trabajando. Siguió filmando, siguió apareciendo en proyectos, siguió siendo la actriz que había sido antes de esa noche en Cuernavaca. Y en esa continuidad, en esa capacidad de seguir como si nada hubiera terminado de manera definitiva, había algo que los observadores de su carrera describían con palabras distintas.
Algunos decían que era fortaleza, otros decían que era negación. Otros, los más cínicos, decían que era simplemente la lógica de alguien que sabe que el sistema la protegió y que la única manera de honrar esa protección es no llamar la atención innecesariamente, no hablar del tema, no provocar. no hacer nada que pudiera reactivar un expediente que alguien con mucho más poder que ella se había tomado el trabajo de enterrar.
La carrera de Ana Luisa Pelufo en los años 70 tomó un giro que en otro contexto habría sido simplemente la evolución natural de una actriz que envejece y que busca nuevos territorios. Pero en el contexto de lo que había ocurrido en 1965, ese giro tenía una dimensión adicional que es difícil ignorar. Pelufo empezó a hacer cine de ficheras, ese subgénero de comedia erótica popular que dominó las taquillas mexicanas durante la segunda mitad de los años 70 y la primera mitad de los 80.
Era un género que algunos veían como una degradación de la carrera de una actriz que había filmado en Europa y que había ganado diosas de plata. Pero Ana Luisa Pelufo lo vivió de otra manera. lo vivió como una continuación de lo que siempre había sido, como la actriz que no pedía permiso, que filmaba lo que quería filmar, que no organizaba su carrera alrededor de la respetabilidad, sino alrededor de la libertad, y que si el mundo del espectáculo mexicano tenía una categoría para ella, esa categoría era irrelevante mientras siguiera llenando
salas. Pero el escándalo de Cuernavaca nunca desapareció del todo. Vivía en los archivos de la prensa, vivía en los recuerdos de los periodistas de la nota roja que habían cubierto el caso en tiempo real. vivía en las conversaciones privadas del medio artístico, donde la historia circulaba con la precisión de los rumores que tienen suficientes detalles verificables como para que nadie pueda descartarlos del todo.
Y en 1967, 2 años después del incidente, el programa de televisión El Cokeba de Gala TV dedicó un segmento a lo que llamó los escabrosos detalles detrás de una muerte alrededor de Ana Luisa Pelufo. El caso había sobrevivido el proceso de dilución institucional. Había sobrevivido el cese de los funcionarios, había sobrevivido el suavizamiento de las versiones y seguía vivo en la memoria colectiva del mundo del espectáculo mexicano con la vitalidad específica de las historias que no tienen final porque nadie les dio
uno. Ana Luisa Pelufo habló de muchas cosas a lo largo de su vida pública. habló del desnudo de 1955 con la serenidad de quien ha tenido décadas para procesar que lo que escandalizó a la Liga de la Decencia terminó siendo el acto más valiente de su carrera. habló de sus matrimonios con la franqueza de quien no tiene interés en construir una narrativa romántica sobre sus propias decisiones.
Habló de su fe religiosa, de los principios que decía haber heredado de su abuelo defensor del clero con la aparente contradicción de alguien que fue pionera del escándalo y también trabajó para el Opus Day en producciones de cine cristiano. Habló en una entrevista de sus últimos años con las palabras que quedaron como su último mensaje público al mundo.
dijo que estaba serena y a gusto, que todos en algún momento tenemos que desaparecer y hay que tomarlo con calma y sin hacer tantos dramas. Que no le tenía miedo a la muerte porque había vivido como había querido. Pero sobre lo que ocurrió en su casa de Cuernavaca el 27 de junio de 1965, Ana Luisa Pelufo guardó siempre el mismo silencio.
El silencio de los recortes amarillentos guardados en un cajón. el silencio que su familia encontró materializado en papel de periódico viejo tres días después de que su corazón se detuvo en el rancho de Tepatitlán. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque el silencio de Ana Luisa Pelufo no fue solo el silencio de alguien que quiere protegerse, fue también el silencio de alguien que entendió muy rápidamente en los días que siguieron al 27 de junio de 1965, lo que le había pasado al expediente y por qué le había pasado. Lo que entendió
fue algo que muchas personas en el México prista de los años 60 entendían, pero que muy pocas nombraban directamente, que hay apellidos que pesan más que las autopsias, que hay familias cuyo poder es suficiente para hacer que los médicos forenses sean cesados y que los expedientes se disuelvan en los archivos.
que el sistema que la había protegido a ella, que había hecho que ninguna acusación formal llegara nunca a ningún tribunal, era el mismo sistema que había enterrado la verdad sobre lo que había ocurrido en su alberca y que vivir con esa protección tenía un precio. El precio era el silencio. El precio era cargar durante 61 años con algo que no podía contar completamente, porque contarlo completamente significaba desenterrar exactamente lo que los Ávila Camacho habían enterrado.
Y nadie en el México de aquellos años, ni en el México de los que siguieron, desenterraba impunemente lo que esa familia había decidido enterrar. Los años pasaron sobre Ana Luisa Pelufo con la velocidad específica de las décadas que se viven con intensidad. Los 70 llegaron con el cine de ficheras y con la libertad de un género que no le pedía explicaciones a nadie.
Los 80 llegaron con la televisión y con las telenovelas que le dieron una segunda audiencia más joven que la conocía no como la actriz del primer desnudo del cine mexicano, sino simplemente como Ana Luisa, esa señora que actuaba con una naturalidad que las demás no tenían. Los 90 llegaron con los homenajes, con los premios de trayectoria, con el tipo de reconocimiento que las instituciones del espectáculo mexicano distribuyen cuando una figura ha sobrevivido suficiente tiempo como para que sea más fácil celebrarla que ignorarla. Y en cada uno
de esos periodos, en cada una de esas décadas, el caso de Cuernavaca seguía viviendo en los archivos de la prensa y en la memoria de los periodistas de la nota roja con la persistencia de las historias que no tienen final. Ana Luisa Pelufo aprendió con los años a vivir con esa sombra de una manera que los observadores de su carrera describían con admiración, aunque no siempre entendían del todo.
No era la negación activa de quien dice que algo no ocurrió con una vehemencia que revela exactamente lo contrario. No era la indiferencia calculada de quién actúa como si el tema no existiera, porque sabe que si lo toca se quema. Era algo más complejo y más honesto que cualquiera de esas dos estrategias. Era la convivencia.
La convivencia de alguien que ha aprendido que hay cosas que no se resuelven y que la única manera de seguir viviendo con ellas es integrarlas en lugar de ignorarlas. Los recortes en el cajón eran la evidencia material de esa convivencia. Alguien que quiere olvidar no guarda los recortes. Alguien que quiere olvidar los quema, los tira, los destruye.
Alguien que los guarda durante 61 años está haciendo otra cosa. Está manteniendo vivo algo que no quiere que muera del todo. Está preservando la evidencia de una historia que el mundo decidió no contar, pero que ella no estaba dispuesta a dejar desaparecer completamente. Recuerda esto porque es clave. El mito de que el cuerpo de Ana Luisa Pelufo inspiró la estatua de la Diana cazadora en el Paseo de la Reforma es exactamente eso.
Un mito. En 1992, el libro El secreto de la Diana cazadora documentó que la modelo real de la escultura fue Elvia Martínez Bedalles, quien posó para el escultor Juan Fernando Olaguíbel en 1942, 7 años antes de que Ana Luisa Pelufo debutara en el cine. Pero el mito persistió durante décadas porque decía algo verdadero, aunque los hechos específicos fuera incorrectos.
Decía que Ana Luisa Pelufo era el tipo de mujer que el imaginario colectivo mexicano asociaba con esa figura, la cazadora, la que va primero, la que no espera permiso, la que lanza la flecha antes de que el mundo decida si es apropiado lanzarla. Y ese retrato, aunque construido sobre una confusión histórica, capturaba algo real sobre quién era esa mujer.
Algo que los 61 años de silencio sobre Cuernavaca no contradecían, sino que paradójicamente confirmaban porque guardar ese silencio durante ese tiempo, cargar ese peso durante esas décadas, sin quebrarse, sin hablar de más, sin hacer nada que pudiera reactivar lo que había sido enterrado, requería exactamente el tipo de fortaleza que la imagen de la cazadora representaba.
La última aparición pública de Ana Luisa Pelufo en una producción de ficción fue en la serie El mariachi en 1914. Después de eso, las apariciones se volvieron esporádicas y eventualmente cesaron. No con un anuncio formal de retiro, no con una última entrevista de despedida, simplemente con la lógica natural de alguien que ha llegado a la novena década de su vida y que empieza a organizar el tiempo que queda de acuerdo con sus propias prioridades, en lugar de las prioridades de la industria.
Su hijo Martín Luis, el único hijo que tuvo en sus seis matrimonios, se convirtió en los últimos años en su compañía principal. El rancho de Tepatitlán de Morelos, Jalisco, se convirtió en el territorio final no porque fuera un retiro derrotado, sino porque era el lugar que ella había elegido, el lugar donde la vida tenía la textura que a esa altura de la existencia resulta más valiosa que cualquier set de filmación o cualquier alfombra de premiación.
La quietud, la tierra, el tiempo sin protocolo. Aquí viene lo que casi nadie veía porque en los últimos años de vida de Ana Luisa Pelufo, en esas últimas décadas que transcurrieron entre el Rancho de Jalisco y las visitas ocasionales a la Ciudad de México para algún homenaje o alguna entrevista, hubo algo que las personas que la conocieron de cerca describían con una consistencia que llama la atención.
describían a una mujer en paz, no la paz de quien ha resuelto todas sus cuentas pendientes, porque algunas de esas cuentas nunca se resuelven del todo, sino la paz de quien ha decidido que el resto de la vida no va a organizarse alrededor de lo que quedó sin resolver, sino alrededor de lo que todavía está bien.
Y en el rancho de Tepatitlán, en esa tierra de Jalisco que olía a tierra mojada cuando llovía y a polvo seco cuando no, lo que estaba bien era suficiente. era más que suficiente para una mujer que había vivido lo que había vivido. La muerte de Rafael Romero Sánchez nunca fue oficialmente resuelta. El expediente que comenzó a diluirse en los archivos judiciales del Estado de Morelos en el verano de 1965 siguió diluido durante las décadas siguientes.
Los funcionarios que fueron cesados, el Ministerio Público y el jefe de servicios médicos legales no dejaron testimonios públicos sobre las razones de su CSE. La familia Ávila Camacho, cuyos apellidos habían pesado suficiente como para desmantelar una investigación de homicidio en México, siguió siendo lo que había sido.
Una familia política del prismo histórico cuyos miembros fueron teniendo distintos destinos a lo largo de los años, sin que ninguno de ellos tuviera que responder públicamente por lo que había ocurrido aquel domingo de junio en Cuernavaca. Y Ana Luisa Pelufo, la única persona viva que había estado presente esa tarde y que había cargado durante más de seis décadas.
Con el peso de lo que ocurrió, murió el 4 de marzo de 2026 en el rancho de Tepatitlán, sin haber dado nunca la declaración completa que el caso había esperado durante todos esos años. Pero hay una cosa que sí ocurrió, una cosa que, vista con la perspectiva de los 61 años que pasaron entre la muerte de Rafael Romero Sánchez y la muerte de Ana Luisa Pelufo, tiene el peso específico de los gestos que dicen más de lo que parecen decir.
Los recortes en el cajón, ese archivo personal y silencioso que su familia encontró en su habitación después de que su corazón se detuvo. Recortes del diario La Prensa, fechados el 27 de junio de 1965, guardados durante 61 años, no destruidos, no tirados, no quemados en uno de esos gestos de limpieza final que las personas hacen cuando quieren asegurarse de que ciertas cosas no sobrevivan al que las guarda.
con la deliberación de quien ha decidido que ese papel amarillento, ese rastro físico de lo que la prensa alcanzó a documentar antes de que el sistema cerrara el caso tiene que existir. Tiene que estar en algún lugar, tiene que sobrevivir aunque sea en un cajón que nadie abre mientras la dueña está viva. Ese gesto, esa decisión de guardar en lugar de destruir es la única declaración que Ana Luisa Pelufo hizo sobre el caso de Cuernavaca en 61 años.
No en palabras, en papel, en el acto de conservar. Y si se lee ese gesto con la atención que merece, si se le da el peso que tiene el hecho de que una mujer de 96 años muriera con esos recortes en un cajón de su habitación, lo que dice es algo que ninguna entrevista habría podido decir con la misma fuerza. dice que lo que ocurrió ese domingo de junio importaba, que la verdad de lo que ocurrió ese domingo de junio importaba, que aunque el sistema hubiera decidido que esa verdad no merecía un proceso judicial completo, aunque los apellidos
correctos hubieran pesado más que la autopsia, aunque el expediente se hubiera disuelto en los archivos con la suavidad de las cosas que alguien poderoso no quiere que permanezcan, la verdad seguía ahí en papel de periódico amarillento en un cajón, esperando a que alguien la encontr Ara la prensa mexicana, cuando cubrió la muerte de Ana Luisa Pelufo el 4 de marzo de 2026, recuperó el caso de Cuernavaca con la intensidad que produce la muerte de alguien que llevaba décadas siendo la única persona viva con acceso a la
verdad completa. Infobae, El Heraldo de México, Univisión, TVE notas, la crónica. Todos retomaron el expediente, todos reconstruyeron la historia, todos nombraron al Rafael Romero Sánchez con el cráneo fracturado y el hígado estallado en la alberca de Cuernavaca. Y todos, de una manera u otra, terminaron en el mismo lugar, en la misma ausencia de respuesta definitiva, porque la respuesta definitiva se había ido con ella.
Hay un retrato de Ana Luisa Pelufo que circuló en las redes sociales en los días posteriores a su muerte y que dice en una sola imagen lo que este vídeo ha intentado decir en palabras. Es una fotografía de sus últimos años, no de los años del esplendor, no la imagen de la actriz joven con los ojos grandes y la seguridad de quien sabe que la cámara la busca.
Es una fotografía de la vejez de una mujer mayor en un rancho de Jalisco sonriendo con la sonrisa específica de las personas que han llegado al final de una vida larga y que ya no tienen nada que demostrarle a nadie. Esa sonrisa no es la sonrisa de alguien que ha resuelto todo. Es la sonrisa de alguien que ha decidido que lo que no se puede resolver no va a impedirle sonreír, que hay una diferencia entre vivir con las preguntas sin respuesta y ser destruida por ellas.
Y que esa diferencia, esa capacidad de cargar algo sin que lo que cargas te defina completamente es quizás la forma más difícil y más necesaria de la fortaleza humana. ¿Qué queda de Ana Luisa Pelufo hoy? Quedan 200 películas en los archivos de la cinéteteca. Quedan los recortes de la prensa que su familia encontró en el cajón de su habitación.
Queda la escena de la fuerza del deseo de 1955 que escandalizó a la Liga de la Decencia y que abrió los mercados europeos para el cine mexicano. Queda el expediente que comenzó a diluirse en los archivos judiciales de Morelos en el verano de 1965 y que sigue sin una resolución definitiva hasta el día de hoy.
Y queda una pregunta. La pregunta que la historia de Ana Luisa Pelufo deja flotando con la claridad brutal de las preguntas que no tienen respuesta cómoda. ¿Cuánto pesa un apellido en México? ¿Cuánto pesa el apellido Ávila Camacho comparado con el parte médico forense que dice fractura de cráneo, estallamiento de hígado, lesiones incompatibles con un ahogamiento? ¿Cuánto pesa el poder político heredado comparado con la firma de un Ministerio Público que ha construido una tesis de homicidio sobre documentos forenses sólidos? La historia de Cuernavaca dice
que pesa más, que siempre pesó más, que en el México de 1965 y probablemente en el México de muchos años después, había apellidos que pesaban más que las autopsias y más que los expedientes, y más que la verdad de lo que le había pasado a un hombre de 29 años en una alberca en una tarde de junio.
y Ana Luisa Pelufo, que no eligió que ese hombre llegara a su casa con ese apellido político en su árbol genealógico. Pagó el precio de esa ecuación durante 61 años. Pagó el precio de haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado con las personas equivocadas. pagó el precio de que el sistema que la protegió de una acusación formal también la condenó a un silencio que nunca pidió, pero que no tuvo más opción que cumplir.
Y murió en Tepatitlán de Morelos el 4 de marzo de 2026 con los recortes en el cajón y la sonrisa de quien ha vivido como ha querido y ha cargado lo que tenía que cargar y ha llegado al final con suficiente integridad como para no haber destruido lo único que quedaba de la verdad. Esos papeles amarillentos, esa prueba de que algo ocurrió, de que alguien murió, de que el expediente se diluyó, de que los funcionarios fueron cesados, de que el apellido pesó más que la autopsia y de que ella, Ana Luisa Pelufo, lo sabía, lo supo durante 61
años y lo guardó. M. Yeah.