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A los 71 años, El Tigre Azcárraga finalmente admite lo que sospechábamos de su dictadura

A los 71 años, El Tigre Azcárraga finalmente admite lo que sospechábamos de su dictadura

Abril de 1997. Frente a las costas de Miami,  el Ecoun superyate multimillonario, flota sobre un océano sepulcral. En la penumbra de una suite de seda, el hombre que moldeó la mente y la realidad de 90 millones de mexicanos  exhala su último aliento. El cáncer de páncreas lo devora hasta los huesos.

 Pocos saben que en esa habitación blindada no hubo un milagro de televisión. Ningún final feliz, como en sus famosas telenovelas, solo el frío  pitido de un respirador artificial y la mirada depredadora de los herederos acechando  el trono. ¿De qué sirve ser el dueño absoluto de la realidad de un país entero si terminas muriendo como un prisionero asfixiado en tu  propio yate de oro? México.

 Mitad del siglo XX. En los pasillos de mármol de la alta sociedad del aire pesa. Hay una sombra gigantesca que lo cubre  absolutamente todo. Es la silueta de don Emilio Azcárraga Vidaurreta, el patriarca  inalcanzable, el pionero absoluto de la radiodifusión mexicana. Bajo esa figura titánica,  aplastado por el peso de un apellido ilustre, camina un muchacho que se siente minúsculo.

 Emilio  Azcárraga Milmo. La psiquiatría clínica define el trauma de rechazo paternal  como una herida que jamás cicatriza. Visualicen la escena en ese despacho blindado.  El padre sentado detrás de un inmenso escritorio de Caoba observa a su hijo de arriba hacia abajo. Sus ojos no transmiten orgullo  ni afecto.

Transmiten un profundo y cortante desprecio. Para el viejo lobo de los negocios, Emilio no era un digno heredero. Era un simple  playboy, un joven frívolo mediocre que solo servía para malgastar fortunas en fiestas y autos europeos. La palabra inútil  nunca necesitaba ser pronunciada en voz alta.

 Flotaba en el ambiente helado  cada vez que ambos compartían habitación. Esa mirada de asco fue el cincel que esculpió  al monstruo. Los manuales de comportamiento humano dictan que un niño crónicamente rechazado tiene dos  opciones. Se rinde o se convierte en un depredador implacable. Azcárraga Milmo eligió la segunda.

 Aquí presenciamos el sangriento nacimiento de una bestia corporativa. El origen del temido tigre. Esta ferocidad, esta  crueldad ejecutiva que aterrorizaría a todo el continente no era genética, era un escudo  psicológico, un enorme mecanismo de defensa impulsado por un síndrome de inferioridad crónico y una necesidad enfermiza de validación.

 Él necesitaba destruir cualquier rastro del muchacho débil que su padre tanto repudiaba. Forjó una armadura de soberbia,  ira y autoritarismo. La violencia corporativa se convirtió en su idioma principal porque era  el único idioma que el mundo de su padre respetaba.

 Cada estación de televisión que devoraba  brutalmente, cada rival comercial que aplastaba hasta reducirlo a cenizas, cada monopolio que  aseguraba con puño de hierro. Todo ese imperio multimillonario jamás se trató de simple  codicia. El dinero no era el verdadero objetivo detrás del implacable tigre que devoraba a sus enemigos, quién consolaba  al niño.

 Eternamente aterrorizado por la mirada de desprecio de su propio padre. El inmenso monstruo mediático llamado Televisa fue construido sobre los cimientos de una hemorragia emocional. Fue la rabieta  más cara oscura y colosal de la historia de México. Un grito desesperado y silencioso que Emilio lanzaría al universo durante  décadas.

 Un mensaje dirigido exclusivamente al fantasma de un padre muerto  rogando en la penumbra por una sola cosa. Mírame. Observa lo que he aplastado. Ya soy lo suficientemente bueno para ti. Años 80  y 90. El tigre ha desatado toda su furia depredadora. Televisa deja de ser una simple empresa para mutar en un monopolio asfixiante y colosal,  un imperio corporativo que secuestra el 90% de la Audiencia Nacional.

 Visualicen el inmenso centro de operaciones  en San Ángel. Miles de monitores parpadeando incesantemente, dictando la única verdad permitida. Azcárraga  Milmo se erige como el arquitecto supremo de la realidad. Él fabrica superestrellas de plástico en sus laboratorios  de telenovelas y destruye carreras enteras con el simple chasquido de  sus dedos.

Los noticieros son moldeados quirúrgicamente bajo su estricta supervisión. La televisión mexicana bajo su mando se convierte en un narcótico visual altamente adictivo, un opio electrónico  inyectado directamente en las venas de 90 millones de ciudadanos para anestesiar su dolor. Su poder es tan  titánico que incluso la presidencia de la República le teme.

 Se declara públicamente  con un cinismo brutal como un soldado del PRI, el partido hegemónico sella un pacto oscuro con el gobierno. manipula a las masas y protege al régimen a cambio de una impunidad monopólica absoluta. Es el emperador indiscutible del tiempo libre, pero las implacables leyes de la física del poder dictan una sentencia inquebrantable.

 Mientras más brillante y segadora es la luz en la cima más negra, espesa y venenosa, es la sombra que devora tu espalda.  El éxito financiero descomunal engendró un veneno neurológico severo, un cuadro clínico de megalomanía patológica. Azcárraga Milmo  cruzó la delgada línea y comenzó a convencerse a sí mismo de que era un dios intocable,  el creador omnipotente del país.

 Sin embargo, la psiquiatría forense nos revela el horror  oculto detrás de esta máscara de arrogancia divina, una prisión emocional terrorífica. Imaginen al  tigre en su inmenso despacho de lujo, cientos de metros cuadrados de opulencia desmedida. Está sentado solo,  rodeado por un enjambre de altos ejecutivos sudorosos, hombres de traje que asienten aterrorizados a cada una de sus órdenes bajando la mirada.

 Al contemplar esos rostros pálidos, la tragedia lo golpea. Él sabe perfectamente que no tiene un solo amigo real en el planeta. La lealtad no existe en su entorno. Solo existe el pavor a ser aplastado  por sus garras. Él construyó su monopolio sembrando pánico masivo porque en su mente fracturada  por el rechazo de su padre, jamás aprendió el idioma del afecto humano.

 Estaba convencido de que si no infundía un terror paralizante, el mundo, lo volvería a lastimar y pisotear. El gran rey Midas de la comunicación,  el hombre que lograba conectar a un país entero a través de sus pantallas, era  paradójicamente la criatura más patéticamente aislada e incomunicada de todo el continente.

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