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¿Y si uno de los mayores misterios de la fe cristiana estuvo a punto de destruir la Iglesia para siempre? VL

¿Y si uno de los mayores misterios de la fe cristiana estuvo a punto de destruir la Iglesia para siempre?

En el siglo IIV, una sola pregunta casi destruyó a la Iglesia cristiana. No una invasión, no una persecución del Imperio Romano, no una herejía menor que afectara a una comunidad pequeña en un rincón del mundo conocido. Una pregunta teológica que dividió a obispos, a emperadores, a ciudades enteras y que generó una crisis tan profunda que los contemporáneos que la vivieron dijeron que era el fin de todo lo que la Iglesia había construido durante tres siglos.

 La pregunta era esta, ¿es realmente Dios o es simplemente el ser más perfecto y más cercano a Dios que jamás ha existido, pero que no es exactamente igual al Padre? Parece una pregunta técnica. Parece el tipo de debate que solo interesa a teólogos en sus torres de marfil. Pero en el siglo IIV no fue eso.

 Fue una guerra. una guerra con exilios, con violencia, con emperadores que tomaron partido, con obispos que se excomulgaban mutuamente, con comunidades que se partían en dos según lo que creían sobre esa pregunta. Y en el centro de esa guerra estaba el misterio más grande del cristianismo, la santísima trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas.

 Una doctrina que hoy se enseña en el catecismo como si fuera evidente y que, sin embargo, casi costó la existencia de la Iglesia antes de quedar formulada definitivamente. Hoy vas a conocer esa historia, la historia de cómo la doctrina de la Trinidad fue forjada en el conflicto más brutal de la historia de la Iglesia primitiva. Y cuando termines, vas a entender por qué ese misterio que parece abstracto, es en realidad la afirmación más radical y más necesaria que el cristianismo ha hecho sobre la naturaleza de Dios.

Si te gustan este tipo de historias de crisis que casi destruyen lo que más importa y que en el proceso definen quiénes somos, suscríbete ahora. Cada semana contamos una historia como esta. Para entender la crisis del siglo IIV, tienes que entender primero el contexto en que ocurrió, porque sin ese contexto, la magnitud de lo que estuvo en juego es imposible de apreciar.

 El año 313, el emperador Constantino firmó el edicto de Milán por primera vez en la historia del Imperio Romano. El cristianismo era legal. Las persecuciones que habían costado la vida de miles de creyentes durante dos siglos y medio terminaban. Los cristianos podían practicar su fe abiertamente. Las iglesias que habían sido confiscadas eran devueltas.

 El imperio que había intentado destruir al cristianismo durante generaciones, se convertía en su protector. Era el momento que generaciones de creyentes habían esperado, el final de la oscuridad, el comienzo de algo nuevo. Y fue exactamente en ese momento cuando el peligro exterior desapareció, cuando el peligro interior emergió con una intensidad que nadie había anticipado.

En Alejandría, la ciudad más intelectualmente activa del mundo mediterráneo, un sacerdote llamado Arrio comenzó a predicar algo que parecía sensato a muchos y que escandalizaba a otros. Arrio decía que Jesús era el hijo de Dios, pero que había habido un momento en que no existía, que Dios el Padre era eterno y sin origen, pero que el Hijo, aunque era la primera y más perfecta de las criaturas, era una criatura.

 había sido creado, había tenido un comienzo. La frase que resumía su posición era simple y memorable. Hubo un tiempo en que el hijo no era. Esa frase parece un tecnicismo teológico, pero sus implicaciones eran enormes. Si el hijo no era eterno, si había habido un tiempo en que no existía, entonces el hijo no era plenamente Dios.

 en el mismo sentido en que el Padre era Dios, era algo intermedio, algo entre Dios y la creación, el ser más elevado de todos, sí, pero no igual al Padre. Y si eso era verdad, entonces la salvación que el cristianismo prometía tenía un problema fundamental, porque si Jesús no era plenamente Dios, podía su muerte en la cruz tener el valor infinito que la teología cristiana le atribuía.

 Podía un ser creado, aunque fuera el más perfecto de todos los seres creados, cargar con el peso de toda la humanidad y rescatarla. Esas eran las preguntas que estaban en juego, no abstracciones teológicas. La validez entera del mensaje cristiano dependía de cómo se respondieran. El obispo de Alejandría, Alejandro, convocó un sínodo local y condenó las enseñanzas de Harrio.

 Arricomulgado de Alejandría, pero no se fue en silencio. Tenía amigos. Tenía aliados entre los obispos más importantes del imperio y con esos aliados comenzó a predicar sus ideas en otras ciudades con un éxito que escandalizó a quienes pensaban que el problema había sido resuelto con la excomunión local. La controversia creció y creció tan rápido y tan intensamente que llegó al oído del propio Constantino.

 Constantino acababa de unificar el imperio después de décadas de guerras civiles. Lo último que necesitaba era una división religiosa que amenazara con la misma violencia que acababa de terminar. Intentó primero mediar por carta, pidiendo a ambas partes que se calmaran y que resolvieran sus diferencias como hombres sabios. Las cartas no funcionaron.

 Y entonces convocó el concilio de Nicea, el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia, celebrado en el año 325 en Nicea, una ciudad de Asia Menor, fue el intento más ambicioso de resolver la crisis de la Trinidad. Obispos de todo el imperio, muchos de ellos todavía con las cicatrices de las persecuciones recientes, viajaron para sentarse juntos y debatir la naturaleza de Dios.

 La escena es extraordinaria si se piensa en lo que significa. Hombres que habían sobrevivido a cárceles y torturas y condenas a las minas por negarse a renunciar a su fe, sentados en una sala de palacio bajo la protección del mismo imperio que los había perseguido, debatiendo si Jesucristo era de la misma sustancia que el Padre o de una sustancia similar.

El debate fue feroz. Arrio presentó su posición. Sus opositores presentaron la suya y en el centro del debate emergió una figura que se convertiría en el defensor más implacable de la doctrina trinitaria, Atanasio de Alejandría. Atanasio era joven, demasiado joven, pensaban algunos, para el rol que estaba asumiendo.

Era diácono, no obispo y técnicamente no tenía derecho a voto en el concilio. Pero su claridad intelectual y su disposición a decir lo que pensaba, independientemente de las consecuencias, lo hicieron central en el debate. Atanasio argumentó con una precisión que los siglos posteriores han admirado. Si el Hijo no es de la misma naturaleza que el Padre, dijo en esencia, entonces no puede salvarnos.

Solo Dios puede salvar. Y si Jesús no es Dios en el sentido pleno de la palabra, entonces la salvación que el evangelio proclama es una ilusión. El concilio adoptó la posición de Atanasio. Formuló el credo que hoy conocemos como el credo niseno, que afirma que el hijo es consustancial al padre de la misma sustancia, no creado, sino engendrado.

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