Mateo lo escribió con una sobriedad que no hace sino aumentar su peso. En el momento en que Jesús exhaló su último aliento en la cruz, las tumbas se abrieron. No una tumba, no unas pocas. Las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron. [carraspeo] Es uno de los versículos más breves y más densos de todo el Nuevo Testamento y durante 20 siglos ha generado más preguntas que respuestas.
¿Quiénes eran esos santos? ¿A dónde fueron después? ¿Qué vieron quienes los encontraron en las calles de Jerusalén? ¿Y por qué este acontecimiento tan extraordinario como la resurrección misma ocupa apenas dos versículos en toda la literatura sagrada? Este guion nació de esas preguntas, no para especular libremente, sino para hacer algo más difícil y más honesto.
tomar todo lo que el texto bíblico dice, todo lo que el contexto histórico del siglo i primero nos permite conocer y toda la profundidad teológica que este evento contiene y construir con eso una respuesta que sea fiel, que sea rigurosa y que al mismo tiempo sea capaz de sacudir el corazón de quien escucha.
Porque lo que ocurrió en Jerusalén en ese viernes de la Pascua del año 33 no fue un adorno narrativo, fue una declaración. Fue Dios mismo firmando con su propia mano lo que acababa de ocurrir en el Golgota. Para entender lo que sucedió ese día, necesitamos situarnos dentro del mundo en que ocurrió. Jerusalén en el año 33 era una ciudad cargada de tensión religiosa, [música] política y espiritual.
La Pascua reunía en sus calles a entre dos y 3 millones de peregrinos provenientes de toda la diáspora judía, desde Egipto hasta Mesopotamia, desde Roma hasta las costas de Asia Menor. Los romanos reforzaban su presencia militar durante estas festividades, precisamente porque sabían que la memoria del éxodo encendía el alma de un pueblo que nunca había olvidado completamente lo que significaba ser libre.
En ese contexto, un rabino galileo había sido arrestado la noche anterior, juzgado en dos tribunales distintos [música] antes del amanecer y conducido a la ejecución pública en uno de los métodos más infamantes que el imperio conocía. Para quienes lo habían seguido durante 3 años, para quienes habían escuchado sus enseñanzas y visto sus milagros.
Ese viernes representaba el final de todo. El sueño se había roto, el maestro había muerto. Pero hay algo que los evangelios registran con una precisión que merece toda nuestra atención. El momento exacto en que ocurrieron los fenómenos que acompañaron la muerte de Jesús. Mateo 27 50 al 53 los describe en una secuencia que no es casual.
Primero, Jesús clamó a gran voz y entregó el espíritu. Inmediatamente después, el velo del templo se rasgó de arriba a abajo. Luego, la tierra tembló y las rocas se partieron. Y entonces, en ese orden específico y en ese instante preciso, las tumbas se abrieron. El texto griego original usa el auristo pasivo, un tiempo verbal que indica una acción puntual, completa, definitiva.
No fue un proceso gradual, fue un acto y ese acto estuvo directamente vinculado a lo que acababa de ocurrir en la cruz. El velo del templo merece un momento de atención antes de continuar, porque su ruptura no es un detalle decorativo. Era una cortina de aproximadamente 18 m de altura y 30 cm de grosor, tejida con lino fino de cuatro colores, según las instrucciones del libro del Éxodo, y separaba el lugar santo del lugar santísimo, donde se creía que habitaba la presencia de Dios.
Ningún israelita común podía pasar más allá de esa cortina. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, en el día de la expiación podía entrar al otro lado llevando la sangre del sacrificio. Cuando esa cortina se rasgó de arriba hacia abajo, el mensaje era imposible de malinterpretar para cualquier judío del siglo iero.
El acceso a la presencia de Dios ya no estaba restringido. El sacrificio perfecto acababa de ser ofrecido. La mediación del sistema levítico había llegado a su cumplimiento. Y en ese mismo instante, mientras el humo de los sacrificios de la Pascua aún subía desde los atrios del templo, mientras los sacerdotes realizaban sus funciones rituales, sin saber aún lo que acababa de ocurrirse a 400 m de distancia, Dios rasgó la cortina desde adentro hacia afuera, de arriba hacia abajo, porque ninguna mano humana alcanza desde arriba.
Simultáneamente a esta señal en el templo, la tierra respondió, “El terremoto que sacudió Jerusalén en ese momento no es solo un registro del Evangelio de Mateo. Hay registros geológicos en los sedimentos del Mar Muerto que documentan actividad sísmica significativa en la región durante el periodo que abarca el primer tercio del siglo iero.
Y aunque la correlación exacta con fechas específicas requiere cuidado metodológico. La geografía del área entre Jerusalén y el Mar Muerto está atravesada por la falla del Jordán, una de las fallas geológicas más activas del Medio Oriente, lo que hace que la descripción de un terremoto en ese contexto sea completamente coherente con la naturaleza física del lugar.
Las rocas se partieron, dice Mateo. Y cuando las rocas se partieron, las tumbas quedaron abiertas. Aquí es donde necesitamos detenernos, porque el texto bíblico hace algo muy preciso que con frecuencia se lee de manera apresurada. Mateo 27 52 y 53 dice lo siguiente: “En una lectura literal del griego y los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de los santos que habían dormido se levantaron y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él vinieron a la santa ciudad y aparecieron a muchos.
” Hay dos momentos distintos en esta descripción que el texto distingue cuidadosamente. Las tumbas se abrieron en el momento de la muerte de Jesús, pero los cuerpos resucitados [música] salieron de las tumbas después de la resurrección de él. Esto significa que hubo un intervalo. Las tumbas quedaron abiertas durante el tiempo que transcurrió entre el viernes de la crucifixión y el domingo de la resurrección.
Y solo entonces, cuando Jesús salió victorioso del sepulcro, los santos resucitados salieron también. Él es las primicias, como lo explicaría Pablo años más tarde en Primera de Corintios 15, el primero en resucitar para nunca más morir. Y solo después de esa primicia los demás. Esta secuencia tiene una importancia teológica profunda que no se puede pasar por alto.
Si los santos resucitados hubieran salido antes que Jesús, el orden de la resurrección habría quedado invertido. Habría sido como si los frutos de la cosecha llegaran al mercado antes de que el primero de los granos hubiera brotado de la tierra. Pero Dios no trabaja con desorden. La resurrección de Jesús es el fundamento ontológico, el evento que hace posible toda resurrección, como lo expresa el apóstol Pablo en Primera Corintios 15:20.
Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos. Primicias de los que durmieron es hecho. Solo después de que la primicia estuvo en pie, los demás pudieron levantarse también. El domingo en la mañana, cuando María Magdalena y las otras mujeres llegaron al jardín y encontraron la piedra removida y el sepulcro vacío, ese fue el momento en que la historia cambió de manera irreversible.
Y fue también el momento en que algo extraordinario comenzó a ocurrir en los cementerios de los alrededores de Jerusalén. ¿Quiénes eran estos santos que resucitaron? El texto no da nombres, no describe sus rostros, no detalla sus historias individuales, usa la palabra griega haguioy, que en el Nuevo Testamento designa a los que han sido apartados para Dios, a los que pertenecen al pueblo de la alianza.
La tradición teológica ha reflexionado ampliamente sobre su identidad posible. Algunos comentaristas del periodo patrístico sugirieron que podían ser patriarcas y profetas de Israel, figuras cuya fe había señalado hacia el Mesías durante siglos. Otros propusieron que podrían haber sido creyentes más recientes, personas que habían conocido o incluso seguido a Jesús durante su ministerio y que habían muerto antes de la crucifixión.
El texto no resuelve esta pregunta con precisión y la honestidad exige reconocerlo. Pero lo que sí establece con claridad es que eran reconocibles. Aparecieron a muchos en la ciudad santa, dice Mateo, aparecieron. No pasaron inadvertidos. Fueron identificados. fueron vistos por personas que pudieron dar testimonio de lo que habían presenciado.
La ciudad santa a la que regresaron era Jerusalén y en ese momento Jerusalén estaba en el pico de su actividad anual. Era la semana de la Pascua. La ciudad estaba colmada de peregrinos. Las calles, los patios, las sinagogas, los mercados, los portales de la ciudad estaban llenos de gente. El contexto no podía haber sido más público.
Si esta aparición hubiera ocurrido en un martes cualquiera de enero, con la ciudad en su vida cotidiana habitual, el número de testigos potenciales habría sido significativamente menor. Pero Dios eligió esta semana, esta ciudad, este momento de máxima concentración de testigos. No hay accidente en los tiempos de Dios.
Consideremos por un momento lo que debió haber significado para los testigos que los vieron. El concepto de resurrección no era ajeno al pensamiento judío del siglo iero. Los fariseos, que eran el movimiento religioso más influyente entre el pueblo, creían firmemente en una resurrección futura al final de los tiempos.
Los saduceos, por el contrario, la negaban. Este debate era una de las fracturas teológicas más profundas dentro del judaísmo de esa época. Lo que los testigos estaban viendo en las calles de Jerusalén ese domingo y los días que siguieron era la irrupción de esa resurrección futura dentro del presente, la confirmación viva de lo que los fariseos esperaban, pero que ninguno esperaba ver todavía.
El fin de los tiempos había comenzado, no como una catástrofe cósmica inmediata, sino como una semilla plantada en el centro mismo de la historia. Y aquí llegamos a una de las preguntas más profundas que este texto genera. ¿A dónde fueron después? El silencio del Nuevo Testamento sobre el destino final de estos santos resucitados es casi tan impresionante como el relato de su aparición.
No hay un versículo que diga qué ocurrió con ellos después de que aparecieron en Jerusalén. No hay una historia de seguimiento, no hay un registro de sus conversaciones, no hay una descripción de cómo terminaron sus apariciones. Mateo los presenta, da testimonio de que fueron vistos y luego el texto avanza hacia otros asuntos.

Este silencio no es un descuido. En la literatura bíblica, el silencio es con frecuencia tan significativo como la palabra. Y el silencio aquí invita a una reflexión seria. La tradición teológica ha propuesto principalmente dos posibilidades para su destino. La primera es que como Lázaro regresaron a la vida mortal y eventualmente murieron de nuevo.
Según esta lectura, su resurrección habría sido una resucitación, es decir, una restauración de la vida biológica sin transformación definitiva, similar a lo que ocurrió con el hijo de la viuda de Naín o con la hija de Jairo. La segunda posibilidad y la que muchos teólogos consideran más coherente con el contexto del pasaje es que su aparición fue transitoria y que fueron llevados al cielo, posiblemente en el mismo evento que Pablo describe en Efesios 4:8 cuando cita el salmo 6818 y habla de Cristo ascendiendo, llevando cautiva la cautividad.
Si la resurrección de estos santos estaba vinculada a la resurrección de Cristo como primicias, resulta difícil sostener que su destino final fuera volver a morir. Pero el texto no lo dice explícitamente y la honestidad exige mantener esta incertidumbre abierta mientras se considera con seriedad ambas posibilidades.
Lo que sí podemos afirmar con plena confianza bíblica es lo que estas apariciones comunicaron. comunicaron que la muerte no tiene la última palabra, que el poder de la resurrección de Cristo es real y se extiende más allá de su propio sepulcro. que la promesa que los profetas habían anunciado durante siglos, la promesa de que la muerte sería tragada en victoria, había comenzado a cumplirse.
El apóstol Pablo lo expresaría años después con una claridad devastadora en Primera de Corintios 15 54 al 55. Entonces se cumplirá la palabra que está escrita. Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Esas palabras no nacieron en el vacío. Nacieron de una teología que ya tenía una demostración histórica.
El domingo después de la crucifixión en las calles de Jerusalén, hombres y mujeres reconocibles habían caminado entre los vivos como evidencia de que la resurrección no era una esperanza abstracta, sino una realidad que ya había comenzado. Para comprender más plenamente lo que ocurrió, necesitamos hablar sobre el tipo de tumbas que existían en Jerusalén en el siglo iero.
Porque no todas las culturas entierran a sus muertos de la misma manera y la geografía específica de la muerte en esa ciudad afecta directamente como debemos imaginar los eventos del texto. Las tumbas de la élite y de las familias con recursos en Jerusalén del periodo del segundo templo eran cámaras excavadas en la roca caliza que rodea la ciudad.
La roca caliza de Judea es relativamente blanda y se puede trabajar con herramientas de hierro, lo que permitía crear cámaras funerarias de considerable tamaño. Dentro de estas cámaras, los cuerpos se depositaban en nichos llamados cochin, excavados perpendicularmente a las paredes o en plataformas llamadas arcosolia, talladas en forma de arco.
El acceso se sellaba con una piedra circular que rodaba en una ranura frente a la entrada. Cuando el texto dice que las piedras se partieron y las tumbas se abrieron, está describiendo la ruptura de ese sistema de cierre, el ceísmo que quebró la roca y desplazó las piedras que sellaban las entradas. Este detalle geológico también ayuda a entender la temporalidad del relato.
Si las tumbas quedaron abiertas desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la mañana, eso significa aproximadamente 36 a 40 horas con los sepulcros expuestos. Para los habitantes de Jerusalén que conocían el sistema funerario de su tiempo, ver una tumba con la piedra desplazada era una imagen que inmediatamente comunicaba algo estaba mal o algo extraordinario había ocurrido.
En el contexto de un terremoto reciente, la apertura de las tumbas podría inicialmente haberse interpretado como un daño estructural. Solo cuando los cuerpos resucitados comenzaron a salir y aparecer en la ciudad la semana de la Pascua, fue plenamente comprendida como lo que era, una señal divina de proporciones históricas.

La conexión entre los eventos del Golgota y la apertura de las tumbas también ilumina algo profundo sobre la naturaleza del pecado y la muerte en la teología bíblica. Desde Génesis 3, la muerte no es presentada como un fenómeno meramente biológico, sino como la consecuencia espiritual de la separación del ser humano de su creador.
Cuando Adán y Eva eligieron su propio camino por encima de la obediencia a Dios, la muerte entró no solo como proceso físico, sino como condición existencial. El ser humano quedó atrapado en una trayectoria que termina en el polvo. Pero la cruz no fue simplemente la muerte de un hombre bueno.
Fue el punto en que aquel que no tenía deuda con la muerte tomó sobre sí la deuda de todos los demás. Y cuando esa deuda quedó cancelada, cuando el precio fue pagado de manera completa y definitiva, la muerte misma comenzó a ceder. Las tumbas se abrieron porque la raíz que las mantenía cerradas acababa de ser arrancada. El apóstol Pablo desarrollaría esta lógica con una precisión casi matemática en Romanos 6:23.
Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. Si la muerte es la consecuencia directa del pecado, entonces el perdón completo del pecado tiene que producir necesariamente el fin del poder de la muerte. Las tumbas que se abrieron en Jerusalén ese viernes fueron la demostración física y visible de ese principio teológico.
No fue magia, no fue un efecto secundario accidental del terremoto. Fue Dios haciendo visible lo que estaba ocurriendo en el plano espiritual, de la misma manera en que el velo rasgado hizo visible que el acceso a su presencia había sido restaurado. Hay otro aspecto del relato que merece atención cuidadosa. La frase aparecieron a muchos.
El griego usa el verbo enfanizo, que tiene la connotación de una aparición deliberada, de hacerse visible de manera clara y evidente. No fue una visión nebulosa, no fue una experiencia mística privada, fueron apariciones que involucran a múltiples testigos en un espacio público, en una ciudad llena de gente.
La elección de esta palabra en el texto original sugiere que las apariciones tenían un propósito comunicativo. Estas personas no estaban simplemente deambulando, estaban siendo vistas, estaban siendo reconocidas, estaban siendo parte de un testimonio que Dios estaba construyendo en tiempo real dentro de la ciudad donde el Mesías acababa de morir y resucitar.
Es significativo también que el texto diga que aparecieron en la ciudad santa, que es como Mateo se refiere consistentemente a Jerusalén a lo largo de su evangelio. Esta designación no es geográfica solamente, es teológica. Jerusalén era el lugar donde Dios había puesto su nombre, el lugar donde el templo guardaba la memoria de la presencia divina, el lugar hacia donde el pueblo de la alianza orientaba su oración.
Que los santos resucitados aparecieran precisamente allí en ese centro del mundo espiritual del judaísmo. No fue una coincidencia. Era un mensaje dirigido al corazón mismo de la fe de Israel. El Dios que habitó en este lugar, el Dios que prometió redimir a su pueblo, el Dios que envió a sus profetas durante siglos, acaba de cumplir su promesa suprema y estas apariciones son la firma al pie del contrato.
Debemos también considerar lo que este evento significó para los primeros seguidores de Jesús en los días y semanas que siguieron. Cuando Pedro se puso de pie en el día de Pentecostés, 50 días después de la crucifixión, y predicó ante miles de peregrinos reunidos en Jerusalén, su argumento central fue la resurrección de Cristo.
Hechos 2:32 registra sus palabras. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. La frase “Todos nosotros somos testigos” no se refería exclusivamente a los 12 apóstoles, se refería a una comunidad amplia de personas que habían visto al resucitado. Y en ese mismo auditorio había personas que en los días anteriores podían haber tenido sus propias experiencias como testigos de los santos que aparecieron en la ciudad.
El testimonio de la resurrección de Jesús estaba siendo proclamado en un contexto donde la resurrección misma ya había dejado múltiples evidencias en la memoria colectiva de la ciudad. Esto ayuda a entender por qué el movimiento que surgió después de la resurrección creció con una velocidad que no tiene precedente en la historia de las religiones.
En pocas semanas, miles de personas en Jerusalén misma confesaron que Jesús era el Mesías resucitado. Estas no eran personas que estaban siendo convencidas por argumentos filosóficos abstractos en una ciudad distante. Eran personas que vivían en la misma ciudad. donde habían ocurrido los eventos, que podían verificar o refutar los testimonios con sus propios vecinos, que conocían los lugares mencionados, que en algunos casos habían visto con sus propios ojos cosas que no tenían otra explicación. La apertura de las
tumbas y las apariciones de los santos fueron parte de ese tejido de evidencias que hacía imposible ignorar que algo sin precedente había ocurrido en esa Pascua del año 33. Hay una pregunta que muchos lectores modernos formulan cuando se encuentran con este pasaje. Si esto realmente ocurrió, ¿por qué solo Mateo lo registra? ¿Por qué Marcos, Lucas y Juan no mencionan las tumbas abiertas? ni los santos resucitados.
Esta pregunta merece una respuesta honesta. Los cuatro evangelios no son copias entre sí. Cada uno fue escrito para una audiencia específica con énfasis específicos. Mateo, que escribe fundamentalmente para lectores judíos, tiene un interés particular en mostrar cómo Jesús cumple las esperanzas y profecías del Antiguo Testamento.
Las señales que acompañaron su muerte y resurrección, incluyendo la apertura de las tumbas, son para Mateo confirmaciones de que los tiempos mesiánicos han llegado. Lucas y Juan también registran señales extraordinarias. El oscurecimiento del sol, el terremoto, el testimonio del centurión. El hecho de que cada evangelio enfatice elementos diferentes no debilita el testimonio conjunto.
En realidad lo fortalece porque revela que estamos ante fuentes independientes que convergieron en lo esencial sin haberse coordinado artificialmente para producir uniformidad. La relación entre la resurrección de los santos del Antiguo Testamento y la esperanza cristiana de resurrección también merece un desarrollo cuidadoso.
Uno de los textos proféticos más vívidos sobre la resurrección en toda la Biblia hebrea se encuentra en Ezequiel 37, el famoso valle de los huesos secos. En esa visión, el profeta ve un campo cubierto de huesos y Dios le pregunta, “Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos?” Y la respuesta de Dios es inequívoca.
“He aquí, yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel.” La imagen del sepulcro que se abre no nació en Mateo 27, nació en Ezequiel. Y lo que ocurrió en Jerusalén ese domingo fue el cumplimiento anticipado de esa promesa en escala reducida, una muestra de lo que aguarda a toda la creación cuando el plan eterno de Dios llegue a su culminación final.
Daniel también había contemplado esta realidad desde su posición de exilio en Babilonia. Daniel 12:2 contiene una de las afirmaciones más directas sobre la resurrección en todo el Antiguo Testamento. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua.
La palabra muchos en Daniel 12:2 y la palabra muchos en Mateo 2752 no son una coincidencia terminológica. Mateo, escribiendo para lectores que conocían las escrituras hebreas de memoria, estaba construyendo un puente deliberado entre lo que Daniel había visto siglos antes y lo que acababa de ocurrir en las calles de Jerusalén. El tiempo que Daniel contempló como futuro había comenzado a convertirse en presente.
Isaías, por su parte, había escrito con una profundidad que solo el tiempo podría revelar plenamente. Isaías 26:19 proclama, “Tus muertos vivirán, junto con mi cuerpo muerto resucitarán. Despertad y cantad, moradores del polvo, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas y la tierra dará sus muertos. Este versículo situado en el contexto del gran canto de alabanza al Señor en el capítulo 26 de Isaías está conectado con la victoria de Dios sobre la muerte y la liberación del pueblo de la opresión.
Cuando las tumbas de Jerusalén se abrieron ese domingo en la mañana, no fue el comienzo de algo nuevo, fue la manifestación de algo que había sido prometido y anunciado durante siglos por las voces más grandes de Israel. Consideremos ahora la experiencia de quienes los vieron. Imaginemos dentro del marco de lo que el texto nos permite a un sacerdote que regresa del templo después de su turno, caminando por una de las calles de Jerusalén, y encuentra frente a él a alguien que reconoce, pero que sabe que murió meses atrás. Imaginemos a una
familia que llora todavía la pérdida de un ser querido y de repente recibe una visita que nadie en la casa puede explicar racionalmente. Imaginemos a los que habían visto la ejecución del viernes, convencidos de que todo había terminado. Y ahora, tres días después, están escuchando testimonios de personas que aseguran haber visto a muertos caminando por la ciudad.
El texto dice que aparecieron a muchos, no a uno, no a algunos cercanos al movimiento cristiano naciente, a muchos. en una ciudad llena de peregrinos que vendrían de regreso a sus hogares en todo el mundo mediterráneo y mesopotámico, llevando consigo lo que habían visto y escuchado. La conexión entre la resurrección de los santos y el papel de Cristo como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec es otra capa de significado que vale la pena explorar.
La carta a los hebreos, escrita para una comunidad judeocristiana que comprendía profundamente el sistema sacerdotal del templo, desarrolla este argumento con una elegancia teológica extraordinaria. El sumo sacerdote, el día de la expiación no solo entraba al lugar santísimo con la sangre del sacrificio, salía de allí para anunciar al pueblo que la expiación había sido aceptada.
Su salida era el anuncio de que el sacrificio había sido suficiente. Cuando Jesús resucitó del sepulcro, era el gran sumo sacerdote saliendo del lugar santísimo celestial después de presentar su propia sangre como sacrificio perfecto. Y los santos que salieron de sus tumbas después de su resurrección fueron, en cierto sentido, el pueblo reunido afuera del santuario, esperando la noticia de que la expiación había sido aceptada.
Su aparición en las calles de Jerusalén fue el eco humano y visible de esa aceptación divina. Hay también una dimensión que tiene que ver con el testimonio a las autoridades que habían condenado a Jesús. Cuando el sanedrín decidió en la madrugada del viernes que Jesús debía morir, actuó convencido de que estaba protegiendo la fe de Israel de un impostor.
Cuando Pilato firmó la sentencia, actuó convencido de que estaba manejando un problema político menor. Cuando los soldados sellaron el sepulcro con una piedra y una guardia el sábado, actuaron convencidos de que estaban previniendo un fraude. Pero mientras todas esas acciones humanas se desarrollaban con su lógica de poder y control, Dios estaba preparando una respuesta que ninguna autoridad humana podía anticipar ni contener.
Las tumbas abiertas y los santos resucitados no le preguntaron permiso a nadie. No esperaron la autorización del sanedrín, ni la validación de los escribas, ni el visto bueno de Pilato. Salieron porque el poder que los levantó era infinitamente mayor que cualquier autoridad terrenal. Para los observadores romanos que estaban presentes en Jerusalén esa semana, los eventos debieron haber sido profundamente desconcertantes.
Roma tenía sus propias tradiciones religiosas, sus propios dioses, sus propios relatos de héroes divinizados. Pero la idea de que un hombre ejecutado por el Estado resucitara físicamente y que además otros muertos se levantaran de sus tumbas en consecuencia, no tenía paralelo en el pensamiento religioso romano.
El centurión que estaba al pie de la cruz cuando ocurrieron el terremoto y los prodigios, respondió con una declaración que Mateo registra en 2754. Verdaderamente este era hijo de Dios. Ese centurión no estaba usando el lenguaje teológico judío sobre el Mesías. estaba usando el lenguaje de su propio mundo, [música] el lenguaje del imperio, que usaba la frase hijo de Dios para sus emperadores.
Pero en ese momento, al pie de la cruz, ese lenguaje apuntó involuntariamente hacia la verdad más grande que el mundo había conocido. La apertura de las tumbas también tiene una conexión significativa con el concepto de primicias, que era central en la vida religiosa del Israel del primer siglo.
La festividad de las primicias, que en el calendario hebreo se celebraba el primer día después del sábado de la semana de la Pascua, es decir, el domingo, era el momento en que el pueblo presentaba ante Dios la primera porción de la cosecha como señal de que toda la cosecha le pertenecía a él. El hecho de que Jesús resucitara precisamente en el día de las primicias no fue una coincidencia del calendario, fue el cumplimiento de lo que la festividad siempre había señalado sin que Israel lo comprendiera plenamente.
Jesús es la primera porción de la cosecha de la resurrección y los santos que resucitaron ese mismo día son parte de ese primer fruto ofrecido a Dios como señal de que toda la cosecha que vendrá, la resurrección de todos los creyentes al final de los tiempos, ya tiene su garantía, ya tiene su certeza, ya tiene su fundamento inamovible en lo que ocurrió en Jerusalén en esa primera semana de la primavera del año 33.
Ahora bien, existe una pregunta que va más allá de lo histórico y lo teológico y que toca directamente la vida de cada persona que está escuchando esto. ¿Qué tiene que ver con nosotros la resurrección de unos santos anónimos en Jerusalén hace 2000 años? La respuesta es todo, absolutamente todo. Porque lo que ocurrió ese domingo en las tumbas de Jerusalén es la demostración más directa y verificable que existe de que la promesa de Dios sobre la muerte no es metáfora, no es poesía, no es consuelo psicológico para personas que necesitan
creer en algo. Es un evento que ocurrió en un lugar geográfico específico, en un tiempo histórico verificable. ante testigos múltiples que pudieron ser interrogados. Si esos hombres y mujeres salieron de sus tumbas ese domingo, entonces la promesa que Jesús hizo en Juan 11:25 y 26 no es discurso religioso.
Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Jesús hizo esa pregunta mirando a los ojos a Marta mientras el cuerpo de su hermano Lázaro llevaba 4 días en una tumba y la hace hoy mirando a los ojos de cada persona que escucha este mensaje.
Existe también una conexión entre los eventos del año 33 y lo que la teología cristiana llama la resurrección final. Apocalipsis 201. Describe ese momento con una imagen que resuena directamente con Mateo 27. Y el mar entregó los muertos que había en él, y la muerte y el hades entregaron los muertos que había en ellos, y fueron juzgados cada uno según sus obras.
La imagen de la muerte y el Hades, entregando a sus muertos, usa el mismo lenguaje de liberación que subyace en la apertura de las tumbas de Jerusalén. Lo que ocurrió en escala pequeña ese domingo en la ciudad santa es una imagen anticipada de lo que ocurrirá en escala cósmica cuando llegue el tiempo final. Las tumbas de Jerusalén se abrieron como una demostración de que el poder de Cristo sobre la muerte es real, total y permanente.
Primera de Tesalonicenses 4:16 y 17. Uno de los textos más directos sobre la resurrección de los creyentes en todo el Nuevo Testamento dice así: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire.
” Y así estaremos siempre con el Señor. La certeza de esta promesa no descansa en la elocuencia de Pablo ni en la convicción de quienes la creen. Descansa en el evento histórico del año 33. Si Dios abrió esas tumbas, entonces no hay razón para dudar de que las abrirá todas cuando llegue el momento establecido desde antes de la fundación del mundo.
Quiero preguntarte algo directamente y quiero que te tomes un momento para responderlo en los comentarios porque creo que merece más que un pensamiento rápido. Cuando piensas en la persona que más amas, que ya no está en este mundo, ¿qué significa para ti que la resurrección no sea solo una doctrina, sino un evento que ya comenzó? ¿Cómo cambia eso tu dolor, tu esperanza, tu manera de vivir el tiempo que tienes? Escríbelo abajo.
Quiero leerlo y estoy seguro de que otros que estén pasando por algo similar también necesitan leerlo. La historia de las tumbas abiertas en Jerusalén también nos habla de algo que a menudo se pasa por alto en la teología popular, la corporalidad de la esperanza cristiana. El evangelio no promete una inmortalidad del alma flotando en una dimensión etérea.
El evangelio promete una resurrección del cuerpo. Los santos que salieron de sus tumbas no salieron como espíritus. Mateo habla explícitamente de cuerpos, de cuerpos de los santos que habían dormido, cuerpos que fueron reconocidos, cuerpos que aparecieron, cuerpos que se movieron por las calles de una ciudad real.
Esto es fundamental para la antropología cristiana. El ser humano no es un alma atrapada en un cuerpo que espera ser liberada. Es una unidad de cuerpo y alma que aguarda la redención completa de su humanidad entera. Romanos 8:23 lo dice con una claridad que no deja lugar a ambigüedades. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos que tenemos las primicias del espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.
Esta corporalidad de la resurrección tiene implicaciones prácticas enormes para la manera en que los creyentes tratan sus propios cuerpos. La manera en que comprenden el trabajo, el descanso, la belleza, el sufrimiento físico. Si el cuerpo va a ser redimido y no simplemente descartado, entonces el cuerpo importa.
Ahora, el trabajo físico importa, el cuidado del cuerpo como templo del Espíritu Santo importa. La encarnación y la resurrección son los dos pilares que sostienen una visión cristiana de la materialidad que no desprecia el mundo creado, sino que lo ve como el lugar donde Dios eligió obrar su redención más grande. También es importante reflexionar sobre el impacto que estos eventos tuvieron en la formación de las primeras comunidades de fe en todo el mundo mediterráneo.
Cuando los peregrinos que estaban en Jerusalén durante la Pascua del año 33 regresaron a sus hogares en Alejandría, en Antioquía, en Roma, en Corinto, en Efeso, llevaban consigo no solo el relato de la ejecución de un maestro galileo. Llevaban consigo el relato de señales que habían sacudido la ciudad entera.
El oscurecimiento del sol, el velo rasgado, el terremoto, las tumbas abiertas, los santos vistos en las calles. Llevaban preguntas que no podían resolver con las categorías religiosas que habían traído de sus casas. Y cuando poco después comenzaron a llegar a esas mismas ciudades los mensajeros del movimiento cristiano naciente con la proclamación de que Jesús había resucitado, muchos de esos peregrinos ya tenían el terreno preparado por lo que habían visto con sus propios ojos.
El teólogo del siglo XX, que dedicó su vida entera al estudio de la resurrección señaló con razón que el argumento más sólido para la historicidad de la resurrección de Cristo no es un argumento filosófico, sino un argumento histórico. El movimiento cristiano nació en Jerusalén, la misma ciudad donde Jesús fue ejecutado y enterrado.
Y fue el poder de ese movimiento lo que obligó a las autoridades a inventar la historia de que los discípulos habían robado el cuerpo. Si el cuerpo simplemente hubiera estado en la tumba, bastaba con mostrarlo para silenciar el movimiento en su cuna. El hecho de que ninguna autoridad judía ni romana lo mostrara nunca es en sí mismo una evidencia que el texto bíblico no necesita, pero que la historia no puede ignorar.
Las tumbas abiertas de Jerusalén son también un recordatorio de algo que la fe cristiana afirma con plena convicción, que los que han muerto en Cristo no están perdidos, no están en un sueño sin conciencia del que nadie sabe si despertarán. No están atrapados en un ciclo sin fin de reencarnaciones, no han desaparecido en la nada.
están en las manos de aquel que demostró en el año 33 que tiene poder sobre la muerte. El apóstol Pablo en Filipenses 1 21 y 23 escribió desde una prisión romana con una serenidad que solo puede nacer de una certeza profunda. Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia, porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor.
La palabra partir que Pablo usa es la misma que se usaba para cuando un barco soltaba sus amarras del muelle. No es un lenguaje de extinción, es un lenguaje de viaje hacia algo mejor. La apertura de las tumbas en Jerusalén también comunica algo sobre el carácter de Dios que merece ser explicitado. Dios no solo prometió la resurrección.
Dios no solo anunció la resurrección. Dios, en ese momento preciso de la historia, cuando su hijo entregó el espíritu en la cruz, quiso que hubiera una confirmación visible, audible, física, pública. Quiso que la tierra temblara, quiso que el velo se rasgara, quiso que las tumbas se abrieran, quiso que hombres y mujeres resucitados caminaran por las calles de la ciudad santa.
quiso testigos múltiples, quiso evidencias, quiso que la duda tuviera que trabajar muy duro para mantenerse en pie. Esto nos habla de un Dios que no esconde su gloria, que no obra en secreto cuando puede obrar en público, que no deja a su pueblo sin señales cuando puede darlas y que habiéndolas dado en ese momento, no tiene ninguna razón para dejar de obrar con ese mismo poder en la historia de cada persona que lo busca con todo su corazón.
El año 33 en Jerusalén fue un eje. Todo lo que vino antes señalaba hacia él. Todo lo que ha venido después fluye de él. Los patriarcas que esperaron la promesa, los profetas que la anunciaron, los sacerdotes que la prefiguraron, los reyes que la representaron, todos apuntaban hacia ese momento en que Dios mismo entró en la muerte para destruirla desde adentro.
Y cuando la destruyó, las tumbas que la muerte había reclamado tuvieron que devolver lo que habían tomado, no porque la muerte quisiera hacerlo, sino porque ya no tenía autoridad para retener lo que el poder de la resurrección había liberado. Cuando el libro de Apocalipsis presenta a Cristo resucitado hablando a Juan en la isla de Patmos, lo primero que dice es esto. En Apocalipsis 1 17 y 18.
No temas. Yo soy el primero y el último y el que vivo y estuve muerto. Mas he he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Amén. [carraspeo] Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Las llaves. La imagen de las llaves en el mundo del siglo iero era una imagen de autoridad absoluta sobre el acceso a un lugar.
Quien tenía las llaves podía abrir o cerrar según su voluntad. Jesús resucitado no solo escapó de la muerte, no solo fue liberado de ella, tomó las llaves, [música] tiene autoridad sobre ella, decide quién entra y cuándo sale. Y los santos que salieron de sus tumbas en Jerusalén el domingo después de la crucifixión fueron los primeros en experimentar en sus propios cuerpos lo que significa que el Señor de la vida tenga las llaves de la muerte.
Hay una última dimensión de este evento que quiero compartir antes de llegar al final y tiene que ver con lo que significa para la vida cotidiana del creyente. Es fácil leer este pasaje como un episodio asombroso de la historia sagrada, admirarlo con reverencia y luego seguir con la rutina del día sin que algo cambie. Pero la resurrección de los santos de Mateo 27 no es un episodio de archivo que contemplar con distancia histórica.
Es una afirmación activa y presente sobre la naturaleza de la realidad en la que vivimos. Si Cristo resucitó y si esa resurrección ya comenzó a producir sus frutos en cuerpos que salieron de tumbas en Jerusalén, entonces vivimos en un mundo donde la muerte no tiene la última palabra sobre ningún ser humano que haya confiado su vida a Cristo.
Eso cambia la manera en que nos relacionamos con el duelo. Cambia la manera en que enfrentamos nuestra propia mortalidad. Cambia la manera en que oramos por los enfermos. Cambia la manera en que consolamos a los que lloran. Cambia la manera en que leemos cada promesa bíblica sobre el futuro. La resurrección no es un tema para debatir en seminarios teológicos o para mencionar en el culto de Pascua una vez al año.
Es el fundamento sobre el que descansa toda la esperanza cristiana. Primera de Corintios 15 17 y 19 lo dice con una claridad que no permite suavizarse. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana. Aún estáis en vuestros pecados. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres.
Si Cristo no resucitó, todo el sistema de fe cristiana es una ilusión consoladora. Pero si resucitó y si las tumbas de Jerusalén se abrieron como evidencia de ese poder, entonces tenemos la certeza más sólida que el ser humano puede poseer, que el Dios que creó el universo de la nada tiene poder suficiente para cumplir cada promesa que ha hecho, incluyendo la promesa de que los que han creído en su hijo vivirán con él para siempre.
Aquí, al final de este recorrido, quiero que nos detengamos un momento en la imagen que comenzó todo. Las tumbas abiertas en Jerusalén, las tumbas que la muerte reclamaba como suyas, las tumbas que habían sido selladas con piedras que nadie esperaba que se movieran. Las tumbas que un terremoto abrió en el momento exacto en que el hijo de Dios entregó su espíritu.
Esas tumbas no volvieron a cerrarse con los mismos ocupantes. Lo que había dentro salió y lo que salió apareció en la ciudad donde el sacrificio había sido ofrecido como testimonio vivo de que el sacrificio había sido aceptado, de que la muerte había sido derrotada, de que la promesa era real.
Si estás cargando hoy el peso de una pérdida que no sabes cómo sostener. Si estás mirando una tumba con el nombre de alguien que amabas. Si te preguntas en los momentos más silenciosos de la noche si hay algo más allá de lo que este mundo puede ofrecer. Este pasaje fue preservado en el texto sagrado durante 20 siglos precisamente para llegar hasta ti.
Dios no olvidó a los que dormían en esas tumbas. No los olvidará a los que ahora duermen en la esperanza de la resurrección y no te olvidará a ti. Si este mensaje tocó algo en tu corazón, si la historia de las tumbas abiertas te dio algo que necesitabas, no te quedes con eso solo. ¿Hay alguien en tu vida que lleva una pregunta que este video puede responder? ¿Alguien que está enfrentando una pérdida, una duda, un miedo a la muerte que no sabe cómo manejar? Comparte este video con esa persona.
Que la misma esperanza que te alcanzó a ti llegue también hasta ellos. Y si quieres seguir recibiendo contenido que profundiza en las verdades más grandes de la fe, [música] suscríbete a este canal. Hay mucho más por explorar juntos en las escrituras, en la historia y en la eternidad que ya comenzó. Ah.