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Suegra Despiadada OBLIGA a la Esposa a Comer en la Cocina con Empleados, pero el Marido Valiente la Defiende y BLOQUEA las Cuentas de su Madre

Suegra Despiadada OBLIGA a la Esposa a Comer en la Cocina con Empleados, pero el Marido Valiente la Defiende y BLOQUEA las Cuentas de su Madre

PARTE 1: Bienvenidos a la jaula de oro

El reloj de pie del vestíbulo, un trasto enorme de caoba que, según doña Victoria, perteneció a no sé qué archiduque austríaco, dio las ocho de la tarde con una solemnidad que ponía los pelos de punta. Victoria, envuelta en un conjunto de seda de tonos crudos que costaba más que el coche de su nuera, se atusó el pelo frente al espejo de pan de oro. Estaba perfecta. Como siempre. Ni un solo mechón rubio ceniza —obra de su estilista personal, que cobraba a precio de neurocirujano— se atrevía a moverse de su sitio.

La casa, un chalet en la zona más exclusiva de La Moraleja, olía a cera de abejas, a flores frescas traídas esa misma mañana y a un ligero toque del perfume de Chanel que Victoria usaba como arma de destrucción masiva. Aquella noche se celebraba el aniversario de bodas de los difuntos abuelos de la familia, una excusa tan buena como cualquier otra para que Victoria reuniera a sus amistades del club de campo y, de paso, a su hijo Gonzalo.

Y, por desgracia, a ella.

Victoria suspiró, un sonido sutil, elegante, pero cargado de un desprecio absoluto. Ella era Laura. La mujer que su hijo, su brillante, guapo y exitoso Gonzalo, había elegido para arruinar el linaje. Laura, una chica de barrio, profesora de educación infantil, que no sabía distinguir un tenedor de pescado de uno de postre y que, para colmo de males, tenía la manía de sonreír demasiado. A Victoria le ponía enferma la gente que sonreía sin motivo. Le parecía de una vulgaridad insoportable.

—¡Rosalía! —llamó Victoria, arrastrando las vocales con esa cadencia pija tan característica del barrio de Salamanca, aunque estuvieran a las afueras.

De la cocina emergió Rosalía, una mujer de unos cincuenta años, de complexión fuerte y con un delantal blanco inmaculado sobre su uniforme negro. Rosalía llevaba veinte años aguantando las excentricidades de la señora a cambio de un sueldo generoso que le había permitido pagarle la carrera a su hija.

—Dígame, señora.

—¿Están listos los canapés de caviar? Y por el amor de Dios, dime que has usado las bandejas de plata y no esa aberración de cerámica moderna que compró Gonzalo el mes pasado.

—Todo en las de plata, doña Victoria. Como usted mandó. Y el asado ya está en su punto, reposando.

—Bien. Que el servicio esté atento. Hoy vienen los marqueses de Valdefuentes y no quiero fallos. Ah, y otra cosa, Rosalía… —Victoria bajó la voz, conspiratoria—. Cuando lleguen mi hijo y su… esposa, asegúrate de que no se acerque demasiado a la cristalería de Bohemia. La última vez casi tira una copa. Tiene las manos torpes, esta chica.

Rosalía asintió sin cambiar la expresión, aunque por dentro ponía los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se mareaba.

En ese preciso instante, el timbre sonó con su melodía de campanillas clásicas.

Al otro lado de la inmensa puerta de roble macizo, Laura se frotó las manos por la tensión. Llevaba un vestido azul marino, sencillo, elegante, de una marca conocida pero accesible. A Gonzalo le encantaba cómo le quedaba, pero ella sabía perfectamente que su suegra le pasaría el escáner visual de arriba abajo y le encontraría mil defectos. Gonzalo, notando el nerviosismo de su mujer, le pasó un brazo por los hombros y le dio un beso en la sien.

—Tranquila, cariño. Es solo una cena. Un par de horas, aguantamos a mi madre, nos comemos el asado, sonreímos a los marqueses esos que huelen a naftalina y nos vamos a casa a ver una serie en pijama. Te lo prometo.

Laura soltó una risita nerviosa.

—Gonzalo, tu madre me odia. Si pudiera, me echaría raticida en la copa de vino.

—Exageras, mi amor. Mi madre es… peculiar. Un poco clasista, sí. Bueno, muy clasista. Pero no muerde. Además, hoy es una noche importante y sabe que tiene que comportarse.

La puerta se abrió, revelando a Victoria. Su sonrisa era un prodigio de la ingeniería facial: mostraba los dientes, pero no movía ni un solo músculo alrededor de los ojos.

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