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¿Quién imaginaría que un santo conquistaría toda Roma… usando bromas, risas y un carisma imposible de ignorar? VL

¿Quién imaginaría que un santo conquistaría toda Roma… usando bromas, risas y un carisma imposible de ignorar?

Hay una forma de santidad que el mundo moderno casi no reconoce porque no se parece a nada de lo que asociamos con la palabra santo. No es la santidad del mártir que muere con una serenidad sobrehumana. No es la del monje que pasa décadas en silencio absoluto. No es la del teólogo que construye sistemas de pensamiento que duran siglos.

 No es la del místico que tiene visiones y estigmas y experiencias que nadie más puede comprender. Es la santidad de alguien que hace reír a la gente, que convierte la alegría en un camino espiritual tan válido como el ayuno o la penitencia, que usa el humor, la broma, el absurdo deliberado para desmontar el orgullo de las personas más importantes de su ciudad, que funda una institución que transforma Roma sin que nadie en Roma entienda exactamente cómo lo está haciendo, porque lo está haciendo mientras todos se están riendo.

Felipe Neri fue el hombre más querido de Roma durante 50 años. No el más respetado, aunque también lo fue, el más querido, el que la gente buscaba, no para recibir una reprimenda o una instrucción teológica, sino para estar cerca de alguien cuya presencia hacía que la vida pareciera más llevadera, más luminosa, más digna de ser vivida.

 Y ese hombre que hacía reír a cardenales y a mendigos con la misma naturalidad, que usaba la broma como instrumento de gracia con una precisión que ningún teólogo serio podía reprocharle. Fue canonizado en 1622 junto a Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Teresa de Ávila, el bromista y la mística, el cómico y el soldado, en el mismo día, en la misma canonización.

Eso dice algo sobre la Iglesia Católica que muchos de sus propios miembros olvidan con frecuencia que hay más de un camino. Hoy vas a conocer la historia completa de San Felipe Neri y cuando termines no vas a poder seguir pensando que la santidad tiene un solo rostro. Si te gustan este tipo de historias, de vidas que no caben en ninguna categoría fácil, de santos que desafían lo que creemos saber sobre la fe, suscríbete ahora.

 Cada semana contamos una historia como esta. Felipe nació en Florencia el 21 de julio de 1515. Florencia en 1515 era una de las ciudades más extraordinarias del mundo. La cuna del Renacimiento, el lugar donde el dinero de los medichi había financiado la recuperación del pensamiento clásico y la explosión del arte que cambiaría la cultura occidental para siempre.

Una ciudad donde la belleza era una obsesión colectiva y donde la inteligencia era moneda de cambio social. Su familia pertenecía a la clase media Florentina. Su padre era notario. Su madre murió cuando Felipe tenía 2 años. fue criado por una madrastra a quien, según todos los testimonios de la época, amó genuinamente y con quien tuvo una relación que los contemporáneos describían como excepcionalmente afectuosa.

 Desde niño, Felipe tenía un carácter que las fuentes describen con un término que en el italiano del siglo X tenía un peso específico. Pipo Felipe el bueno. Bueno en el sentido de obediente o de sumiso, bueno en el sentido de genuinamente lleno de algo que los que lo rodeaban reconocían como real, aunque no pudieran describir exactamente qué era.

 A los 18 años, su padre lo envió a San Germano, cerca de Montecasino, a trabajar con un tío comerciante que no tenía hijos y que podría haberle dejado su negocio. Era un plan sensato, una vida cómoda y próspera en perspectiva. Felipe pasó unos meses allí. Visitó el monasterio de Montecasino, que ya entonces era uno de los lugares de peregrinación más importantes de Italia.

Y algo ocurrió. Las fuentes no son precisas sobre qué fue exactamente, pero el resultado fue claro. Felipe dejó la casa del tío, renunció a la herencia que lo esperaba y se fue a Roma. solo, sin dinero, sin plan definido, con 18 años y con algo que lo movía hacia una ciudad que no conocía y que era en ese momento de su historia una de las más corruptas y más caóticas de toda Europa.

 Roma en 1534, cuando Felipe llegó, era una ciudad que todavía llevaba en sus piedras las marcas del saqueo de 1527. El saco de Roma, la devastación que las tropas de Carlos V habían infligido a la ciudad 7 años antes, había dejado heridas que no se cerraban fácilmente. Habían muerto miles de personas. Las iglesias habían sido saqueadas.

 Los artistas y los intelectuales que hacían de Roma la capital cultural de Europa habían huído. Y la Iglesia, cuya sede era Roma, estaba en el centro de la tormenta más grande de su historia. La reforma protestante que Lutero había iniciado 17 años antes estaba desgarrando la cristiandad europea. En ese contexto, un joven florentino de 18 años sin dinero y sin conexiones llegó a Roma.

 y encontró trabajo como tutor en la casa de un florentino llamado Galeotto Caia, que lo alojó a cambio de que enseñara a sus hijos. Durante los siguientes 10 años, Felipe vivió de esa forma, enseñando a los hijos de Caxia durante el día, estudiando filosofía y teología por su cuenta, y por las noches haciendo algo que nadie hubiera predicho de un joven de clase media con aspiraciones intelectuales.

 Salía a las calles de Roma, no a las calles iluminadas donde los nobles paseaban y los cardenales se movían en sus carrozas. a las calles oscuras donde vivían los pobres, los enfermos, los marginados, a los hospitales donde los peregrinos que llegaban a Roma sin recursos morían solos y sin atención. A los barrios donde los inmigrantes florentinos que habían llegado a la ciudad buscando fortuna y habían encontrado miseria, se acumulaban sin que nadie les prestara atención.

 Y Felipe hablaba con ellos, les preguntaba sobre sus vidas, los escuchaba y según los testimonios que sus contemporáneos dejaron registrados, lo hacía con una atención y una calidez que las personas que habían sido ignoradas durante años no sabían exactamente cómo procesar. Eso no era una estrategia evangelizadora, no era un programa de asistencia social, era simplemente Felipe siendo Felipe, alguien que encontraba a las personas interesantes, independientemente de su posición social y que tenía la capacidad de hacer que cada persona con la que

hablaba sintiera que era la más importante de la sala. Esa capacidad, ese don específico de atención plena que hacía que la gente se sintiera vista fue quizás el instrumento espiritual más importante de toda su vida. En la noche del 28 al 29 de mayo de 1544, Felipe tuvo una experiencia que cambió todo.

 Estaba en las catacumbas de San Sebastián, fuera de las murallas de Roma, orando. Era una práctica que hacía con frecuencia ir a orar a los lugares donde los mártires de los primeros siglos habían sido enterrados, en contacto con esa historia que daba escala a todo lo demás. Y según el relato que él mismo hizo años después a sus directores espirituales, algo ocurrió en esas catacumbas que no tenía ninguna explicación que él pudiera dar.

 Vio una bola de fuego que entró en su boca y descendió a su pecho y sintió un calor tan intenso que pensó que iba a morir. No murió. Pero cuando los médicos lo examinaron después, encontraron algo que no sabían cómo explicar. El lado izquierdo de su pecho sobre el corazón estaba visiblemente deformado. Dos de sus costillas estaban rotas o desplazadas, formando una prominencia que cualquiera podía ver y tocar.

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