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¿Qué realmente ocurrió con María Magdalena después de la muerte de Jesús? VL

¿Qué realmente ocurrió con María Magdalena después de la muerte de Jesús?

Hay algo que los evangelios no cuentan, algo que el tiempo casi sepultó bajo siglos de silencio y malentendido, algo que la tradición popular distorsionó durante generaciones hasta convertir a una de las mujeres más extraordinarias del Nuevo Testamento en un personaje que apenas se reconocería a sí mismo. Lo que ocurrió con María Magdalena después de la mañana de la resurrección, cuando el jardín quedó vacío, cuando las otras mujeres corrieron a anunciar la noticia y cuando ella, la última en llegar y la primera en ver al Señor

resucitado, tuvo que aprender a vivir en un mundo que ya nunca volvería a ser el mismo. Ese año era aproximadamente el 30 de Macinto y los años que siguieron, los años que van hasta el 37 de Maquin y más allá son los años que nadie narra, los años que los textos canónicos apenas rozan, los años en que María Magdalena vivió como testigo de la resurrección en una Jerusalén que hervía de tensión religiosa y política en medio de una comunidad naciente que todavía no tenía nombre.

sostenida únicamente por la certeza de lo que sus propios ojos habían visto. Estos son esos años olvidados. Esta es su historia. Para entender quién era María Magdalena en el año 37 de Empuco, es necesario comprender primero quién era antes de que Jesús entrara en su vida. Porque la distancia entre esos dos momentos es precisamente la medida de la gracia que Dios derramó sobre ella.

La ciudad de Magdala, de donde proviene su nombre, estaba ubicada en la orilla occidental del mar de Galilea, a unos 6 km al norte de Tiberias, y era en el primer siglo una de las ciudades más prósperas de toda la región. No era una aldea marginal ni un punto insignificante en el mapa del mundo judío de aquella época.

Magdala, conocida también en arameo como Migdal, que significa torre, era un centro de actividad económica notable, especialmente en la industria pesquera y en la elaboración y exportación de pescado salado que se enviaba a mercados tan distantes como Roma. Las excavaciones realizadas en el sitio que hoy se identifica con esta ciudad han revelado una sinagoga del primer siglo, una de las más antiguas jamás descubiertas en la región de Galilea, con un bloque de piedra decorado que los especialistas consideran que puede haber

servido como mesa para la lectura de la Torá, un objeto de una antigüedad y un valor histórico que resulta difícil de dimensionar. Esta era la ciudad de María. Una ciudad con sinagoga, con mercado, con botes en el agua y redes extendidas al sol, con el olor del lago y el ruido de los comerciantes, con una vida comunitaria judía activa y arraigada en las tradiciones de Israel.

El texto de Lucas, capítulo 8, versículos 1 al 3, es el primero que la menciona por nombre y lo hace en un contexto que revela tanto lo que ella era antes como lo que se convirtió después. Lucas escribe que Jesús recorrió ciudades y aldeas proclamando las buenas noticias del reino de Dios y que lo acompañaban los 12 y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades.

María, llamada Magdalena, de quien habían salido siete demonios, y Juana, esposa de Cuza, administrador de Herodes, y Susana y muchas otras que los servían con sus propios recursos. Hay mucho que desempacar en ese versículo extraordinario. Primero, el detalle de los siete demonios no es una metáfora ni una exageración retórica.

En el pensamiento judío del primer siglo, el número siete era el número de la totalidad y la plenitud. Y la mención de siete demonios indica no una posesión casual o periférica, sino una condición de sometimiento total, una existencia completamente capturada y dominada por fuerzas que estaban más allá del control humano. Lo que Jesús hizo por María Magdalena no fue resolver un problema menor de su vida.

Lo que Jesús hizo fue devolverle a una mujer que ya no era dueña de sí misma, su propia vida, su propia mente, su propia voluntad, su propia identidad. Y esa experiencia de liberación radical es el fundamento sobre el cual se construye todo lo que María fue, hizo y vivió durante los años que siguieron. Segundo, el detalle de que estas mujeres servían a Jesús y a los 12 con sus propios recursos es un dato histórico de enorme importancia que frecuentemente se pasa por alto en las narraciones populares sobre el ministerio de Jesús.

El movimiento de Jesús por Galilea y Judea no era un movimiento de hombres solos, era un movimiento mixto en el que mujeres con recursos propios, algo inusual y significativo en la estructura social del primer siglo judío, sostenían materialmente la misión. Que María Magdalena tuviera recursos propios sugiere que era una mujer con cierto grado de independencia económica, posiblemente vinculada al comercio floresciente de Magdala y que eligió voluntariamente poner esos recursos al servicio del reino. Esa decisión no era

pequeña. Seguir a un rabino itinerante que predicaba el reino de Dios en los márgenes del sistema religioso establecido. Era una elección que tenía costos sociales, económicos y familiares reales. María los pagó todos con aparente determinación. [carraspeo] Durante los aproximadamente 3 años que duró el ministerio público de Jesús, María Magdalena estuvo presente de una manera que los cuatro evangelios documentan con una consistencia notable.

No estaba en el círculo íntimo de los 12, pero estaba en algo que podría llamarse el círculo extendido de los discípulos cercanos, aquellos que seguían a Jesús no episódicamente, sino de manera sostenida, que escucharon sus enseñanzas repetidamente, que presenciaron sus acciones en múltiples contextos, que desarrollaron no solo una lealtad intelectual a sus palabras, sino una devoción personal profunda hacia su persona, habría estado presente en las orillas del lago cuando Jesús enseñaba desde una barca.

Habría escuchado las parábolas del reino, el sembrador y la semilla, el hijo pródigo, la oveja perdida, la moneda extraviada. habría visto sanidades, señales, momentos de confrontación con los líderes religiosos, momentos de ternura hacia los marginados y habría cargado durante todo ese tiempo el peso inexpresable de lo que Jesús había hecho por ella, esa deuda de gratitud, que no es realmente una deuda, sino el nombre que los seres humanos dan al amor, que no pueden devolver, porque es demasiado grande para caber en ningún gesto

humano. Cuando llegó la Pascua del año que los historiadores identifican con aproximadamente el 30 de Cristo, María Magdalena estaba en Jerusalén. Había hecho el viaje desde Galilea, como lo hacían decenas de miles de peregrinos judíos en esa época del año. Pero ella venía siguiendo a alguien y ese alguien entró en la ciudad de una manera que no olvidaría jamás.

sobre un burro aclamado por una multitud que extendía mantos y ramas en el camino mientras la gente gritaba Josana al hijo de David. La semana que siguió fue la semana más densa e intensa de toda la historia humana. Y María Magdalena estuvo en ella hasta el final, no hasta el final que los demás podían soportar, hasta el final real, el último.

Mientras la mayoría de los discípulos varones se dispersaron por miedo, los textos evangélicos registran con una precisión que no puede ser accidental, que fueron las mujeres quienes permanecieron. Mateo, capítulo 27 versículo 56. Menciona a María Magdalena, a María, la madre de Jacobo y de José, y a la madre de los hijos de Zebedeo, entre las que estaban mirando de lejos cuando Jesús estaba en la cruz.

Marcos agrega en su capítulo 15, versículo 40, el mismo grupo de mujeres. Y en el versículo 47 especifica que María Magdalena y María, la madre de José miraban dónde le ponían, es decir, que siguieron el cuerpo hasta el sepulcro, que conocían el lugar exacto, que no se alejaron ni cuando todo había terminado. Y entonces llegó la mañana del primer día de la semana.

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