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¿Qué fue lo que REALMENTE ocurrió en Jerusalén después de la resurrección de Jesús? VL

¿Qué fue lo que REALMENTE ocurrió en Jerusalén después de la resurrección de Jesús?

La ciudad que despertó diferente aquella mañana de primavera no sabía todavía lo que había ocurrido. Jerusalén había experimentado el terremoto, había sentido la oscuridad que cayó sobre el sol durante horas. Había escuchado el sonido del velo del templo rasgándose de arriba hacia abajo. Y ahora, tres días después, los habitantes de esta ciudad llevaban en sus rostros la mezcla de confusión, miedo y una pregunta que nadie sabía formular con precisión.

¿Qué había cambiado? Porque algo había cambiado. Eso todos lo sentían. Las calles seguían siendo las mismas calles estrechas y empedradas del barrio alto y del barrio bajo. Los mercaderes seguían abriendo sus puestos en la mañana. Los niños seguían corriendo por los callejones de la ciudad vieja. Las mujeres seguían cargando sus cántaros de agua desde las cisternas comunales hasta sus hogares.

Pero había algo en el aire de Jerusalén en el año 33 después de Cristo que no existía antes. Una tensión, una expectativa, una historia que había comenzado a reescribirse y que todavía nadie comprendía del todo. Para entender la vida cotidiana en Jerusalén en los días, semanas y meses que siguieron a la resurrección, es necesario primero comprender lo que era esta ciudad en su estructura física, social, religiosa y política, porque el telón de fondo determina todo lo que ocurre sobre él.

Jerusalén en el primer siglo era una ciudad de paradojas. Era simultáneamente un centro de profunda espiritualidad judía y un nudo de tensión política explosiva. Era una ciudad de belleza arquitectónica imponente y de miseria cotidiana para buena parte de su población. Era el lugar donde el cielo y la tierra se tocaban, según la teología judía, y era al mismo tiempo, una ciudad ocupada por una potencia extranjera que no comprendía ni respetaba del todo aquello que hacía a Jerusalén sagrada para su pueblo.

Esta combinación de gloria y conflicto, de profundidad espiritual y presión política, de devoción religiosa y pobreza real, era el ambiente dentro del cual vivían las personas comunes de Jerusalén cuando la noticia de la resurrección comenzó a circular por sus calles. La ciudad en tiempos de Jesús tenía una población que los estudios históricos y arqueológicos estiman en torno a los 40 o 50,000 habitantes dentro de sus murallas.

Aunque durante las grandes festividades religiosas esa cifra podía multiplicarse varias veces con peregrinos llegando desde todas las regiones de Judea, Galilea, la diáspora y más allá. Esta concentración de personas durante la Pascua, precisamente la festividad durante la cual ocurrió la crucifixión y la resurrección, significaba que Jerusalén en aquel momento estaba llena de testigos potenciales, de personas que habían visto o escuchado algo, de bocas que llevarían la noticia a sus aldeas y ciudades al regresar a casa.

La Pascua del año 33 como ninguna otra Pascua que Jerusalén hubiera conocido. Y las personas que regresaron a sus hogares después de ella regresaron cargando algo que no habían traído consigo cuando llegaron. La topografía de la ciudad influía profundamente en la experiencia diaria de sus habitantes. Jerusalén estaba construida sobre una serie de colinas y valles que creaban vecindarios distintos con sus propias dinámicas sociales.

El barrio alto, ubicado en la parte occidental y más elevada de la ciudad, era la zona residencial de los sacerdotes principales, de los aristócratas y de las familias de mayor riqueza. Sus casas, algunas de las cuales han sido parcialmente excavadas y revelan plantas de mosaico, vajillas finas y espacios de baño rituales conocidos como Mikvaot, hablaban de una clase que vivía con holgura material dentro del sistema religioso y político establecido.

El barrio bajo, la ciudad de David y las zonas próximas al templo eran el hogar de los artesanos, los comerciantes, los trabajadores del templo y las familias de clase media y humilde que formaban el grueso de la población urbana. Era en estos barrios donde la vida cotidiana de Jerusalén se desenvolvía con mayor intensidad y color, donde las conversaciones sobre el Nazareno habrían resonado con mayor urgencia y donde las primeras comunidades de creyentes comenzaron a formarse.

El templo era el corazón de la ciudad en todos los sentidos posibles. No era simplemente un edificio religioso, era el centro económico, cultural, social y espiritual, alrededor del cual giraba todo lo demás. La construcción que Herodes el Grande había comenzado décadas antes y que todavía seguía ampliándose en tiempos de Jesús, era una de las maravillas del mundo antiguo por su escala y su magnificencia.

Sus muros exteriores estaban construidos con bloques de piedra de dimensiones extraordinarias, algunos de los cuales han sobrevivido hasta hoy en lo que se conoce como el muro occidental. El recinto del templo era tan vasto que en él podían congregarse decenas de miles de personas durante las festividades.

Sus pórticos, sus atrios, sus columnas, sus puertas revestidas de oro y sus pavimentos de piedra pulida creaban un ambiente de grandeza que ningún visitante podía ignorar. Para el judío devoto del primer siglo, entrar al atrio del templo era entrar en el umbral mismo de la presencia de Dios, porque allí habitaba la shequina, la gloria divina, que había descendido sobre el tabernáculo en el desierto y que ahora moraba entre las piedras de este lugar sagrado.

Es precisamente por esto que el rasgamiento del velo del templo en el momento de la muerte de Jesús tenía una carga simbólica y teológica de proporciones inconmensurables para cualquier judío que lo supiera. Este velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo tenía, según las fuentes antiguas, varias pulgadas de grosor y una altura que alcanzaba desde el suelo hasta el techo del santuario interior.

era la frontera entre lo accesible y lo inaccesible, entre el espacio donde los sacerdotes podían ministrar y el espacio donde solamente el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el día de la expiación, cargando la sangre del sacrificio para hacer propiciación por los pecados del pueblo.

Cuando ese velo se rasgó de arriba hacia abajo y la dirección importa, porque indica que fue una acción que vino desde lo alto, no desde manos humanas, algo en el orden establecido de la relación entre Dios y la humanidad se había alterado para siempre. Los sacerdotes que servían en el templo lo sabían. Los levitas que habían estado de turno aquel día lo sabían.

Y esta información cargada de un peso espiritual que pocos podían procesar de inmediato, circulaba por los pasillos del sacerdocio, mientras la ciudad todavía procesaba todo lo que había ocurrido durante la semana de Pascua. La vida de un residente ordinario de Jerusalén en el año 33 comenzaba antes del amanecer.

El sonido del shofar, la trompeta de cuerno de carnero que los levitas tocaban en el templo para anunciar el comienzo del día litúrgico, era el despertador de toda la ciudad. Este sonido resonaba sobre los tejados planos de las casas, sobre los mercados todavía cerrados, sobre las calles desiertas de madrugada, convocando a Jerusalén a un nuevo día bajo el cielo de Dios.

Para el judío observante, el día comenzaba no con sus propias actividades, sino con la conciencia de que existía dentro de un orden sagrado, dentro de un tiempo que no le pertenecía a él, sino al Señor que lo había creado. Esta orientación teológica del tiempo cotidiano era parte del tejido mismo de la identidad judía del primer siglo.

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