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Obrero Exhausto Regresa a Su Casa en Bilbao y Su Esposa LO OBLIGA a Dormir en el Pasillo para Acomodar a Sus Invitados VL

Obrero Exhausto Regresa a Su Casa en Bilbao y Su Esposa LO OBLIGA a Dormir en el Pasillo para Acomodar a Sus Invitados

Parte 1

La lluvia caía sobre Bilbao con esa mala leche tan típica del norte, fina pero insistente, como una suegra criticando en voz baja durante toda la cena. Las luces amarillas de las farolas se reflejaban en los charcos de la calle Hurtado de Amézaga mientras Iker Arrizabalaga arrastraba las botas llenas de yeso y barro después de doce horas seguidas trabajando en una obra junto a la ría.

Tenía las manos partidas.

La espalda hecha polvo.

Y un hambre capaz de hacerle comerse hasta las servilletas del bar de Julián.

Pero lo peor no era el cansancio.

Lo peor era esa sensación rara en el pecho que llevaba arrastrando desde hacía meses. Esa sensación de que algo en su casa ya no encajaba.

Subió los cuatro pisos sin ascensor porque el edificio era viejo, estrecho y olía permanentemente a sopa recalentada y humedad. Mientras subía, escuchó risas.

Muchas risas.

Demasiadas.

—¿Qué coño…? —murmuró jadeando en el tercer rellano.

Cuando llegó al cuarto piso vio la puerta de su casa abierta de par en par.

Música.

Vasos.

Gente hablando a gritos.

Y humo de cigarro saliendo al pasillo como si aquello fuera una sociedad gastronómica ilegal.

Iker se quedó quieto.

Paralizado.

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