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Mujer descubre que su cuñada madrileña saboteó su negocio propio borrando clientes para hacerla quedar como incompetente ante su esposo

Mujer descubre que su cuñada madrileña saboteó su negocio propio borrando clientes para hacerla quedar como incompetente ante su esposo

Acto I: El rastro borrado

La cafetería gourmet Sabores de Antaño, en pleno corazón de Madrid, estaba en su hora punta. Al menos, en teoría. Lucía revisaba la pantalla del ordenador por quinta vez, con el sudor frío recorriéndole la nuca. El software de gestión de clientes, ese que había tardado un año en consolidar con nombres, alergias, reservas de catering y datos de contacto, estaba completamente en blanco.

De repente, la puerta del local se abrió, haciendo sonar el cascabel. No era un cliente. Era su cuñada, Beatriz. Madrileña de pura cepa, elegante, con esa sonrisa que a Lucía siempre le había parecido un poco forzada.

—¡Hola, Lucía! —saludó Beatriz, dejando su bolso de marca sobre el mostrador—. Madre mía, qué vacío está esto hoy, ¿no? Con lo que tú te lo curras.

—Beatriz… hola. No es que esté vacío, es que… he tenido un problema informático. Ha desaparecido todo el registro de la base de datos. No sé qué hacer. Tengo tres caterings para esta semana y no sé ni las direcciones ni los menús confirmados.

Beatriz entornó los ojos, fingiendo una profunda preocupación.

—¿Cómo que ha desaparecido? Pero Lucía, cielo, ¿cómo eres tan descuidada? Madre mía, si es que llevar un negocio propio en Madrid no es como hacer pasteles en casa. Requiere una estructura.

—¡Yo tengo una estructura, Beatriz! —replicó Lucía, intentando no levantar la voz—. El sistema tenía copias de seguridad. Alguien ha tenido que entrar con la contraseña de administrador y borrarlo manualmente esta madrugada.

En ese momento, entró Carlos, el marido de Lucía y hermano de Beatriz. Venía cansado del trabajo, pero al ver el ambiente tenso, se le mudó el rostro.

—¿Qué pasa aquí? Se os oye desde la calle —dijo Carlos, besando a su esposa en la mejilla.

—Ay, Carlos, menos mal que llegas —se adelantó Beatriz, cruzándose de brazos—. Le estaba diciendo a tu mujer que esto es un caos. Ha borrado, sin querer claro, toda la lista de clientes. Los caterings de esta semana están en el aire.

—¿Qué? ¿Otra vez problemas con el sistema, Lucía? —Carlos suspiró, visiblemente decepcionado—. Te dije que contratáramos a una gestoría externa. Me dijiste que podías sola. Mi madre me lo advirtió, que este negocio te venía grande.

Lucía sintió una punzada en el pecho. La falta de apoyo de su marido dolía más que el fallo del ordenador.

—Carlos, no lo he borrado yo. Te lo juro. Alguien ha entrado en el sistema.

—¿Quién va a entrar, Lucía? —intervino Beatriz con tono condescendiente—. Si aquí solo tienes acceso tú… Bueno, y el informático que te lo montó. A ver si es que no sabes manejar la tecnología actual, que avanza muy rápido. No pasa nada por admitir que te ha quedado grande, de verdad. Carlos puede ayudarte a liquidar el traspaso sin perder mucho dinero.

—¡No voy a traspasar nada! —dijo Lucía, con los ojos empañados por la rabia y la impotencia—. Esto es mi vida.

Acto II: Atando cabos

Esa noche, en el piso de la pareja en el barrio de Chamberí, el silencio se podía cortar con un cuchillo. Carlos revisaba unos papeles en el salón mientras Lucía no podía dejar de dar vueltas en la cama. Había algo que no cuadraba.

Al día siguiente, Lucía decidió ir al local dos horas antes de abrir. Llamó a Mateo, el joven informático que le había configurado la red local del negocio.

—Mateo, por favor, dime que hay alguna forma de rastrear la dirección IP desde la que se hicieron los cambios —pidió Lucía, casi suplicando por teléfono.

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