fue la primera mujer que se graduó en dirección en nuestro país y una de las directoras más valientes de su generación se atrevió a hacer lo que quería. Yo diría que siempre he hablado de la libertad y sobre todo de la libertad de las mujeres para hacer su propia vida. En el fondo es lo que siempre me preocupó desde desde que era niña, ¿no? Hacer lo que yo quería y hacerlo como yo quería.
Esto no era fácil para las mujeres, sigue sin serlo. Comenzó en televisión. Ha sido una de las principales realizadoras de esta casa. En la memoria de todos, la serie Teresa de Jesús con Concha Velasco. ¿Qué se les ofrece? Su salto al cine llega en el 73, luego decenas de películas, entre ellas Esquilache, que consiguió 12 nominaciones a los Goya con Fernán Gómez o La Lola se va a los Puertos con Rocío Jurado y Paco Rabal.
Inolvidable también función de noche con Lola Herrera y Daniel Dicenta, interpretándose a sí mismos hablando sobre el fracaso de su matrimonio. No estoy dispuesta a fingir nunca más. Josefina Molina dedicó su vida a luchar por el derecho de las mujeres a contar sus historias. Voy a trasladar.
Aquella niña de Córdoba, contra Viento y María, hizo todo lo posible por romper la implacable inercia que entonces destinaba a las mujeres exclusivamente a las tareas del hogar. Dicen que fue luchadora, revolucionaria, pionera feminista y que siempre luchó por ser fiel a sí misma.
La directora, guionista y realizadora Josefina Molina, una de las figuras más influyentes y revolucionarias de la cultura española contemporánea, ha fallecido este sábado, tras una larga enfermedad, en Madrid a los 89 años. Considerada un
a pionera en la lucha por la presencia de las mujeres detrás de las cámaras, Josefina Molina, junto con Pilar Miró y Cecilia Bartolomé, abrió un camino histórico y se convirtió no solo en un referente para las siguientes generaciones de directoras, sino para cualquier cineasta que quisiera contar historias desde otros puntos de vista. Además, Molina fue la primera directora que ganó el
Premio Nacional de Cinematografía (según el jurado, lo recibió “por su mirada libre y sin prejuicio, que ha sido esencial para comprender la situación de la mujer en los años de la Transición y de la consolidación de la democracia”); la primera mujer en graduarse en dirección, en 1969, en la Escuela Oficial de Cine; la primera directora que recibió el Goya de Honor y la primera cineasta en entrar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con todo, solo quiso una cosa: “Sencillamente, la igualdad”.
Nacida en Córdoba, en 1936, en los primeros meses de la Guerra Civil, Josefina Molina descubrió desde muy joven su pasión por la literatura y el cine. Con 15 años quedó impresionada tras ver El río, de Jean Renoir. Aquella fascinación marcaría el inicio de una trayectoria profesional que desafió los límites impuestos a las mujeres de su generación. Tras fundar una compañía de teatro y colaborar en espacios radiofónicos dedicados al análisis cinematográfico, ingresó en la Escuela Oficial de Cine. Allí comenzó a desarrollar una mirada propia, centrada en personajes femeninos alejados de los estereotipos de la época. En 1969 se convirtió en la primera mujer en graduarse en dirección en la escuela, un hito en el audiovisual español.

En 2019, cuando recibió el Nacional, recordó: “En mi cine he hablado de los problemas de las mujeres. Así entendí que aportaba algo. El premio me conecta con mi adolescencia, cuando se fraguan tus proyectos, te planteas qué vas a hacer en la vida. Y yo quería hacer cine en aquella tierra cordobesa. Mi estética se formalizó en aquellos terrenos que como niña me hicieron feliz”.
Para aquella adolescente no guardaba ningún consejo: “No, porque esa chica hizo lo que pudo, y en eso que pudo intentó que fuera lo mejor posible. Pero no fue fácil. Salí de la Escuela de Cine con un panorama terrible. Si el número uno de mi promoción, Claudio Guerín, necesitó un montón de tiempo para hacer una película, y fue de sketches, ¿qué porvenir me esperaba a mí?“. Molina, tras varios cortometrajes, viró hacia la televisión. “Aunque había gente que minusvaloraba el trabajo en Televisión Española, en un país deficitario culturalmente, aquella era una herramienta que entraba en las casas y con la que, a través de la segunda cadena —donde yo trabajaba—, les mostramos los grandes autores universales. De algo sirvió aquello: yo me tomaba aquella labor como si fuera una película para ganar el Oscar”.
Su versión de La metamorfosis, de Franz Kafka, en 1968 consolidó su prestigio y abrió la puerta a más proyectos, como las adaptaciones de El camino (basada en la novela de Miguel Delibes) y, especialmente, Teresa de Jesús, la emblemática serie protagonizada por Concha Velasco, una visión innovadora de la santa (escrita junto a Carmen Martín Gaite y Víctor García de la Concha), que resaltaba su dimensión humana, intelectual y feminista. “Pertenezco a una generación que vivió en un panorama político muy singular [la dictadura] y el hecho de que una mujer se dedicara a dirigir cine era una novedad, aunque hubo precedentes en la República y estaba Ana Mariscal. Éramos excepciones”, contaba en 2019.
Su debut cinematográfico llegó en 1973 con Vera, un cuento cruel, una propuesta de terror psicológico protagonizada por Fernando Fernán-Gómez, Julieta Serrano y Alfredo Mayo. Sin embargo, sería en 1981 cuando alcanzaría el reconocimiento definitivo con Función de noche, una obra que combinó documental y ficción para retratar la relación entre los actores Lola Herrera y Daniel Dicenta tras el fracaso de su matrimonio (a Lola Herrera la dirigió en teatro en la mítica Cinco horas con Mario).

Función de noche fue hace un año considerada la décima de las 50 mejores producciones españolas del último medio siglo en Babelia. “Que sea yo la primera realizadora en recibir el Nacional de Cine me da mucha pena”, aseguraba Molina cuando recibió este galardón. “Ha ocurrido porque no somos visibles y es un problema de mentalización. Somos el 50% de la humanidad: si no insistimos en aportar el talento de las mujeres en el cine, la mitad de la sociedad se sentirá rechazada en lo que se ve en pantalla”.
A lo largo de su carrera, Molina defendió de manera constante la necesidad de que las mujeres pudieran narrar sus propias historias. “En mis películas siempre hay un personaje femenino que lucha contra la opresión”, afirmó en numerosas ocasiones. “Yo intenté siempre ese algo más, incluso en La Lola se va a los puertos: usar el conflicto para hablar de la mujer. Me siento orgullosa, he dedicado mi vida al audiovisual y a lo femenino y no me arrepiento”.
Esa convicción la llevó a convertirse en una de las voces más activas en favor de la igualdad dentro de la industria audiovisual. En 2006 dio un paso decisivo en ese compromiso al impulsar la creación de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), organización que presidió honoríficamente y que se ha convertido en una referencia en la defensa de la igualdad de oportunidades para las profesionales del sector.

Además, dirigió en el cine Esquilache (1989) y Lo más natural (1991) y en televisión la serie Entre naranjos (1998). Molina fue una de las primeras artistas en batallar contra detalles, palabras, micromachismos de la sociedad, como denominar a los premios “al mejor director”, cuando es a la mejor dirección. “Los cuentos, el lenguaje, la religión o las leyendas tienen mucho que ver con la sublimación que se hace de la mujer. También hay quien cae en el otro extremo ridículo, como poner en femenino los meses del año. En fin, vivimos un momento que yo creía positivo y me estoy encontrando mucha gente que no quiere cumplir la Ley de Igualdad. No se trata de que seamos las elegidas, de que nos lo llevemos todo nosotras. El feminismo no es una lucha para sustituir a los hombres. Al menos nunca lo he entendido así. Por suerte, la revolución feminista no es una moda, no va a pasar”.
En persona era una mujer rigurosa, de maneras educadas —nunca entró a calificar su rivalidad con Pilar Miró— y hablar suave que convertía en mano de hierro en guante de terciopelo en un magnético discurso de equidad e igualdad con el que supo alimentar el alma de las nuevas generaciones de cineastas. Además de los galardones antes mencionados, la cineasta recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, ocupó la dirección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y ejerció como patrona de la Fundación Academia, institución que este sábado la ha calificado como “una de las directoras más valientes de su generación”.